Diversidad, religiosidad e intolerancia. El fundamentalismo protestante, el nacionalismo hindú, la ultraortodoxia judía y el neo integralismo católico se unen con un objetivo común: mantener las estructuras de dominación que someten a las mujeres y coartan su autonomía (María Consuelo Mejía)

 

Fuente: Revista mujer salud/ Red de salud de las mujeres latinoamericanas y del caribe. RSMLAC 61/1/2004

Subió a conferencia el 02 de Agosto del 2005

 

Diversidad, religiosidad

e intolerancia (1)

María Consuelo Mejía

 

 

La autora es antropóloga, con Maestría en Estudios Latinoamericanos, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, durante 15 años. Es directora de Católicas por el Derecho a Decidir A. C., en México, e integrante del Foro Nacional de Mujeres y Políticas de Población.

 

El último año ha sido especialmente trágico para los derechos humanos universales, para la convivencia armónica de la humanidad: la invasión de Irak, a pesar de la oposición multitudinaria de la sociedad civil global; el crecimiento sin precedentes de la brecha entre riqueza y pobreza, tanto de los individuos como de las naciones; el desmantelamiento de poblaciones enteras en Africa debido al SIDA; la denuncia de cientos de casos de abuso sexual a niños, niñas y monjas por parte de sacerdotes católicos; el recrudecimiento de los crímenes de odio, de la discriminación racial, de la xenofobia y de la violencia en contra de las mujeres. Esta, en el caso de México, arroja un saldo de más de 300 mujeres violadas y asesinadas en Ciudad Juárez, Chihuahua, crímenes que continúan en la impunidad.

 

Todas estas, expresiones asociadas al capitalismo salvaje predominante en el mundo de hoy, que no solamente ha dejado de ser bipolar sino que está en las manos y en la cabeza de un hombre torpe y arrogante, representante de un sistema económico político a todas luces inhumano.

 

Así, las expectativas generadas ante el cambio de milenio -mayor progreso, estabilidad y paz- han sido fuertemente castigadas por los acontecimientos de los que hemos sido testigas en los escasos tres años del siglo 21. Si bien estas expectativas iban a contracorriente con lo que investigadoras, investigadores y analistas de las ciencias sociales y políticas pronosticaban, albergábamos la esperanza de que, dado que el nuevo siglo nos encontraría viviendo en sociedades plurales, la tolerancia y el respeto a las diferencias estarían presentes de una manera más significativa en la vida cotidiana de sociedades con pretensiones democráticas.

 

Sin embargo, la discriminación, la falta de respeto a las diferencias y de garantías para el ejercicio de las libertades individuales y de los derechos civiles, siguen estando a la orden del día: el abuso de poder adquiere formas diversas y se expresa en violaciones a la integridad física y mental de cada vez más personas.

Pero nada de esto nos hace perder la esperanza. Estamos viviendo también una revolución de valores sin precedentes, introducida por el feminismo: los papeles de género dejaron de ser inamovibles; a pesar de los rezagos, los derechos humanos de las mujeres han ganado legitimidad; de la misma manera, un sector importante de las mujeres está posicionado hoy en espacios de toma de decisión, con más autonomía y libertad para ser lo que queramos ser.

 

Muestra de ello fueron los acuerdos alcanzados en las Conferencias de El Cairo y Beijing, de alguna manera reflejado también en las Metas del Milenio de la ONU, en el año 2000. Y fue precisamente en estos escenarios internacionales en donde comenzaron a manifestarse con especial significación las posiciones ultraconservadoras que pretenden imponer sus concepciones de la moral y la ética a quienes, ejerciendo su libertad de conciencia, base de la dignidad humana,reclaman su derecho a tomar decisiones responsable y libremente. Esas posiciones, ancladas en otras épocas, tienen como objetivo controlar las vidas de las personas y limitar su autonomía, sobre todo la de las mujeres, a través de procedimientos particularmente agresivos y poco respetuosos de la pluralidad y la ética.

 

En este contexto, pensar la diversidad religiosa me remite no tanto a hablar de la existencia de cada vez más opciones para vivir la fe y la espiritualidad; me conduce más bien a afirmar que las posiciones y actitudes intolerantes homófobas y misóginas se expresan en todas las iglesias.

 

En el contexto de las culturas patriarcales de las cuales formamos parte, el fundamentalismo protestante, el nacionalismo hindú, la ultraortodoxia judía y el neo integralismo católico (2) se unen con un objetivo común: mantener las estructuras de dominación que someten a las mujeres y coartan su autonomía, controlando sus vidas justamente a través del control de su capacidad reproductiva y de la negación absoluta de su sexualidad.

 

Pero las religiones también pueden ser manantial de fuerza y crecimiento espiritual, cimiento donde nuestra dignidad se afirma y donde florecen en realización personal y armonía con las diversas manifestaciones de la divinidad. La Integridad, la entrega, la compasión y el amor, tan necesarios en este mundo de injusticias y corrupción, son virtudes íntimamente asociadas a las religiones.

 

Este es parte del legado que recogemos de la Iglesia Católica, todavía dominante en América Latina, no menos que su defensa de la justicia social y los derechos humanos. Rosa Dominga Trapasso, misionera en Perú, dice que: “Las vidas de muchas mujeres se han visto ennoblecidas por la religión, cuando esta les permite descubrir que valen por sí mismas, y esta percepción les genera energía personal y la capacidad de estar en comunión con otras personas. Creo -dice Rosa- que podemos decir que la religión puede ser tanto patológica como terapéutica. Pues no es la religión en sí la que trae la alienación o la neurosis. Son las interpretaciones humanas, históricas, convertidas en dogmas infalibles las que han dado lugar a distorsiones en todas las religiones”(3).

 

Por otra parte, me interesa señalar la paradójica relación, que parece lógica, entre la concentración de la propiedad de los medios de producción y los intentos por homogeneizar a las personas y a las sociedades, borrando de la faz de la tierra todo aquello que no se ajuste a “las normas” de quienes, desde el poder de las instituciones, promueven posiciones fundamentalistas de derecha, sobre todo en temas morales.

 

En clara alianza estratégica, los sectores más conservadores de las iglesias, los estados y los ejércitos, apoyados por cuantiosos recursos económicos, promueven campañas en contra de cualquier manifestación de la diversidad; valga decir que la diversidad sexual es, hoy por hoy, la más castigada. En todo caso, estamos viviendo una creciente oleada de fundamentalismos dirigida a homogeneizar, controlar, “moralizar”. Y las religiones juegan un papel muy importante en estos procesos, toda vez que ofrecen los vínculos con la paz espiritual, con lo simbólico y lo trascendental, que millones de personas buscan con ansiedad. Una de las voces más fuertes en este proceso es la de la jerarquía conservadora de la Iglesia Católica.

 

Aunque es indudable que importantes sectores de esta Iglesia han estado al servicio de los derechos humanos, de la justicia social y del bien común, quienes están en las posiciones de poder de la institución eclesiástica han desvirtuado estos nobles propósitos. En lo que tiene que ver con los derechos humanos de las mujeres, de lesbianas y homosexuales, de las y los jóvenes, y específicamente los derechos sexuales y reproductivos de todas las personas, la Iglesia Católica institucional ha hecho uso de todos sus recursos para obstaculizar el ejercicio de los mismos.

 

Ante el evidente fracaso de sus enseñanzas morales entre su propia feligresía  pues las estadísticas demuestran que en países de mayoría católica altos porcentajes de la población contravienen las enseñanzas de los obispos relacionadas con la sexualidad y la reproducción-, la jerarquía conservadora ha convocado a una verdadera cruzada para influir en las políticas públicas y de esta manera convertir en leyes de los Estados sus preceptos morales y sus creencias religiosas. Esta cruzada “moral” se ha reflejado también, como es lógico, en normas cada vez más estrictas para el control de la conducta de la feligresía católica.

 

En los últimos cinco años, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (el oficio de la Inquisición) y otras instancias del Vaticano han emitido cuatro documentos de posición dirigidos a coartar la libertad de expresión y la libertad de conciencia al interior de la Iglesia Católica de una manera nunca antes vista. A la Instrucción a los Laicos, emitida a finales de losaños 90, en la cual se limitaba la participación del laicado en los ritosy celebraciones litúrgicas -conducta que había sido estimulada por el  Concilio Vaticano II-, le siguió la Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y la Iglesia, emitida en septiembre de 2000, en la cual se afirma que Jesucristo es el salvador único universal, por lo que el único camino a la salvación lo provee la Iglesia Católica. Como si esto fuera poco, la misma instancia emitió la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas  al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política.

 

La Nota se dirige a los obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas. Dice: “…la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral [católicas]”. “Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad.

 

Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona”. “Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio.

 

A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni estas pueden recibir, en cuanto tales, reconocimiento legal”4. Hasta le emisión de esta Nota, aunque parezca mentira, en noviembre de 2002, no de 1002, no se había hecho nunca tan explícito en un documento oficial de la Iglesia Católica institucional el desconocimiento a la libertad de conciencia y, por ende, a la dignidad de las y los políticos católicos. Esta “enseñanza” ya ha tenido sus frutos en varios países de mayoría católica, en donde la intervención del clero en política es cada vez más descarada.

 

Esta Nota fue el preámbulo para la emisión, el 31 de julio de 2003, de las Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, nuevamente por parte de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el Santo Oficio de la Inquisición, dirigida desde hace más de diez años por el Cardenal Alfonso López Trujillo, amigo íntimo de Karol Wojtyla en su lucha contra la teología de la liberación, quien ha sido denunciado en Colombia, su país de origen, por vínculos con el narcotráfico y otras conductas delictivas. Traigo esto a colación porque a veces es importante saber qué tipo de personas se esconden detrás de las “enseñanzas” que emite el Vaticano, como si

fueran palabra divina.

 

Pero volvamos a la Nota del Vaticano que introduce el documento  diciendo que incluye los puntos esenciales que los obispos deben tomar en cuenta. Cito: “Las presentes Consideraciones tienen también como fin iluminar la actividad de los políticos católicos, a quienes se les indicaban las líneas de conducta coherentes con la conciencia cristiana para cuando se encuentren ante proyectos de ley concernientes a este problema. Puesto que es una materia que atañe a la ley moral natural, las siguientes Consideraciones se proponen no solamente a los creyentes sino también a todas las personas comprometidas en la promoción y la defensa del bien común de la sociedad” (4).

 

Partiendo de la ratificación de la falsa concepción de la complementariedad de los sexos y de que el matrimonio heterosexual católico es el único válido moralmente, afirma: “No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, “cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual, No pueden recibir aprobación en ningún caso” (5).

 

Y continúa:

“A quienes, a partir de esta tolerancia, quieren proceder a la legitimación de derechos específicos para las personas homosexuales convivientes, es necesario recordar que la tolerancia del mal es muy diferente a su aprobación o legalización… La legalización de las uniones homosexuales estaría destinada, por lo tanto, a causar el obscurecimiento de la percepción de algunos valores morales fundamentales y la desvalorización de la institución matrimonial” (6).

 

No podemos aceptar este tipo de planteamientos que violan los derechos humanos más elementales y contradicen el evangelio -que no excluye a ninguna persona- y el  sentir de la feligresía católica. En momentos como este es necesario recordar que la sexualidad es un don de Dios y que el modelo de la heterosexualidad ha sido una construcción basada en lecturas patriarcales del evangelio.

 

No debemos aceptarlos por falaces, inhumanos e irrespetuosos. Pero no podemos aceptarlos, sobre todo, porque los están haciendo quienes han perdido toda autoridad en materia moral, al haber encubierto por años las violaciones de religiosas y el abuso sexual de jóvenes. Aunque el documento reconoce que la Iglesia Católica debe acoger a homosexuales y lesbianas, el Vaticano no tolera que posiciones contrarias a las suyas adquieran carácter legal. Un aspecto positivo de todo esto es que ante la tendencia a legalizar las uniones de pareja del mismo sexo en varios países del mundo, el Vaticano ha tenido que reaccionar a la defensiva, pues sabe que esta es una tendencia irreversible. Y esto no solo sucede muchas veces, sino que pone a los movimientos que luchan por los derechos de lesbianas y homosexuales en una posición distinta, en una posición de mayor poder.

 

Volviendo a lo sucedido a partir de El Cairo y Beijing, los intentos de la Iglesia Católica por imponer sus concepciones no solo a católicas y católicos sino también a quienes no profesan esta fe, han sido patentes. En esas conferencias, quizás por primera vez en el siglo 20, la Iglesia, en su calidad espúrea de Estado en Naciones Unidas, pues tiene un lugar allí como Estado no miembro observador permanente, fue un notorio actor político en asuntos de trascendencia nacional e internacional. Un aspecto muy importante de esta situación es la utilización de la investidura religiosa para posicionarse en un lugar de privilegio, “más allá” de la terrenalidad y, por lo mismo, de la obligación de rendir cuentas o estar sujeto al cumplimiento de ordenamientos civiles. La jerarquía de la Iglesia Católica ha sabido aprovechar muy bien estos privilegios: el identificador que marca el lugar de la delegación del Vaticano que dice Holy See (Santa Sede), pone a esta delegación, por lo menos en el nivel simbólico, por encima de los demás Estados miembros, pues ninguno tiene el calificativo de santo. Fue precisamente esta investidura y posición la que le sirvió al Vaticano para colarse en la ONU a pesar de que legalmente no cumple los requisitos para ser parte de esta instancia internacional.

 

Preocupadas por esta situación, seguimos impulsando la Campaña Internacional See Change o Cambio de Estatus, bajo la coordinación de Catholics for a Free Choice, a través de la cual miles de organizaciones y cada vez más políticos y parlamentarios europeos han cuestionado este injusto privilegio. Pues, además de ser la única representación de una religión en la ONU, la Santa Sede ha aprovechado su estatus para oponerse sistemáticamente a cualquier medida tendiente a mejorar la salud sexual y reproductiva y los derechos sexuales y reproductivos de todas las personas. El abuso de poder por parte de la jerarquía de la Iglesia Católica no nos sorprende (7).

 

Esta actitud se manifiesta en todos los ámbitos de acción de una estructura jerárquica patriarcal y autoritaria que no permite la participación de su feligresía en la elaboración de sus enseñanzas, más bien de sus políticas, diríamos nosotras. Abusar de la investidura, del carácter religioso y espiritual que emana de esta institución, es una violación de los derechos humanos elementales. Ejemplo dramático de este abuso son las recientes denuncias de violaciones a religiosas Y las de abuso sexual que surgieron en Boston y que se han extendido a otros países del mundo, gracias al proceso de ciudadanización y secularización que se está dando en la sociedad civil.

 

Lo que sí nos sorprende es que algunos gobiernos del mundo continúen cediendo a las presiones del Vaticano, que dicho sea de paso utiliza los mismos métodos de chantaje y presión que cualquier dictadura utilizaría, presiones basadas en su poder económico, su influencia política y una clara manipulación de las conciencias, para hacer creer al mundo que la opinión de funcionarios, personas con pasiones, ideologías y posiciones políticas concretas, es palabra divina.

 

Por estas razones, le conferimos tanta importancia a lo dicho por Marta Lamas, cuando en 1995 expresaba que la deconstrucción simbólica y el laicismo son condiciones imprescindibles para la defensa de los derechos sexuales y los derechos reproductivos. La desacralización de las opiniones de nuestra jerarquía es parte esencial de este proceso de deconstrucción. Es inadmisible que a inicios del siglo XXI, tantos gobiernos del mundo sigan rindiéndole pleitesía a los funcionarios del Vaticano en los ámbitos internacionales. Y, sobre todo, es inadmisible que los símbolos de la sacralización sigan siendo el vehículo que facilita la violación de religiosas y el abuso de menores en total impunidad. No podemos admitir en el fuero eclesiástico a los violadores y abusadores, sean sacerdotes, padres o maestros; deben ser juzgados y castigados por las leyes civiles.

 

La exigencia de respeto al carácter laico de los Estados es, pues, la única garantía de ejercicio de los derechos humanos y civiles, en sociedades diversas y plurales como en las que hoy vivimos. La pretensión de convertir en normas programáticas y leyes civiles, preceptos morales que no reflejan siquiera las necesidades, las vivencias y los deseos de la feligresía católica, es una manifestación del abuso de poder. Los Estados democráticos deben asumir, hoy más que nunca, la responsabilidad que tienen de legislar para una sociedad diversa y plural y entender que las creencias religiosas no deben influir en la labor pública. El laicismo es una condición imprescindible para el ejercicio de los derechos civiles, lo cual proporciona el sustento para el bienestar de todas las personas. A los Estados laicos les corresponde garantizar la separación entre la Iglesia y el Estado, a las organizaciones de la sociedad civil nos corresponde defenderla y exigir que se mantenga.

 

 

Notas

 

1. Parte de esta ponencia está basada en el artículo “La defensa del laicismo desde una perspectiva ética, católica y feminista”, publicado en Conciencia Latinoamericana, vol. XIII, Nº 5, diciembre 2002. pp. 5-8.

 

2. Esta nomenclatura se la debo a Roberto Blancarte en: El papel de la religión en México. Un informe Religion Counts, multicopiado, El Colegio Mexiquense A.C./Catholics for Free Choice & The Parkridge Center, México, D.F., agosto de 2003.

 

3. Rosa Dominga Trapasso. “Construir la religión desde la vida”, en: Conciencia Latinoamericana, vol. IV, Nº 2, abril-junio, 1992, p.10.

 

4. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, noviembre de 2002, versión electrónica, pp. 10.12

 

5. Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 31 de julio, 2003, versión electrónica, p.1.

 

6. Ibidem, pp.3 y 4.

7. Esta expresión surge de una campaña lanzada por Catholics for a Free Choice en el marco de la Conferencia de Beijing.