El mito virginal. El discurso
sobre la virginidad suele tener un doble significado, marcado por el género de
la persona a quien se aplique (Ana Amuchástegui)
Fuente:
Suplemento Letra S. Octubre 6
Subió
a conferencia el 21 de Octubre del 2005
El
mito virginal *
El discurso sobre la virginidad suele tener un doble significado, marcado por
el género de la persona a quien se aplique. A los varones se les presiona a
iniciarse coitalmente, mientras que las mujeres se
ven amenazadas de diversas maneras si lo hacen. En el presente artículo se
analiza el peso de los discursos médicos, de género y católicos, en la
experiencia erótica de jóvenes mexicanos.
Por Ana Amuchástegui*
Con
frecuencia se oye decir que la virginidad es cosa del pasado. Algunos o más
bien algunas- lo afirman con alegría, otros con cierta nostalgia. Pero valdría
la pena detenernos a pensar de qué virginidad se habla en esta añoranza y por
qué se ha considerado un bien tan precioso en nuestra cultura. Si escuchamos
entre líneas, en general virginidad significa la ausencia de coito vaginal, es
decir, la ausencia de penetración del pene en la vagina:
uno de tantos actos sexuales posibles. Es decir, históricamente la definición
de sexualidad ha estado basada en prácticas ligadas a la reproducción -el coito
vaginal sin anticoncepción- mientras que cualquier otro placer erótico ha sido
considerado “preliminar” en el mejor de los casos-, o “antinatural” y
“desviado”. Esta reducción niega que la presencia de deseos y placeres diversos
es parte intrínseca e innegable de la naturaleza humana.
Desde hace ya siglos, en las sociedades occidentales la sexualidad se ha
convertido en una herramienta de control de las personas y sus cuerpos (Weeks, 1998), pues ha dominado la concepción de que
nuestros deseos y placeres son en sí mismos inmorales, según definiciones
católicas de “pecado” o indicadores de “anormalidad”, para la visión médica. El
significado que se le da a la virginidad en nuestra cultura y su excesiva
importancia, según estos discursos, promueven la vigilancia de otros y de
nosotros mismos. Se favorece que el deseo y el placer sean procesos controlados
por instituciones sociales la religión, la ciencia, los pares, etc.- y no por
el criterio autónomo del propio sujeto.
Machitos y doncellas
En algunas investigaciones sobre los
significados de la sexualidad entre jóvenes mexicanos (Amuchástegui,
2001) tal vigilancia aparece como diferente para hombres y mujeres, pues
mientras se afirma la importancia de preservar la virginidad femenina hasta el
matrimonio como si no existiera ningún otro destino o aspiración para las
mujeres-, después de cierta edad la virginidad de los hombres sería signo de
una masculinidad dudosa. Así, sobre la falta de actividad sexual se montan una
infinidad de significados sobre las personas, sobre su calidad moral, su
experiencia y sabiduría, y hasta su masculinidad, que sirven para que se
juzguen a sí mismos y a otros u otras según normas ajenas a su propia
experiencia y forma de pensar.
Dice Soledad, una joven capitalina de 24 años, casada a consecuencia de su
embarazo, ocurrido en su primera relación sexual: ¿Qué pensaría yo de una joven
que tuvo relaciones sexuales antes de casarse? No me asombraría. Antes yo decía
‘ay, qué cochinas’, pero ahora pienso ‘cochinas ¿por qué? Es su cuerpo de uno,
¿por qué van a decirles cochinas? Y luego la gente piensa, ‘¡cuántos hombres no
habrán pasado por ella!’.
Dice Alberto, un herrero de 18 años, soltero y originario de Guanajuato: Esas
relaciones son bonitas y más que nada, pues hay que vivir la vida, porque si
uno va a estar sin tener novia, sin hacer esa relación, uno tiene que hacerlo,
tiene que hacerlo. Porque luego los amigos preguntan, ‘¿a poco no lo has
hecho?’, y yo en ese entonces pus no lo había hecho, y me decían que entonces yo
era de otra clase, que no era hombre de a deveras.
Tanto Soledad como Alberto narran la presencia de agentes sociales “la gente” y
“los amigos”- que expresan su intención de controlar la virginidad de estos
jóvenes, aunque con base en criterios diferentes. En el caso de las mujeres, la
condena se fundamenta en que la actividad coital premarital de las mujeres sería una mancha y una
contaminación, mientras que para Alberto la masculinidad requiere ‘pruebas’,
entre las cuales está el coito vaginal durante la adolescencia. En el primer
caso, lo que se condena es la existencia misma del deseo sexual de las mujeres,
mientras que en el segundo lo que se mandata es el
coito, independientemente del deseo. En ambos relatos está ausente el derecho a
decidir sobre el propio cuerpo y sus placeres.
Si bien hombres y mujeres somos sujetos de vigilancia de nuestros deseos y
placeres, las consecuencias son desiguales para cada sexo. En México, los
hombres jóvenes tienen su primer coito vaginal entre los 15 y los 17 años en
promedio, dentro de relaciones ocasionales y sin que les siga necesariamente el
matrimonio o la cohabitación. En cambio, las mujeres tienen su primer encuentro
coital entre los 17 y los 19 años, generalmente con
su novio o esposo, con quien se unen en un lapso muy corto (Szasz,
1998). Esto demuestra que, aunque la prohibición del coito para las mujeres no
es respetada universalmente, éste estaría condicionado a la conyugalidad
y limitaría la libertad de las jóvenes para explorar su erotismo fuera de relaciones
formales. Por otro lado, la iniciación no siempre sucede como consecuencia de
su propio deseo. No en pocas ocasiones la exigencia de una “prueba de amor” o
la amenaza de abandono por parte de su pareja funcionan como mecanismos de
coerción.
Vírgenes al mejor postor
¿ Por qué se considera tan importante la virginidad
femenina? Para muchas mujeres, mantenerse vírgenes ha significado con demasiada
frecuencia su posibilidad de matrimonio y, cuando no es posible la
independencia económica y emocional, su manutención y la de sus hijos. Es
decir, mientras la virginidad se considere una moneda de cambio para la sobrevivencia material o social de las mujeres a través de
la conyugalidad- ellas estarán en permanente riesgo y
seguirán sin poder ejercer el derecho sobre sus deseos y placeres. Muchos
hombres, por su parte, aprovechan esta construcción cultural de la virginidad
femenina para ejercer un control sobre sus parejas y así obtener trabajo
doméstico gratuito y prestigio social. Algunas participantes de estas
investigaciones relataron la paradoja a la que se enfrentan en sus relaciones
con los hombres. Ellos presionan para tener relaciones sexuales, pero si ellas
acceden, supuestamente se harían sospechosas de “promiscuidad” pero, si no
acceden, se enfrentan a la posibilidad del abandono. El temor de los hombres
puede ir más allá: su necesidad de ser los “primeros” estaría ligada también a
evitar que sus compañeras sexuales tengan experiencias de comparación donde
ellos no salgan victoriosos.
Mientras la sexualidad esté tan cargada de significados morales o de género
(feminidad y masculinidad), las parejas estarán más preocupadas por las
consecuencias sociales de sus actos, que por disfrutar su sexualidad con
plenitud.
Estos valores diferenciados para hombres y mujeres resultan un riesgo para la
salud. Además del precio elevado del condón y de la escasez de servicios de
salud sexual para jóvenes, mujeres y hombres reportan dificultades para usar el
método preventivo en sus relaciones. Mientras que las jóvenes, si solicitaran
el condón, demostrarían supuestamente su interés por el placer y, por tanto, su
supuesta promiscuidad, los hombres temerían la pérdida de la erección y podrían
ser acusados de no amar suficientemente a su pareja como para arriesgarse a tener
un hijo (Rodríguez, Amuchástegui, Rivas y Bronfman, 1995). De este modo, tanto ellas como ellos se
exponen con frecuencia a la posibilidad de infecciones de transmisión sexual el
VIH/sida entre ellas- y al embarazo no planeado con tal de no cuestionar estos
supuestos.
Mientras no despojemos a la sexualidad de tantos significados y no legitimemos
colectivamente la búsqueda de placer, será difícil erradicar la desigualdad y
los riesgos sobre la salud que estas culturas sexuales implican.
Referencias
Amuchástegui, Ana (2001) Virginidad e iniciación
sexual en México. Experiencias
y significados, The Population
Council/EDAMEX, México
Rodríguez, Gabriela; Amuchástegui, Ana; Rivas, Marta
y Bronfman, Mario (1995) ‘Mitos y dilemas de los
jóvenes en tiempos del sida’, en Bronfman, Mario (ed.) SIDA en México. Adolescencia, Migración y Género,
Información Profesional Especializada, México.
Szasz, Ivonne (1998) ‘Sexualidad y género: algunas
experiencias de investigación en México’, Debate Feminista, Año 9, Vol.
18.
Weeks, Jeffrey (1998)
Sexualidad, PUEG/UNAM/Paidós, México.
* Profesora-investigadora del Departamento de Educación y Comunicación, UAM-Xochimilco.