Herederas y Heridas. Se intenta explicar, desde las Ciencias Sociales, la anomalía histórica y social que significa el caso de las primeras élites profesionales femeninas (Feminismos)

Fuente: Herederas y Heridas. Sobre las elites profesionales femeninas; María Antonia García de León, Ed. Catedra, Madrid 2002

Subió a conferencia el 26 de Abril del 2005

 

Herederas y Heridas

Please explain. This is what I enjoy. This is the best part of life

ERNEST HEMINGWAY

UN MODELO EXPLICATIVO

Toda anomalía debe ser explicada. De este modo se procede en el terreno científico, ya sea en el campo de la medicina, de la bioquímica, de la física o en cualquier otro que se vea concernido. En nuestro caso, tratamos de explicar, desde las Ciencias Sociales, la anomalía histórica y social que significa el caso de las primeras elites profesionales femeninas. Sin embargo, estas mujeres, aun siendo pioneras y minorías, se han producido en tal número, y sobre todo apuntalando tal tendencia social a un incremento de futuro que no pueden ser catalogadas como «excepciones»

Estudiaremos a mujeres profesionales, cuyas edades están comprendidas entre los cincuenta y setenta años y cuya actividad profesional se ha desarrollado plenamente desde los años ochenta, siendo significativo desde el punto de vista histórico que sean la primera rectora, las primeras catedráticas de su especialidad, las primeras académicas de su área de conocimiento, etc.

En suma, hemos hablado de anomalía; la pregunta obligada sería: ¿qué era lo normal?, ¿la norma? Pues bien, las elites profesionales femeninas son anomalías porque lo normal en la sociedad patriarcal en que nacieron, se socializaron y han forjado sus carreras profesionales, era la mujer no profesional, o dicho de otro modo, la mujer profesionalizada en las tareas familiares: el ama de casa. Y en otro plano de lo real, la norma eran las mujeres sin poder (profesional). Esta dialéctica entre norma-anomalía, o si se prefiere entre lo general y la excepción, tal vez explique, como telón de fondo histórico, aspectos de su condición de elite, su mérito y su demérito; en términos de estructura, no aludimos aquí a personas ni a psicologías individuales.

De este modo, por dar un ejemplo, el mérito del conocimiento de lenguas extranjeras que en la dilatada sociedad de la postguerra española (casi obligadamente cerrada a salidas al exterior por su penuria política y socioeconómica) era un gran logro, era, asimismo, un muy cualificado signo de distinción social, con lo que ello conlleva de apertura a esferas de poder y de mantenimiento en él, y por ende, al fortalecimiento de las fronteras de la diferenciación social. Pues bien, hoy el conocimiento de idiomas, aunque no ha perdido totalmente su valor de «pedigree», sobre todo asociado a otras características personales de la vida de sociedad, ha descendido a ser una herramienta escolar del conocimiento de cualquier estudiante. Para terminar con este ejemplo de las estrategias de distinción social, por otro lado tan lúcidamente analizadas por P Bourdieu, veamos cómo relata sus experiencias una de nuestras entrevistadas, a la pregunta sobre sus orígenes familiares:

Pues mira, eso sí que lo veo importante, porque realmente yo procedo de una familia de académicos; mi padre es catedrático de universidad, pero de los años cuarenta, cuando había pocos catedráticos, y tiene un concepto de universidad que ahora mismo si lo viviese... (...) Mi padre se retiró de la universidad porque no le daba para vivir, luego ha llegado a los más altos puestos de la carrera judicial (...) Mi padre el mundo intelectual lo tenía muy en alza. Creo que ese ha sido pues uno de los valores que yo he visto en mi familia. (...) Por ello, hemos tenido siempre una educación muy exigente. (...) Estudié alemán porque a mi padre le parecía que había que hacer algo por la gente, estudiar algo que no fuese como muy de moda, o sea, destacar en algo. Entonces, cuando era la época del francés y luego fue el inglés, la gente sabía menos alemán y nos puso una «fraulein», una profesora de alemán (Catedrática, 55 años).

Otra entrevistada vuelve a reiterar la exigencia paterna sobre su educación:

Mi padre tuvo una gran influencia intelectual sobre mí. Cuidaba mucho mis estudios. En el colegio se hablaba francés, y en casa inglés y alemán (Catedrática, 60 años).

Vayamos más allá de estos ejemplos, que tienen el sabor de la experiencia personal, y dan el tono de unas clases sociales en una época determinada. En síntesis, pasamos a exponer unas estructuras socio-familiares extraordinarias, las cuales producen unas mujeres fuera de lo común, que constituyen la anomalía que aún son las elites profesionales femeninas (con sus dos rasgos característicos de pioneras y minorías) en una sociedad patriarcal, hoy en transición, la cual fue absolutamente rigorista en la atribución de roles sexuales enormemente diferenciados y en la construcción de universos incomunicados entre hombres y mujeres de la España franquista, espacio y tiempo donde nuestras mujeres, objeto de estudio, se socializaron y comenzaron a forjar sus carreras profesionales.

BIOGRAFÍAS DE ÉLITES

Nos enfrentaremos en estas páginas con la riqueza de los materiales biográficos, con el cúmulo de matices que introduce el sujeto relatando su vida, con la constelación de temas, intereses, mentalidades de una época que ello aportan, pero también con la dificultad de interpretar, de dar sentido, orden y legibilidad (incluso en su aspecto de presentación material) a esa torrentera de energía vital con la que fluye el «cursus» humano. Radicalmente igualitario en tanto que personas, pero especialmente dinámico, apasionante cuando se tiene por objeto de estudio a pioneras, mujeres que tienen, en cierto modo, que inventar el mundo, dar respuesta a situaciones inéditas, construirse nuevos modelos sociales de existencia.

Los complejos materiales biográficos que tratamos, en tanto que materia «quasi» viva, nos avocan a exclamar al modo de Hemingway: «Please explain ...», o a considerar, como ha escrito C. Lisón: «el universo está regido por le bon sense, por l'esprit de finesse y por la subtilitas applicandi, no por la deducción ni por la cantidad, ni por l`esprit géométrique. Este es el reino de lo impreciso, de lo verosímil y de lo probable; de la persuasión y de la retórica, pero en el que no todo es igual todo tiene el mismo valor interpretativo. La verdad -el certum-, la verosimilitud y la probabilidad son algo más que meros puntos de vista» Y la biografía, o lo que es igual, la vida humana, es la construcción cultural por excelencia. Siendo así que biografías, autobiografías, diarios, historias de vida, etc., pueden ser una buena vía para resolver uno de los actuales dilemas que tienen planteados las Ciencias Sociales (en este caso, el de estructura-acción humana). En este mismo sentido, Bodgan ha indicado cómo «la autobiografía nos permite una visión sin igual del individuo en el contexto de su vida entera, desde el nacimiento hasta el momento en el que nos encontramos con él (...) Nos permite igualmente observar a un individuo en relación con la historia de su tiempo, y cómo es influenciado por los distintos acontecimientos religiosos, sociales, psicológicos y económicos presentes en su mundo. Todo ello nos permite visualizar las intersecciones de la historia de vida de los hombres con la historia de su sociedad, lo que nos permite, así, entender mejor las elecciones, contingencias y opciones abiertas al individuo» Con acierto ha criticado Norbert Elias, en su critica a las categorías sociológicas, el concepto de individuo tal como se utiliza habitualmente porque «suscita la impresión de referirse a un adulto sin relaciones con nadie, centrado en sí mismo, completamente solo, que además nunca fue niño».

El enfoque biográfico es una aproximación emergente para el estudio de la realidad social, pese a su dificultad, debida, entre otros factores, a este nuevo fenómeno: «el cambio radical de los procesos de individualización de las biografías. Las historias personales son cada vez más difíciles de tipificar. Los individuos siguen hoy caminos que no se dejan captar en ninguna de las categorías tradicionales». Esta puede ser una de las dificultades actuales del tratamiento de los materiales biográficos, pero que encierra, a su vez, una de las razones de su use creciente: la ruptura del curso biográfico tradicional, molde vital férreamente trazado para todos los estratos sociales y, dentro de ellos, para sus hombres y mujeres, con el consiguiente rechazo social y punición a la desviación de dicho molde.

Los materiales biográficos de las élites profesionales femeninas que aquí trabajamos tienen, además del interés de todo material de estudio, la importancia añadida de ser vidas en transición, es decir, cursos vitales con un componente tradicional fuerte (componente de pasado) presto a ser alterado, cambiado, por un componente nuevo y de cara al futuro. Nuestras mujeres, objeto de estudio, son mujeres en transición. Ellas mismas manifiestan tener consciencia de su propia coyuntura histórica. Veámoslo en estas declaraciones:

Somos una generación puente. Estamos en el momento de hacer cuatro cosas a la vez. No podemos ser débiles» (Catedrática, 55 años).

Somos un modelo. Cuando yo estudié en EE.UU. ya existían tres generaciones de mujeres académicas. Ahora nosotras somos las donadoras del saber (Catedrática, 53 años).

Una vez hechas las anteriores consideraciones sobre los materiales biográficos, que es la materia sobre la que trabajaremos, parece oportuno tener una visión de conjunto del fenómeno que observamos, para después comenzar con el análisis detallado de las partes que lo constituyen. Hagamos una enumeración (o recuento) a modo de listado. He aquí los < inputs» que analizaremos de las élites profesionales femeninas españolas:

El medio social: clases medias altas y clases altas (cultivadas).

La figura del padre.

La figura de la madre.

La figura del marido: mecenas multifacético.

El imaginario familiar.

La forja de un carácter: el sumatorio de todo lo anterior.

Las exclusiones

Las exclusiones del modelo serían las siguientes: en primer lugar, por la zona superior de la estructura social, quedan fuera del modelo profesional femenino: la aristocracia, las clases altas con gran componente de capital económico y social, incluso político, pero no cultural. Sus hijas no fueron criadas ni motivadas para ser mujeres profesionales. Un arquetípico (y cajón de sastre) «secretariado» sustituyó en ellas al piano y otros estudios de «adorno» que fueron característicos de sus madres. Los estudios de secretariado o idiomas fueron utilizados como compás de espera hasta alcanzar la verdadera profesión: el matrimonio. Estas clases sociales altas, característicamente incultas como ha sido la aristocracia española y aledaños (nadie mejor que Francisco de Goya para recordárnoslo) perdió el tren de la modernidad para sus mujeres. No tuvo visión de futuro. Y el futuro era ir a la Universidad. Posteriormente, algunas se han visto obligadas a estrategias de reconversión de su capital social (influencias, contactos, buenas relaciones, etc.) en profesiones nuevas en general, y en especial para las mujeres, v gr.: galeristas de arte, paisajistas, decoradoras, protocolo, etc. Ello es especialmente evidente en las mujeres a las que les falló su profesión inicial de «señora de», por motivos de separación, divorcio, viudedad.

En segundo lugar, la exclusión del modelo por la zona inferior de la estructura social es casi obvia, y las escasísimas mujeres que han escapado a la lógica social implacable de la exclusión, son notoriamente excepciones que confirman la regla. Este importante aspecto social ha sido diagnosticado del modo siguiente por los estudios de movilidad socioprofesional, los cuales han puesto de manifiesto que la incorporación de la mujer al mundo profesional se ha llevado, en nuestro país, de la siguiente manera: «Ha conllevado una fuerte estratificación de las mujeres según niveles de clase. Muchas se han incorporado al trabajo, pero no todas a los mismos trabajos. Sobre todo en las profesiones liberales, las mujeres se han tendido a igualar a los hombres según estrictas líneas de clase: las de cada clase se han igualado a sus hermanos. El resultado ha sido que al tiempo que crecía la igualdad de las mujeres con los hombres, aumentaba la desigualdad entre las mujeres. A las hijas de los obreros y los artesanos les fue casi completamente imposible llegar a profesionales».

Una vez más, cabe destacar el hecho conocido e investigado de ciertas afinidades en los extremos de la escala social: la no profesionalización de las mujeres de la alta sociedad y la no profesionalización de las mujeres de la clase obrera. Curiosamente en ese «los extremos se tocan», un buen botón de muestra nos lo ofrece una entrevistada al relatar cómo la prueba de acceso a la Universidad para mayores de veinticinco años, una forma muy popular de acceso a la Universidad para los desfavorecidos que no habían tenido otra oportunidad, fue muy utilizada por las hijas de la aristocracia:

Muchas chicas de buena familia entraron por lo de veinticinco años. Se habían casado muy jóvenes, y no habían contado con tener ninguna profesión (...) Entre los hombres también quedan bastantes sin carrera (Mujer de la aristocracia, 51 años)

Los límites

Ocupémonos ahora de los «límites», o de lo que podríamos llamar las zonas de riesgo. Deseamos expresar con estos términos que hubo unos años, en la sociedad española, en los cuales el perfil social de una mujer y su destino podía escorar fácilmente (por tan sólo una leve diferencia de edad, por ejemplo) a un modelo a otro de mujer, es decir, ser «señora de» o ser una mujer profesional (aun conservando un «quanturn» de «señora de»). El futuro social de una mujer era en extremo lábil. Este fenómeno está circunscrito a las clases medias, en las décadas de los años sesenta y setenta, si bien ha podido haber notables incidencias y variaciones por regiones, y según medios rurales o urbanos. Veamos las expresivas declaraciones de las siguientes entrevistas:

Mis dos hermanas mayores me llevan sólo cinco años, pero su mundo es totalmente distinto al mío y al de mi hermana pequeña. Son señoras tradicionales, que se han quedado viviendo en una capital de provincia, con sus maridos, sus hijos (...). Nosotras, las pequeñas, vivimos en Madrid, hemos pasado por divorcios..., tenemos profesiones. Ellas parece que viven en el Antiguo Régimen, llevan unas vidas antiguas, muy tradicionales, como si nada hubiese cambiado (...) Nosotras tuvimos que inventárnoslo todo (Profesora de psicología, 53 años).

Se abunda en la misma sensación de cambio social, de época en transición, en el testimonio de esta otra entrevistada:

Olga Salido evidencia el mismo fenómeno que la anterior entrevistada, en este caso para grandes cifras y con el siguiente lenguaje técnico: «La movilidad ocupacional de las mujeres en España: dos cohortes en contraste.» Las mujeres de clase alta de las cohortes mayores tenían, al mismo tiempo que mayor probabilidad de realizar estudios superiores, una mayor probabilidad de «desaprovecharlos», de no utilizarlos como una forma de inserción laboral duradera, sino como parte de una estrategia matrimonial o de reproducción de clase, como se quiera ver. Las razones de «abandono» o de «entrada» en la actividad laboral no son homogéneas, pues, para las distintas clases sociales y quizá por eso son tan desiguales los perfiles de empleo de las mujeres de las cohortes mayores.

En la España franquista (con la amnesia obligada sobre la experiencia de la modernidad femenina de los años veinte) hubo unos años, los que relatan nuestras entrevistadas, en los que tímidamente se abrió la puerta a la idea de una naciente mujer profesional que ha tardado décadas en imponerse como realidad y que aún hoy forcejea entre la dualidad estructural de profesión/familia. Numerosos testimonios, día a día, documentan en la prensa la pervivencia de esa dualidad, llena de tensión y hasta de incompabilidades para muchas mujeres, de tal manera que la conocida como conciliación entre la vida familiar y profesional ha pasado a ser el tema número uno en la agenda sobre medidas sociales para la mujer, junto a «la paridad» (en el terreno político). Veamos este expresivo testimonio en prensa:

Las mujeres de hoy vivimos de manera esquizofrénica. Necesitamos realizamos, huir del modelo de nuestras madres, pero no queremos renunciar a la familia.

Enfáticamente, podríamos confeccionar este gran titular:

Desde el nacimiento de la mujer profesional hasta su consolidación. El gran cambio social de España en el postfranquismo podría ser entendido a través de sus mujeres. Es decir, el género puede vertebrar una de las perspectivas más estimulantes para comprender el gran cambio social de España, tal ha sido su magnitud en un tiempo acelerado. Hay bastante escrito, pero aún no está agotada, ni mucho menos, esta fértil cantera de investigación.

LA HERENCIA

Podría parecer obvio subrayar que nuestro elenco de élites femeninas cuentan con orígenes familiares elevados, salvo escasas excepciones. Desde la perspectiva sociológica, contar con información sobre extracción social es un dato fundamental, aporta conocimiento de quiénes tienen influencia en una sociedad determinada, aclara los mecanismos de reproducción social y qué posibilidades hay de movilidad social.

En la sociedad tradicional de postguerra, sumida en el inmovilismo del franquismo, y sobre todo para el caso de las mujeres que posteriormente han triunfado en sus profesiones, se pone de manifiesto un componente enormemente conservador (en el sentido de acumulación y conservación de riqueza) en relación a ellas. De este modo, tomando sus biografías de élites profesionales triunfantes y desde ellas tendiendo un hilo conductor hacia el pasado, o bien recorriendo una senda vital desde el hoy hasta el ayer (a modo de «flashback» cinematográfico) mencionaremos, a modo de grandes pinceladas impresionistas, algunos datos, en el entendido que hay similitud entre ellos. De esta forma, sabemos que entre las profesiones de sus abuelos (de las que se sabe el dato) estaban las siguientes: diplomático, catedrático de pedagogía, director de la Escuela de Comercio, empresario «muy culto», ingeniero «millonario» etc. Sus padres eran: directivo de una gran empresa inglesa, catedrático de universidad y magistrado del Tribunal Supremo, empresario, político liberal y monárquico con educación británica y con preceptores, registrador y notario, etc,. Es importante observar que cuando el componente profesional paterno no es tan elevado, sintomáticamente concurre en la biografía otro elemento o algún tipo de refuerzo que la apoya y la hace significativa, hacia un futuro profesional.

Nuestro diagnóstico es el siguiente: para que una mujer pudiera abrirse camino hacia una profesión superior en la España franquista (y en cualquier sociedad tradicional patriarcal) se tuvo que producir un significativo proceso de sobreselección social, más intenso que la selección social que muestra toda biografía de élite (y, en concreto, las de nuestro elenco de hombres periodistas y catedráticos de universidad que veremos en sus respectivos capítulos). Ello en el terreno de lo social. Pero la fortaleza de la negación de un mundo profesional a las mujeres fue tal, que provocó, además de la mencionada sobreselección para que dichas mujeres pudieran alcanzar el éxito en sus profesiones, el siguiente hecho: que fuese una sobreselección muy cualificada, es decir, familias no sólo con riqueza, sino familias ricas y cultas. El subrayado se acentúa si todo ello se pone en parangón con el paupérrimo panorama cultural español de postguerra, en que diseñaron o les fueron diseñadas sus expectativas educativas y profesionales, con distancias abismales respecto a la media de las mujeres españolas y asimismo respecto a los hombres. Por si todo ello no bastase (y no bastaba dada la fortaleza del patriarcado) debieron contar con padres muy especiales: padres no sólo singulares por su riqueza (económica y social) y por su riqueza cultural, sino padres sobre todo singulares por su sensibilidad hacia las mujeres, padres liberales y hasta «feministas» («avant la lettre»). Unos lo fueron por principios, otros inicialmente forzados por un significativo destino familiar: ser patriarcas de sororidades, es decir, familias que no tuvieron primogénito, familias con una especial composición femenina, de tal manera que el padre se vio obligado por las circunstancias a pensar en los destinos de sus hijas, o a trasladar de buen o mal grado el diseño profesional del «hereu» que no tuvo a sus hijas. Profundizaremos en los epígrafes siguientes, en todos estos factores que son sumando tras sumando para que pudiera producirse el éxito profesional de unas determinadas mujeres, con el gran agravante de haber sido gestado dicho éxito a partir de las condiciones tan adversas para las mujeres de la sociedad franquista.

A LA SOMBRA DEL PADRE

Las entrevistas. glosan de la siguiente manera la figura del padre. Las citas son abundantes y extensas, pero consideramos muy oportuna su inclusión; a través de ellas se capta la vivencia de padres muy singulares para la época y distintas a la figura convencional del «padre padrone» imperante (generalmente ausente del ámbito doméstico, volcado hacia lo público y con una actitud laxa y de indiferencia hacia la educación de sus hijas). También a través de esos testimonios se observa una vivencia biográfica fundamental: que estas mujeres de élite saben que su padre es singular y/o excepcional respecto al modelo de la época y, por último, se advierte la formación del mencionado capital afectivo. Veámoslas:

Mi padre me dedicaba mucha atención. Como yo era la hija mayor, mi padre me dedicaba mucha atención y me enseñaba problemas de matemáticas y a hacer dibujitos a manejar la regla de cálculo; era increíble, en una niña de siete u ocho años, en fin. (...) Mi padre se proyectaba mucho, veía que yo era una niña listilla que le gustaban las matemáticas... (Catedrática, 56 años).

Yo siempre he adorado a mi padre, ha sido muy clave (Catedrática, primogénita, 65 años).

He sentido más la influencia de mi padre porque era más culto. Yo he tenido muy buena relación con mi padre. Siempre los padres con las hijas... (Catedrática 55 años).

En este orden de cosas, se suceden una y otra vez las declaraciones de gran parte de las élites profesionales femeninas. Paradójicamente, podríamos hablar del poder masculino de las élites femeninas, o dicho más brevemente: del poder masculino de las mujeres. En términos generales, podríamos decir que el padre las ha nutrido con tal afecto, las ha investido de tal seguridad, las ha pertrechado de tal autoestima (la fuerza del amor) que las ha colocado en posición de «caballo ganador>>. El padre las ha blindado contra la enorme presión de un sistema patriarcal frontalmente opuesto al desarrollo intelectual y profesional de la mujer.

Mi padre influyó muchísimo en mi personalidad, yo me llevaba muy bien con mi padre, y quizá porque era la mayor yo hablé con mi padre con una franqueza (...) que muchas mujeres no la tenían con sus padres. Yo recuerdo mi padre hablándome de temas de biología con mucha naturalidad, las primeras veces que yo oí hablar del big-bang fue mi padre quien me habló de ello. Mi padre quería para nosotros una formación muy rigurosa. (...) Y por otra parte, cuando yo tenía catorce años o quince me gustaba escribir y mi padre por ejemplo me animaba muchísimo a que yo escribiera, que en aquella época escribía poesía como toda la gente con los quince años. Pero mi padre me decía: tenemos que intentar publicar esto (Catedrática, 59 años).

Mi padre quería que yo fuese ingeniero de caminos, porque le parecía que en las condiciones de mi bachillerato pues estaba capacitada, por decirlo así, para emprender el asalto al palacio de invierno, porque la carrera de caminos no tenía mujeres (Catedrática, 60 años).

Mi padre cada vez que oía hablar de la salida matrimonial como una especie de salida profesional tenía una frase muy dura, decía: « es el oficio más antiguo del mundo, me da igual que haya sacramentos o no haya sacramentos, lo más importante es la independencia profesional, la independencia económica y después con tu vida haz lo que quieras, puedes casarte, puedes no casarte, ese es un tema absolutamente aleatorio». (...) Mi padre era un feminista, yo creo que un feminista «avant la lettre». (...) No entiendo nada de psiquiatría, no un complejo de Edipo, pero una unión a mi padre muy superior que por ejemplo mis otros hermanos (...) Mi padre tenía su despacho donde se encerraba a trabajar y yo me tenía que encerrar con él, era una niña muy sedentaria, porque claro, tenía que pasarme las horas, pero yo tenía que ver a mi padre, entonces pues pintaba, dibujaba, hacía cualquier cosa que pudiera hacer en una mesa sin molestar a un adulto (Catedrática, 58 años).

Se ha teorizado largamente sobre los capitales social, económico, simbólico, cultural y escolar de las personas, pero no se suele hablar de un hecho esencial para su funcionamiento como persona adulta: el suelo psíquico sobre el que ha crecido, o lo que podríamos llamar su capital afectivo. Sin embargo, este «input» es fundamental en cualquier biografía, y se pone claramente de manifiesto en las de nuestras entrevistadas como una importante socialización en patrones profesionales para las hijas primogénitas y/o únicas en las familias sin descendencia masculina, o bien se manifiesta en la diada patriarcal de «padre-padrone»/«madre sumisa», como un contramodelo que carga a las entrevistadas de energía a la contra para abrir nuevas vías, concretamente, ser por primera vez mujeres profesionales.

Es asimismo de destacar que, en muchos casos, sus familias componen una especie de matriarcado, o lo que es igual, padres que no tienen hijos varones, o bien que ellas son las primogénitas, posición muy significativa en la constelación de hermanos/as como ha sido puesto de manifiesto por diversas investigaciones. De este modo, son fácticamente, muchas de ellas, las herederas, con un destino socioprofesional que se ha cargado de la energía de un padre que no ha tenido hijo varón en quien depositarla:

Yo nací en una familia con tres hermanas. (...) Pero tuvo tres hijas, no tenía hijos y entonces dijo: «ya que no tengo hijos serán las hijas las que estudien las carreras» y desde que éramos enanas, las tres sabíamos que nuestro destino era acabar el bachiller y la que quisiera, estudiar una carrera y además también sabíamos que nuestro destino era la lectura, la literatura, porque nuestro padre en casa, cuando llegaban las vacaciones de colegio entonces nos llevaba al despacho, pero desde enanas ¿eh?, éstos son los libros que vais a leer este verano, nos fue familiarizando con la idea de los libros, con la idea de la música, con la idea de la cultura, nos fue diciendo, nos fueron diciendo porque mamá también participó totalmente, lo que pasa es que él llevaba más el papel activo, pero nos fueron haciendo, metiendo en la cabeza la idea de que el trabajo era una cosa muy importante, de que el trabajo bien hecho producía satisfacción y que estudiar era fundamental y aprender era básico (Catedrática, 55 años).

Dichas estructuras de sororidades y de casos de hijas únicas son enormemente influyentes en la biografía personal. Archiconocido es el ejemplo de la escritora Emilia Pardo Bazán, caso de hija única, la cual declaró frecuentemente, con gran consciencia histórica, que en caso de haber tenido un hermano, su educación y, en general, su destino, hubieran sido muy otros. Dejando a un lado ese testimonio de época, para un elenco actual de entrevistas a catedráticas, escogidas al azar, sorprende encontrar que todas son hijas únicas o primogénitas, es decir, parece darse la persistencia de ese singular requisito que denunciara en su día la famosa escritora.

Podríamos hacer el siguiente recuento de factores al respecto: un excelente suelo psíquico donde crecer, la dotación de una gran «seguridad ontológica», por así llamarla, seguridad masculina frente a la construida históricamente y ya caracteriológica inseguridad/vulnerabilidad femenina. No es de menor importancia en este recuento de factores favorables a nuestras élites la permisividad social a una muy estrecha relación padre/hija, algo que no sería tan bien visto en una estrecha relación madre/hijo (aludimos a la gran fortaleza del tabú del incesto en este caso, que impele a los varones a una ruptura más exigente). De ahí, el subrayado del anterior testimonio. Pero además de todo ello, o justamente antes que ello y como causa número uno, contamos con la especial composición familiar de las élites profesionales femeninas. Con estas lucidas palabras ve el problema una de nuestras entrevistadas:

Mi teoría es que hemos conseguido llegar las que no teníamos hermanos mayores. Si los hubiera tenido, no hubiera pasado de Secretariado (Catedrática, 56 años).

Más allá de los datos singulares que aportan las entrevistas, el mismo refrendo dan los datos provenientes de muestras mayores, ciertos colectivos encuestados de profesionales. De este modo, García de Cortázar, analizando los profesionales del periodismo, indica: «en la composición de las familias de las mujeres encuestadas, se repite una observación que se aprecia en otros estudios sobre mujeres profesionales de otros campos. Así, entre las catedráticas de universidad, la mitad es hija única o primogénita, y el 47 por 100 de las ingenieras comparte esta característica. La mayoría de las profesionales del periodismo proviene de familias con predominio femenino entre sus miembros y en las que ellas son, en muchos casos, la primera descendiente. Esta doble circunstancia ha reforzado sus posibilidades de dedicarse a una profesión que, vista con ojos de hace veinte años, no era de las clásicas carreras femeninas, además de vivir lo que supone ser el vástago inicial de una familia en cuanto a atención preferente por parte de padres y abuelos, carga de responsabilidad y ejercicio de un cierto liderazgo entre los hermanos menores. Entre los varones se dan otras particularidades. No suelen ser los primogénitos, y entre sus hermanos hay más hombres que mujeres. Y esto, es quizá lo que les ha permitido estudiar periodismo, en lugar de carreras más tradicionales, habituales entre los varones que iban a la universidad y que en estas familias ha correspondido al hermano mayor)>>.

En síntesis, estimamos como un dato muy relevante en el contexto del fenómeno que analizamos (la constelación familiar de las mujeres profesionales) que haya un 50 por 100 de primogénitas y que, al menos, un 65 por 100 no tenga ningún hermano mayor varón, siendo bastante abundantes los casos de sororidades totales o sorodidades «parciales», en el sentido de haber, por ejemplo, tres hermanas y luego un varón, o que haya una ruptura temporal en la secuencia de hermanas y hermanos, habiendo creado éstas un universo propio.

Otras investigaciones sobre élites («Comparative Leadership Study») han puesto de manifiesto que la primogenitura es un rasgo muy destacado entre las élites profesionales (políticas, económicas y burocráticas) y dicho rasgo se acentúa en el caso de las élites femeninas. De este modo, se pueden observar cinco o más puntos de distancia porcentual entre hombres y mujeres.

La importancia de dicho dato podría constituir, «per se», una monografía. Comprender el impulso hacia el ascenso social que la familia deposita sobre el primer miembro (es decir, el primer ensayo de construir una persona) es un tema muy relevante para las Ciencias Sociales. Hay una razón de sentido común: el reparto entre pocos se puede convertir en acumulación, el reparto entre muchos es división y/o desacumulación. Todo ello es relevante en relación a oportunidades educativas, sociales, etc., del primogénito/a. Pero no se trata sólo del reparto, o de la acumulación, en el caso que nos ocupa, de un capital económico, social, simbólico etc., sino también del que podríamos llamar capital afectivo- psicológico. Por ejemplo, del esmero, o de la superatención y dedicación de los padres a los hijos únicos, su proyección total.

Estas muy singulares circunstancias (los padres de estas élites profesionales son un anti-modelo del padre de la época, son una excepción) han construido un tipo de mujeres a prueba dé todo, mujeres que han intemalizado un super-ego masculino poderoso, el de un padre que les «vende» la primogenitura y como tal las trata. La primogenitura algo por excelencia masculino, como rol, como derecho (cómo no recordar los ecos bíblicos de ella en nuestra cultura) más allá del hecho del sexo de quien la ocupe.

En otro orden de cosas (a nivel macrosocial) tratando del patrón de movilidad intergeneracional de las mujeres españolas, estas mujeres profesionales han sido llamadas supervivientes y se comportan de este modo en relación a las siguientes preguntas que formula Olga Salido: «¿Quiénes son las mujeres que han tomado ventaja de la expansión del empleo cualificado dentro de los servicios? Ensayemos una respuesta simple para tan compleja cuestión: aquellas mujeres cuya clase de origen se encuentra lo suficientemente bien posicionada como para garantizar el acceso a las posiciones más privilegiadas de la estructura del empleo. ¿Y les fue mejor a las jóvenes, o a las maduras? Parece que algo mejor a las primeras que a las segundas, especialmente si tenemos en cuenta que la cohorte de más edad vinculada al mercado de trabajo se encuentra mermada, que perdió parte de sus efectivos en la batalla...».

Estos datos también apuntan al fenómeno de sobreselección social que tratamos en estas altas mujeres profesionales objeto de nuestro estudio. Son «supervivientes», es decir, son aún más sobreseleccionadas, máxime si además han llegado a los más altos puestos en sus profesiones, y no sólo a ser meramente profesionales.

Por último, en esta acumulación de datos sobre la sobreseleción social de nuestras entrevistadas, queremos hacer reparar en esa constelación mental que envuelve a una familia, especie de fantasma invisible pero con gran carga afectiva a ideológica que llamamos el imaginario familiar. Éste sobrevuela la galaxia familiar y puede hacer relevantes a personajes laterales o remotos, incluso no actuantes reales en la biografía de la interesada/o, sólo presentes como imágenes poderosas. Podríamos preguntamos sobre cuál es «el significante amo» de una familia, por decirlo en términos del psicoanálisis lacaniano (¿la tierra?, ¿la política?, ¿la religión?, ¿la cultura?) el cual va a instituirse en un importante motor de actuación y orientación de sus miembros. En el caso de nuestras élites profesionales femeninas, es la cultura, alcanzar un mundo profesional lo que parece dominar sus biografías.

A LA CONTRA DE LA DOMESTICIDAD

(LA MADRE COMO REFUERZO)

Desde el punto de vista de las hijas, que por primera vez van a ser profesionales, necesariamente la madre, «sus labores», aparece como anti-modelo, ya que la domesticidad es el antimodelo y la profesionalidad es el modelo a seguir, además con el subrayado afectivo de un padre singularmente volcado en labrarle a su hija un horizonte profesional. Distintas especialistas han señalado como un factor de cambio social en la situación social femenina lo siguiente: la resistencia de las mujeres a la femineidad convencional (Evans: 1998). Con conflicto o no (y ello podría ser tema de una dimensión psicoanalítica) estas primeras mujeres profesionales han estado a la contra de la femineidad convencional, han roto con ella. Todo ello en un complejo tiempo social en que todo estaba en un «tris» (pese a los refuerzos del padre) de poder ser de una manera o de otra, es decir, de ser ganada por la profesión y afianzarse en ella o de pasar al modelo «señora de», teniendo el marido un papel muy especial ¿sería éste un colaborador de la tarea educadora gestada por el padre y, en general, por la familia de origen, o arruinaría todo lo hecho? Más adelante responderemos.

Todo lo anterior sería una oposición estructural, es decir, la madre como anti-modelo «per se», puesto que las hijas iban a romper con las llamadas «labores propias de su sexo» (en abreviado, «sus labores»). Ahora bien, observando el tema desde el punto de vista de la madre, ya como persona concreta (no como estructura) advertimos que actúan generalmente en connivencia con el padre, por otro lado, un modo muy estructural de actuar, es decir, adecuado a la estructura del patriarcado. Secundar al varón, reforzar lo que él ordene. Todo ello, sin gran esfuerzo y con ánimo, puesto que son mujeres de cultura, aunque bastantes sin ejercer profesión, vgr.: maestra sin trabajar tras la maternidad, estudió varios años en Inglaterra, estudió con preceptores particulares, son datos que se reflejan en nuestras entrevistas.

Ahora bien, hay un grupo significativo de madres profesionales, e incluso antecedentes de abuelas ya profesionales, sobre todo maestras. Indudablemente, tanto las primeras madres aludidas con su proximidad y gusto por la cultura, como este segundo grupo, ya profesionales, son un importante <<input>>en las biografías de estas élites profesionales femeninas. A su modo, probablemente actuaron de mentoras, de imágenes próximas y afectivas para acercarles y hacerles apetecible un futuro profesional e incluso incentivarlas a superarlas en su nivel profesional. Todo ello supone una notable riqueza añadida por contraste en el atrasado conjunto que suponía la población femenina española, con poco más de seis mil mujeres (por dar un dato) matriculadas en la Universidad en la década de los sesenta.

En síntesis, podríamos decir que la figura de la madre puede actuar como un refuerzo en una doble vertiente: en negativo, como rechazo a la domesticidad como <<profesión única>> por parte de las hijas que iban a inaugurar sus vidas profesionales; como madres profesionales. Ambos esfuerzos, frecuentemente s suman desde una visión general del sistema y forman un doble refuerzo. Significativamente escribe Milagros Rivera:<< La puesta en puesta en palabras del orden simbólico de la madre ha sido la gran paradoja de las mujeres emancipadas de mi época; porque fuimos en los años sesenta y setenta la generación más antimateria del siglo XX>>

Distintas investigaciones han puesto de relieve el capital cultural diferencia de las mujeres profesionales por vía materna. Por profesionales del periodismo se sabe que <<vienen de hogares cultos, con padres educados, y lo que es más sorprendente, con madres también con niveles de escolaridad altos-una de cada cinco es universitaria- casi el doble de lo que se da en el conjunto. Madres que, además, trabajan en mayor medida que el resto, con excepción de los profesionales más jóvenes. Hogares en los que ellas han sido hijas únicas o primogénitas en una parte importante, lo que sin duda habrá facilitado las posibilidades de una educación esmerada. En suma, mujeres que tiene un capital cultural y social por encima de la media de sus compañeros>>

Para el retrato social de la madre, la investigación internacional << Comparative Leadership Studies>> ofrece en relación a las élites profesionales femeninas, comprendidas entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años en la actualidad, una especie de <<dato estrella>>: más del 30 por 100 de sus madres ya eran mujeres profesionales ejerciendo tareas directivas.Probablemente, el marco internacional al tratarse de sociedades se países industrializados eleve este dato respecto al contexto español. No obstante se sabe que el fenómeno de mujeres ejerciendo actividades profesionales, no simplemente trabajando, es un fenómeno relativamente reciente, en general. Todo ello subraya la necesidad de continuos y diferenciales refuerzos que tuvieron las élites profesionales femeninas para alcanzar el logro profesional.

No obstante, la figura de la madre requeriría, a nuestro juicio, futuras monografías, ya que ofrece significativas variaciones que sólo brevemente explicitamos ahora. En el caso de las élites profesionales más cultivadas, en general son un gran refuerzo como hemos apuntado, pero hay otros casos, de heroínas profesionales (las <<rebeldes>> las hemos llamado en el tratamiento de las élites mediáticas), para las cuales reaccionar contra el rol materno ha sido un detonante, y probablemente reaccionar contra la madre real Este aspecto conexiona directamente con el origen social. En estos casos que llamamos de las heroínas profesionales, más que herencia ha habido herida, lo cual se puede convertir (si es que no mata) en un «input» notable en la búsqueda del éxito social y profesional.

Más allá de las élites, mujeres profesionales medias sin madres profesionales suelen quejarse de la incomprensión de éstas hacia sus vidas distintas, sus esfuerzos profesionales, sus viajes, su falta de tiempo. Veamos los testimonios de estas entrevistadas:

Mi madre siempre me está pidiendo que la acompañe. Me culpabiliza por no hacerle tanto caso como ella quiere, por tener que estar encerrada estudiando, o viajar a un congreso (Entrevista, 13-XII-2000).

Ella no sabe ni lo que es un trabajo. Vengo cansada, con tensiones y problemas del trabajo, y ella como si nada, sólo quiere que la acompañe de compras, a salir. No tiene ni idea de la cantidad de rollos profesionales que te ocupan la cabeza (Entrevista, 9-X-2000).

Una vez más, advertimos de este juego de luces, de claroscuros que puede tener la poco explorada figura de la madre, en este aspecto de hijas profesionales que podríamos etiquetar como una importante parcela de la transición del patriarcado.

Volvamos a nuestras élites entrevistadas; en ellas se advierte ese tiempo de transición, una cierta ambivalencia de las madres, aunque finalmente estuvieran apoyadas por ellas:

A mi madre le gustaba autodenominarse como intelectual. Era andaluza, fascinante, pero yo admiraba la sobriedad y el ascetismo de mi padre, que era de León. Un prohombre de León (...). Mi madre era machista de corazón: estudiar sí, pero carreras femeninas» (Catedrática).

Mi padre me ha influido muchísimo. A los siete años me enseñaba a usar la regla, hacer problemas, hacer dibujitos..., quería que fuera ingeniero (...). Mi madre decía: déjamela en casa que ayude (...). Mi padre no consintió que se quedara una sola hija en casa (Catedrática, 60 años).

La siguiente entrevistada vuelve a reflejar con una maravillosa expresividad esa ambivalencia y distancia de ciertas madres respecto a lo profesional, y sobre todo ese estar en una situación liminal, fronteriza de poder ser una cosa a otra (¿el patriarcado en transición?). La cita es larga pero significativa:

Mi madre era encantadora, realmente ha sido el típico ejemplo de mujer con sus propias ideas pero siguiendo a su marido. Mi padre es difícil, es una persona autoritaria, en cambio mi madre siempre ha sabido llevar la batuta pero con muchísima suavidad, haciendo lo que quería. Digamos que mi padre siempre ha estado muy enamorado de mi madre y ha hecho por eso quizás lo que ella quería. Pero ha tenido una gran mano izquierda (...). Mi madre se consideraba siempre de San Sebastián, pero porque le gustaba mucho, y realmente tiene familia en San Sebastián, pero mi madre era como la típica, pues la típica señora bien pero sin tontería. Sí que era muy educada, no de formas, porque luego era muy divertida, pero sí que era muy tradicional en todo, en todas sus amistades. Era una persona que era muy religiosa, pero sin embargo no era ni beata ni ñoña (...). Yo, por mi madre pues hubiese sido la típica, la típica, que me hubiese casado con... Sí, sí, mi madre lo de los estudios y eso le sabía a... En la universidad siempre estábamos con la palabra hortera, y decía: pero tú que estás tan rodeada de horteras. Mi madre luego tiene mucha conciencia social a su modo, entonces cuando yo protestaba decía: ¡lo ves, como estás tan rodeada de horteras todo el día! Cómo puedes... (Catedrática, primogénita).

De los testimonios analizados se desprende que mientras la figura del padre es casi monolítica, un profesional empujando a sus hijas a tener un futuro profesional, la figura de la madre aparece más difuminada, confusa y ambivalente a veces, con una abigarrada gama de matices propios de un período en transición, así como sus propias biografías han tenido una relación singular con el mundo de la cultura: estudios pero no muchos, profesión pero no mucha y en segundo plano respecto a la familia, profesión de las hijas sí, pero una buena boda... etc. Todo ello a salvo del elenco de madres auténticamente profesionales de estas mujeres.

Pues bien, en este barroco panorama no puede faltar la figura de la «madre amantísima» y/o de la «madre vengadora». que de las dos maneras podríamos llamarla. Por vía de la hija se vengará de una frustración del pasado, quedará redimida y alimentada del éxito profesional de su hija, siendo ella en parte importante su artífice Así dice una entrevistada:

Mi madre tenía mucho empeño en que nosotras, sus hijas, estudiásemos porque a ella no la habían dejado nunca estudiar (Catedrática, 59 años).

Escrito por la propia mano de una élite profesional femenina, hemos recuadrado el testimonio que ella misma da sobre su carrera profesional, su éxito y la figura de su madre. Creemos que es una pieza antológica que además aporta el sabor de una época y el modo de pensar desde ciertas mentalidades la profesión de la mujer.

MÚSICA O MATRIMONIO

No es muy aventurado afirmar que las mujeres de mi generación han supuesto un revulsivo en la conciencia social y laboral española de la segunda mitad del siglo XX En efecto, las mujeres de la postguerra somos lo que se podría definir como «la generación femenina del 65» (...). La lucha que tuvimos que librar no fue pequeña. A cualquiera de nosotras se nos pedía y exigía infinitamente más que a los hombres para alcanzar su mismo estatus, o su prestigio y consideración.

En mi caso, el arpa era un instrumento adjudicado, no sé por qué razón, a las mujeres, pero no para incorporarse a la vida laboral, sino para tañerlo de forma lánguida en las reuniones familiares o en alguna fiesta benéfica, pero acceder a la vida laboral era difícil.

Los honorarios de las mujeres-músicas eran siempre menores que el de los músicos, como si nosotras tuviéramos menos necesidades, y ya no en mi caso particular, por ser el arpa, « ese instrumento menor» que acabo de relatar, sino para la generalidad de las mujeres instrumentistas.

En mi caso personal, la decisión de la carrera musical fue elegida por mi madre, que amaba apasionadamente el arte de los sonidos, y que intuyó en mi persona de niña unas facultades muy específicas para el estudio de la música.

Empecé las primeras ilustraciones musicales a muy temprana edad, con cuatro años. Mi madre observó cómo yo leía la nomenclatura musical y la afinaba perfectamente, sin que nadie me hubiera enseñado, y además, veía con complacencia cómo yo me divertía con aquella práctica. Así que decidió consultar con una experta, gran profesora de solfeo y gran persona, que influyó enormemente en mi personilla y animó a mi madre para matricularme en el Conservatorio madrileño, cosa que hacía antes de cumplir los cinco años.

Como era tan pequeña, mi madre, que sabía lo importante que es empezar cuanto antes los estudios musicales, se las agenció maravillosamente para que a mí me pareciera toda aquella disciplina como un juego. Y así lo recuerdo.

La primera reacción de mi padre fue de tolerancia. No le parecía mal que una niña de «mi estatus social» tuviera una cultura musical, como signo de buena educación.

Hay que decir que mi madre « sacrificó» su carrera musical por el matrimonio, aun cuando había demostrado dotes muy excepcionales para la música. A pesar de este sacrificio, fue una madre con tal dedicación a su hogar y a su familia que rayaba en los límites de lo increíble e imposible.

Mi madre había estudiado, además de la carrera de piano, la carrera completa de composición, con todas sus materias, y esto lo hacía en la década de los 20, que, para entendemos, es algo así como que una jovencita de nuestra época se dedique a la física cuántica. (Hago esta aclaración para justificar que mi madre fue, desde el primer momento, mi más encendida aliada. Había, y ha habido siempre, como una complicidad entre las dos, hasta tal punto que con una sola mirada interpretábamos mutuamente lo que nos queríamos transmitir).

Este tipo de madre, todo hay que decirlo, ha sido la generalidad de las progenitoras de la posguerra, y, sin duda, con su saber hacer el «oficio» de madre, ha supuesto la savia fructífera que ha dado paso firme a nuestra generación. A la generación que yo he dado en denominar la «generación femenina del 65».

La inicial tolerancia de mi padre se convirtió en total bronca y absoluta negativa, cuando, al terminar la carrera, todavía una niña, mi madre se propuso orientar y dirigir mi futuro hacia un serio camino profesional.

Hay que decir que la habilidad de mi madre fue toda una lección de maestría femenina: ora aparente comprensión, ora carácter para defender sus criterios, ora tolerante, ora decidida...

Así, en un largo camino de «estira y afloja» se fue forjando mi carrera, primero, y mi profesión, inmediatamente después, ambas con paso bien firme, pues mi madre entendía que la profesión musical hay que empezarla en cuanto se está preparado, y si yo había terminado mis estudios oficiales -los de formación no se acaban nunca en casi ninguna carrera, pero menos, aún, en la musical -, había que empezar cuanto antes a practicar para acumular experiencias, y ya de bien niña aceptó para mí cuantas ofertas de actuaciones llegaban a mi casa. Así, pues, desde mi más tiema infancia fui acumulando una importante experiencia. Mi madre preparó el complemento de mi formación en el extranjero. Eligió centros de estudios, instituciones, maestros, todo, y así amplié estudios en París, Siena (Italia), Holanda...

Mas mi padre hizo dos duras imposiciones. Para él la vida del artista era una frivolidad, una forma de vida bohemia, y para la férrea formación de los varones nacidos en el pórtico del siglo que agoniza, suponía sinónimo de perdición del alma. Todo lo que se hacía en un escenario, aunque fuera música clásica, pertenecía a la farándula en el peor de los sentidos.

Para mi padre, la integridad de la persona, y eso sí que es algo que le agradezco en todo su valor, era el más preciado tesoro del ser, y había que nacer y morir conservándolo intachablemente. La primera imposición de mi padre fue de carácter moral: viajar siempre acompañada de mi madre, para que velase por mí en todo momento. Ella lo cumplió gustosa, porque, entre otras razones, seguía más de cerca mi formación y mi trabajo.

A mi madre todo le parecía poco para que yo enriqueciera mi espíritu y mis conocimientos, y como dos infatigables «andariegas» recorrimos medio mundo en busca del enriquecimiento de mi formación, que para la década de los 60 era toda una aventura (...). La segunda imposición de mi padre fue de carácter intelectual. La música no era una carrera, y una dama de mi clase social tenía que formarse, debía tener nobleza de corazón y de formación. Así que, a pesar de mi durísima vida de adolescente, ya concertista muy activa, con fama de «niña prodigio», viajando, estudiando y trabajando, no me libré del paso obligado por las aulas universitarias por las que tenían que pasar las mujeres de mi generación, si es que deseaban obtener el marchamo de «cultas».

Sí, yo también debía tener el título universitario en la Licenciatura de Filosofía y Letras, como todas las jovencitas españolas de la década de los 60. Mi padre no comprendía, o no quería comprender, que la música, como carrera, era tan dura y tan larga, que los músicos de mi generación no tenían tiempo para hacer el bachiller, y que, como no era obligatorio, nadie lo hacía.

Pero mi padre se hacía el sordo a las dificultades e imponía su voluntad, y tuve, cómo no, que simultanear el bachiller, primero, y luego la carrera, que me vi obligada a simultanear entre la Complutense y la Sorbona (...). La suerte estaba de mi parte. Todo salió bien, y me convertía en una jovencita de sueldo millonario. En la España de los 60 un catedrático de mi especialidad ganaba 1.300 pesetas al mes; la orquesta de RTVE anunciaba en su convocatoria un sueldo quince veces mayor.

Cuando acababa de salir de las durísimas pruebas de la orquesta, se convoca la plaza de la Cátedra de Arpa del RCSM de Madrid. Por gracia de la fortuna, y no con poco esfuerzo, pues no recuerdo otra constante en mi vida que «trabajo, trabajo y trabajo», me convertía en la catedrática más joven de la historia de España, desde los tiempos de Menéndez y Pelayo.

MARÍA ROSA CALUO-MANZANO

 

UN MECENAS MULTIFACÉTICO: EL MARIDO

Si tuviéramos que trazar el retrato social del marido, al igual que hicimos con el padre y la madre, también aparecerían datos importantes. Podríamos anotar que las mujeres profesionales de élite tienen una tendencia visible a contar con «partners» notablemente más educados (altos niveles de diploma) que los hombres profesionales en relación a las mujeres que comparten su vida. Evidentemente, dentro del contexto de nuestra interpretación, este dato es un «input», o un «superplus» que el juego social exige a las mujeres que triunfan profesionalmente y no a los hombres, sus homólogos profesionales, en el mismo escenario social.

Asimismo, es un dato clave, el elevado perfil profesional del marido de estas mujeres profesionales, con mucha diferencia respecto al caso homólogo de los hombres líderes, es decir, sus esposas.

Todo indica que estas mujeres encuentran un refuerzo muy importante en un marido con un gran nivel educativo y alto profesional que en absoluto impide su carrera sino que, por el contrario, las empuja a ella, bien a través de su elevado nivel cultural, pero más decisivamente a través de su propia inserción en un marco profesional importante. Por el contrario, los hombres de la élite profesional parecen no requerir dichos «inputs» con la misma fuerza, dadas las diferencias que se advierten en este sentido respecto a sus iguales del género femenino.

Veamos este testimonio de una alta profesional del periodismo:

[¿Qué personas crees que te han influido en tu carrera?] Desde luego, mi marido, el que más con creces; pues porque él era periodista y me descubrió (...) No, no siempre ha sido mi maestro. No vamos, nunca... Jamás en la vida me he sentido yo competidora con él en esto, en otras cosas sí (Mujer periodista, 53 años).

Probablemente siguiendo la lógica casi implacable de la reproducción social y en este caso además de la reproducción afectiva, estas hijas que han contado con un gran amor paterno han encontrado en el mercado matrimonial un segundo padre, es, decir, un marido adornado de las cualidades de apoyo, liberalidad, buen trato a la mujer que vivenciaron en el trato con su padre. Por no hablar del enorme caudal de comprensión hacia el trabajo y esfuerzo profesional que da el hecho de compartir la misma o similar esfera profesional, más la red de dobles influencias que se suman.

De este modo, hablan unas altas profesionales de sus maridos:

He contado con todo su apoyo. Él se merece mucho más reconocimiento que yo porque es brillantísimo pero menos volcado al exterior y por tanto menos reconocido (Catedrática, 58 años).

Aunque creo que siempre hemos tenido vidas muy separadas profesionalmente, me han considerado su epígono. No he tenido problemas con las comparaciones. La gente que nos rodea nos consideran una asociación y otros un clan (Catedrática, 57 años).

Al igual que hemos hablado de un padre singular o excepcional «per se» y con diferencias abismales del «pater familia» de la época en relación a sus hijas, el marido también cuenta con dicha aureola y también con el mencionado valor de contraste con otros tipos de maridos que produce esta sociedad. Además, se tienen datos del alto porcentaje de divorcios en mujeres profesionales, a veces debidos a un marido que no soporta la faceta profesional de su esposa. Todo lo cual eleva comparativamente el valor del cónyuge de nuestras élites femeninas.

Hay casos, para los cuales el mecenas multifacético que supone el marido ha sido ocupado por una organización de carácter religioso (Opus Dei, Teresianas, etc.); otras veces de carácter político (partido y sindicato) con sus muy poderosos apoyos y redes de influencia. Ahora bien, la soltería tradicional de las élites profesionales femeninas ha ido cediendo, siendo sustituida en la actualidad por otros modos de estar «solas», voluntariamente o tras separaciones, divorcios o viudedad, fenómenos que afectan más a las mujeres profesionales que a sus homólogos como apuntábamos.

En suma, el compañero de las élites femeninas suele desempeñar un importante papel como socializador mantenedor y mentor de estas mujeres en un mundo profesional muy elevado. Mientras, las élites masculinas se ajustan más al retrato convencional matrimonial. Tienen mujeres educadas y profesionales pero no al grado máximo, en suma, compañeras pero no protagonistas, por así decirlo. Un juego de espejos nos arrojaría (como tendencia) estas significativas y asimétricas imágenes de los cónyuges de las élites femeninas y de las esposas de las élites masculinas: un marido brillante «versus» una modesta esposa. Constatamos unas asimetrías matrimoniales, que sería un fenómeno digno de estudiar en ulteriores investigaciones.

LA HERIDA (O LA FORJA DE UN DESTINO)

Recordamos las tan magníficas narraciones literarias que existen sobre lo que es la construcción social y psíquica de una persona. Evocamos a aquel intrépido Bel Ami, suponemos la herida de Emma Bovary y la energía que forja a un rebelde.

Fuera ya del plano literario que hemos traído a colación como reminiscencia y sugerencia de la complejidad de un «cursus vitae», vamos a proceder al recuento y análisis de las «heridas» de nuestras élites profesionales femeninas. Pero antes, volvamos a hacer algunas precisiones más sobre su herencia y nuestro modelo de análisis. Hemos visto que nuestras heroínas (¿por qué no llamarlas de este modo?) han contado con una herencia muy cualificada en el terreno socioeconómico, no sólo bienes, sino bienes profesionales, bienes de cultura, es decir, los «alimentos» adecuados para la particular senda que han recorrido para su triunfo. Pero, asimismo, han recibido (en muchos casos y como tendencia notable) otra herencia, aún mucho más cualificada: una espacialísima «primogenitura», con los límites y características que ya observamos: auténticamente primogénitas, más ser hija única, o especiales sororidades o composiciones del conjunto de hermanos/as. Además, presidiendo todo lo anterior y en muchas ocasiones debido a ello, estas mujeres han recibido un capital afectivo grande y muy cualificado: la impronta del padre, lo cual ha significado para ellas el crecimiento en un suelo psíquico especialísimo y contrastado con el rol estándar de ejercicio de la paternidad característico en la época de su infancia y juventud (década de los años cuarenta y cincuenta en España). No se trata de introducirnos en el terreno psicológico o psicoanalítico, pero sí de no ignorar lo que sabemos desde la psicología social. En suma, las características podríamos decir que se han convertido casi en una «conditio sine qua non» para el curso vital y profesional de estas mujeres. Han recibido la energía del padre. Siendo hijas del patriarcado, no obstante, es éste el que en muchos casos les insufla su fuerza en la figura de un «padre padrone» que las eleva paradójicamente sobre el patriarcado, es decir, las lleva más lejos y más alto: a los terrenos ignotos y exóticos que ha supuesto el espacio profesional para la mujer, y a las altas cumbres del poder, siendo igualmente estas cumbres exóticas y anómalas para las mujeres (ya se trate de poder político, económico, empresarial, académico, etc.). Asimismo otro hombre, el marido mecenas multifacético que hemos llamado, como en una especie de carrera de relevos de personajes masculinos, también les da su herencia en esa «ciega» pero sabia (siguiendo las leyes del mercado matrimonial) elección del elegido, que de esta forma les hará participar en una herencia afectiva, profesional, política, etc., como es la que caracteriza a los «excelentes» maridos de las élites profesionales femeninas. Si bien esta herencia de la familia política está mucho más sometida a quebrantos. Significativamente, todo lo que acabamos de observar, se constata con grandes diferencias en las biografías masculinas de los altos profesionales: distintas constelaciones familiares, más normalizadas, y distinto perfil social de la cónyuge. Es en este sentido en el que hemos escrito «vidas radicales versus vidas convencionales», aludiendo respectivamente a los cursos vitales femeninos y masculinos de los profesionales.

Pasamos ahora a preguntarnos por cuáles han sido las heridas de estas tan cualificadas herederas, las cuales parecerían asimismo heridas extrañas y anómalas, dado el terreno de la abundancia sobre el que se producen. Hemos escrito la herida como la forja de un destino, pero también podríamos decir la forja de un carácter y sobre todo la herida como forja de un triunfo. Estamos apuntando a que la primogenitura, en la acepción amplia que la utilizamos, es un bien y tiene sus costes al tiempo, es decir, es una herencia y una herida a la vez. Estas élites femeninas triunfantes tienen la doble cara de Jano: son a un tiempo herederas y, por ello mismo heridas, heridas por un alto nivel de exigencia (el yo ideal introyectado del padre) y, lo que es más, exigencia en contradicción con el modelo social dominante de ser mujeres, ellas se han visto obligadas a «dinamitar» la domesticidad, batalla que sigue en pie con los difíciles intentos de conciliar lo familiar y lo profesional. Se explicitan algunas de estas importantes tensiones de género en el texto que a continuación recuadramos.

NORMAS E IDEALES DEL FORMATO DE GÉNERO

La pertenencia al mismo género incidirá en la tendencia de la madre a experimentar a su hija como una continuación de sí misma, reforzando los aspectos de pago y dependencia y obstaculizando la separación y la autonomía. Esta condición favorecerá la mayor dificultad de las mujeres para separarse-discriminarse (en el sentido de individuación) y además tiene el valor añadido de ser interpretada, por definición, como una falla en su desarrollo. En contraposición, la masculinidad se verá facilitada en estos mismos aspectos de separación/discriminación por la madre.

Esta especificidad de compartir el mismo sistema sexo/género tiene una importancia capital en el caso de la mujer porque constituye un contenido particular al psiquismo con el valor de un imperativo categórico: «serás madre y te preocupará para la vida y las relaciones». La madre representa para la niña un paradigma que valoriza como propio del género el cuidado de la vida y de las relaciones, condición que obtendrá el protagonismo de la jerarquía motivacional (..).

Es decir, que un aspecto fundamental de las normas en tanto fijan lo aceptable y lo reprobable en el orden moral impondrá como mandato de género privilegiado el cuidado de la vida y las relaciones, la entrega, la empatía como capacidad para la comprensión del estado anímico de otro, proceso que requiere una compleja coordinación de componentes psicológicos y cognitivos (...).

La dificultad de circulación de las mujeres por el ámbito público responde tanto a la exclusión a la que se han visto sometidas como a la propia inhibición que obstaculiza su incorporación a un universo que requiere unas habilidades instrumentales para las que no están entrenadas, ya que en la esfera de lo privado, normas y transgresiones corresponden a otro orden porque son referidas a leyes emocionales. La consecuencia que trae aparejada la sanción es la culpabilización. Al ser ese ámbito el preferente, es también el que ofrece mayores flancos de vulnerabilidad y de riesgo de sufrimiento, ya que en él se ubica el núcleo de su identidad (...).

La observancia de reglas y normas de funcionamiento social mantendrán para las mujeres esa impronta afectiva donde la búsqueda de aprobación ylo amor quedará como sello que privilegia las opciones en función del eco emocional que provoquen como respuesta de su entorno y en ellas mismas. Por eso es vivido con mayor preocupación y culpabilidad el no cumplimiento o transgresión de los pactos (implícitos) en las relaciones, pero con mucha menor implicación y desinterés aquellas demandas de la realidad social, desde los trámites burocráticos elementales hasta la más sofisticada forma de participación en lo público. Como si lo internamente más temido y más valorado fuese la reprobación y su efecto en la subjetividad, y no las sanciones propias del no cumplimiento de la ley en términos jurídicos (una vez más el ejemplo de Antígona, eligiendo morir siendo hermana de Polinices, y renunciando a ser ciudadana de Tebas, ilustra magistralmente esta propuesta) (.).

Teniendo en cuenta el reforzamiento de los vínculos como consecuencia de la primacía jerárquica de la motivación de apego, la sanción más temida será la amenaza de la pérdida de amor, aplicable a casi todas las relaciones y que a posteriori adquirirá un carácter especialmente dramático en el caso de la pareja, ya que entre los ideales propios del género está la consideración del amor, como «el gran asunto de la vida» (...).

A los hombres, como rasgo de género masculino, se les plantea la exigencia de no dejarse capturar por la así entendida debilidad de la vinculación emocional, y por lo tanto - reprimen los aspectos asociados a la indefensión y vulnerabilidad.

La masculinidad se verá facilitada por la separación/individuación de la madre, ya que al no ser portadora del mismo sistema sexo-género que su hijo varón favorece una mayor diferenciación. Esta misma condición genera en los varones, y posteriormente en los hombres, más dificultades con la intimidad, vivida como invasora y amenazante (...).

Nuestra hipótesis es que lo que confiere especificidad a la feminidad es la prevalencia de la motivación de apego, que articula la vinculación afectiva y la sobrevaloración del mundo relacional con la decisiva incidencia en la apreciación de sí misma, reforzando el cumplimiento de los ideales de género (..).

Como corolario, aquellas que responden al modelo que tradicionalmente correspondía al formato masculino y mantienen relaciones de menor implicación afectiva, disociando la sexualidad del componente amoroso suelen en muchos casos, a posteriori, evaluar que el mantenimiento de su independencia ha supuesto un elevadísimo coste emocional, alegando muchas de ellas que cuando llegan a edades en que la reconversión ya no es posible, sienten que el precio de su autonomía es una soledad silenciosa, y una pregunta inquietante: « ¿habrá valido la pena?» (...).

Es uno de los rasgos comunes en la configuración de la subjetividad femenina: las dificultades con la agresividad, la imposibilidad de expresar, de evacuar hostilidad, asociada en gran medida al «no sentirse con derecho a», lo que las predispone a la aceptación de situaciones de abuso de poder (...)

NORA LEVINTON, PSICOANALISTA

Así pues, herencia y herida han podido comportarse como en la estrecha relación de cóncavo y convexidad, de una manera indisociable. Pero hay muchos otros matices de esa herida metafórica que tratamos. De este modo, el mero contraste con la madre, negarla, realizando una especie de minimatricidio, se separan de la madre-persona, pero quedan pegadas al modelo femenino que simboliza la madre en tanto que las matrices subjetivas no hayan sido transformadas. Ello puede suponer una herida no cerrada de por vida, con la consiguiente producción de dolor y de contradicciones. Veámoslo en la privilegiada voz de Doris Lessing:

Hasta donde me alcanza el recuerdo, siempre huía nerviosamente de ella, y desde los catorce años me establecí tercamente contra ella en una especie de emigración interior de todo lo que representaba. Ciertamente las muchachas deben crecer, pero ¿siempre ha sido tan implacable esta batalla? Ahora la veo como una figura trágica, viviendo su decepcionante vida con valor y con dignidad. Ya la vi trágica entonces, es verdad, pero no fui capaz de ser amable. ¿Quién no ha visto a oído hablar de una persona joven, por regla general una muchacha, que lo hace pasar tan mal a sus padres, a menudo a la madre, que se podría hablar de crueldad? ... Siento haber sido tan dificil en mi adolescencia. Durante años yo viví en un estado de constante acusación contra mi madre, en un principio ardiente, más tarde fría y dura; y el dolor, por no hablar de angustia, fue profundo y auténtico.

Volviendo al padre, un modelo en el origen (en el inicio de una vida) tan exigente puede ser además de una carga pesada, además de contradictoria con el modelo femenino de la época, coartante de la libertad, pero sobre todo una demanda difícil de satisfacer, máxime cuando la lógica desaparición del padre, haga de éste y de su demanda algo inasible, algo siempre vigente (más allá de la muerte del padre) y por tanto una deuda nunca saldable. Esta puede ser otra herida muy cualificada de nuestras herederas, pero herida que actúa como una original herencia: siempre manará de ella energía y la suficiente ambición para ir en pos del éxito. En suma, podríamos decir que la herida es un elemento más de la herencia, o que en toda herencia hay una herida.

Podríamos formalizar nuestro modelo en esta propuesta: hablamos de un continuum en el cual la herencia y la herida ocupan sus dos extremos. En dicha medición imaginaria, nuestras biografías, nuestras mujeres profesionales, podrían cuantificar o aquilatar cuánto hay en ellas de herencia y cuánto de herida y qué cualidad tiene su herida, v gr.: herida del amor paterno, para cumplir su voluntad de éxito, herida del odio al padre, para negar reactivamente el mandato paterno de no éxito, o lo que es igual, el cercenar la posibilidad de vida profesional de la hija y su posible condenación al mundo de la domesticidad. Ambas heridas (amor/odio) son en suma un claro amor, o lo que es igual: una intensa relación emocional con la que mantenerse y prosperar o contra la que rebelarse y prosperar también, en bastantes casos. Todo ello podría funcionar a modo de curioso test introspectivo en que medirse las élites profesionales femeninas.

También podríamos explicar nuestro modelo con esta otra fórmula más simple: la existencia en casi toda biografía notable de dos tipos de energía para mantener la ambición de correr en pos del éxito. Una, positiva, la herencia, como bagaje de recursos (muy especialmente de orden emocional) de pasado y de presente, y otra negativa, la herida, como una especial necesidad de afirmación, una especie de rabia y coraje, por así decirlo, que constituye una excelente energía para imponer y plasmar el yo (sobre todo el yo social).

Nuestro modelo, como apuntábamos arriba, no es una disyuntiva, no es una dualidad, refleja el continuo del «cursus vitae. En relación a él, es obligado preguntar por cuáles han sido sus cadáveres, en este remar a contracorriente del patriarcado. A juzgar por la minoría que constituyen las élites profesionales femeninas, podríamos responder que muchos, que sólo unas especiales circunstancias socioeconómicas y familiares han permitido a unas pocas mujeres alcanzar un éxito enormemente diferencial al alcanzado por los hombres tanto en cantidad como en calidad (muchos y en las más altas esferas). Podríamos decir castizamente que rayos, truenos y centellas hubieron de reunirse para que la niña saliera a flote y no digamos, triunfar. Ahora bien, cuál es el quid de ese triunfo femenino, cuáles los factores que podríamos controlar a modo de experimento científico de laboratorio. Los factores son todos los que hemos analizado en positivo (incluida la herida). No reunirían dichos factores las que podríamos llamar superherederas, por un lado, quedan fuera del ámbito profesional, por otro lado, el exceso no es buen compañero de la ambición, factor absolutamente necesario para el triunfo (en ellas podríamos decir que la herencia es excesivamente grande, o que tanta herencia ha taponado la herida). Tampoco reunirían los elementos necesarios para entrar en nuestro modelo, el extremo opuesto, podríamos llamarlas las superheridas, es decir, se necesita un mínimo de condiciones socioeconómicas, en general de factores, para que el modelo pueda funcionar, o dicho de otra manera, para emprender el camino hacia el éxito profesional. Toda herida tiene que tener su contexto mínimo de apoyo, para poder funcionar como reacción, tener sus posibilidades. En los círculos muy apartados del mundo profesional ha sido imposible que las mujeres reaccionaran hacia tener una carrera, por muy heridas o motivadas que estuvieran. Insistimos, es una herida en un contexto.

Las «rebeldes», tanto a su medio social como al modelo patriarcal, han tenido la fuerza de la herida, una gran fuerza reactiva, la fuerza del desamor a un padre machista, una madre que es un antimodelo, que ha funcionado como un cero a la izquierda: un padre con una mujer-madre a su sombra. El modelo patriarcal engloba también a las mujeres, las engulle. Lo masculino como estructura sociocultural de dominación masculina se sostiene tanto por hombres como por mujeres.