Feminismo para principiantes.
Comienza la polémica
No conozco casi nada que sea de sentido común. Cada cosa que
se dice que es de sentido común ha sido producto de esfuerzos y luchas de
alguna gente por ella.
AMELIA VALCÁRCEL
Al siglo XVIII se le conoce como el siglo de
Y EL JOVEN CURA DIJO: <
Antes del nacimiento del feminismo, las mujeres ya habían
denunciado la situación en la que vivían por ser mujeres y las carencias que
tenían que soportar. Esas quejas y denuncias no se consideran feministas puesto
que no cuestionaban el origen de esa subordinación femenina. Tampoco se había
articulado siquiera un pensamiento destinado a recuperar los derechos
arrebatados a las mujeres.
A partir del Renacimiento, que es cuando se transmite el ideal
del «hombre renacentista» ‑que lejos de ser un ideal humano, sólo se
trataba de un ideal masculino ‑, se abre un debate sobre la naturaleza y
los deberes de los sexos. Un precedente importante es la obra de Christine de
Pizan La ciudad de las damas, escrita
en 1405.
Christine de Pizan es una mujer absolutamente inusual para su
época. Nació en Venecia en 1364 aunque, cuando tan sólo tenía cuatro años, su
familia se traslada a Francia y allí se educó y vivió hasta su muerte. Es la
primera mujer escritora reconocida, dotada además de gran capacidad polémica lo
que le permitió terciar en los debates literarios del momento. Christine de Pizan
roturó un terreno que transitarán, además de las místicas, las humanistas del
Renacimiento y destacadas poetisas[1].En pleno siglo XIV, esta
mujer, hija de un astrónomo, casada cuando tenía quince años con un hombre diez
años mayor que ella, se queda viuda cuando apenas había cumplido los
veinticinco años y al cargo de sus tres hijos, su madre anciana y una sobrina
sin recursos.
En La ciudad de las
damas, reflexiona sobre cómo sería esa ciudad donde no habría ni las
guerras ni el caos promovidos por el hombre. Christine asegura que su obra
nació tras haberse hecho una serie de preguntas clave. Así, relata en el primer
capítulo de su Ciudad, cómo ojeando
un librito muy ofensivo contra las mujeres se puso a pensar: < Me preguntaba
cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos,
a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra, bien en escritos y
tratados. No es que sea cosa de un hombre o dos [...] sino que no hay texto que
esté exento de misoginia. Al contrario, filósofos, poetas, moralistas, todos ‑y
la lista sería demasiado larga ‑, parecen hablar con la misma voz [...].
Si creemos a esos autores, la mujer sería una vasija que contiene el poso de
todos los vicios y males.»[2]La autora decide fiarse más
de su experiencia que de los escritos masculinos y con esa idea escribe La ciudad de las damas. En ella,
defiende la imagen positiva del cuerpo femenino, algo insólito en su época, y
asegura que otra hubiera sido la historia de las mujeres si no hubiesen sido
educadas por hombres. Sorprendentemente, elogia la vida independiente y
escribe: «Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid
de la enloquecida pasión, cuyos juegos placenteros siempre terminan en
perjuicio vuestro.»[3]
En sus libros, fundamentalmente políticos, de instrucción
moral, civil y jurídica a históricos, Christine abordó temas como la violación
o el acceso de las mujeres al conocimiento. Ya en su época, se la consideró
como la primera mujer que se atrevió a rebatir los argumentos misóginos en
defensa de los derechos de las mujeres. De Pizan falleció a los sesenta y seis
años en la abadía de Passy La ciudad de
las damas se adjudicó a Booccaccio hasta 1786, cuando otra mujer, Louise de
Kéralio, recuperó para Christine de Pizan la autoría de su libro.
La historia no enterró a esta mujer excepcional pero sí lo
hizo con muchas otras. En ese debate sobre los sexos que arranca en el
Renacimiento se enfrentan dos discursos: el de la inferioridad y el de la
excelencia. Nunca llegan a ponerse de acuerdo, pero ninguno duda de que las
mujeres han de estar bajo la autoridad masculina. Por eso aún no hablamos de
feminismo. De toda esa disputa, la historia apenas ha respetado los textos
femeninos o aquellos que defendían a las mujeres, pero sí ha llegado hasta
nuestros días la reacción a ellos, como señala Ana de Miguel, con obras tan
espeluznantemente misóginas como Las
mujeres sabias de Molière o La culta
latiniparla de Quevedo.
Es en medio de esa polémica sobre los sexos cuando aparecen
los escritos de Poulain de
Poulain de
Pero no sólo eso. El que fuera uno de los fundadores de la
sociología también defendía algo aún mucho más moderno, una idea parecida a la
que siglos más tarde se desarrollaría con el nombre de discriminación positiva.
Poullain de
LOS CUADERNOS DE QUEJAS
No lo hemos estudiado en el colegio, pero aquellos grandes
Principios con los que
Los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX
señalaban la transición de la edad moderna a la contemporánea. Las
características de este periodo histórico son el desarrollo científico y
técnico y sus fundamentos fueron tres: el racionalismo - toda realidad puede ser
científicamente analizada según principios racionales ‑; el empirismo ‑la
experiencia de los hechos produce su conocimiento ‑; y el utilitarismo ‑el
grado de verdad de una teoría reside en su valor práctico.
Al mundo que anunciaban teóricamente los filósofos de
En ambos casos, no hay un uso sexista del lenguaje. Realmente,
cuando escribieron «hombre» no querían decir ser humano o persona, se referían
exclusivamente a los varones. Ninguno de esos derechos fue reconocido para las
mujeres.
Las revoluciones fueron posibles porque, además de una serie
de razones económicas objetivas _malas cosechas, hambrunas, fluctuaciones
demográficas y económicas, alza de los precios...‑, comenzaba una nueva
forma de pensar. Por primera vez en la historia se defiende el principio de
igualdad y ciudadanía.
Sin embargo, Rousseau, uno de los teóricos principales de
El ejemplo de Rousseau es probablemente el mejor para
identificar lo ocurrido en aquella época. Todo el cambio libertario y político
que supone
Así, el nacimiento del feminismo fue inevitable porque hubiese
sido un milagro que ante el desarrollo de las nuevas aseveraciones políticas ‑todos
los ciudadanos nacen libres e iguales ante la ley ‑ y el comienzo de la
incipiente democracia, las mujeres no se hubiesen preguntado por qué ellas eran
excluidas de la ciudadanía y de todo lo que ésta significaba, desde el derecho
a recibir educación hasta el derecho a la propiedad.
Porque las mujeres no eran simples espectadoras como
pudiéramos imaginar tras la lectura de los libros de historia. El feminismo ya
nació siendo teoría y práctica. Además de los escritos de Olimpia de Gouges y
Mary Wollstonecraft, muchas mujeres en aquella época comenzaban a vivir de
forma distinta, cuestionando su reclusión obligatoria en la esfera doméstica.
Las propias teóricas, De Gouges y Wollstonecraf, eran mujeres que no acababan
de encajar en su época por la forma de vida que tuvieron. Pero junto a ellas,
en
Otra de las formas en las que las mujeres participaron en la
política de este momento fue a través de Los Cuadernos de Quejas. Fueron
redactados en 1789 para hacer llegar a los Estados Generales (una especie de Parlamento de la época que a los pocos
días se constituyó en Asamblea Nacional), las quejas de los tres estamentos:
clero, nobleza y tercer estado (el pueblo). La apertura en mayo de 1789 de los
Estados Generales que no se reunían desde 1614, precipitó
¿QUÉ QUERÍAN LAS MUJERES DEL SIGLO XVIII?
¿Qué pedían y reivindicaban las mujeres del siglo XVIIl?
Fundamentalmente, derecho a la educación, derecho al trabajo, derechos
matrimoniales y respecto a los hijos y derecho al voto.[12] Mary Nash añade que también quedaban
reflejados en los Cuadernos de Quejas de las mujeres su deseo de que la
prostitución fuese abolida así como los malos tratos y los abusos dentro del
matrimonio. También formulaban la necesidad de una mayor protección de los
intereses personales y económicos de las mujeres en el matrimonio y la familia
y se hacían planteamientos políticos nítidos como el que recoge El Cuaderno de Quejas y Reclamaciones de
la anónima Madame B.B. del Pais de Caux:
Se podría responder que estando demostrado, y con razón,
que un noble no puede representar a un plebeyo, ni éste a un noble, del mismo
modo un hombre no podría, con mayor equidad, representar a una mujer, puesto
que los representantes deben tener absolutamente los mismos intereses que los
representados: las mujeres no podrían pues, estar representadas más que por
mujeres.[13]
Los Cuadernos de Quejas de las mujeres no fueron tenidos en
cuenta. En agosto de 1789,
Frente a este texto, dos años más tarde, Olimpia de Gouges
publicó la réplica feminista: la «Declaración de los Derechos de
Olimpia, sin duda, no encajaba en su época. Según Oliva
Blanco, tenía todo a favor para escandalizar a la opinión pública de su tiempo.
Y fue castigada. A una mujer que tiene más de cuatro mil páginas de escritos
revolucionarios que abarcan obras de teatro, panfletos, libelos, novelas
autobiográficas, textos filosóficos, satíricos, utópicos... se le acusó de que
no sabía leer ni escribir. Olimpia enviudó siendo muy joven, circunstancia que
parece no sintió mucho ya que se refería al matrimonio como «la tumba del amor
y de la confianza». Fue apasionada defensora del divorcio y la unión libre,
anticipándose así a las saint‑simonianas en más de cincuenta años y
ciento cincuenta años antes de que Simone de Beauvoir planteara una postura
similar.[15]
Tras la muerte de su esposo, renuncia al apellido de su
marido, se hace llamar Olimpia de Gouges y se traslada a París. Tenía 22 años y
era inteligente, indomable, bella, experta a menudo en provocar al sexo
masculino y apasionada en la defensa de los asuntos más comprometidos: <<
Desde la prisión por deudas hasta la esclavitud de los negros pasando por los
derechos femeninos (divorcio, maternidad, la masiva entrada forzada en la
religión de muchas mujeres). Nada queda fuera de su interés y alzará la voz en
defensa de los oprimidos con empecinamiento y generosidad.»[16]Todo ello no le abrió las
puertas de
Cuando Olimpia se decidió a escribir, recibió una carta de su
padre que merece ser reproducida parcialmente:
No esperéis, señora, que me muestre de acuerdo con vos
sobre este punto. Si las personas de vuestro sexo pretenden convertirse en
razonables y profundas en sus obras, ¿en qué nos convertiríamos nosotros los
hombres, hoy en día tan ligeros y superficiales? Adiós a la superioridad de la
que nos sentimos tan orgullosos. Las mujeres dictarían las leyes. Esta
revolución sería peligrosa. Así pues, deseo que las Damas no se pongan el
birrete de Doctor y que conserven su frivolidad hasta en los escritos. En tanto
que carezcan de sentido común serán adorables. Las mujeres sabias de Moliére
son modelos ridículos. Las que siguen sus pasos son el azote de la sociedad.
Las mujeres pueden escribir, pero conviene para la felicidad del mundo que no
tengan pretensiones.[18]
Parece que los temores del padre de Olimpia de Gouges eran
idénticos a los que tenían la mayoría de los revolucionarios franceses. Pero
nada amilanaba a las francesas. Como destaca Mary Nash, las mujeres
participaron en el proceso revolucionario de forma muy activa. La marcha sobre
Versalles que realizaron alrededor de 6.000 parisinas el 5 y el 6 de octubre de
1789 en busca del rey y de la reina fue un detonante revolucionario. Las
mujeres consiguieron el traslado de ambos a París. Poco después, se presentó
una petición de las damas dirigida a
Tampoco todos los ilustrados fueron incoherentes. En 1790,
Condorcet publica: «Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía».
Este autor, que fue diputado de
A pesar de todo ello,
Aunque el ideal de
Es en ese escenario en el que aparece el texto de Mary
Wollstonecraft, Vindicación de los
derechos de la mujer. Wollstonecraft nació en Inglaterra en 1759. Era la
segunda de cuatro hermanos de una familia que no carecía de recursos hasta que
se arruinó por el despilfarro del padre, aficionado a los caballos y la bebida.
Mary creció protegiendo a su madre de las palizas de su padre. Edward
Wollstonecraft ejerció sobre su mujer y el resto de la familia, durante años,
violencia verbal y física.
Ni Mary ni su hermana recibieron una buena educación, aunque
como destaca Clara Obligado: «Tan escaso era el interés de los Wollstonecraft
por educar a sus hijas que las libraron también de la educación tradicional de
las mujeres, consistente en una recua de conocimientos domésticos y sociales
que la muchacha consideraba tediosos y estúpidos».[21]Así, Obligado nos presenta
a Wollstonecraft como una cría aislada y fantasiosa que sólo desea emanciparse
pero sin pasar por el matrimonio, algo casi milagroso en su época. En las
cartas que escribía con 15 años, ya se ve a sí misma como «una vieja solterona»
e insiste en su voluntad de no casarse jamás.[22] Mary lo consigue con
empleos propios de las mujeres de su época. Entre sus 19 y 28 años, Mary
Wollstonecraft fue dama de compañía, maestra en una escuela para señoritas
establecida con sus hermanas y su gran amiga Frances Blood_» finalmente,
institutriz de una familia aristocrática. Es decir, experimentó todos y cada
uno de los sucesivos personajes que las reglas de la decencia de su época le
tenían reservados.[23]
Tras la muerte de su madre, además, ejercita la rebeldía:
aleja a su hermana que acababa de dar a luz de los malos tratos de su marido y
se la lleva a vivir consigo y con una amiga. Un acto insólito a incluso
escandaloso en su época. Tanto como que las mujeres vivieran solas, sin padres,
maridos, hermanos ni ninguna autoridad masculina. Fue con la fuga de su hermana
Eliza, planeada por Mary, como comienza la leyenda de Mary Wollstonecraft.
Explica Isabel Burdiel que «aquel desafío, sin embargo, no se planteó
exclusivamente en el ámbito personal. Poco a poco, fue tomando cuerpo también
como un desafío intelectual que trataba de dar forma, a través de la reflexión
y de la palabra, a aquel cúmulo de experiencias. Lo característico de Mary
Wollstonecraft ‑y lo que la convirtió en lo que llegó a ser ‑, fue
su capacidad e insistencia en pensarse a sí misma intentando trascenderse; es
decir, buscando una explicación pública (social) a sus experiencias privadas».[24]
Wollstonecraft comienza a escribir cuando recibe una oferta
que no puede rechazar: un libro sobre la educación femenina. Por ese encargo
nace Pensamientos acerca de la educación
de las niñas, donde ya deja clara su defensa de las mujeres. Pero su gran
amiga Frances Blood estaba muy enferma en Lisboa y Mary ‑«en uno de esos
grandes gestos que casi siempre le jugaron malas pasadas», dice Isabel Burdiel ‑,
abandonó la escuela para estar con ella hasta su muerte. Al volver, sus
hermanas se habían cargado de deudas y habían llevado el negocio a la ruina.
Mary tuvo que aceptar un trabajo de institutriz en Irlanda, pero no lo pudo
soportar por mucho tiempo. Once meses le duró el empleo. Mary ya se había
acostumbrado a la libertad de su escuela. Volvió a Londres con 28 años y el
mismo editor de su primer libro, Joseph Johnson, le ofreció casa y trabajo como
escritora y traductora a tiempo completo en su editorial, que era el corazón de
la intelectualidad más interesante y crítica del Londres de su época. Allí se
instala Mary, trabaja, lee, estudia y se dedica plenamente a su formación y a
la vida política a intelectual.
Poco antes de que se tomara
Wollstonecraft tenía 33 años cuando publicó Vindicación. En la dedicatoria, señala
la autora «... abogo por mi sexo y no
por mí misma. Desde hace tiempo he considerado la independencia como la gran
bendición de la vida, la base de toda virtud».[26] Así, Vindicación recoge los debates de su época e inicia ya los caminos
del feminismo del siglo XIX. No es tanto una obra de reivindicación de unos
derechos políticos concretos como de reivindicación moral de la individualidad
de las mujeres y de la capacidad de elección de su propio destino. Señala Rosa
Cobo que el texto, redactado en seis semanas durante año 1792, presenta una
sólida argumentación en la defensa de la igualdad de la especie y como consecuencia,
de la igualdad entre los géneros; la lucha radical contra los prejuicios; la
exigencia de una educación igual para niños y niñas, y la reclamación de la
ciudadanía para las mujeres.[27]
Una vez publicada Vindicación,
los conservadores le lanzaron su odio apodándola «la hiena con faldas», aunque
eso no evitó que se convirtiera en la mujer más célebre del momento en Europa.
Tenía Wollstonecraft un sólido anclaje. «La vitalidad de sus ideas venía de sus
experiencias personales. La preocupación por la opresión de las mujeres estaba
firmemente arraigada en su propia vida, en la que su condición de mujer fue un
gran obstáculo para su desarrollo vital y profesional. »[28]
Y fue así como Mary Wollstonecraft pasó su vida sufriendo
entre sus ideas y la realidad que la rodeaba. En plena Revolución, viajó a
París y allí se encontró siendo extranjera y mujer. «El Terror aumentó el
peligro en las calles y los ciudadanos, aunque a su lado habían combatido
muchas mujeres, no eran proclives al cambio en sus alcobas. Así, muchas líderes
murieron en la guillotina y, finalmente, se decretó la expulsión de los
extranjeros.»[29]
En ese momento, cuando se decreta la expulsión, Mary vivía una historia de amor
con un aventurero y hombre de negocios americano, Gilbert Imlay, con quien
tendrá una hija. Se encuentra, una vez más, entre dos fuegos. Ella que siempre
ha defendido sus ideas contrarias al matrimonio, tampoco quiere que su hija
sufra por ser ilegítima.
Mary regresa a Inglaterra. En ese momento, intenta suicidarse.
Isabel Burdiel relata cómo ocurrió en las aguas del londinense río Támesis, en
una tarde lluviosa, cuando Wollstonecraft tenía 36 años y un desamor tan
intenso que le había arrebatado el sentido común del que había hecho gala hasta
conocer a Gilbert Imlay. Tanto la había abandonado la sensatez ‑afortunadamente
en este caso ‑, que sólo se le ocurrió que para no flotar, nada mejor que
caminar durante un buen rato para que así se le empapara la ropa. El cálculo le
salió mal y fueron precisamente esos ropajes que llevaban las mujeres de
finales del siglo XVIII los que la salvaron de la muerte pues aunque tragó
mucha agua, la mantuvieron a flote el tiempo suficiente para que la rescataran
unos pescadores.[30]
Fue un paréntesis de año y medio. Tras la apasionada y
turbulenta ruptura con Gilbert Imlay, Mary comienza una nueva relación con
William Godwin, filósofo radical y uno de los precursores del anarquismo. Ambos
defienden el amor libre hasta que Mary vuelve a quedar embarazada y se enfrenta
al horror de tener otra hija natural. La pareja renuncia a sus convicciones y
se casa, lo que les convierte en el centro de las críticas por la incoherencia
entre sus ideas y sus actos. Mary muere en
La vida de Mary Wollstonecraft concluyó de un mal llamado
fiebres puerperales «un mal que era, casi invariablemente, producto de la
escasa atención médica de entonces al oficio más viejo del mundo por lo que a
las mujeres se refiere y que consiste, como es sabido, en dar a luz. Fue un
caso común, situado entre los primeros por lo que respecta a los índices de
mortalidad femenina del siglo XVIII: una placenta mal expulsada y a duras penas
extraída por un médico que ‑siguiendo las costumbres en uso ‑, no
consideraba necesario, ni de sentido común, lavarse las manos previamente».[31] Wollstonecraft tuvo una
digna heredera que también debió de sufrir lo suyo. La propia Mary Shelley, que
empeñó casi toda su vida adulta en huir del escándalo y lograr el olvido, supo
de las dificultades para una mujer brillante, como lo había sido su madre y
ella misma. Así, cuando tuvo que enfrentarse a la educación de su único hijo
superviviente, el futuro sir Percy E Shelley, lo hizo bajo la advocación de:
«Oh, Dios, enséñale a pensar como los demás.» Parece que sus ruegos fueron
oídos porque sir Percy se encargó de destruir los papeles más comprometedores
de su madre y de su abuela.[32]
Pero Vindicación de los
derechos de la mujer no nacía sola. Como señala Amelia Valcárcel, estaba
avalada por el difuso sentimiento igualitarista que fluía en el conjunto social
y Wollstonecraft «inaugura la crítica de la condición femenina. Supone que
bastantes de los rasgos de temperamento y conducta que son considerados propios
de las mujeres son en realidad producto de su situación de falta de recursos y
libertad».[33]
Siguiendo a Valcárcel, la novedad teórica de Wollstonecraft era que, por primera
vez, llamaba privilegio al poder que siempre habían ejercido los hombres sobre
las mujeres de forma «natural», es decir, como si fuera un mandato de la
naturaleza.
Wollstonecraft es radicalmente moderna puesto que pone el
embrión de dos conceptos que el feminismo aún maneja en el siglo XXI: la idea
de género ‑lo considerado como «natural» en las mujeres es en realidad
fruto de la represión y el aprendizaje social o como diría años después Simone
de Beauvoir «no se nace mujer, llega una a serlo»‑,[34] y la idea de la
discriminación positiva puesto que asegura la autora inglesa: «Y si se decide
que naturalmente las mujeres son más débiles a inferiores que los hombres ¿por
qué no establecer mecanismos de carácter social o político para compensar su
supuesta inferioridad natural?»[35] Decía la escritora
inglesa Virginia Woolf, ya en 1929. Que hubo algo en el apasionado experimento
vital e intelectual de Mary Wollstonnecraft que la hizo abrirse camino
<<hasta llegar al mismo meollo de la vida>>[36]
UNA SANGRIENTA REPRESIÓN
A modo de resumen, «el debate feminista ilustrado afirmó la
igualdad entre hombres y rnujeres, criticó la supremacía masculina, identificó
los mecanismos sociales y culturales que influían en la construcción de la
subordinación femenina y elaboró estrategias para conseguir la emancipación de
las mujeres. Los textos fundacionales del feminismo ilustrado avanzaron
haciendo énfasis en la idea acerca de la cual las relaciones de poder masculino
sobre las mujeres ya no se podían atribuir a un designio divino, ni a la
naturaleza, sino que eran el resultado de una construcción social. [...] Al
apelar al reconocimiento de los derechos de las mujeres como tales, situaron
las demandas feministas en la lógica de los derechos».[37]
Sin embargo, el poder masculino reaccionó con saña. En 1793,
las mujeres son excluidas de los derechos políticos recién emanados. En octubre
se ordena que se disuelvan los clubes femeninos. No pueden reunirse en la calle
más de cinco mujeres, En noviembre es guillotinada Olimpia de Gouges.[38] Muchas mujeres son
encarceladas. En 1795, se prohíbe a las mujeres asistir a las asambleas
políticas. Aquellas que se habían significado políticamente, dio igual desde
qué ideología, fueron llevadas a la
guillotina o al exilio.
Quince años más tarde, el Código de Napoleón, imitado después
por toda Europa, convierte de nuevo el matrimonio en un contrato desigual,
exigiendo en su artículo 321 la obediencia de la mujer al marido y
concediéndole el divorcio sólo en el caso de que éste llevara a su concubina al
domicilio conyugal.
Con el Código de Napoleón ‑explica Amelia Valcárcel‑,
la minoría de edad perpetua de las mujeres quedaba consagrada: «Eran
consideradas hijas o madres en poder de sus padres, esposos e incluso hijos. No
tenían derecho a administrar su propiedad, fijar o abandonar su domicilio,
ejercer la patria potestad, mantener una profesión o emplearse sin permiso,
rechazar a su padre o marido violentos. La obediencia, el respeto, la
abnegación y el sacrificio quedaban fijados como sus virtudes obligatorias. El
nuevo derecho penal fijó para ellas delitos específicos que, como el adulterio
y el aborto, consagraban que sus cuerpos no les pertenecían. A todo efecto
ninguna mujer era dueña de sí misma, todas carecían de to que la ciudadanía
aseguraba, la libertad.»[39]
Las mujeres entraron en el siglo XIX atadas de pies y manos
pero con una experiencia política propia a su espalda que ya no permitiría que
las cosas volviesen a ser exactamente igual que antes puesto que la lucha había
empezado.[40]
«Sin capacidad de ciudadanía y fuera del sistema normal educativo, quedaron las
mujeres fuera del ámbito completo de los derechos y bienes liberales. Por ello,
el obtenerlos, el conseguir el voto y la entrada en las instituciones de alta
educación se convirtieron en los objetivos del sufragismo.» [41]
El sufragismo continuará con la lucha que las mujeres del
siglo XVIII inauguraron, y que a muchas les costó incluso la vida, sin llegar a
disfrutar ningún derecho.
[1] AMOROS, Celia, Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 1997, pág. 57.
[2] DE PIZÁN, Cristina, La ciudad de las damas, trad. de Marie‑José Lemarchand, Siruela, Madrid, 2ªed, 2001, pág. 64.
[3] 3. Ibídem, pág. 274.
[4] COBO, Rosa, «El
discurso de la igualdad en el pensamiento de Poulain de
[5] SÁNCHEZ, Cristina, «Genealogía de la vindicación», en Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, BELTRÁN, Elena y MAQUIEIRA, Virginia (eds.), Alianza Editorial, Madrid, 2001, pág. 18.
[6] COBO, Rosa, op. cit., págs.12‑13.
r 7.
[7] Ibídem, pág. 20.
[8] COBO, Rosa, Fundamentos del patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 1995, págs. 260‑269.
[9]DE MIGUEL, Ana, «Feminismos», en AMORÓS, Celia (dir.) 10 palabras clave sobre mujer, Editorial Verbo Divino, Estella, 4ª ed., 2002, pág. 223.
[10]SÁNCHEZ, Cristina op. cit., pág. 26.
[11]BLANCO, Oliva, Olimpia de Gouges (1748‑1793), Ediciones del Orto, Biblioteca de Mujeres, Madrid, 2000, pág. 38.
[12]SÁNCHEZ, Cristina, op. cit., pág. 29.
[13]ALONSO, I., y
BELINCHÓN, M. (eds.), 1789‑1793. La voz de las mujeres en
[14] Ver texto completo
de la «Declaración de los Derechos de
[15] BLANCO, Oliva, op. cit., págs. 12‑15.
[16] Ibídem, pág. 23.
[17]Ibídem, págs. 17‑18.
[18] Ibídem, págs. 20‑21.
[19] NASH, Mary, op. cit., pág. 77.
[20] SANCHEZ, Cristina,
op. cit., pág. 28.
[21] 21. OBLIGADO, Clara, Mujeres a contracorriente. La otra mitad de la historia, Plaza & Janés, Barcelona, 2004, pág. 110 y ss.
[22] BURDIEL, Isabel, «Introducción» en WOLLSTONECRAFT, Mary, Vindicación de los derechos de la mujer, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 2000, pág. 25.
[23]Ibídem, pág. 27.
[24]Ibídem, pág. 28
[25]OBLIGADO, Clara, op. cit., pág. 116.
[26] WOLLSTONECRAFT, Mary, op. cit., pág. 108.
[27] COBO, Rosa, «La construcción social de la mujer en Mary Wollstonecraft», en AMORÓS, Celia (coord.), Historia de Teoría femenista, op. cit., pág. 24..
[28]Ibídem.
[29]OBLIGADO, Clara, op. cit., pág. 116
[30] BURDIEL, Isabel, op. cit., pág. 9.
[31] Ibídem, pág. 10.
[32] 32. Ibídem, pág. 11.
35. WOLLSTONECRAFT, Mary, op.
cit., pág. 159.
[33] VALCÁRCEL, Amelia, La memoria colectiva y los retos del feminismo, op. cit., pág.12.
[34] DE BEAÜVOIR, Simone, El segundo sexo, Vol. II, La experiencia vivida, trad. Pablo Palant, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1987, pág.13.
[35] WOLLSTONECRAFT, Mary, op. cit., pág. 159.
[36] BURDIEL, Isabel, op. cit., pág. 93
[37] NASH, Mary, op. cit., págs. 70‑71
[38] SAU, Victoria, op. cit., pág. 123.
[39] VALCÁRCEL, Amelia, La memoria colectiva y los retos del feminismo, pág.13.
[40] SAU, Victoria, op. cit., pág. 123.
[41] VALCÁRCEL, Amelia, op. cit., pág 14.