Ciencia y tecnología desde una
perspectiva de género. Desde siempre,
las ciencias han sido concebidas y practicadas por hombres, las mujeres
científicas debían pasar por “asistentes invisibles” de esposos, padres o
hermanos (François Graña)
Fuente: http://www.choike.org/documentos/grania2004.pdf
Subió a conferencia
el 31 de Mayo del 2005
Ciencia y tecnología desde una
perspectiva de género
François
Graña
julio de 2004
RESUMEN
Desde
siempre, las ciencias han sido concebidas y practicadas por hombres; hasta
entrado el siglo XIX, las Universidades fueron ámbitos exclusivamente
masculinos. A menudo, las mujeres científicas debían pasar por “asistentes
invisibles” de esposos, padres o hermanos. Aun hoy, la presencia femenina en
investigación científica continúa limitada, ignorada, silenciada. El androcentrismo en la práctica y enseñanza de las ciencias
también se manifiesta en la elaboración de “modelos” de sabios o artistas casi
siempre masculinos. El igualitarismo radical de
INDICE
El
androcentrismo de las ciencias.......................................................................3
Hombres
ilustrados vs. imbecillitas sexu.............................................................6
Ciencia
y homosociabilidad.................................................................................9
El
mito de la ciencia neutral
..............................................................................12
La
“cultura técnica
masculina”............................................................................20
Bibliografía
consultada.......................................................................................23
El
androcentrismo de las ciencias
El
androcentrismo en la historia de las ciencias, en su
concepción y en su práctica,
Es
una de las claves explicativas de la persistencia del sexismo en la educación,
su singular resistencia al cambio. El abordaje de los procesos educativos desde
una perspectiva de género no podría omitir por lo tanto una discusión del
punto, que por otra parte viene siendo ampliamente tematizado
en la literatura de género del último cuarto del siglo XX. El análisis de
contenidos y modos en que se transmite el saber en los procesos educativos,
devela tres sesgos característicos: i) la virtual inexistencia de referencias a
los aportes hechos por mujeres a la cultura, ii) la
desatención de aspectos culturales particularmente interesantes para ellas, y iii) la recurrencia de afirmaciones sobre las mujeres
hechas en base a prejuicios. Ello denota “una grave amputación de la historia
de
A
excepción de Italia, las universidades del Viejo Continente fueron ámbitos
exclusivamente masculinos hasta el siglo XIX y en algunos países aun hasta el
siglo XX. Algunas excepciones notables balizan la historia de estas
universidades. En 1678, la noble veneciana Elena Lucrezia
Cornaro Piscopia obtenía el
doctorado en filosofía, marcando un hecho sin precedentes. Elena Lucrezia provenía de una familia especialmente influyente:
había dado tres papas y ocho cardenales a
La
nueva ciencia europea emergente en el siglo XVI se desarrolla bajo la
protección de las cortes de los príncipes renacentistas; a su amparo se
instituyen dos ámbitos bien delimitados: el de la política y las artes
marciales es masculino por definición, el cultivo de las letras tolerará la
presencia de mujeres. Luego, con la institucionalización de ámbitos académicos
de producción de conocimiento, las mujeres se verán expresamente excluidas
hasta entrado el siglo XX(3).
En
el transcurso del siglo que hemos despedido, la práctica científica termina de
desprenderse de su carácter individual y artesanal, se conforman grandes
centros de investigación que movilizan volúmenes crecientes de recursos humanos
y financieros, se trabaja en equipos, las puertas de las universidades se abren
para las mujeres, la discriminación formal pasa a ser cosa del pasado. Desde
entonces, la presencia femenina en investigación y producción científicas ha
ido en aumento incesante. A pesar de ello, la participación efectiva de las
mujeres en el medio académico continúa siendo limitada, ignorada o aun
silenciada.
Este
silenciamiento es, de alguna manera, el correlato de la “privatización” de la
familia y la migración de la ciencia al espacio público institucional
controlado por hombres, donde las mujeres que se interesan por las ciencias
pasan a menudo por “asistentes invisibles” de sus esposos, padres o hermanos.
Pocos saben que María Skolodowska –más conocida como
Marie Curie al tomar el apellido de su esposo- fue la primera persona en ganar
el Nobel dos veces: en Física junto a su marido, en Química con un trabajo
propio. Similar silenciamiento -entre tantos otros casos escamotea los aportes
de Mileva Maric, primera
esposa de Einstein, en los artículos que le valieron
a éste el Nobel en 1921, o la contribución de Rosalind
Franklin a la elaboración del modelo helicoidal del ADN con el que ganaron el
Nobel los señores Wilkins, Watson
y Crick (sobre Rosalind
Franklin se lee en
La
investigación histórica de cuño feminista ha rescatado del olvido la biografía
de numerosísimas mujeres que vieron amputadas sus carreras por razones
netamente sexistas. El ámbito de la producción artística, por ejemplo, era
hasta hace bien poco todavía una actividad exclusivamente masculina. El
conocimiento de la obra musical de Robert Shumann, de Felix Mendelssohn, de
Franz Liszt o de Richard Wagner es sin duda privilegio de élites ilustradas. Pero
mucho menor aun es el número de quienes saben que Fanny,
hermana de Mendelssohn, quiso estudiar composición
musical y se lo impidió la prohibición paterna, por lo cual muchas de sus
composiciones fueron firmadas por su hermano. Clara Wieck,
esposa de Shumann, tampoco pudo superar los
obstáculos familiares para componer, y debió esperar a enviudar para reanudar
su carrera como concertista. La brillante pianista Cossima
–hija de Liszt y esposa de Wagner-
debió abandonar su proyecto de aparecer en público debido a la doble
prohibición de padre y marido (Rubio Herráez
1999:209-212; Caballero 1996).(4)
En
los programas de estudios de las ciencias, las mujeres no figuran como
protagonistas del avance científico y tecnológico, y los hombres en cambio se
encuentran en el centro de una cosmología que muestra la ciencia como “una
práctica viril activa y racional dirigida hacia el dominio de la ‘madre
naturaleza’, considerada pasiva, emocional y carnal” (Bonder
1996:41). El androcentrismo en la práctica y
enseñanza de las ciencias se manifiesta también en la elaboración “modelos” de
sabios o de artistas casi exclusivamente masculinos:
“...Mientras
los niños y los jóvenes pueden identificarse con los héroes, los guerreros, los
sabios o los artistas, las niñas y las jóvenes difícilmente encuentran
precedentes de mujeres en la cultura y en el poder que les proporcionen un
estímulo similar. Las santas y las reinas han constituido los únicos modelos de
mujeres dignas de mención, e incluso éstas van quedando en segundo término a
medida que varían los temas culturales” (Subirats 1994:65)
En
la bibliografía consultada se ha encontrado copiosa evidencia empírica que
respalda esta apreciación. Así por ejemplo, una vasta encuesta aplicada por el
Ministerio de Cultura y Educación a escuelas y liceos públicos de Buenos Aires
incluía una pregunta acerca del conocimiento de inventores e inventoras; el 97
% del alumnado de ambos sexos mencionó hombres de ciencia como Einstein, Edison, Galileo, una
pequeña cantidad aludió a “los esposos Curie” y sólo el 2 % nombró
específicamente a Marie Curie (Bonder y Morgade 1996). Se cierra de este modo el círculo –la
“estructura estructurante” de Bourdieu- con una
temprana exposición y habituación de los y las jóvenes a la condición masculina
de los “modelos” a seguir.
Puede
desprenderse de aquí sin forzar demasiado la razón, que estos modelos o
referentes históricos masculinos preparan a las personas que se orientan a
la actividad científica, para una
aceptación acrítica de la preeminencia de los varones
en todos los órdenes del saber. Esta preeminencia habrá sido largamente
anunciada bajo forma de biografías de hombres célebres, de miríadas de imágenes
y nombres de protagonistas de la aventura humana del conocimiento y las artes,
casi invariablemente masculinos(5).
La
actual situación académica de las mujeres es el resultado complejo de una
incorporación tardía a las instituciones científicas, un incremento fulgurante
de su participación en el último tercio del siglo XX, contribuciones “de alto
nivel en algunos casos”, una moderada participación en la gestión, y en
términos generales, una discriminación que “...sigue teniendo lugar pero ha
adoptado formas más sofisticadas...” (Sánchez González 1999:264). La
discriminación en el ámbito académico asume a menudo la forma de múltiples
“micro-desigualdades” que tomadas de una en una parecen insignificantes, pero
que contribuyen globalmente a la generación de cierto “clima hostil” que
disuade o desmoraliza a las mujeres que han optado por el área
científico-tecnológica:
“... las mujeres son asignadas a los comités
científicos con menos poder, disponen de menos recursos presupuestarios, les es
más difícil obtener los servicios del personal de apoyo o se las ubica en
oficinas que están lejos; carecen de acceso a las ‘redes de iniciados’ para
obtener información sobre otras instituciones y, a diferencia de los hombres,
no disponen de un grupo equivalente de mentores o de modelos a quienes pedir
asesoramiento y apoyo” (Aguirre y Batthyány 2000:97).
Hombres
ilustrados vs. imbecillitas sexu
El
considerable angostamiento de la brecha de género en la práctica científica que
Se
produjo a lo largo del siglo XX, no ha bastado sin embargo para remover
prejuicios ancestrales inscritos “en duro” en la cultura occidental. Para
Aristóteles, el varón es movimiento y la hembra pasividad, la mujer es un
hombre imperfecto que se encuentra impedida de todo pensamiento racional; en la
cosmogonía judeo-cristiana, la mujer fue creada a
partir del cuerpo del hombre. Habrá que esperar al humanismo renacentista para
concebir la racionalidad como atributo humano en general, y aceptar que las
únicas diferencias naturales entre hombres y mujeres son sus órganos sexuales.
El siglo de las Luces instauraba la doctrina de la igualdad de todos ante la
ley natural, pero la subordinación femenina permanecía intocada. Es que “
“La
adscripción a la ‘esfera privada’ en el reino de lo doméstico es así el
mecanismo por el que en la tradición ilustrada y en la ideología liberal se
opera el apartamiento de la mujer de las promesas ilustradas: fuera de ‘lo
público’ no hay razón ni ciudadanía, ni igualdad, ni legalidad, ni
reconocimiento de los otros (...) A la mujer se la encierra en lo
privado-doméstico como una condición de posibilidad para que el hombre acceda,
sin problemas, al reino de lo público-político.
En
el contexto ilustrado-liberal es impensable una imagen de la mujer que no se
asocie, de alguna manera a lo privado-doméstico. Nuestra cultura ha convertido
el propio concepto de ‘mujer pública’ en un concepto límite, en un insulto o en
una maldición” (Molina Petit op.cit.
pp.21 y 23)(7)
Aunque
hayan virtualmente desaparecido de la legislación contemporánea las huellas del
sexismo explícito de la primera modernidad, el discurso científico con
pretensiones de neutralidad que instituye la desigualdad de los géneros ha
calado hondamente en la cultura moderna. El paradigma de la ciencia moderna
-positivista, racional, analítico y neutral- se inviste de cualidades
nítidamente “masculinas”, en oposición a la subjetividad, intuición e
irracionalidad atribuidas a las mujeres. Ciertos análisis del lenguaje
corriente en los discursos y prácticas científico-tecnológicas, han puesto de
manifiesto los sesgos sexistas permeados por la
asociación entre “los ideales culturales de masculinidad y la idea tradicional
de racionalidad y objetividad científico-tecnológica”; así por ejemplo ciertas
metáforas masculinas militares: “los tecnólogos son hombres heroicos que luchan
contra la enfermedad, la sequía, las plagas de insectos...; que conquistan el
espacio, descifran el código genético, etc.”
(Pérez
Sedeño1999:23). Así, la existencia de un nexo inextricable entre ciencia y androcentrismo en el proceso de institucionalización del
saber académico no puede ofrecer dudas. En los relatos que transmiten a las
nuevas generaciones de estudiantes la historia y modus operandi de la actividad
científica, ésta se muestra investida de una racionalidad masculinizada.
Ciertas posturas feministas radicales sostienen que el androcentrismo
irreductiblemente anclado en la epistemología y en la ética de las ciencias,
pone a éstas “al servicio de tendencias primordialmente retrógradas”, lo que
falsea el arraigado supuesto de un “intrínseco carácter progresista de la
ciencia”. Antes bien –se argumenta- “...sus formas de definir los problemas de
investigación y de diseñar experimentos, sus modos de construir y conferir
significados son no sólo sexistas, sino también racistas, clasistas y
coercitivos en el plano cultural” (Harding 1996:11).
Pero por otra parte, se ha hecho notar que una excesiva simplificación del
asunto puede llevar a una demonización ideologizante y poco productiva en una perspectiva crítica.
En un sentido más matizado, se ha sostenido que la ciencia se vale de las
metáforas en boga en cada época para hacer más persuasivas sus proposiciones,
sin que por ello sus significados queden necesariamente entrampados en dichas
metáforas; es el caso, por ejemplo, de la proposición de que “la naturaleza es
una máquina” en una época de popularidad fulgurante de éstas(8).
Este enfoque ambientaría una reelaboración crítica de métodos, relato s y
contenidos de la ciencia moderna que la desprendiera del androcentrismo
y el sexismo que la han caracterizado hasta el presente.
Se
ha dicho que la ciencia vista y practicada como “cosa de hombres”, guarda
estrechas relaciones con la pretendida neutralidad de
impone
por sobre cualquier otro discurso metafísico, religioso, ético, etc. El saber
ha sido concebido como “...un supuesto espacio que escaparía a su contexto de
producción para ser un espacio de racionalidad pura, de objetividad” y
radicalmente contrapuesto a la “no-ciencia”, donde sí operarían “los valores,
los intereses, la subjetividad de los grupos sociales implicados”. La
“desestabilización” de esta dicotomía entre ciencia y no-ciencia, “... no sólo
arremete contra la objetividad de la ciencia sino que pone en cuestión la
objetividad misma como concepto androcéntrico y
pretende revelar la consistencia patriarcal del método científico” (Sánchez
1999:163; cfr. Pujal i Llombart 1996). Algunas autoras entienden que la
perspectiva de género desde la cual se abordan estos asuntos, involucra –o debe
hacerlo- “...la formulación de problemas de investigación, las áreas que son
dignas de investigarse, la forma en que recolectamos la información y nos relacionamos
con los sujetos y sujetas de estudio, y la manera en que presentamos el
análisis de los resultados” (Vázquez García 2001:290).
Consignemos
que algunas feministas ven con ojos críticos este enfoque, en el entendido de
que debe evitarse la descalificación de la actividad científica en general,
posición radical de efectos contraproducentes para las propias mujeres:
“Un
mal manejo de argumentos, aunado a un deficiente planteamiento de los estudios
y a una peor utilización de las conclusiones para sustanciar posiciones más
pasionales que racionales tienen un efecto nocivo y desorientador, que además
se revierte contra las mujeres”; además, “...el efecto pernicioso que puede
tener para las mujeres en la ciencia, atacar sin entender lo que se ataca, etiquetar
sin saber de qué se habla, sobre todo si quien lo hace es mujer”. Finalmente,
se pregunta la autora: “¿No son las posiciones antes mencionadas factores que
pueden contribuir a alejar a las mujeres de las ciencias exactas? ¿O a que
antifeministas y misóginos(as) ratifiquen la ineptitud de la mujer para la
ciencia? Las mismas mujeres estarían propiciando la exclusión de las mujeres”
(Fernández Ordóñez 2001:324-5). Se trata sin duda de una discusión compleja y
muy importante que permanecerá abierta. Entretanto -y antes de revisar algunos
estudios de género realizados en el área- tomemos cuenta de los principales
programas de investigación feminista en ciencias que tienen curso actual en el
medio académico:
i)
Los estudios sobre la equidad se han ocupado de documentar la oposición
histórica al acceso de las mujeres a la educación, a trabajos y títulos
semejantes a los de los hombres. Se ha buscado asimismo la identificación de
los mecanismos de discriminación social informal que persisten más allá de la
igualdad formal, y las investigadoras se han preguntado porqué los varones
quieren sobresalir en ciencias, ingeniería y matemáticas más frecuentemente que
las mujeres.
ii) Los estudios
sobre los usos y abusos de la biología y las ciencias sociales, revelan el
empleo de la ciencia al servicio de proyectos de corte sexista, racista, homofóbico y/o clasista bajo cubierta de neutralidad
científica y axiológica.
iii) La cuestión
de los usos de las ciencias, por otra parte, ha suscitado la puesta en
entredicho de la posibilidad misma de seleccionar problemas y definir fenómenos
que merecen explicación, independientemente de los intereses de los grupos
dominantes en la cultura, y por tanto del género masculino. Y este 9
cuestionamiento, asimismo, desquicia viejas pretensiones del saber científico:
una investigación manifiestamente antisexista ¿acaso
es más “objetiva” que una abiertamente sexista?9 iv)
El empleo del análisis de contenido aborda la ciencia y sus relatos como otros
tantos textos, poniendo de manifiesto sus significados sociales, el sentido
simbólico de enunciados presuntamente neutrales, las metáforas de género
contenidas en los escritos de “los padres de la ciencia moderna”. Bajo esta
luz, las dicotomías objetividad-subjetividad, el científico vs. sus objetos de conocimiento, la razón frente a las
emociones, la mente frente al cuerpo, etc., se muestran como analogías de
género donde el primer término es
masculino
y “el otro” es femenino. Pero este enfoque levanta nuevas preguntas: ¿qué tan
relevantes son los viejos escritos de los precursores de la ciencia moderna,
para la práctica científica actual? ¿Son realmente estas metáforas, componentes
fundamentales de las explicaciones científicas? Y más en general, ¿cómo
imaginar una búsqueda del saber que prescinda de las distinciones
objetividad-subjetividad y racionalidad-emotividad? (Harding
1996:22-3)
Ciencia
y homosociabilidad
Hasta
hace algunas décadas, el grupo selecto de varones adolescentes y jóvenes que
ingresaba a las universidades occidentales, no sólo adquiría allí un saber
especializado sino que accedía a la madurez y las responsabilidades adultas en
condiciones de “homosociabilidad” intensa y sostenida
en el tiempo. Con el objetivo de dar cuenta de la fuerte imbricación entre
socialización masculina y racionalidad científica, la investigadora Boel Berner examinó el programa,
los métodos pedagógicos y los rituales que componían la enseñanza y formación
de los ingenieros en
La
resolución fue juzgada obsoleta por algunos profesores, dado que numerosas mujeres empezaban ya a ingresar en las escuelas
superiores de medicina y derecho. El asunto motivó una encendida discusión, y
finalmente la comisión a cargo de aquella resolución estimó que ciertas
actividades técnicas como la mecánica –heredera del artesanado en metal,
reservado a los hombres desde siempre- y la ingeniería civil –originariamente
enseñada en la academia militar y por tanto masculina por definición- no podían
convenir a las mujeres. En cambio, otras profesiones sí podían estar abiertas
al acceso de ellas; era el caso de la
arquitectura, que a pesar de su carácter técnico, tomaba en cuenta también el
sentido estético y la armonía de los espacios, dotes notoriamente “femeninas”.
Además, tenía lugar en esos años una vasta campaña pública por la higiene y
limpieza en los hogares, y numerosas feministas influyentes afirmaban que
precisamente las cualidades “maternales” de las mujeres arquitectas las hacía
más capaces de concebir interiores higiénicos y armoniosos a la vez (de todas
maneras debieron pasar cuatro años más para que la primer estudiante en
arquitectura fuera admitida por autorización especial). Resulta sorprendente en
un primer abordaje, la lista de las restantes áreas técnicas que la comisión de
1893 estimó compatible con la femineidad: la química, la tecnología y metalurgia
química, física y electrónica.
Sucede
que la actividad de laboratorio ganaba una importancia creciente, y ampliaba a
ojos vistas su rango de actividades: análisis de normas productivas, controles
de calidad, investigación y desarrollo de nuevos productos, etc. Y estas
actividades reclamaban de más en más personal dócil y capacitado para
asistencia técnica a ingenieros, médicos, etc. Las aptitudes “típicamente
femeninas” resultaban inmejorables para satisfacer esta demanda: ellas podían
ser devotas, meticulosas, ordenadas y cumplidoras, y además se les pagaba
menos... De este modo se abría paso el acceso masivo de mujeres a empleos de
cuello blanco e inferior remuneración, dada misma tarea y nivel de formación
respecto de los hombres.
La
mencionada comisión del KTH sueco de 1893 argumentaba además, que dada la mayor
fragilidad femenina, la intensidad del trabajo que la preparación técnica
demandaba, podía llevar a quebrantos de salud que era preferible no tener que
lamentar. Nótese que en esa época eran muy numerosas las mujeres empleadas en
las minas, las fábricas y las granjas, sometidas por lo general a condiciones
de trabajo y horarios extenuantes (así como a una paga indefectiblemente
inferior a la de sus colegas hombres). Con todo, el argumento no era del todo falacioso. La disciplina curricular imperante en el KTH era
intensa y muy difícil de soportar; se estructuraba mediante un estricto empleo
del tiempo repartido en cursos magistrales, dibujo, ejercicios prácticos,
trabajo de laboratorio, etc., sometidos a ceñida vigilancia de profesores y
asistentes. La autora propone que esta organización rigurosa era parte integral
de una estrategia tendiente a lograr cierto tipo de hombres disciplinados y
adaptables, llevados a interiorizar una actitud positiva hacia emprendimientos
arduos, con problemas técnicos diversificados a resolver en la marcha y en
plazos imperativos, que eran la norma en las grandes obras de ingeniería de la
época.
Otra
importante dimensión de la construcción de la “masculinidad” en el KTH se
desprende del modo de transmisión de los conocimientos. La intensa actividad
curricular compartida aportaba a los futuros ingenieros ciertas competencias
lingüísticas y simbólicas que los unía y distinguía de otros hombres y de las
mujeres.
En
aquel entorno “homosocial” intenso y dilatado en el
tiempo, los alumnos aprendían a comportarse como futuros dirigentes y tomadores
de decisiones en el campo de la tecnología. A través de la asociación de
estudiantes –que formaba parte de la asociación profesional de ingenieros- los
jóvenes confraternizaban tempranamente con industriales, empresarios e
inventores, con ministros y altos funcionarios; asimismo, intervenían en
debates, ayudaban a organizar conferencias, encuentros y fiestas. La transición
de la vida estudiantil al mundo adulto y al mercado de trabajo tenía lugar en
buena medida durante la estadía en el propio KTH. Pero la cultura estudiantil
incluía también otros importantes aprendizajes extra-curriculares de identidad
y confraternización: competir en actividades deportivas, aprender a beber mucho
sin perder el control y poder asistir a clase al día siguiente, preparar
meticulosos rituales de recepción de los nuevos estudiantes, inventar
sofisticadas farsas, chascos y bromas luego publicados en el boletín
estudiantil, etc. Así, el mundo social del estudiante de ingeniería involucraba
“una sabia dosificación de seriedad e irresponsabilidad”.
Este
contexto de intensa “homosociabilidad” no sólo
operaba como un fuerte cohesivo de los estudiantes, sino que suponía muy
naturalmente la exclusión de las mujeres. La posibilidad de un ingreso femenino
sólo podía representar un “serio inconveniente” al libre desarrollo de estas
actividades, tan importantes para la formación de los futuros ingenieros como
el trabajo en el aula (éste era otro de los argumentos esgrimidos por la
comisión de 1893). A partir de 1921, las mujeres pasaron a ser admitidas en el
KTH en pie de igualdad. Pero a fines del siglo XX –concluye la autora- la
ingeniería persiste en Suecia como ámbito de predominio masculino en un 90 %,
aunque las mujeres han entrado en la ingeniería civil y de minas, ramas de élite tradicionalmente ramas clave de la tecnología: la
mecánica sigue siendo bastión de hombres, así como sus derivaciones modernas,
la electrónica y la informática, con un 90 % de estudiantes de sexo masculino.
Concluye la autora:
“...
han caído las barreras formales que se elevaban contra la educación y el empleo
de las mujeres, pero se han erigido nuevos obstáculos culturales, informales.
Las mujeres deben adecuarse a normas de sociabilidad que privilegian los
comportamientos masculinos, lo cual les demanda una gran inversión de tiempo,
una gran disponibilidad, y relegan las responsabilidades familiares y privadas
a un segundo plano. Además, las mujeres ingenieros se ven llevadas a menudo a
percibir salarios y tareas menos interesantes que sus colegas masculinos, y
tienen más chances que ellos de ocupar empleos con escasas posibilidades de
crecimiento profesional. Ellas siguen siendo ‘invitadas’, viéndose empujadas a
luchar por el reconocimiento de sus competencias en una cultura de ingeniero
cuyo carácter esencialmente masculino sigue siendo predominante” (Berner 1997:24, trad. mía)
El
mito de la ciencia neutral
La
médica feminista española Rosa María Medina propone un examen crítico de los
artículos de divulgación de hallazgos, que ponga en evidencia las operaciones
discursivas que producen un engañoso efecto de neutralidad. En primer lugar, la
creciente búsqueda de coherencia normativizada y autorreferida de los artículos científicos –introducción,
métodos, resultados, discusión y conclusiones- contribuye a esfumar una
característica propia de todo texto: su doble condición de “hipertexto” que
remite a muchos otros, y de “intertexto” cuyo
significado es una construcción dialógica entre autor
y lector. En segundo lugar, el afán de “objetividad científica” - tan caro al
paradigma hegemónico- induce una modalidad expositiva impersonal que invisibiliza el carácter situado de sus protagonistas,
describiendo relaciones entre objetos experimentales que parecen existir por sí
mismos: “se estudió”, “se piensa que”, “la metodología empleada hizo ver ...”, etc. En tercer lugar, ciertos recursos
gramaticales y semánticos ahondan la distancia retórica entre el sujeto activo
que investiga y los dóciles objetos de laboratorio, despojando a la exposición
de su carácter interpretativo: parece ser la naturaleza misma que se expresa a
través de la investigación (es lo que la autora llama “el mito de la inmaculada
percepción”)(10). En cuarto lugar, el uso y abuso de
citaciones opera el milagro de trastocar los enunciados en “hechos
científicos”: afirmaciones que parecen confirmadas por infinidad de artículos,
se invisten así de una autoridad incuestionada. A modo
de síntesis del argumento, “Los informes científicos no describen con fidelidad
la práctica experimental de laboratorio, pues
no siguen la
trayectoria temporal de la investigación y el curso de los acontecimientos. Los
artículos científicos se reescriben siguiendo un relato más inductivo y, así,
se reinscriben en los principios sostenidos por el método. Es decir, la
actividad de los investigadores se redescribe adecuándola al método, de manera
que la aplicación del método inductivo en el texto sustituye a su aplicación en la práctica” (Medina Domenéch 1999:117)
Este
efecto de neutralidad racional, ascéptica y desocializada oficia a menudo de pantalla protectora al
sexismo y la subestimación de las capacidades científicas de las mujeres,
exacerbando los obstáculos que éstas encuentran en el ámbito académico. En
1992, la revista norteamericana Science publicaba las
opiniones de un numeroso grupo de mujeres científicas entrevistadas. La
percepción de los hombres –aceptada por muchas mujeres- es que ellas no tienen
condiciones para el éxito científico, lo cual se traduce en inseguridad y baja
autoestima. Características “típicamente masculinas” como el liderazgo y la
agresividad son mal vistas cuando las exhibe una mujer. La mujer excesivamente
“femenina” y preocupada por su apariencia es menospreciada, pero si su actitud
es la contraria se la considera agresiva y desagradable.
Frecuentemente
la decisión de ser madre es tomada como una falta de compromiso con la ciencia,
y en consecuencia, un 38% de las químicas americanas permanecen solteras,
frente al 18% de los químicos. La triple carga de científica, esposa y madre,
grava pesadamente la productividad profesional de quienes la soportan. Si
todavía hoy es un lugar común decir que “detrás de todo gran hombre hay siempre
una gran mujer” que lo comprende y apoya, detrás de la mujer científica suele
haber alguien absorbido por su propia actividad(11).
Las científicas se sienten marginadas de los ámbitos de decisión constituídos por hombres, que resuelven sobre las
orientaciones de la investigación, asignan tareas y recursos, deciden qué se
publica. Ellas publican menos y lo hacen en revistas de menor categoría, lo que
constituye al mismo tiempo la causa y el efecto de un menor status científico.
En el caso de las Matemáticas, en los diez principales Departamentos de las
Universidades americanas, frente a trescientos hombres jefes de equipo existen
únicamente dos mujeres(12).
“El
discurso científico continúa siendo androcéntrico, y
esta situación perjudica tanto a las mujeres como a los hombres o a la propia
ciencia. A las mujeres, porque les obliga a superar una serie de barreras, lo
que se empieza a llamar la «barrera de cristal», empleando en ello unas
energías y una inteligencia que deberían utilizarse en la creación científica.
A los hombres, porque no serán auténticamente libres para vivir y para crear
mientras esta libertad no sea compartida con las mujeres. A la ciencia, en fin, porque si
rechaza a la mujer, rechaza también un conjunto de valores imprescindibles para
la creación científica, una parte del patrimonio cultural de la humanidad. El
progreso humano y científico se logrará mejor integrando a las mujeres en el
eje principal de la cultura dominante” (Van den Eynde
1994)
En
estas últimas décadas se abre paso una relectura de la historia de las ciencias
desde una perspectiva que parte del género como una construcción social y que
pone en evidencia el discurso androcéntrico
manifestado en la teoría y práctica de las ciencias.
Ganan
progresiva visibilidad los aportes de las mujeres al desarrollo científico, a
menudo oscurecidos y aun directamente borrados de la memoria histórica. Se
denuncian las barreras a la participación femenina como el principal factor
causal d su débil presencia en ciencia y tecnología (Aguirre y Batthyány 2000). Los enfoques de género emergentes en la
“segunda ola” del feminismo de los años ‘60 a los ’80, partían de la denuncia
de la escasez de mujeres en las ciencias, para luego detenerse en el carácter androcéntrico del contenido de las ciencias y en los sesgos
sexistas del lenguaje. Estos enfoques se orientaban de este modo hacia una
revisión profunda de las relaciones entre ciencia y sociedad: “Ya no se trata
únicamente de reformar las instituciones y de alfabetizar en ciencia y
tecnología a las mujeres, sino de reformar la propia ciencia” (González García
1999:47). La asimetría profunda entre hombres y mujeres en el acceso a la
producción, recursos y reconocimiento tecno
-científico, no puede más que impactar fuertemente sobre la propia naturaleza
de la actividad científica resultante. El análisis de la ciencia desde una
perspectiva de género, por tanto, sólo puede ser “programáticamente
asimétrico”, sesgo que se manifiesta en la selección temática (la construcción
científica de los sexos en biología, psicología,etc.), en su carácter evaluativo (la identificación
de preconceptos sexistas y androcéntricos en la actividad de investigación) y
en la búsqueda propositiva de teorías alternativas al
androcentrismo dominante (González García op.cit.). Ante la supuesta “neutralidad evaluativa”
y el “principio de simetría”, ciertas científicas feministas reclaman un
enfoque “evaluativo y por tanto asimétrico”, que emplee la investigación
empírica para mostrar y cuestionar en las prácticas científicas corrientes,
“las presuposiciones que subyacen a estados y prácticas de dominación y
subordinación” (González García 1999:54)
Son
numerosos los trabajos que emprenden este camino; una breve reseña de algunos
de entre los que se encuentran disponibles en nuestro medio, bastará como
indicativo.
Así
por ejemplo Dolores Sánchez (1999), que propone un análisis del discurso médico
contenido en el popular e influyente Tratado de Ginecología (Botella y Clavero,
Edic. Díaz de Santos, Madrid 1993) de consulta
corriente en las Facultades de Medicina españolas, cuyos términos no han
cambiado sustantivamente en sucesivas reediciones desde los ’40. La autora pone
en evidencia allí: i) una construcción semántica esencialista
de la categoría “mujer” a través de la sinonimia aproblemática
de los términos hembra, femineidad, materno, muchacha, mujer y reproductora; ii) una representación del cuerpo de las mujeres articulada
exclusivamente en torno a la reproducción; iii) una
permanente confusión entre las dimensiones anatómicas, fisiológicas y comportamentales de la sexualidad femenina; iv) una explicación del desarrollo somático y psicológico
de una femineidad constituida para siempre en la pubertad, basada en las
hormonas; v) la naturalización biologista del carácter
activo e inductor del cromosoma masculino; vi) la existencia de una activa
“glándula masculinizante” (testículo) frente a un
desarrollo pasivo del ovario “en ausencia de inducción genética”.
Las
españolas María José Barral e Isabel Delgado (respectivamente, médica y
licenciada en Ciencias Biológicas) se ocupan también del examen crítico de las
construcciones discursivas corrientes en las ciencias biomédicas. Estas
investigadoras han hecho notar la falsa neutralidad de las comparaciones entre
la especie humana y ciertas especies animales tendenciosamente elegidas para
mostrar el carácter evolutivo de las diferencias entre hombres y mujeres. Este
escamoteo puede llegar lejos, llegándose a eludir toda referencia a patrones de
relación sexual en ciertos animales, notoriamente “inconvenientes” en la
perspectiva androcéntrica13 que permea estos
estudios. En el desarrollo central de su texto, Barral y Delgado cuestionan a
fondo las ideas corrientes sobre la diferenciación sexual humana que aun hoy
dominan en la enseñanza de las ciencias biológicas. Hasta hace bien poco
tiempo, nadie discutía la tesis de que las diferencias fisiológicas entre
mujeres y hombres era enteramente codificada por el llamado “par
Otro
aspecto significativo de esta cuestión, es la proposición de que el patrón
genético sexual “XX-hembra, XY-macho” constituye el estadio superior de la
escala evolutiva.
Hasta
hace muy poco ésta era una afirmación banal que nadie cuestionaba, pero una
descripción más cuidadosa de otros modos de determinación del sexo en el reino
animal ha desautorizado la generalización de este modelo. Hay especies animales
en cuyos individuos coexisten células masculinas y femeninas, otras se
diferencian sexualmente por efecto de activadores ambientales (temperaturas,
concentraciones diferentes de dióxido de carbono), etc. Pero aun entre las
especies cuyo sexo se determina genéticamente, los patrones de codificación
presentan una asombrosa diversidad. La evidencia empírica apunta de más en más
a la intervención de los mismos genes en funciones múltiples, y viceversa, la
regulación de una misma función por parte de genes muy alejados entre sí. A
pesar de todos estos datos –señalan las autoras- la genética sigue fuertemente
influida por los prejuicios sociales presentes en trabajos anteriores; esto es
particularmente notorio en la llamada “genética del comportamiento” que
sostiene que éstos son hereditarios y se transmiten sin cambios de generación
en generación. Los herederos del movimiento “eugenista”
de comienzos del siglo XX, sostienen el origen biológico de ciertas patologías
sociales (alcoholismo, prostitución, criminalidad, pobreza...) y
consecuentemente, la posibilidad de intervención –como en los animales- por vía
de la manipulación de sus caracteres hereditarios(14).
Por
último, estas investigadoras señalan que la cría humana nace con un cerebro más
inmaduro respecto de los demás primates y mamíferos superiores, y su maduración
se completa bajo influencia ambiental en los primeros años de vida posnatal. La enorme plasticidad del cerebro humano explica
su capacidad de aprendizaje y adaptación a los entornos más diversos, de tal
modo que la cultura actúa como un molde que asegura una alta conformidad del
individuo al ambiente social en el que crece; esta conformidad socio-cultural,
una vez firmemente establecida mediante los procesos de socialización, será
percibida como si fuera la única “naturaleza humana”. Los individuos de la
especie humana somos únicos, seguimos un itinerario singular de adaptaciones
sin mediación genética alguna; pero las nuevas adquisiciones adaptativas pueden transmitirse hereditariamente. Ejemplo
de esto, es el gen que codifica la enzima capaz de metabolizar el alcohol; este
gen se encuentra presente en el 99 % de la población occidental, y no llega al
50 % en la población asiática. La única explicación viable de esta notable
diferencia, es la impronta histórico-cultural de altos estándares de consumo de
alcohol incorporados a los hábitos sociales milenarios de las civilizaciones
occidentales. Otro caso es la incidencia del desarrollo del lenguaje en el
cambio de posición de la laringe; en la infancia, ésta ocupa una posición alta
en el cuello (frente a las tres primeras vértebras cervicales); en el adulto
desciende hasta la zona ubicada entre la cuarta y la séptima cervical,
desplazamiento que amplía la gama posible de sonidos producidos con la
contracción de las cuerdas vocales.
Esta
evolución es muy reciente: no tiene más de 300.000 años; en los primates y
delfines, la laringe ocupa la misma posición que en el pequeño humano.
Concluyen las autoras: “Las investigaciones científicas nos permiten
adentrarnos en el conocimiento de esta diversidad, pero para ello es necesario
dar a las investigaciones un nuevo enfoque, que las libere de los sesgos
androcéntricos y antropocéntricos que han hecho que hasta ahora, en su mayoría,
vinieran a confirmar y rubricar científicamente los estereotipos sociales en
relación con los sexos” (Barral y Delgado 1999:153)
Esta
búsqueda “hacia atrás” de la huella socio -cultural en la fisiología humana se
revela muy productiva. De más en más, se percibe que “...la biología del cuerpo
es alterada significativamente por los diversos estímulos socio -culturales del
ambiente”, con lo que pierde asidero la vieja noción decimonónica de géneros
“fatalmente” determinados por la biología.
Consecuentemente,
ha ganado legitimidad la perspectiva de la “enculturación” y la educación como
responsables de la introyección de “lo ‘femenino’ y
lo ‘masculino’, las conductas esperadas de rol, y las demandas sociales al
respecto” (Porzecanski 1998:50).
Otro
importante vector de estudios de género en las ciencias biomédicas se ha
ocupado de la deconstrucción del discurso médico
psiquiátrico y psicológico sobre los sexos. El discurso médico sobre la
“naturaleza femenina” cristaliza en los siglos XVIII y XIX en una narrativa que
construye una mujer “frágil, emotiva, dependiente, sexualmente pasiva y
destinada a la maternidad”. El discurso sobre la pasividad de las mujeres es
una laboriosa construcción ambientada en la exaltación del pudor y la
preservación de la ignorancia femenina que garantiza una inocencia elevada a la
categoría de virtud suprema. En ese contexto deben verse las campañas “médicohigienistas” del siglo XIX que recomiendan a las
madres las listas de alimentos a evitar por sus propiedades afrodisíacas,
desaconsejan a las mujeres la lectura de novelas, censuran la asistencia al
teatro y el gusto por la “música voluptuosa”, todas éstas orientaciones
conducentes a asegurar el recato (Fernández 1993:83-88). La psiquiatría decimonónica
desempeña un rol central en la construcción de una ideología sexista erigida en
justificativo científico de la subordinación femenina.
Numerosos
textos médicos clasifican a las mujeres en los tramos inferiores de la escala
evolutiva, asimilable a lo primitivo e infantil. Se trata por otra parte de
nociones corrientes en la intelectualidad de la época; así el influyente
estudio sobre la psicología de las multitudes publicado en 1895 por Gustave Le Bon, donde sostiene
que “la impulsividad, la irritabilidad, la incapacidad para razonar, la
ausencia de juicio y de espíritu crítico, la exageración de los sentimientos”
son observables en “formas inferiores de evolución, tales como la mujer, el
salvaje y el niño” (Le Bon 1978:40).
Estas
son las bases para la elaboración de un estereotipo dualista que atribuye a la
mujer componentes psicológicos y actitudinales tales
como el afecto, la sensibilidad, dulzura, intuición, pasividad y abnegación,
frente a un varón “naturalmente” inclinado al raciocinio, la reflexión,
capacidad de análisis, rendimiento intelectual y creatividad.
De
allí se sigue que la mujer es más propensa a estados de desequilibrio mental,
ya que la sugestionabilidad y la emotividad
-esencialmente “femeninas”- constituyen terreno fértil para la aparición de
fobias, histerias, psicosis, etc. La tipificación de la histeria como una
patología propiamente femenina es uno de los productos decantados de este
discurso.
Detengámonos
un momento en la feminización de la histeria, noción que ha probado una
asombrosa resistencia al paso del tiempo. En una edición del Diccionario
Enciclopédico Salvat vieja de 40 años, se define el
concepto en los siguientes términos: “Enfermedad nerviosa, crónica, más
frecuente en la mujer que en el hombre (...) La causa verdadera del histerismo
se ignora y en el transcurso del tiempo se ha 18 achacado a trasplante del
útero a distintos lugares del cuerpo (...) El tratamiento es dificilísimo; se
recomiendan la permanencia en el campo, los deportes, la hidroterapia, la
electricidad, y sobre todo la psicoterapia” (Diccionario Enciclopédico Salvat t.6, 1962:835).
Convengamos
en que se trata de una apreciación subidamente conservadora, en parte atribuíble al contexto socio -cultural y religioso
tradicional de
“No
obstante, hay que tener en cuenta que tal conclusión pudo deberse a que los
miembros de la banda eran mujeres, sexo al que se solía relacionar con esta
enfermedad”. Se agrega más adelante que la histeria ha sido “...clásicamente
definida como trastorno propio de las mujeres. Desde el punto de vista de la
etimología es una enfermedad ligada a este sexo, que ya los antiguos griegos definieron
para referirse a la inestabilidad y movilidad de los síntomas físicos y a los
accesos de desequilibrio emocional propios de las mujeres, según la teoría de
que el útero se situaba en posiciones distintas (en griego, útero es hystera)”. Sigue un breve comentario de las ideas de Charcot y la teoría freudiana que remite al conflicto
inconsciente y los deseos reprimidos, para concluir que ello “...no impidió que
[la histeria] siguiera asociada a género femenino, siendo muy poco frecuente
que a un hombre le diagnosticaran esta enfermedad”. El lenguaje cuidado del
artículo lo reviste de una prudente neutralidad, y hasta parece insinuarse
cierta distancia crítica: “no obstante, hay que tener en cuenta...”, etc. Pero
esta asepsia sintáctica debe examinarse más de cerca. En primer lugar, nótese
que no se esboza siquiera una sospecha de prejuicio o sesgo sexista:
¿porqué, por ejemplo, los investigadores de marras deberían
seguir influidos en 1977 por ideas viejas de un siglo? Por otra parte, ¿porqué resulta tan significativo para el autor del artículo
que “los miembros de la banda” fueran en realidad mujeres? Y también, ¿porqué la histeria permanece “asociada al género femenino”?
Finalmente, nótese la ambigüedad de la proposición “Desde el punto de vista de
la etimología es una enfermedad ligada a este sexo”: la etimología no produce
“puntos de vista”, sino que establece “el origen y evolución de las palabras”
(Encarta dixit); este trastocamiento
semántico, insignificante por sí mismo, inviste a aquella frase de un
sospechoso sesgo fáctico o afirmativo. En palabras de una investigadora en
filología románica:
“Evidentemente,
los diccionarios deben recoger todo cuanto diga la gente, por racista que sea,
por sexista o misógino que sea, por clasista que sea, por insultante que sea,
ya que para este menester, para situar lo que se dice en su justo lugar están
las notas pragmáticas que tienen la virtud de relacionar a quien habla con las
circunstancias de la comunicación. Otra cosa muy distinta es lo que lexicógrafas
y lexicógrafos añadan de su subjetividad e ideología cuando redactan distintos
artículos” (Lledó Cunill
2003:12)
Pero
retomemos el concepto de histeria. Para el eminente médico francés Jean Martin Charcot (1825-1893),
maestro de Sigmund Freud
–quien por otra parte se hizo eco de muchas de sus ideas- el ovario es la zona histerógena por definición. A finales del siglo XIX
florecen las publicaciones médicas y psiquiátricas con hallazgos,
verificaciones empíricas y registros estadísticos que componen cuadros
explicativos de más en más osados y precisos de las patologías “femeninas”. Se
asocia la menstruación a la neurastenia, la histeria y las fobias en general;
se “demuestra” que el embarazo induce comportamientos cleptómanos e infantiles
y aumenta la probabilidad de cuadros epilépticos; se establece que la
menopausia es causante de psicosis melancólicas y del mal de Parkinson...
“Así,
procesos fisiológicos como la menstruación, la gestación, el puerperio y la
menopausia podían coadyuvar al desarrollo de la locura cuando el terreno estaba
preparado. Esta relación era consecuencia de la asimilación que los frenopatólogos o psiquiatras venían haciendo, desde finales
del siglo XIX, de las teorías médicas que explicaban la aparición de
determinadas patologías en las mujeres” (Jiménez y Ruiz 1999)
Las
historias clínicas de fines del siglo XIX e inicios del XX registran “psicosis puerperales” que desaparecen luego de una intervención
quirúrgica en el aparato genital de la paciente, casos en que la “melancolía”
constatada se esfuma sin dejar huella tras la operación de un quiste de ovario,
la generalización de la ovariotomía como tratamiento de enfermedades mentales
así como la aplicación de choques eléctricos para intervenir en cuadros de
histeria. Pero la observación clínica no siempre parecía confirmar estas
presunciones; sucedía que a menudo, los síntomas de estas enfermedades eran
observables en varones. La línea explicativa dominante obligaba a buscar los
factores patógenos en la diferenciación sexual, y estos casos “atípicos” debían
ser explicados en coherencia con aquella racionalidad hegemónica; así lo
reclamaba el rigor científico exhibido por el ufano positivismo de la época. La
literatura consultada por estas investigadoras muestra la segura eficacia del patrón
explicativo de estas patologías, anclado en la discriminación y estigmatización
del “sexo débil”. Es así que aquellos síntomas observados en hombres, eran
atribuidos a desencadenantes exógenos tales como el cansancio físico o mental,
infecciones, excesos sexuales, el extrañamiento del país, y un largo etcétera
desprovisto de cualquier remisión a la fisiología “masculina”. ¿Y los varones
histéricos? Pues ... sólo podían explicarse como
desviaciones del patrón masculino saludable: eran “extravagantes” o de
constitución física débil, en otros casos se echaba mano a testimonios
familiares que los describían como “raros” desde la infancia, etc. En suma, el
cuadro de excepción en que era inscrito el sufriente, determinaba que no se lo
considerara un “hombre normal”; el arquetipo masculino dominante salía airoso
de la prueba, permaneciendo tan fuerte y persuasivo como siempre. Notemos,
finalmente, que la correlación acrítica entre
enfermedad mental y género se evidencia en el hecho de que “...mientras
conductas en extremo agresivas desarrolladas por un varón no daban lugar a, ni
siquiera, la sospecha de una alteración mental, las respuestas defensivas de
una mujer eran patologizadas” (Jiménez y Ruiz
1999:200).
La
“cultura técnica masculina”
Las
relecturas del modus operandi de las ciencias que acabamos de reseñar, muestran
la falsedad del supuesto de neutralidad que dominaba la investigación moderna
hasta hace bien poco tiempo. Asimismo, el análisis de la tecnología desde una
perspectiva de género muestra una actividad fuertemente masculinizada donde
campea -al igual que en las “ciencias duras”- la ideología de la “neutralidad”
y el conocimiento socialmente aséptico. Las investigaciones señalan una
“cultura técnica masculina” como un importante componente identitario,
y simétricamente, la incompetencia técnica, la inseguridad y el miedo a la
tecnología como parte integrante del estereotipode
género femenino (Chabaud-Rychter
1997:65-66, Berg 1997). Revisaremos algunas
investigaciones sobre tecnología doméstica para ilustrar el punto.
En
los primeros años ’90, las británicas Cynthia Cockburn y Susan Ormrod se aplicaron al estudio de la innovación y
comercialización de los aparatos de microondas con el propósito de develar las
determinaciones de las relaciones sociales de género solapadas bajo la aparente
asepsia social de decisiones de marketing. En sus inicios, el microondas
aparecía como un aparato sofisticado, portador de una tecnología
revolucionaria; consecuentemente, las estrategias de marketing lo mostraban
como un producto de alta tecnología antes que un electro-doméstico, y compartía
los circuitos de comercialización de aparatos de TV, videograbadores
y equipos de audio. A fines de los ’80 se produce una caída de las ventas en
Gran Bretaña, debida en parte a la recesión pero también a los temores
asociados a la seguridad, que ganan el gran público.
Acicateados
por esta contracción del mercado, los fabricantes operan una transformación
radical de sus estrategias comerciales, y el microondas se desprende de su
condición de producto de High Tech
para pasar a promocionarse como un electrodoméstico.
El
cambio conllevaba tanto una modificación en el uso del producto como una
redefinición del público objetivo al cual se dirigirían las campañas
publicitarias. Hasta aquel momento, la publicidad estaba vagamente dirigida a
las parejas, y acentuaba el refinamiento tecnológico del producto. De allí en
más, debería persuadirse más directamente a la esposa- madre en tanto
utilitaria por antonomasia del electro-doméstico, de las bondades del horno de
microondas.
Esta
reinterpretación conduce a una versión más “feminizada” de la promoción en la
que se realzan los procesos de cocción que habilita el aparato. El cambio
supone también una mayor “banalización tecnológica”
del producto, cuyas ventajas y utilidades son explicadas con más detenimiento
que en el pasado. En las entrevistas a los fabricantes aflora el propósito
deliberado de vencer los obstáculos “propiamente femeninos” ligados al bloqueo
psicológico que “ellas” experimentan ante la tecnología compleja. El marketing
procura también acallar la inquietud que despertaban los peligros de las
radiaciones y la seguridad alimentaria. Pero por sobre todo, la publicidad se
orienta directamente al buen juicio de la esposa-madre, única realmente apta
para apreciar las 21 ventajas comparativas del microondas frente al horno
tradicional. Al tiempo, junto a la reproducción del discurso tradicional de
género y las diferencias “naturales”, asoma una insinuación igualitarista: en los
spots publicitarios se lo puede ver también a él en la cocina utilizando el
microondas... sólo que al modo del usuario ingenuo, voluntarioso pero algo
torpe, maternalmente vigilado por la que sigue a cargo del gusto culinario y la
responsabilidad alimentaria familiar.
La
nueva estrategia de marketing procuró igualmente una mayor flexibilidad adaptativa a las especificidades locales. Se había
detectado cierta resistencia al empleo de aparatos concebidos en la casa matriz
(radicada en Japón, en este estudio de caso); éstos no se adecuaban a la cocina
europea, más rica en alimentos en base a harina y amante del efecto de
gratinado, para lo cual el horno clásico era inmejorable. Se incorporó así
–entre otros cambios - un grill al horno de
microondas. Las investigadoras notaron que las actividades de concepción de
estos cambios conllevaban una muy nítida diferenciación por género; así, las
funciones de ingeniería en la creación y producción –que representan
paradigmáticamente a la innovación tecnológica- eran exclusivas de hombres, y
el personal especializado en economía doméstica para el testeo de los aparatos,
era integralmente femenino. Los ingenieros ganan más y son percibidos como los
realizadores de la labor propiamente técnica, y ello independientemente de la cientificidad de los procedimientos empleados en uno y otro
departamento, ambos indisociablemente complementarios e imprescindibles para el
éxito de los emprendimientos de innovación (Ormrod
1997).
En
un reciente estudio realizado por investigadoras de ocho países europeos, cada
una de ellas siguió la trayectoria de un tipo de aparato en particular:
aspiradoras, teléfonos, microondas, robots culinarios, etc. La socióloga
catalana Carme Alemany se ocupó de la lavadora en España, siguiendo paso a paso
en una fábrica la producción de un nuevo modelo desde su concepción hasta el
marketing del producto final. Estas son sus principales conclusiones:
i)
La primer observación significativa fue la total
ausencia de mujeres en el proceso de diseño y en los puestos de responsabilidad
técnica, lo que se verificó también en los demás países. Eran mujeres, sí, las
operarias asignadas al testeo de las innovaciones; las investigadoras
concluyeron que estas operarias debían ser mujeres precisamente porque estaban
allí en su condición de mujeres y por tanto amas de casa, representando a las
usuarias potenciales hacia las que se dirige el producto. Estas mujeres no
disponen de los conocimientos técnicos adecuados para evaluar las soluciones
incorporadas; los hombres mantienen así el control técnico del objeto.
ii) Si bien
todos los ingenieros concuerdan en que no hay obstáculos físicos para la
participación femenina en la fabricación, especificaciones tales como la altura
y tamaño de ciertos comandos revelan que la maquinaria ha sido concebida para
hombres. El resultado es que apenas el 20 % del personal de las fábricas de
lavadoras es femenino; hombres y mujeres coinciden en que “es mejor” que las
máquinas sean operadas por hombres.
iii) La mayor
parte de las máquinas en España son de apertura frontal, debido – aducen los
técnicos- a las mayores dificultades de montaje que presenta el modelo de carga
superior. Alemany observa que la posición curvada que requiere la carga frontal
de la lavadora no ha sido problematizada como una
incomodidad porque –desde la mirada androcéntrica- es percibida como la
posición “natural” de la mujer en las tareas domésticas. El modelo de carga
frontal, ¿habría tenido la misma difusión en caso de dirigirse a usuarios
masculinos, o en ese caso se habría tratado de resolver los problemas técnicos
que presenta la carga superior?
iv) El examen
del uso de la máquina muestra que el supuesto “lavado automático” requiere
conocimientos no contenidos en el manual de instrucciones: la clasificación de
la ropa por tipo de material y de suciedad, los grados de resistencia de los
teñidos, los efectos diferentes según temperatura, etc. La “cultura doméstica”
de las mujeres incluye conocimientos artesanales que suplantan y corrigen las
indicaciones de los manuales (a menudo erróneas, como el caso de temperaturas
excesivas allí señaladas y que son corregidas por la usuaria en aplicación de
su propio conocimiento). Esta cultura doméstica hunde sus raíces en el
ancestral lavado manual, que la mujer continúa practicando ocasionalmente y que
proporciona un saber empírico sobre manchas en determinados tejidos, modos de
evitar su persistencia, etc.
v)
Se sigue de lo antedicho, que un aparato supuestamente destinado a erradicar
viejas servidumbres “...tiende a reforzar la función del ama de casa, y
contrariamente a lo que se podría esperar, no ha introducido una redistribución
de las tareas domésticas entre hombres y mujeres, ya que los hombres
difícilmente pueden responsabilizarse del cuidado de la ropa si no han adquirido
previamente estas competencias” (Alemany 1999:91).
vi)
Las normas técnicas prevalecientes impusieron cubas con capacidad media que
ronda los cinco quilos de ropa; la optimización de su empleo obliga al grupo
familiar a la puesta en común de la ropa sucia luego seleccionada y tratada
según manchas, colores, materiales y resistencias a las temperaturas
programadas. La tarea reposa “naturalmente” sobre la esposa- madre, con lo que
se demuestra –de nuevo- la falsa neutralidad de tecnologías que presuponen
cierta representación del papel de la mujer y cierta organización doméstica.
vii) Por último,
la concepción y uso de la lavadora muestra que ésta “...no se presenta como un
instrumento que facilita una mejor distribución de las tareas domésticas, sino
que confirma a la mujer como principal actora en este tipo de funciones. Ello
nos aporta un poco de luz para comprende porqué tantas mujeres... sienten un
cierto malestar hacia la tecnología, o se desentienden de ella, ya que en lugar
de ser innovaciones liberadoras para las mujeres, confirman muy frecuentemente
su subordinación” (op.cit. p.98)
Notas:
1
Documento de trabajo editado por
2 Magister en sociología, docente e investigador de
3
4 Ver
también Sánchez González (1999), acerca del empleo pedagógico de biografías de
mujeres científicas en la enseñanza de las ciencias, con el cometido de mostrar
que la ciencia es una empresa humana,
y como tal, realizada por grupos de hombres y mujeres.
5
Nótese cómo aun una heroína de epopeya como la francesa Juana de Arco, destaca
por dotes notoriamente “masculinas” de valentía y arrojo militar, resaltadas
por su porte viril de pelo corto, vestimenta masculina y armadura; traicionada
y capturada por los ocupantes ingleses, éstos la acusan de herejía... y de
maldad por llevar ropas masculinas; y es
esto último, finalmente, que le costó la vida: en lugar de la cadena
perpetua que había sido su pena inicial, fue condenada a morir en la hoguera.
6 Así
designa Santo Tomás de Aquino a las mujeres (Tribó
1977)
7 La
autora muestra con elocuencia la dualidad que encierra el concepto de “privado”
en los contractualistas y liberales de la primera
hora. Por una parte, la noción alude a “lo propio”, a la propiedad en tanto
prolongación del “yo” frente al carácter común del Estado; pero por otra, lo
“privado-doméstico” es el espacio asignado a la mujer, espacio privado “..en el sentido en que se hurta a la presencia de los demás,
primero, porque representa el reino de la necesidad y segundo, porque no 8 Una
discusión detallada del punto puede leerse en el cap. IX del texto de Sandra Harding (1996), más específicamente en pp.201-206
9 “La
acusación feminista de que la ciencia está generizada, ¿tiene que fundarse en la demostración de que el método
científico es sexista? ¿Una ciencia no marcada por el
género, ¿producirá un método nuevo de búsqueda del conocimiento? ¿O la
acusación feminista tiene que basarse en la demostración de que los enunciados
mejor confirmados producidos por las ciencias son sexistas? ¿Acaso tiene que
demostrar que las leyes de Newton o de Einstein son
sexistas con el fin de aportar un razonamiento aceptable sobre el carácter generizado de la ciencia? (Harding
1996:37)
10
“El artículo, mediante estrategias textuales, nos convence de que los
investigadores, gracias al seguimiento escrupuloso del método inductivo
experimental, han arrancado la verdad a la naturaleza y que este resultado es
independiente de sus formulaciones lingüísticas” (Medina Domenéch
1999:114)
11 Se
lee por ejemplo en las conclusiones finales de una investigación sobre las
mujeres académica de
12 Science, vol.
255, pp. 1325-1480, March 1992.
13 Es
el caso de las sociedades de los primates papiones
anubis que constituyen sociedades fundadas en
relaciones sexuales “multi-machos” y “multi-hembras”, así como el de los chimpancés pigmeos (con
quienes compartimos el 98 % del código genético) que exhiben comportamientos
bisexuales y homosexuales independientes de las prácticas reproductivas, etc.
(Barral y Delgado 1999).
14 En
su obra Herencia en relación a
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