Feminismo latinoamericano. Entre la insolencia de las luchas populares y la
mesura de la institucionalización*. (Por Andrea D'Atri)
Subió a Conferencia el 18 de enero del 2005.
Fuente: Creatividad Feminista.
http://www.creatividadfeminista.org/articulos/2005/fem_05_atri.htm
“Elegir entre la
mesura y la insolencia tiene que ver con estrategias políticas (...). La
exigencia desde la dominación de ‘buenas maneras’ va más allá de una exigencia
de cortesía, es un modo muy frecuente, por el contrario, de imponerle inautenticidad al rebelde, de hacerlo renunciar a su
contra-cultura, a su ilegalidad y a su contra-lenguaje.”
Julieta Kirkwood, 1990
A
fines de la década del ’60, una nueva generación de mujeres jóvenes dio origen
a los movimientos feministas en las grandes metrópolis de Estados Unidos y
Europa, que se conocieron como la “segunda ola”. Influenciadas por estas
experiencias y por el contacto con literatura que provenía de los países
centrales, muchas latinoamericanas –fundamentalmente de clase media- iniciaron
la formación de grupos de reflexión (concienciación) y activismo por los
derechos de las mujeres. Pero el movimiento en su conjunto nunca llegó a
alcanzar la masividad que tuviera en los países
centrales. “Inicialmente eran mujeres del amplio espectro de clase media; una
parte significativa provenía de la amplia vertiente de las izquierdas, entrando
rápidamente en confrontación con ellas por la resistencia para asumir una
mirada más compleja de las múltiples subordinaciones de las personas y las
específicas subordinaciones de las mujeres.” (Vargas, 2002).
El
surgimiento de estos grupos se dio en el marco de una aguda radicalización de
la lucha de clases que, en el continente, se manifestó en el ascenso obrero y
popular cuyas expresiones más destacadas fueron los cordones industriales
chilenos, la semiinsurrección del Cordobazo
en Argentina, las movilizaciones estudiantiles de las que Tlatelolco
(México) puede considerarse la experiencia más aguda y la entrada en escena de
numerosos movimientos de guerrilla urbana y campesina.
Los
grupos feministas, por tanto, se vieron envueltos rápidamente por la aguda
lucha de clases en el continente que exigía definiciones y compromisos. Como
señala Leonor Calvera en su historia del feminismo
argentino: “En el sentido de los enfrentamientos, la marea de partidismo que
nos circundaba no dejó de golpear fuertemente en el interior del grupo:
reprodujimos viejos antagonismos tradicionales e inventamos otros. Los análisis
tomaban cada vez menos a la mujer como eje y se desplazaban hacia esquemas de
clase.” (Calvera, 1990).
A
mediados de los ’70, sin embargo, la derrota de ese ascenso a través de la
contrarrevolución sangrienta en los países latinoamericanos, abrió el curso a
una nueva ofensiva imperialista en la región que luego se conoció con el nombre
de “neoliberalismo”.
Los
regímenes dictatoriales que se asentaron en gran parte del continente,
impidieron el desarrollo del movimiento feminista, no sólo por la instauración
de una ideología reaccionaria basada en la defensa de la tradición y la
familia, sino también por la persecución política y el terrorismo de Estado con
sus secuelas de torturas, exilios forzados, cárcel, desapariciones y asesinatos
de activistas sociales, gremiales y políticos.
La
polarización social que vivían nuestros países también se traducía en las
visiones que se tenían del feminismo: la derecha consideraba a las feministas
como subversivas y contestatarias; la izquierda, por el contrario las tildaba
de “pequeñoburguesas”.
Si
bien, algunos grupos feministas realizaron acciones durante los regímenes
totalitarios y otras mujeres mantuvieron reuniones de reflexión y estudio en un
clima de hostilidad, lo cierto es que el movimiento feminista recupera
protagonismo recién a principios de los ’80, con la caída de las dictaduras y
la instauración de los nuevos regímenes democráticos burgueses en toda la
región. La dictadura logró cortar, en gran medida, los hilos de continuidad con
la etapa anterior. Muchos de los planteos iniciales del feminismo de los ’70
volvieron a rediscutirse. En cierto sentido, los años del terror obligaron a
que, una vez instalados los regímenes democráticos, las feministas tuvieran que
“volver a empezar”.
Esta
historia reciente de los últimos veinte años del feminismo latinoamericano está
cruzada por numerosas discusiones políticas y teóricas. Sin embargo, aunque los
documentos de los Encuentros Feministas de Latinoamérica y el Caribe están
disponibles y destacadas protagonistas del movimiento han escrito diversas
“historias” parciales de su propia práctica colectiva, no existe una historia
crítica del feminismo latinoamericano que intente vincular estas discusiones
políticas y teóricas, sus fragmentaciones, encuentros y desencuentros,
alianzas, rupturas y nuevas prácticas con la situación de la lucha de clases en
el continente durante el mismo período, en la cual muchas veces las mujeres son
protagonistas indiscutibles.
Su
realización excede los límites y las posibilidades de este artículo. Sin
embargo, consideramos necesaria la reflexión sobre la práctica feminista y los
períodos en que se desarrolla, incorporando un análisis de la política del
imperialismo hacia nuestro continente, los regímenes, los distintos flujos y
reflujos de la lucha de clases, y su relación con la opresión de las mujeres
latinoamericanas. Consideramos que el objetivo que debiera trazarse para esa
revisión crítica tendría que ser, recuperando la historia y sus lecciones, la
construcción de un movimiento feminista que, junto a las mejores tradiciones de
su batalla contra la opresión patriarcal, soldara su destino –de manera
práctica y efectiva- con el de los millones de mujeres obreras y campesinas que
luchan contra la explotación en este continente permanentemente expoliado y
avasallado.
Feminismo,
democracia y derechos humanos
“Democracia
en el país y en la casa”, Feministas chilenas, década del ‘80
En
los ’80, la derrota de Argentina en la guerra de Malvinas ya había actuado como
un disciplinador para el continente y todo el mundo semicolonial. La lección aprendida fue la de que no había
que enfrentarse al imperialismo, que éste era invencible. Además, la guerra
sucia de la “contra” armada por EE.UU. en Nicaragua y
la desarticulación de la revolución a través de pactos y la cooptación de
algunos sectores de la guerrilla, terminaron de cerrar el cuadro de esta
ofensiva imperialista que fragmentó y puso a la defensiva al movimiento obrero
y popular. Ese fue el telón de fondo de las “transiciones a la democracia”, que
se convirtió, entonces, en la política privilegiada del imperialismo
norteamericano hacia nuestro continente, como respuesta defensiva frente a la
emergencia de la movilización independiente de las masas contra estos mismos
regímenes dictatoriales, que ya se encontraban profundamente desprestigiados.
Las
democracias del continente fueron, finalmente, los regímenes que garantizaron
la continuidad de los planes económicos que significaron la pérdida de enormes
conquistas del movimiento de masas. Con el desparpajo que le es característico,
el ideólogo del imperialismo Henry Kissinger sostiene
en su libro La diplomacia: “Los Estados Unidos no aguardarían pasivamente a que
evolucionaran las instituciones libres, ni se limitarían a resistir a las
amenazas directas a su seguridad. En cambio, promoverían activamente la
democracia, recompensando a aquellos países que cumplieran con sus ideales, y
castigando a los que no cumplieran (aún si no presentaban un desafío o una
amenaza para los Estados Unidos). (...) Y el equipo de Reagan
fue congruente: hizo presión sobre el régimen de Pinochet
en Chile y sobre el régimen autoritario de Marcos en Filipinas a favor de una
reforma; el primero fue obligado a aceptar un referéndum y unas elecciones
libres, en las que fue reemplazado; el segundo fue derrocado con ayuda de los
Estados Unidos.”
Durante
el período represivo y particularmente durante los primeros años de la
democracia, los grupos de derechos humanos tuvieron un gran protagonismo en
nuestro continente. Estos movimientos, organizados para denunciar las torturas,
las desapariciones y los crímenes de las dictaduras, fueron protagonizados
fundamentalmente por mujeres (madres, abuelas, viudas). Por un lado, el que
hayan sido mujeres quienes visiblemente encabezaron esta denuncia y las luchas
posteriores por el castigo a los responsables del terrorismo de Estado, y por
otro lado, la política –especialmente de los EE.UU.-
de priorizar los derechos humanos en la agenda internacional, fueron dos
elementos claves para entender el cambio producido en el lenguaje y las formas
del reclamo feminista.
El
acercamiento militante de las feministas, muchas de ellas llegadas del exilio,
a las mujeres que incluso bajo los regímenes del terror ya se habían organizado
en el reclamo de sus familiares desparecidos, presos y torturados más los
términos de Democracia y Derechos Humanos instalados en la agenda pública
permitieron el trasvasamiento de las demandas
feministas a un lenguaje novedoso, a través de la política partidaria, los
organismos internacionales y los grupos de trabajo local. Fue el período de las
conquistas de derechos civiles fundamentales, lucha en la que el feminismo tuvo
un evidente compromiso: el divorcio vincular, la patria potestad compartida,
las leyes relativas a la violencia doméstica, aspectos parciales relativos a
derechos sexuales y salud reproductiva, etc.
En
la década del ’80, muchos de los grupos que se habían formado en la etapa
anterior ya se habían disuelto, otros recién comenzaban a formarse en medio de
la apertura democrática y al calor de estas luchas por los derechos humanos y
la ampliación de derechos civiles. En comparación con el período de principios
de los ’70, en este resurgimiento del feminismo en el continente se visualiza
una redefinición de las relaciones con el Estado, con los partidos políticos y
con el resto de las organizaciones sociales. Las feministas incluyeron sus
reclamos particulares en esta situación iniciando la creación de nuevos grupos,
presionando a los políticos y parlamentarios, exigiendo al Estado la
implementación de una nueva legalidad que contemplara esas básicas demandas
nunca resueltas.
A
partir de 1981, además, se suceden los Encuentros Feministas de Latinoamérica y
el Caribe, que cada dos y tres años reúne a las feministas del continente en la
reflexión política sobre la situación del movimiento y la elaboración de nuevas
líneas de acción.
Sin
embargo, la academización, la incorporación a las
instituciones de los regímenes políticos y los distintos estamentos de gobierno
y la “oenegización” (Bellotti
y Fontenla, 1997) son las operaciones más importantes
que comienzan a reconfigurar al movimiento feminista en este período,
produciendo también, junto con una multiplicidad de nuevas experiencias,
acciones y saberes, su incipiente fragmentación y
creciente cooptación. Durante este período, el feminismo latinoamericano
comenzó a recorrer el camino de la insubordinación a la institucionalización (Collin, 1999).
Las
críticas y las diferencias en relación con las concepciones teóricas, con los
fundamentos y las prácticas al interior del mismo movimiento feminista no
tardaron en aparecer. La escisión entre “autónomas” e “institucionalizadas” es
una de las expresiones más agudas que adquirió esta crítica interna. Pero ese
extremo de la situación de tensión, de casi una década, entre dos alas del
movimiento que se produjo en el VIIº Encuentro
realizado en Cartagena en 1996, fue sólo la culminación de un largo proceso de
discusiones al interior del movimiento cuyo origen puede situarse en el
mismísimo primer Encuentro de Bogotá.
En
un principio, la cuestión de la “doble militancia” entendida como el compromiso
con el feminismo, por un lado, y organizaciones o movimientos políticos no
específicamente feministas, fue uno de los debates fundamentales. (Vargas,
2002). Los encuentros que se prolongaron durante la década del ’80 estuvieron
signados por estas discusiones: además de la doble militancia, las pertenencias
a distintas corrientes dentro del feminismo que expresaban distintas herencias
ideológicas y políticas; la discusión acerca de la práctica de los grupos de
autoconciencia o la de “llevar” la conciencia a otros grupos de mujeres de
sectores populares, etc. Bedregal señala al respecto:
“Todo esto eran manifestaciones y expresiones de diferentes concepciones
políticas expresadas desde el primer encuentro, era lucha política de proyectos
políticos y filosóficos, pero se ocultaban en una aparente homogeneidad y tras
el deseo de una especie de romántica hermandad de mujeres que ha dificultado
siempre reconocernos, más allá del discurso declarativo, como diversas,
pensantes y actuantes de distintos proyectos y tras una identidad de género más
fácilmente centrada en tanto víctimas del sistema patriarcal que en tanto
constructoras de nuevas culturas.” (Bedregal, 2002)
La
década del ’80 culmina con el IVº Encuentro realizado
en Taxco, México, donde un grupo de mujeres elabora un documento crítico en el
que, con agudeza, se describen los “mitos” del movimiento feminista que, según
las firmantes, impiden un desarrollo del movimiento. Este documento tiene gran
repercusión. Allí se manifestaba que “el feminismo tiene un largo camino a
recorrer ya que, a lo que aspira realmente, es a una transformación radical de
la sociedad, de la política y de la cultura. Hoy, el desarrollo del movimiento
feminista nos lleva a repensar ciertas categorías de análisis y las prácticas
políticas con las que nos hemos estado manejando.” Más adelante, enuncian los
“mitos” que impiden valorar las diferencias al interior del movimiento y
dificultan la construcción de un proyecto político feminista. Estos son: 1. a
las feministas no nos interesa el poder, 2. las feministas hacemos política de
otra manera, 3. todas las feministas somos iguales, 4. existe una unidad
natural por el solo hecho de ser mujeres, 5. el feminismo sólo existe como una
política de mujeres hacia mujeres, 6. el pequeño grupo es el movimiento, 7. los
espacios de mujeres garantizan por sí solos un proceso positivo, 8. porque yo
mujer lo siento, vale, 9. lo personal es automáticamente político y 10. el consenso es democracia. Para concluir que “Estos diez
mitos han ido generando una situación de frustración, autocomplacencia,
desgaste, ineficiencia y confusión que muchas feministas detectamos y
reconocemos que existe y que está presente en la inmensa mayoría de los grupos
que hoy hacen política feminista en América Latina.”
Luego,
proponen a las feministas latinoamericanas: “No neguemos los conflictos, las
contradicciones y las diferencias. Seamos capaces de establecer una ética de
las reglas de juego del feminismo, logrando un pacto entre nosotras, que nos
permita avanzar en nuestra utopía de desarrollar en profundidad y extensión el
feminismo en América Latina.”
Estos
mitos que se denuncian en el documento de Taxco impedían el desarrollo de las
discusiones políticas más profundas, mientras el movimiento se iba
reconfigurando de una manera que no incluía a todas y que, sin embargo, no
podía criticarse. Sin embargo, a pesar de la repercusión que tuvo el documento,
los mitos se siguieron sosteniendo en gran parte del movimiento, incluso hasta
nuestros días. Muchos años después, feministas autónomas de Argentina escribían
sobre los mecanismos con los que se procuraba obturar cualquier intento de
crítica social al interior del movimiento: “Todo análisis cuestionador
de las ‘democracias realmente existentes’ pretendía ser clausurado con esta
apelación a sólo dos opciones aparentemente excluyentes [democracia o
dictadura, N de la R], recurso antidemocrático que suele ser usado por los
gobiernos de nuestros países para paralizar y desacreditar toda crítica o
movilización social por ‘desestabilizadoras’ y conducentes al pasado de golpes
militares y genocidios. Pareciera que estas democracias constituyen un punto de
llegada y que, a lo sumo, hay que perfeccionarlas un poco e incorporar a ellas
la ‘perspectiva de género’, es decir, incluir a algunas mujeres en el
excluyente modelo patriarcal capitalista y neoliberal.” (Fontenla
y Bellotti, 1997)
A
fines de la década, ya estaban visibilizados los problemas que impedían, según
algunas, el avance del movimiento feminista en el sentido de una
“transformación radical de la sociedad, la política y la cultura.” Las
divergencias que se esbozaban a pesar de los intentos de homogeneización, de
obturación de la crítica y de “romántica hermandad” se hicieron más ineludibles
al calor de la aparente inevitabilidad de la ola de
despidos, privatizaciones y el ataque al nivel de vida de las masas en nuestro
continente.
Mientras
tanto, los organismos internacionales también percibieron lo ineludible: el
ataque despertaría probablemente la respuesta de quienes lo perdieron todo. La
gobernabilidad fue entonces el nombre que los tecnócratas encontraron para el
problema que se avecinaba. La gobernabilidad que podría traducirse como el conjunto
de condiciones necesarias para sostener el proceso de reformas evitando la
irrupción de los movimientos de masas y que incluía la necesidad de establecer
relaciones “fructíferas” para el desarrollo sustentable con los movimientos
sociales y sus organizaciones.
Feminismo,
financiamiento y creciente institucionalización
“Mientras
una parte del feminismo se pregunta, individual y cómodamente recostada en el
diván ‘¿quién soy yo?’, y otra parte busca afanosamente la referencia necesaria
para una nota a pie de página que acredite como fiable su trabajo (...), he
aquí que el mundo revienta de pobreza: millones de criaturas, nacidas de mujer,
se asoman a un modelo de sociedad que les reserva una cuna de espinas...”
Victoria
Sánchez Sau, 2002
La
década del ’90 comenzó con la derrota de Irak en la Guerra del Golfo, en manos
de una enorme coalición militar de potencias imperialistas, lo que a su vez
permitió redoblar el ataque sobre el resto del mundo semicolonial.
Se profundizaron la “apertura” de las economías a los monopolios
internacionales y la transformación de nuestros países en “mercados emergentes”
que sirvieron sólo para la rápida “emergencia” de capitales “golondrinas”.
Acompañando
las privatizaciones de los servicios del Estado, la creciente desocupación y precarización del trabajo, tanto el Banco Mundial como
otros organismos financieros internacionales, comienzan a plantearse reformas
en los objetivos de financiamiento y en la relación con las organizaciones
sociales. En cierto modo, anticipándose a las consecuencias negativas derivadas
de la aplicación de sus propias recetas que aumentaron los ajustes y por lo
tanto, la pobreza en toda la región.
Cuando
la mayor parte del programa “neoliberal” ya se había implementado, el Banco
Mundial priorizó la financiación de programas sociales bajo los lemas de la
participación y la transparencia, reapropiándose de los discursos críticos a su
propio accionar. Las organizaciones no gubernamentales fueron las ejecutoras
privilegiadas de sus proyectos asistencialistas y focalizados.
El
Banco Mundial como el resto de las agencias de financiamiento cumplieron, en este período, un papel político e ideológico
muy importante en relación con el control social. Los intelectuales,
antiguamente izquierdistas, se transformaron en tecnócratas progresistas que
asumieron la responsabilidad de colaborar en estos proyectos de gobernabilidad,
desarrollo sustentable, etc. Estos “postmarxistas”,
administrando las ong’s no colaboraron en reducir el
impacto económico de una manera sustancial, pero sí ayudaron enormemente en
desviar a la población de la lucha por sus derechos (Petras, 2002).
La
cooptación tiene cifras indiscutibles: según la información de la OECD, en
1970, las ong’s recibieron 914 millones de dólares;
en 1980, la cifra ascendió a 2.368 millones de dólares y en 1992, rondó los
5.200 millones. ¡En 20 años, el dinero destinado a las ong’s
se incrementó en más de un 500 %! A estos números habría que sumarles los
subsidios otorgados por los gobiernos “del norte”, que de los 270 millones que
dispusieron a mediados de los ’70, elevaron su cifra a 2.500 millones a
comienzos de los ’90. En resumidas cuentas, las estadísticas de la OECD nos
hablan de un aporte estatal y privado a las ong’s de
alrededor de 10.000 millones de dólares, lo que representa la cuarta parte de
la ayuda bilateral global.
Los
’90 –época de privatizaciones, aumento de la desocupación en todo el continente
y “relaciones carnales” de los gobiernos latinoamericanos con los EE.UU. – no fueron una etapa fructífera para quienes
decidieron mantener la autonomía financiera, política e ideológica.
Muchas
feministas, con cierto prestigio en el movimiento, con conocimientos
específicos y una trayectoria política en la reivindicación de los derechos de
las mujeres, formaron parte de esta tecnocracia que se sumó a los organismos
multilaterales, las agencias de financiamiento, el Banco Mundial y las miles de
ong’s, que se transformaron también en plataformas
para el lanzamiento de carreras personales. Otras, se mantuvieron a la vera de
los financiamientos y criticaron duramente estas tendencias, pero su voz fue
minoritaria y su lucha –aunque reivindicable- sólo hizo eco en el vacío que las
rodeaba.
Las
feministas autónomas de ATEM denunciaban el proceso de oenegización
que impregnó al movimiento con estas palabras: “La mayoría de estas ong’s, formadas por técnicas y profesionales, trabajan con
las mujeres de ‘sectores populares’, de barrios pobres. Se presentan como
mediadoras entre las agencias de financiamiento y los movimientos de mujeres y
formulan programas para los mismos, brindando servicios que van desde talleres
y cursos de todo tipo a la distribución de comida, la organización de ollas
populares, planificación familiar (control de la natalidad), etc. Esta relación,
que implica diferencias de clase, de poder y de acceso al manejo de recursos,
genera vínculos jerárquicos y tensiones entre las mujeres de las ong’s y las de los movimientos con que trabajan, además de
las competencias entre las profesionales por los financiamientos.” (Fontenla, Bellotti, 1999).
El
neoliberalismo, a través de estos y otros mecanismos, despolitizó a los
movimientos sociales (incluso al feminismo). Como señalan muchas feministas
autónomas, a las ong’s se las terminó confundiendo
con el movimiento mismo, a sus proyectos financiados y sus trabajos rentados se
las confundió con “acciones”, como si se tratara de las mismas acciones que los
movimientos realizan como reclamos, exigencias y denuncias en la lucha por un
cambio radical. En síntesis, las políticas neoliberales que se iniciaron en la
década del ’80 y alcanzaron su punto culminante en nuestro continente durante
la década del ’90, hicieron que el movimiento feminista se fragmentara y
privatizara (Fontenla, Bellotti,
1999).
Feminismo,
movimiento de mujeres y lucha de clases
“Veo
que la mujer puede. Puede hacer más que lavar y planchar y cocinar en la casa a
los hijos. Yo creo que es real. Lo estoy sintiendo ahora y lo estoy viviendo.
Descubrí mi lado dormido y ahora que está despierto no pienso parar.”
Celia
Martínez, obrera de Brukman, 2002
En
nuestro sufrido continente latinoamericano, el aborto clandestino sigue siendo
la primera causa de muerte materna; son 6.000 las mujeres que mueren anualmente
por complicaciones relacionadas con abortos inseguros. Contrariamente a lo que
se podría imaginar, a comienzos del siglo XXI vivimos una actitud cada vez más
beligerante del fundamentalismo católico en alianza con los Estados y el poder
político contra los derechos sexuales, reproductivos y el derecho al aborto,
mientras salen a la luz cada vez más casos de abuso sexual contra niños, niñas
y jóvenes perpetrados por los miembros de la Iglesia.
América
Latina y el Caribe, por otra parte, registran los índices más altos de
violencia contra las mujeres: el homicidio representa la quinta causa de
muerte, el 70% de las mujeres padece violencia doméstica y el 30% reportó que
su primera relación sexual fue forzada. Se calcula que el 80% de las agresiones
permanecen en el silencio ya que no son denunciadas por temor o por la certeza
de que la denuncia no será tomada en cuenta. Más de 300 mujeres fueron
asesinadas durante los últimos años en Ciudad Juárez (México), constituyéndose
esa ciudad fronteriza en un lamentable ejemplo de femicidio,
impunidad, misoginia y barbarie. En el otro extremo del continente, en la
provincia de Buenos Aires (Argentina), se calcula que en 120.000 hogares hay
mujeres que sufren maltrato, y en el lapso de un año se cometen más de 50
homicidios de mujeres en manos de sus parejas. En nuestro país, se calcula que
se producen entre 5.000 y 8.000 violaciones por año. Según las especialistas en
violencia, en todo el mundo, uno de cada cinco días de ausencia femenina en el
ámbito laboral es consecuencia de una violación o de la violencia doméstica.
Las
mujeres constituyen el 70% de los 1.500 millones de personas que viven en la
pobreza absoluta en todo el mundo. Las campesinas son jefas de una quinta parte
de los hogares rurales, y en algunas regiones hasta de más de un tercio de los
mismos, pero sólo son propietarias de alrededor del 1% de las tierras, mientras
el 80% de los alimentos básicos para consumo los producen las mujeres. En
Latinoamérica, son 154 millones de mujeres las más pobres de entre los pobres.
En
el último año, 13 millones de niños murieron por hambre en el mundo: es un
número seis veces mayor al total de víctimas que provocó la Primera Guerra
Mundial entre 1914 y 1918. La mayoría de esos niños, son niñas. Muchas y muchos
son latinoamericanos.
El
valor y volumen del trabajo doméstico no remunerado equivale entre el 35 y 55%
del producto bruto interno de los países. La producción doméstica representa
hasta un 60% del consumo privado. Este trabajo no remunerado recae casi
absolutamente en las mujeres y las niñas.
Según
un informe de la OIT, la tasa de desempleo urbano en el continente alcanzó
hacia fines del 2002 a 17 millones de personas, afectando de manera especial a
las mujeres. Por otra parte, las mujeres que trabajan lo hacen en situación
cada vez más precarizada: no sólo cobran un salario
entre 30 y 40% menor al de los varones por el mismo trabajo, sino que en su
mayoría, no tienen obra social ni derechos jubilatorios.
Si
bien las feministas participaron y consiguieron introducir modificaciones en
las legislaciones de nuestros países en relación con el divorcio, la patria
potestad compartida, el cupo en los cargos públicos electivos, etc, la realidad indica que aún estamos muy por detrás de
haber solucionado con las leyes las situaciones concretas que vivimos las
mujeres del continente.
Pero
así como las espeluznantes cifras del horror y los relatos de la barbarie que
aún siguen sufriendo millones de mujeres latinoamericanas son siniestras
realidades, no es menos cierto que las mujeres estamos de pie y seguimos siendo,
en muchos casos, protagonistas indiscutibles de la resistencia y el
enfrentamiento contra esta misma barbarie, como lo demostraron recientemente,
las mujeres campesinas, las mujeres aymaras y las
trabajadoras mineras de Bolivia.
La
eclosión de los modelos económicos “neoliberales”, a principios del siglo XXI,
dieron lugar a un resurgimiento de la movilización en el mundo que fue
acompañado por un intento de diálogo del feminismo con otros movimientos
sociales. La participación de las feministas en las movilizaciones mundiales
contra cada una de las cumbres de gobiernos imperialistas, organizaciones
multilaterales y otras reuniones donde se definen, en gran medida, los destinos
de la humanidad, son un hecho novedoso de los años recientes. Lo mismo pudimos
apreciar en nuestro país, durante las jornadas de diciembre del 2001 –que
fueron una de las expresiones más agudas de la lucha de clases del período-,
donde las feministas volvieron a aparecer con sus banderas distintivas en medio
de las movilizaciones populares. Por otra parte, la “conversión” y autocrítica
de muchas feministas “institucionalizadas”, replanteándose los fundamentos de
su práctica, fueron –más allá de la autenticidad o el oportunismo de sus nuevas
posiciones- parte de las novedades del último período que no han pasado
inadvertidas.
Si
el feminismo latinoamericano no ambiciona transformar la realidad del
continente, padecida por millones de mujeres que desconocen sus premisas pero
enfrentan cotidianamente el hambre, la explotación, la violencia, el abuso y
las humillaciones, entonces quedará reducido a las elaboraciones académicas, a
los lobbys políticos y a proveer de “cuadros” a la
tecnocracia de género que se ha incorporado a los estamentos gubernamentales y
los organismos multilaterales.
Emocionan
las palabras de Silvia Rivera Cusicanqui sobre las
mujeres que participaron en la insurrección contra el gobierno del “gringo Goni” Sánchez de Losada, recientemente, en Bolivia: “Al
organizar minuciosamente la rabia cotidiana, al convertir en asunto público el
tema privado del consumo, al hacer de sus artes chismográficas
un juego de rumores ‘desestabilizadores’ de la estrategia represiva, al
organizar circuitos de trueque y ollas populares para los marchistas,
lograron derrotar moralmente al ejército, dando no sólo el sustento físico,
sino el tejido ético y cultural que permitió a todos y todas mantenernos
furibundamente activos, roto el muro doméstico y transformadas las calles en el
espacio de la socialización colectiva. Y así se quebró de pronto el sentido
común dominante, que opone lo privado a lo público, la emocionalidad
al raciocinio, la ética a la política, pues aquí todas y todos hemos pensado
con el corazón y amado y odiado –amado a esos 85 muertos, a esos 500 heridos,
odiado a sus victimarios y al sistema que representan- con toda la fuerza de
nuestra lucidez y de nuestro pensamiento.”
Allí
las “feministas, putas y lesbianas” del grupo Mujeres Creando tuvieron una
participación codo a codo con el resto del pueblo en las movilizaciones.
Importantes
sectores del feminismo hoy rechazan aquel camino de autoexclusión que ha
dividido, en numerosas ocasiones, con fortalezas inexpugnables al movimiento
feminista del movimiento de mujeres. ¿Podrá caminarse el camino de la unidad y
la comprensión de que no habrá emancipación de las mujeres de esta barbarie en
la que vivimos si no acabamos con este sistema que explota y oprime a millones,
reproduciendo en su provecho al patriarcado? ¿Cuántas serán las feministas que,
como señalaba Alda Facio en el documento del último
Encuentro Feminista en el continente, piensen que “tenemos que montarnos en el
tren del futuro socialista”?
La
respuesta está en las calles de un continente donde las mujeres sufren la
opresión con números y marcas ineludibles. La respuesta está en las calles de
un continente donde esas mismas mujeres de la clase obrera y el pueblo pobre
cortan las rutas, toman las fábricas, llenan las plazas y gritan su rebeldía.
Bibliografía
consultada
o Bedregal, Ximena (2002): “Los encuentros feministas, Lilith y el todo poder UNO”, en
www.creatividadfeminista.org
o Bellotti, M. y Fontenla,
M.(1997): “Feminismo y Neoliberalismo”, en Brujas Año XVI, Nº 24, Bs. As.,
o Bellotti, Magui (2000):
“Políticas y lenguajes feministas”, en Brujas Año XIX, Nº 27, Bs. As.
o Bellotti, Magui (2002): “¿Existe
el movimiento feminista?”, en Brujas Año XXI, Nº 29, Bs. As.
o Calvera, Leonor (1990): Mujeres y Feminismo en Argentina,
Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano
o Ciriza, Alejandra (1993): “Feminismo, política y crisis de
la modernidad”, en El Cielo por Asalto Año III, Nº 5, Bs. As.
o Ciriza, Alejandra (2001): “Herencias y encrucijadas
feministas: las relaciones entre teoría(s) bajo el capitalismo global” en Borón, A.: Filosofía política contemporánea; Bs. As, Clacso
o Collin, Francois (1999): “El
diferendo entre los sexos. Las teorías contemporáneas”, en Travesías Nº 8, CECyM
o Fontenla, M y Bellotti, M.
(1999): “ONGs, financiamiento y feminismo”, en Hojas
de Warmi Nº 10, Barcelona
o Fontenla, M. y Bellotti, M.
(1997): “Los caminos del feminismo”, en Brujas Año XVI, Nº 24, Bs. As.
o Fraser, Nancy (1997): Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”, Bogotá, Siglo del Hombre
o Gaviola Artigas, Edda (2002):
“Retomar los gestos de rebeldía”; en AA.VV.:
Feminismos Latinoamericanos: retos y perspectivas, México, PUEG
o Kirkwood, Julieta (1990): Ser política en Chile. Los nudos
de la sabiduría feminista, Santiago de Chile, Ed.
Cuarto Propio
o León,
Magdalena (ed.) (1994): Mujeres y participación
política: avances y desafíos en América Latina, Bogotá, Tercer Mundo Ed.
o
Petras, James (2002): “El postmarxismo rampante: Una
crítica a los intelectuales y las ONGs”, en
www.rebelion.org
o
Ramos, M. y Galindo, M.(1999): “El 1º Encuentro Feminista Autónomo
Latinoamericano y del Caribe”, en Brujas Año XVIII, Nº 26, Bs. As.
o
Rivera Cusicanqui, Silvia (2003): “Bolivia: metáforas
y retóricas en el levantamiento de octubre”; Suplemento Triple Jornada, México,
Diario La Jornada
o Sau Sánchez, Victoria (2000): “¿Adónde va el feminismo?”;
en Reflexiones feministas para principios de siglo, Madrid, Ed.
Horas y horas
o Sternbach, Nancy et al. (1994): “Feminismo en América
Latina: de Bogotá a San Bernardo”, en Magdalena León (ed),
op.cit.
o
Vargas, Virginia (1994): “El movimiento feminista latinoamericano: entre la
esperanza y el desencanto”, en Magdalena León (ed), op.cit.
o
Vargas, Virginia (2002): “Los feminismos latinoamericanos en su tránsito al
nuevo milenio”; en AA.VV.: Feminismos
Latinoamericanos: retos y perspectivas, México, PUEG
Notas
1
La derrota de los EE.UU. en Vietnam, el Mayo Francés,
la Primavera de Praga y el Otoño Caliente italiano son algunos de los
acontecimientos fundamentales en los que se observa este primer levantamiento
de las masas de Oriente y Occidente contra el orden impuesto por los acuerdos
de Yalta y Potsdam entre el
imperialismo y la burocracia stalinista, a la salida
de la IIº Guerra Mundial. En este artículo hacemos
referencia a los fenómenos de la lucha de clases que se dieron en nuestro
continente en el marco de esa situación internacional.
2 Kissinger, Henry: La diplomacia, s/r
3
A fines del 2002 se realizó el 9º Encuentro en Costa Rica.
4
El documento “Del Amor a la Necesidad” fue elaborado colectivamente durante el
taller sobre Política Feminista en América Latina Hoy, del IVº
Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, Taxco, México, 21 de octubre
de 1987. Participaron Haydée Birgin
(Argentina), Celeste Cambría (Perú), Fresia Carrasco (Perú), Viviana Erazo (Chile), Marta Lamas (México), Margarita Pisano
(Chile), Adriana Santa Cruz (Chile), Estela Suárez (México), Virginia Vargas
(Perú) y Victoria Villanueva (Perú). Lo suscribieron: Elena Tapia (México),
Virginia Haurie (Argentina), Verónica Matus (Chile), Ximena Bedregal
(Bolivia), Cecilia Torres (Ecuador) y Dolores Padilla (Ecuador).
5
Cifras de 1992
6
ATEM, Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer
Este
artículo fue publicado originalmente en: Panorama Internacional, www.ft.org.ar