Feminismo para Principiantes: “
Fuente: Nuria Varela; Feminismo para Principiantes, Ediciones
B. Barcelona España
Subió a conferencia el 07 de Junio del 2005
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Del sufragismo a Simone de Beauvoir
DECIDIMOS: Que todas las leyes que impidan que la mujer ocupe
en la sociedad la posición que su conciencia le dicte, o que la sitúen en una
posición inferior a la del hombre, son contrarias al gran precepto de la
naturaleza y, por lo tanto, no tienen ni fuerza ni autoridad.
Los mejores purasangres de Inglaterra corrían en el hipódromo
de Epsom Downs el 4 de junio de 1913. Ese día se celebraba, como se venía
haciendo desde 1780, el Derby Day, una gran prueba hípica anual en la que se
concentraba lo más destacado de la sociedad inglesa. En medio del espectáculo y
la fiesta que se vivía en las grades, una joven se lanzó a la pista y trató de
sujetar por las riendas el caballo del Rey. No lo consiguió, el animal la
arrolló y quedó gravemente herida. Cuatro días después, fallecía. La joven era
Emily Wilding Davison, una combativa sufragista que se convertía en mártir al
perder la vida por sus ideas: el derecho al voto de las mujeres.
El funeral de Emily W. Davison constituyó un gran acto
feminista en las calles de Londres. Las súfragistas inglesas llevaban ya
sesenta años de lucha por el derecho al voto, sin ningún resultado. Antes,
habían comenzado las norteamericanas. La segunda mitad del siglo XIX y
principios del XX supuso una gran prueba de la capacidad, estrategia y, sobre
todo, paciencia, de las feministas. Esta vez sí, consiguieron su primera gran victoria.
¿DE DÒNDE SALEN LAS SUFRAGISTAS?
A las mujeres estadounidenses del siglo XIX no las sacaron de
casa sus propios problemas, sino una injusticia que se desarrollaba a su
alrededor y que, por lo visto, percibían mejor que su propia realidad: la
esclavitud. Las mujeres, que ya habían luchado junto a los hombres por la
independencia de su país, hasta entonces una colonia inglesa, se organizaron
para terminar con la situación de los esclavos. Esta actividad les aportó
experiencia en la lucha civil, en la oratoria, en los asuntos políticos y
sociales, y, por otro lado, les sirvió de «linterna» para ver cómo la opresión
de los esclavos era muy similar a su propia opresión.
Las hermanas Sarah y Angelina Grimké, nacidas en una familia
propietaria de esclavos de Carolina del Sur, fueron de las primeras activistas
en el movimiento de abolición de la esclavitud que luego aplicaron su crítica
social a la condición de la mujer.[1]
Como anécdota ‑‑o quizá no por casualidad‑,
la primera novela antiesclavista del continente americano es una obra de
Harriet Beecher Stowe, escritora estadounidense que en 1851 publica por
entregas la conocida La cabaña del tío
Tom.
Paralelamente, Estados Unidos estaba inmerso en otro proceso:
el movimiento de reforma moral.[2] La Reforma protestante,
iniciada por Lutero en
Las prácticas políticas protestantes ‑evangelistas, pero
sobre todo las cuáqueras‑, permitían la presencia de las mujeres en las
tareas de
La nueva iglesia llegó al Nuevo Continente. Los cuáqueros, por
ejemplo, fundaron su propia colonia en Pensilvania, en 1682. Y, como al
contrario que el catolicismo, defendían la interpretación individual de los
textos sagrados, favorecían que las mujeres aprendieran a leer y escribir. Este
motivo fue fundamental para que en Estados Unidos el analfabetismo femenino
fuera mucho menor que en Europa y para que se crearan colegios universitarios
femeninos. Con la educación se desarrolló una clase media de mujeres educadas
que fueron el núcleo y dieron cuerpo al feminismo norteamericano del XIX.[3]
Con todas estas condiciones ‑explica María Salas‑,
ya existían las bases para un movimiento de mujeres real. Lo que hacía falta
era un impulso que le diese vida, una cabeza y un programa.[4] Quizá también necesitasen una última
injusticia.
Todas esas circunstancias se dieron en el Congreso
Antiesclavista Mundial celebrado en Londres en 1840. De la delegación
norteamericana formaban parte cuatro mujeres que, sin embargo, no fueron bien
recibidas en Inglaterra. Todo lo contrario. El Congreso, escandalizado por su
presencia, no las reconoció como delegadas e impidió que participaran. Las
cuatro mujeres tuvieron que seguir las sesiones tras unas cortinas.
Efectivamente, el Congreso fue el detonante. Las delegadas
regresaron de Londres a Estados Unidos humilladas, indignadas y decididas a
centrar su actividad en el reconocimiento de sus propios derechos, los derechos
de las mujeres. Especial empeño pusieron en ello Lucretia Mott y Elizabeth Cady
Stanton.
Lucretia Mott era una cuáquera que fundó la primera sociedad
femenina contra la esclavitud y cuya casa se utilizaba como refugio en el
camino de huida de los esclavos. Tenía unos 20 años más que Elizabeth Cady
Stanton, quien fue en cierto modo su discípula, convirtiéndose con el tiempo en
la intelectual más destacada del movimiento americano.[5]
Si los años pueden tener apellidos,1848 ha pasado a la
historia como un año «revolucionario». Tomó su nombre la revolución que se
desarrolló en Francia, la revolución de 1848, y además es la fecha en la que
Marx y Engels publicaron su célebre Manifiesto
comunista. Pero en la mayoría de los libros de historia, le falta el
segundo apellido. En verano, el 48 también vio nacer
Ocurrió en un pueblecito al oeste del estado de Nueva York. En
una capilla metodista, Elizabeth Cady Stanton convocó a cien personas ‑más
del doble de mujeres que de hombres‑, de distintas asociaciones y
organizaciones políticas del ámbito liberal ‑fundamentalmente
comprometidas todas con la lucha abolicionista‑, a una reunión. Elizabeth
Cady Stanton era hija de un juez y estaba casada con un abogado. Tenía ya
experiencia en hablar en público por sus actividades en contra de la esclavitud
y, además, habían pasado ya ocho años tras el vergonzoso episodio del Congreso
Antiesclavista Mundial de Londres. Tiempo suficiente para haber madurado la
rabia y la humillación y para haber tomado decisiones.
La reunión se anunció públicamente en el periódico local:
Convención sobre los derechos de la mujer. El miércoles y
jueves,19 y 20 de julio a las 10.00 horas de la mañana, se celebrará en la
capilla metodista, Seneca Falls, estado de Nueva York, una convención para
discutir los derechos y la condición social, civil y religiosa de la mujer. El
primer día se celebrará una sesión exclusivamente para mujeres, a las que se
invita cordialmente. El público en general está invitado a la sesión del
segundo día, cuando Lucretia Mott de Filadelfia, y otras damas y caballeros, se
dirigirán a los presentes.[7]
Parece que en total, entre los invitados y el público que
acudió tras leer el periódico, se congregaron alrededor de 300 personas. La
reunión, como decía el anuncio, se había convocado para estudiar las
condiciones y derechos sociales, civiles y religiosos de la mujer. Cuando ésta
terminó, después de los dos días de conversaciones, redactaron un texto cuyo
modelo es
El texto fue aprobado por unanimidad y firmado por las sesenta
y ocho mujeres y los treinta y dos hombres convocados, salvo una cláusula, la
que reclamaba el derecho al voto. En ese momento, aún no era una reivindicación
clara para todas. Como «hijas de la libertad>>, las mujeres de Seneca
Falls se apropiaron de los discursos políticos del momento en la cultura
norteamericana para legitimar su filosofía feminista. Por eso,
Explica Alicia Miyares que
Así, en 1848, cuando el recién nacido Manifiesto Comunista proclama que la historia de la humanidad es la
historia de la lucha de clases, las reunidas en Seneca Falls se encargan de
señalar que ésa era sólo parte de la historia. Ellas eran el primer movimiento
político de mujeres. Ellas eran las que convocaban, las que se reunían y
reclamaban derechos para sí mismas. Las mujeres se convertían en sujeto de la
acción política.
A partir de esa fecha, las mujeres de Estados Unidos empezaron
a luchar de forma organizada a favor de sus derechos, tratando de conseguir una
enmienda a
Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony llegaron al
convencimiento de que la lucha por los derechos de la mujer dependía sólo de
las mujeres y en 1868 fundaron
Los avances fueron lentos y ante las dificultades, de nuevo,
las dos alas del sufragismo norteamericano volvieron a unirse en 1890 y, con la
llegada del nuevo siglo, se radicalizaron. En 1910 organizan desfiles monstruo
en Nueva York y Washington. Todas, las más moderadas y las más radicales,
desarrollaron una actividad frenética hasta conseguir en 1918 que el presidente
Wilson anunciara su apoyo al sufragismo y un día después,
El sufragismo fue un movimiento épico donde las mujeres
demostraron su capacidad y su paciencia. De todas las mujeres que se reunieron
en Seneca Falls, sólo Charlotte Woodward, entonces una modistilla de diecinueve
años, vivió lo suficiente como para poder votar en las elecciones
presidenciales de 1920. «El sufragismo fue un movimiento de agitación
internacional ‑señala Amelia Valcárcel‑, presente en todas las
sociedades industriales, que tomó dos objetivos concretos ‑el derecho al
voto y los derechos educativos‑ y consiguió ambos en un periodo de
ochenta años, lo que supone ¡tres generaciones militantes empeñadas en el mismo
proyecto! »[12]
Ese afán de aprender creció hasta alcanzar proporciones
gigantescas, dando lugar a anécdotas tan conmovedoras y pintorescas como la de la bolsa verde de Mary Lyon, quien
recorrió Nueva Inglaterra recogiendo donativos de cinco, tres o incluso un
dólar, con el fin de poder instituir en América un centro universitario
femenino.[13]
Cuando sus amistades escribían a Mary Lyon reprochándole que no era propio de
una señorita viajar sola recogiendo dinero para comenzar su Universidad de
Mujeres, ella contestaba: «¿Qué hago que esté mal hecho? Mi corazón
está,enfermo. Mi alma está dolorida. Estoy realizando un gran trabajo. No puedo
retroceder.»[14]
Al movimiento sufragista le debe la política democrática, al
menos, dos grandes aportaciones ‑explica Valcárcel‑. Una es la
palabra solidaridad. Otra, los métodos de lucha cívica actuales. La palabra
solidaridad fue elegida para sustituir a fraternidad, que en realidad
significaba hermano varón, lo que tenía demasiadas connotaciones masculinas. La
otra aún es más importante. El sufragismo se vio obligado a intervenir en
política desde fuera, llamando la atención sobre su causa y con vocación de no
violencia. Así que tuvo que ensayar y probar nuevas formas de protesta. Y
acertó. El sufragismo se inventó las manifestaciones, la interrupción de
oradores mediante preguntas sistemáticas, la huelga de hambre, el
autoencadenamiento, la tirada de panfletos reivindicativos... Todos éstos
fueron sus métodos habituales. El sufragismo innovó las formas de agitación a
inventó la lucha pacífica que luego siguieron movimiento políticos posteriores
como el sindicalismo y el movimiento en pro de los Derechos Civiles.
A las sufragistas inglesas se les acabó la paciencia antes que
a las norteamericanas. La primera petición de voto para las mujeres presentada
al Parlamento británico está fechada en agosto de 1832. Tres décadas más tarde,
en junio de 1866, Emily Davies y Elizabeth Garret Anderson elevan otra nueva
«Ladies Petition» firmada por 1 499 mujeres, que es presentada a
Al año siguiente, 1867, cuando se está debatiendo una segunda
reforma de la ley electoral para incrementar el número de varones adultos con
derecho al sufragio, el mismo Mill presenta una enmienda para que se sustituya
la palabra «hombre» por «persona», lo que daría el voto a aquellas mujeres que
cumpliesen los mismos requisitos que se les pedían a los hombres. Fue rechazada.
Las sufragistas inglesas tuvieron dos grandes aliados: John
Stuart Mill y Jacob Brigt. Este último era un parlamentario que insistente a
infatigablemente presentó una y otra vez propuestas en
Brigt no se equivocó. Aunque las sufragistas inglesas aguantaron
casi cuarenta años más defendiendo el feminismo por medios legales. Hasta 1903,
cuando, cansadas de que no se les hiciera caso, pasaron a la lucha directa. Describe
María Salas que la táctica que emplearon fue interrumpir los discursos de los
ministros y presentarse en todas las reuniones del partido liberal para
plantear sus demandas. La policía las expulsaba de los actos y les imponía
multas que ellas no pagaban, así que iban a la cárcel. Allí, eran consideradas
presas comunes y no políticas como reivindicaban.
Aun en la cárcel, no desistieron. Iniciaron una huelga de hambre
en prisión. Gladstone, el primer ministro en aquel momento, ordenó que las
alimentaran a la fuerza. Comenzó entonces una espiral de violencia entre las
feministas y la policía inglesa. En julio de 1902, lady Pankhurst, presidenta
de
El presidente Wilson la invitó a Estados Unidos. Se había
convertido en una figura casi legendaria, aunque no se libró de volver a
prisión en cuanto regresó a Inglaterra. En esos años, las sufragistas también
llevaron a cabo una serie de actos violentos contra diversos edificios
públicos, aunque nunca realizaron ningún atentado personal, ni nadie resultó
herido como consecuencia de sus protestas. La única pérdida se registró en sus
propias filas, con la muerte de Emily W Davidson en el hipódromo de Epson. Como
hemos dicho, el funeral de Emily W. Davidson fue un grandioso acto feminista,
según relatan las historiadoras. Describe María Salas que entre las decenas de
carrozas que seguían el féretro de la joven desfiló una vacía con las cortinas
bajadas. Era la de lady Pankhurst que no pudo acudir porque, de nuevo, estaba
arrestada.
Sin embargo, ni siquiera el sacrificio de la joven Davidson
fue suficiente ni puso fin a la lucha. Tuvo que estallar
Por fin, el 28 de mayo de 1917 fue aprobada la ley de sufragio
femenino por 364 votos a favor y 22 en contra, casi como contraprestación a los
servicios prestados durante la guerra, ¡después de 2 588 peticiones presentadas
en el Parlamento! De todas formas, las inglesas tuvieron que esperar aún otros
diez años a que las condiciones para su derecho al voto fueran idénticas a las
de los varones ya que en la primera ley se decía que podían votar las mujeres
mayores de 10 años. Diez años más tarde, todas las mayores de 21, la misma edad
que los varones, podían votar y ser votadas.
De la épica de las sufragistas inglesas dan cuenta los recuerdos
de Alexa Ross Wylie, quien dejó escrito:
Ante mi asombro, he visto que las mujeres, a pesar de la falta
de entrenamiento y del hecho de que durante siglos no se podía hablar de las
piernas de una mujer respetable, podían, en un momento dado, correr más que
cualquier policía londinense. [...] Su capacidad para improvisar, para guardar
el secreto y ser leales, su iconoclasta desprecio de las clases sociales y del
orden establecido, fueron una revelación para todos, pero especialmente para
ellas mismas [...].
Durante dos años de locas y a veces peligrosas aventuras,
trabajé y luché hombro con hombro con mujeres sensatas, vigorosas, felices, que
reían a carcajadas en vez de reírse por lo bajo, que caminaban libremente en
vez de contenerse, que podían ayunar más que Gandhi y salir del trance con una
sonrisa y una broma. Dormí sobre el duro suelo entre viejas duquesas, robustas
cocineras y jóvenes dependientas. A menudo estábamos fatigadas, contusionadas o
asustadas. Pero éramos tan felices como nunca lo habíamos sido. Compartíamos
con júbilo una vida que nunca habíamos conocido. La mayoría de mis compañeras
de lucha eran esposas y madres. Y ocurrieron cosas insólitas en su vida
doméstica. Los esposos llegaban a su casa, por la noche, con una nueva
ansiedad... Los hijos cambiaron rápidamente su actitud de condescendencia
afectuosa hacia la «pobre y querida mamá» por una de admirado asombro. Al
disiparse la humareda de amor maternal ‑ya que la madre estaba demasiado
ocupada para poder preocuparse por ellos más que de vez en cuando‑, los
hijos descubrieron que les era simpática, que «era un gran tipo». Que tenía agallas....[18]
EL DERECHO AL VOTO, UNA ESTRATEGIA DE FUTURO
Las sufragistas no reivindicaban sólo el derecho al voto, al
sufragio universal. Se las conoce por ese nombre porque fue en el voto donde
pusieron todo el énfasis. Confiaban en que una vez conseguido éste, sería
posible alcanzar la igualdad en un sentido muy amplio. Las feministas de esta
época reivindicaron el derecho al libre acceso a los estudios superiores y a todas
las profesiones, los derechos civiles, compartir la patria potestad de los
hijos y administrar sus propios bienes.
Denunciaban que sus esposos fueran los administradores de los bienes
conyugales, incluso de lo que ellas ganaban con su trabajo. En la práctica,
cualquier marido podía «alquilar» a su esposa para un empleo y cobrarlo y
administrarlo él. También reivindicaban igual salario para igual trabajo.
Además, bajo el sufragismo se podían unir todas puesto que
fuese cual fuese su situación económica, social o sus opiniones políticas, la
reivindicación del derecho al voto era común. La conciencia feminista estaba
extendida: en cualquier caso, todas estaban excluidas por ser mujeres.
Y es que en el siglo XIX se da una gran paradoja. Por un lado,
las mujeres quedan divididas. Con la llegada del capitalismo, las mujeres se
incorporan al trabajo industrial dado que eran una mano de obra más barata y
menos reivindicativa que los hombres. Sin embargo, en la burguesía ‑la
clase social adinerada del momento y que cada día tenía más poder‑, las
mujeres se quedaban encerradas en su casa. No se les permitía trabajar y cada
día eran más cosificadas. Simplemente simbolizaban el poder de sus maridos.
Cuanto más hermosas mejor.
Casadas, carecían de derechos; solteras, eran castigadas y
rechazadas socialmente. Pero a pesar de esta separación cada vez mayor en
distintas clases y por lo tanto con distintos roles, y distintas exigencias,
las mujeres comienzan a organizarse. Con el sufragismo, «el feminismo aparece,
por primera vez, como un movimiento social de carácter internacional, con una
identidad autónoma teórica y organizativa.
Además, ocupará un lugar importante en el seno de los otros
grandes movimientos sociales, los diferentes socialismos y el anarquismo».[19]
« ACASO NO SOY UNA MUJER?»
Sojourner Truth es un gran ejemplo de las diversas voces de
mujeres distintas que se van uniendo al sufragismo. Cristina Sánchez recuerda
su vida y sus discursos.[20] Sojourner hizo honor a su
nombre ‑literalmente, «Verdad Viajera»‑y pregonó allí donde pudo
algunas «verdades» que cuestionaban aún más los discursos que justificaban la
exclusión de las mujeres. Sojourner Truth era una esclava liberada del estado
de Nueva York. No sabía leer ni escribir, pues estaba prohibido y castigado con
la muerte para los esclavos, pero fue la única mujer negra que consiguió
asistir a
Creo que con esa unión de negros del Sur y de mujeres del
Norte, todos ellos hablando de derechos, los hombres blancos estarán en un aprieto
bastante pronto. Pero ¿de qué están hablando todos aquí?
Ese hombre de allí dice que las mujeres necesitan ayuda al subirse
a los carruajes, al cruzar las zanjas y que deben tener el mejor sitio en todas
partes, ¡Pero a mí nadie me ayuda con los carruajes, ni a pasar sobre los
charcos, ni me dejan un sitio mejor! ¿Y acaso no soy yo una mujer? ¡Miradme!
¡Mirad mi brazo! He arado y plantado y cosechado, y ningún hombre podía
superarme! ¿Y acaso no soy yo una mujer? [...] He tenido trece hijos, y los vi
vender a casi todos como esclavos, y cuando lloraba con el dolor de una madre,
¡nadie, sino jesús me escuchaba! ¿Y acaso no soy yo una mujer?[21]
El discurso de Sojourner Truth abría el camino para el desarrollo
del feminismo de las mujeres negras y demostraba que las supuestas debilidades naturales de las mujeres o sus incapacidades
para según qué trabajos o responsabdidades sólo eran disquisiciones absurdas e
interesadas.
Las nadies aparecían
en la escena pública. Las mujeres silenciadas iban recuperando la voz. El
sufragismo engordaba día a día y los últimos años del siglo XIX y principios
del XIX fueron un continuo pensar y repensar, hacer estrategias y modificarlas
sobre la marcha para un feminismo que se consolidaba y al que llegaban mujeres
diversas que lo engrandecían.
Señala Sánchez que Truth hacía su reivindicación apelando a
criterios universalistas, esto es, no abría la puerta de la diferencia, sino la
de la igualdad. Extendían la reivindicación a la raza, y más concretamente, al
punto estratégico en que en ese momento histórico se entrecruzaban la raza y el
género: los derechos de las mujeres negras. Reivindica su identidad no como
negra, sino como mujer, como lo que no era reconocido.[22]
JOHN STUART MILL: EL MARIDO DE
Quizá parezca irrespetuoso presentar así a uno de los grandes
pensadores del siglo XIX. Todo lo contrario, es un homenaje a un hombre que esperó
veinte años para casarse con Harriet Taylor, la mujer que amaba y junto a la
que construyó una relación de amor y respeto rebosante de pasión, cariño,
complicidad y confianza entre iguales. Pero no sólo eso. Harriet Taylor y John
Stuart Mill pusieron las bases de la teoría política en la que creció y se
movió el sufragismo.
El feminismo respeta a John Stuart Mill especialmente por su
libro La sujeción de la mujer‑publicado
en 1869‑y también por su trabajo político como diputado en
Terminé el libro con una paz y una alegría que nunca antes
había sentido. Se trata, en efecto, de la primera respuesta de un hombre que se
muestra capaz de ver y sentir todos los sutiles matices y grados de los agravios
hechos a la mujer, y el núcleo de su debilidad y degradación?[24]
Pero no sólo Elizabeth Cady Stanton se deslumbró por la
lectura del libro de Mill, feministas de todo el mundo se sintieron
impresionadas:
El ensayo de Mill, La
sujeción de la mujer, publicado en 1869, fue la biblia de las feministas.
Es difícil exagerar la enorme impresión que causó en la mentalidad de las mujeres
cultas de todo el mundo. En el mismo año en que se publicó en Inglaterra y
Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda, también apareció traducido en Francia,
Alemania, Austria, Suecia y Dinamarca. En 1870 fue publicado en polaco a
italiano, y también las estudiantes de San Petersburgo hablaban de él con
entusiasmo. Hacia 1883, la traducción sueca dio lugar a un debate entre un
grupo de mujeres de Helsinki que fundaron el movimiento femenino finlandés tan
pronto como terminaron de leer el libro. Desde toda Europa llegaron testimonios
impresionantes del impacto inmediato y profundo que ejerció el opúsculo de
Mill; su publicación coincidió con la fundación de movimientos feministas no
sólo en Finlandia, sino también en Francia y Alemania y muy posiblemente en
otros países. [25]
Además de respeto intelectuál y político, el feminismo guarda
especial cariño a Mill por su vida privada. Era un romántico que se enamoró
completamente de Harriet Taylor y juntos formaron una pareja sorprendente,
provocadora para su época. John Stuart y Harriet Taylor se conocieron en el
verano de 1830. Harriet tenía 23 años y John Stuart 25.
Ella se había casado a los 18 con John Taylor, un hombre de
negocios interesado en la política radical y al que Harriet quería y respetaba
aunque no estaba ‑ni ella lo consideraba‑ a su nivel intelectual.
Harriet era una mujer de grandes cualidades, inteligencia y belleza. Y lo que
parece indiscutible es que deslumbró a Mill y Mill la deslumbró a ella.
Cuando se conocieron, ella era madre de dos hijos y al año
nacería Helen, la pequeña. Harriet era hija de un cirujano acomodado y había
recibido una buena educación. En aquella época, colaboraba en la revista Monthly Repository, una publicación
política y radical en consonancia con su grupo de amigos y su círculo más próximo.
Neus Campillo nos presenta a una Harriet que antes de conocer a Mill mostraba
ser una madre feliz y buena esposa aun con distintos gustos a su marido y con
ideología feminista y anticonvencional? [26]
Cuando Mill conoce a Harriet, éste se encuentra en medio de
una fuerte depresión. Mill era un hombre extraño con el que su padre, James
Mill, había experimentado desde que era muy pequeño educándole de manera
extraordinariamente precoz. De hecho, le trató y le educó como si nunca hubiese
sido un niño. «No guardo memoria del momento en que empecé a aprender griego.
Me han dicho que fue cuando tenía tres años.» [27]
Mill llama a su propia depresión «una crisis en mi historia
mental» y parece que fue provocada por la falta de interés sobre lo que hasta
entonces había sido el centro de su vida, «ser un reformador del mundo». Cuando
esto dejó de interesarle, se derrumbó. [28],Esa depresión, sin
embargo, no le había paralizado. Mantenía una intensa actividad intelectual y
completaba su formación visitando y conociendo a fondo a los pensadores más
destacados de su época, buena parte de ellos, amigos de su padre. Sus males melancólicos
desaparecieron cuando conoció a Harriet y juntos protagonizaron una relación
apasionada que rompió todos los tópicos, componiendo una serie de libros y
escritos esenciales en la historia del pensamiento. Dos personas con una enorme
complicidad intelectual y personal y, además, una gran pasión que no encajaba
de ninguna manera en los ideales románticos de la época en los que las mujeres
sólo eran receptoras pasivas del amor. Dos apasionados que renuncian a las
relaciones sexuales por respeto al marido de Harriet y a las convenciones del
momento, puesto que no existía divorcio en
Aunque la época no daba para pasiones dentro de los límites de
lo respetable, por la correspondencia que se conserva, ésta, aunque contenida,
debió de ser arrolladora y supuso una gran.crisis en el matrimonio de Harriet.
Para resolverla, la pareja ‑ parece que no sin largas discusiones ‑
decidió separarse durante seis meses. [29] Harriet se mudó a París y
Mill también. Seis meses felices que Harriet resolvió con un acuerdo con su
esposo: conservar su vida familiar con él y sus hijos y mantener también la
relación de amistad con Mill. [30]
Tanto su marido como Mill aceptaron la solución de Harriet.
Ella evidenciaba con su propia vida, con sus sentimientos y deseos, que las
normas y las leyes que la sociedad había creado para las mujeres eran sólo
diques de contención ante su libertad. Esas mismas mujeres no se parecían a la
caricatura que la sociedad les había dibujado sobre lo que debía de ser una mujer.
A Harriet, culta a inteligente, no le bastaba con tener un marido, una casa y
unos hijos, quería una vida propia y buscó la rendija del dique para
conseguirla.
La situación era extraña y se convirtió en objeto de murmuraciones
de todo tipo que ni Harriet ni Mill dejaron que enturbiaran su especial
amistad. La desaprobación fue general, pero ellos prefirieron romper con las
actividades sociales a incluso con los amigos que criticaban sus vidas antes
que con su relación.
Mill fue, además, un hombre consecuente. Lejos de aprovecharse
de las leyes del momento que le regalaban toneladas de privilegios por ser
varón, reniega de ellas. Así, el 6 de marzo de 1851, después de veinte años de
amistad, Harriet Taylor y John Stuart Mill van a casarse. Con ese motivo él escribió
la siguiente declaración:
Estando a punto ‑si tengo la dicha de obtener su consentimiento‑,
de entrar en relación de matrimonio con la única mujer con la que, de las que
he conocido, podría haber yo entrado en ese estado; y siendo todo el carácter
de la relación matrimonial tal y como la ley establece, algo que tanto ella
como yo conscientemente desaprobamos, entre otras razones porque la ley
confiere sobre una de las partes contratantes poder legal y control sobre la
persona, la propiedad y la libertad de acción de la otra parte, sin tener en
cuenta los deseos y la voluntad de ésta, yo, careciendo de los medios para
despojarme legalmente a mí mismo de esos poderes odiosos, siento que es mi
deber hacer que conste mi protesta formal contra la actual ley del matrimonio
en lo concerniente al conferimiento de dichos poderes; y prometo solemnemente
no hacer nunca use de ellos en ningún caso o bajo ninguna circunstancia. Y en
la eventualidad de que llegara a realizarse el matrimonio entre Mrs. Taylor y yo,
declaro que es mi voluntad e intención, así como la condición del enlace entre
nosotros, el que ella retenga en todo aspecto la misma absoluta libertad de
acción y la libertad de disponer de sí misma y de todo to que pertenece o pueda
pertenecer en algún momento a ella, como si tal matrimonio no hubiera tenido
lugar. Y de manera absoluta renuncio y repudio toda pretensión de haber
adquirido cualesquiera derechos por virtud de dicho matrimonio.[31]
De esa unión extraordinaria quedó una obra extraordinaria. En
1832 publican Los ensayos sobre el
matrimonio y el divorcio. En ellos indagan en una nueva manera de entender
y vivir las relaciones de pareja que no supongan la esclavitud de la mujer,
sino un contrato entre iguales. Como queda reflejado en la carta previa a su
propio matrimonio, fueron consecuentes en su vida con las ideas que quedaron
reflejadas en los ensayos.
Su matrimonio se produjo dos años después de la muerte de John
Taylor, el marido de Harriet. Éste murió por un cáncer y Harriet le cuidó hasta
el final. En la correspondencia quedó reflejado el respeto ‑mutuo‑,
con el que Harriet Taylor también había conseguido vivir ese primer matrimonio.
Harriet f alleció en noviembrcde
Mill, respetuoso en cuanto a las aportaciones que tanto Harriet
como Helen hacían a su obra, se encargó de reseñar ese trabajo en su
autobiografía a incluso en las introducciones de los propios textos. La sujeción de la mujer fue escrito en
1861, pero Mill lo publicó en 1869. En su autobiografía explica sobre este
libro:
Fue escrito por sugerencia de mi hija para dejar constancia de
las que eran mis opiniones sobre esta gran cuestión, expresadas de la manera
más completa y conclusiva de que fuese capaz. (...)Tal y como fue hecho público en última instancia, contiene
importantes ideas de mi hija y pasajes de sus propios escritos que enriquecen
la obra. Pero lo que en el libro está compuesto por mí y contiene los pasajes
más eficaces y profundos pertenece a mi esposa y proviene del repertorio de
ideas que nos era común a los dos y que fue el resultado de nuestras
innumerables conversaciones y discusiones sobre un asunto que tanto ocupó
nuestra atención.[32]
La trascendencia de La
sujeción de la mujer fue excepcional. Se convirtió en el libro de
referencia, algo así como la música de fondo de todo el sufragismo. Su tesis
principal, que Mill desarrollará no sólo con argumentos racionales, sino
también apelando a la emoción ‑pues, como él mismo explica, los prejuicios
son difícilmente desmontables desde la lógica‑, es la afirmación nítida
de las mujeres como individuos libres.
Para los Mill, el matrimonio, tal como estaba regulado, era
una forma de prostitución <<acto de entregar su persona por pan»‑ y
defienden el cambio de la ley de matrimonio, el divorcio y la necesidad de que
las mujeres recibieran una educación que permitiera su independencia económica
y que sólo por amor decidieran la relación con un hombre.
El único punto sobre el que discrepan es sobre el derecho de
las mujeres al trabajo. Para Mill no era deseable cargar el mercado laboral con
un número doble de competidores. Esta controvertida afirmación de Mill fue muy
discutida por Harriet Taylor. Para ella, las mujeres no deberían sufrir ningún
límite en sus actividades. Harriet defiende que, si hubiera igualdad, no harían
falta leyes sobre el matrimonio puesto que las mujeres se formarían para
trabajar en lo que gustasen.[33]
Frente al argumento que se esgrimía en aquella época, a saber,
que con la entrada de las mujeres en el mercado laboral bajarían los salarios,
Harriet defiende que aunque así fuera y la pareja ganara menos que lo que
podría ganar sólo el hombre, aún así, se produciría un cambio notable en el
matrimonio: la mujer pasaría de sirvienta a socia. Para Harriet Taylor, la
desigualdad de las mujeres es un prejuicio debido a la costumbre y mantenido
por la ley del más fuerte ‑en sintonía con lo ya explicado por Poulain de
Quizá sea el desarrollo de esta idea en La sujeción de la mujer lo
que proporciona la novedad y el punto de vista original a esta obra, << los
sutiles matices» de los que le habla Elizabeth Cady Stanton a John Stuart Mill
en su carta. Así, además de subrayar la dificultad que tiene acabar con esta
desigualdad por la relación íntima y sentimental que se da entre hombres y
mujeres, Mill señala que el caso de las mujeres es diferente al de cualquier
otra clase sometida, lo que hace muy difícil una rebelión colectiva de éstas
contra los varones. La peculiaridad, según Mill, consiste en que sus amos no
quieren sólo sus servicios o su obediencia, quieren además sus sentimientos:
«no una esclava forzada, sino voluntaria». Para lograr este objetivo han encaminado
toda la fuerza de la educación a esclavizar su espíritu:
Así, todas las mujeres son educadas desde su niñez en la
creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente opuesto al del hombre:
se les enseña a no tener iniciativa y a no conducirse según su voluntad
consciente, sino a someterse y a consentir en la voluntad de los demás.
Todos los principios del buen comportamiento les dicen que el
deber de la mujer es vivir para los demás; y el sentimentalismo corriente, que
su naturaleza así lo requiere: debe negarse completamente a sí misma y no vivir
más que para sus afectos [35]
Para los Mill, los seres humanos son libres a iguales. Desde
ese punto de vista su trabajo se esfuerza en criticar y desarticular todas las
formas de dominio de las mujeres por parte de los hombres.
APARECEN MÁS MUJERES RARAS: LAS OBRERAS
Harriet Taylor y John Stuart Mill recogieron la herencia del
feminismo de la primera ola, pero las voces de Mary Wollstonecraft, Olimpia de
Gouges o Condorcet también provocaron una tremenda reacción. No fueron sólo la
guillotina, el exilio y el Código napoleónico. Para acallar las demandas de libertad
de las mujeres, se construyó «el monumental edificio de la misoginia romántica,
en palabras de Amelia Valcárcel.[36]Para levantarlo, las
principales cabezas del siglo XIX teorizaron sobre porqué las mujeres debían
estar excluidas. Así que a todo lo dicho por Rousseau, se sumaron las teorías de
Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche... que además influyeron en todos
los campos del saber que paradójicamente
estaban comenzando una nueva época bajo la guía de la «razón>>.
Tanto se habían empeñado en construir en sus teorías ‑y
probablemente en sus deseos ‑princesas domésticas, débiles, obedientes,
pasivas y mujeres‑madre que cuando las obreras comenzaron a reivindicar
sus derechos, igual que ocurrió con las mujeres negras, que habían sido
esclavas y trabajado y vivido como tales, no se sabía muy bien qué hacer con
ellas.
Como señala Cristina Sánchez, las trabajadoras representaban
una anomalía que no se sabía cómo tratar. Son un problema puesto que
compatibilizan la feminidad y el trabajo asalariado y participan tanto en la
reproducción y el ámbito privado como en la producción industrial, es decir, en
el ámbito público. Con ellas nacen nuevos ínterrogantes:
¿Podía ser compatible el trabajo asalariado con las mujeres?
¿Había que poner límites? ¿Qué tipo de trabajador era una mujer? ¿Debía obtener
el mismo salario que un hombre? A todas estas preguntas tendrían que darle
respuesta tanto los misóginos, como los legisladores, como las propias
feministas. [37]
FLORA TRISTÁN. REPORTERA DE
Una de las primeras en responder a esas cuestiones fue Flora Tristán.
«Todas las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que hasta
hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescriptibles del ser mujer.»[38]Así de rotunda hablaba y
escribía esta francesa, autodidacta y de orígenes peruanos. Aunque
tradicionalmente a Flora Tristán se la ha enmarcado en el primer socialismo, el
socialismo utópico, es una mujer de transición entre el feminismo ilustrado y
el feminismo de clase. [39]Flora Tristán, precursora
y avanzadilla de las nuevas feministas, las feministas socialistas, explica su
situación de conflicto:
Tengo casi al mundo entero en contra mía. A los hombres porque
exijo la emancipación de la mujer; a los propietarios, porque exijo la emancipación
de los asalariados.[40]
Tristán era hija de una parisina y de un noble peruano. El
matrimonio de sus padres, celebrado en Bilbao, no tenía validez legal en
Francia y éstos nunca se preocuparon por regularizarlo. Así, la muerte
repentina del padre dejó a la familia en la ruina y a Flora como hija
ilegítima. La gran herencia correspondió a Pío, hermano de Mariano Tristán, que
vivía en Arequipa, Perú. Flora tenía diecisiete años cuando entró a trabajar
como iluminadora en el taller de André Chazal. Un año después, su madre la
obliga a casarse con el patrón movida por la penuria económica en la que
vivían. «Mi madre me obligó a casarme con un hombre al que yo no podía ni amar
ni apreciar. A esa unión debo todos mis males; pero como después mi rnadre no
dejó de manifestarme su más vivo pesar, la perdoné.»[41]
Las consecuencias de ese matrimonio para Flora fueron tremendas
durante toda su vida. Sufrió agresiones de su marido, tanto en forma de maltratos
psíquicos como físicos y sexuales. En
Nada amilanó a Flora Tristán. Ni siquiera la brutalidad de
Chazal que llegó al extremo de intentar violar a su propia hija y de atentar
contra la vida de Flora, atacándola con la intención de asesinarla en plena
calle. En sus cuarenta y un años de vida, Flora Tristán pasó veinte meses en un
viaje a Perú y cuatro estancias en Gran Bretaña, desde donde viajó también a
Italia y a Suiza. Sus recorridos por Perú y Gran Bretaña le proporcionan el
material para dos de sus obras más importantes, Peregrinaciones de una paria (1838) y Paseos en Londres (1840). En el Prefacio de Peregrinaciones de una paria, Flora explica parte de su vida:
Tenía veinte años cuando me separé de mi marido. [...] Hacía
seis años, en 1833, que duraba esta separación. Supe durante esos seis años de
aislamiento todo lo que está condenada a sufrir la mujer que se separa de su
marido por medio de una sociedad que, por la más aberrante de las contradicciones, ha conservado
viejos prejuicios contra las mujeres en esta situación. [...] Al separarme
volví a tomar el nombre de mi padre. Bien acogida en todas partes como viuda o
como soltera, siempre era rechazada cuando la verdad llegaba a ser descubierta.
Joven, atractiva y gozando en apariencia de una sombra de independencia, eran
causas suficientes para envenenar las conversaciones y para que me repudiase
una sociedad que soporta el peso de las cadenas que se ha forjado, y que no
perdona a ninguno de sus miembros que trata de liberarse de ellas.
La actividad política de Flora Tristán y su compromiso con los
movimientos obrero y feminista propician su obra
Flora, como sus antecesoras en el feminismo, une vida, obra y
denuncia. En su novela Méphis expresa
que todo cuanto ahoga a la mujer o la reduce a sacrificarse es condenable y
critica el corsé como artilugio que convierte a la mujer en «una muñequita».Flora
pone en práctica sus teorías y no lleva corsé, adelantándose una vez más a su
época, pues hasta 1912 no desaparecerá en un desfile de modas esta prenda que
«mejoraba la figura femenina» eso sí, a costa de dificultar la respiración.
En Unión Obrera,
Flora propone ideas para mejorar «la situación de miseria a ignorancia le los
trabajadores»: la unión universal de los obreros y las obreras ‑de hecho,
se la considera precursora del internacionalismo‑ o la construcción de
edificios que ella llama «Palacios de
En lugar de enviarla a la escuela, se la guardará en casa con
preferencia sobre sus hermanos, porque se le saca mejor partido en las tareas
de la casa, ya sea para acunar a los niños, hacer recados, cuidar la comida,
etc. A los doce años se la coloca de aprendiza: allí continuará siendo
explotada por la patrona y a menudo también maltratada como cuando estaba en
casa de sus padres. [46]
Flora Tristán defiende que «en la vida de los obreros la mujer
lo es todo»[47]y
por eso les insta a que hagan suya la lucha por la igualdad:
A vosotros obreros, que sois las víctimas de la desigualdad de
hecho y de la injusticia, a vosotros os toca establecer, al fin, sobre la
tierra el reino de la justicia y de la igualdad absoluta entre el hombre y la
mujer.[48]
FEMINISMO Y MARXISMO: UN MATRIMONIO MAL AVENIDO
Hay socialistas que se oponen a la emancipación de la mujer
con la misma obstinación que los capitalistas al socialismo. Todo socialista
reconoce la dependencia del trabajador con respecto al capitalista [...] pero ese
mismo socialista frecuentemente no reconoce la dependencia de las mujeres con
respecto a los hombres porque esta cuestión atañe a su propio yo.[49]
Son palabras de August Bebel, el hombre que procuró desarrollar
las tesis marxistas sobre la «cuestión femenina». Con el socialismo se inaugura
una nueva corriente de pensamiento dentro del feminismo. Y a mediados del siglo
XIX comenzó a imponerse en el movimiento obrero el socialismo de inspiración
marxista. La atracción inicial entre marxismo y feminismo fue mutua. Ambas son
teorías críticas, que contemplan la realidad con disgusto y que todo lo que
tocan, lo politizan. Por ejemplo, cuando el marxismo habla de clase social o
plusvalía está politizando la realidad y poniendo las bases del sindicalismo
internacional. El feminismo igual: cuando habla de acoso sexual o feminización
de la pobreza está haciendo política.
El feminismo, en cuanto nace el marxismo, establece relación
con él porque es la primera teoría crítica de la historia que contempla las
relaciones humanas en clave de dominación y subordinación, lo mismo que el
feminismo... con una diferencia. El marxismo no tiene ninguna capacidad
explicativa para analizar otro sistema de dominación: el patriarcado, la dominación
de los hombres sobre las mujeres. De ahí que se sientan próximos y, al mismo
tiempo, polemicen constantemente.[50]
Así, tanto Marx como Engels describen la opresión de la mujer
como una explotación económica. A Marx, la emancipación de las mujeres no le
lleva ni tiempo ni espacio en su obra y, cuando lo trata, tan sólo es un
apéndice de la emancipación del proletariado. Engels sí lo intentó y fruto de
sus esfuerzos es la obra El origen de la
familia, la propiedad privada y el Estado. En ella, Engels señaló que el
origen de la sujeción de las mujeres no estaría en causas biológicas, la
capacidad reproductora o la constitución física, sino sociales. En concreto, en
la aparición de la propiedad privada y la exclusión de las mujeres de la esfera
de la producción social. Según este análisis, la emancipación de las mujeres irá
ligada a su independencia económica.[51]
Bebel estimuló más que Marx y Engels la igualdad de derechos y
el sufragio femenino aunque no llegó a dar el paso definitivo sobre la libertad
de las mujeres. Aseguraba que en la futura sociedad socialista, las mujeres
realizarían tareas adaptadas a sus capacidades, pero insistía mucho en que
serían distintas de las de los hombres. Y es que Bebel tampoco se distanciaba
demasiado de la idea aceptada socialmente sobre lo que eran y debían ser las
mujeres y defendía que éstas estaban adaptadas por naturaleza a la maternidad y la crianza de los hijos y que, de
hecho, las mujeres eran impulsivas y emocional y físicamente no eran aptas para
el trabajo manual pesado, que destruía su «feminidad».[52]
Así que quien realmente puso las bases para un movimiento
socialista femenino fue la alemana Clara Zetkin (1854‑1933) quien dirigió
la revista femenina Igualdad y
organizó una Conferencia Internacional de Mujeres en 1907 que se mantiene viva
hasta hoy ‑aunque en 1978 cambió el nombre por el de Internacional
Socialista de Mujeres ‑. En aquella primera Conferencia liderada por
Zetkin se reunieron 58 delegadas de países europeos pero también de otras
regiones del mundo como India o Japón.
Zetkin fue una activa militante comunista que tuvo mucha más
importancia en la práctica que en la teoría feminista. Escribió sobre todo
conferencias y panfletos, ya que su intención era persuadir a las masas, hacer
una tarea de educación y proselitismo.[53]
Explica Ana de Miguel que para Zetkin, los problemas de la
proletaria no tenían nada que ver con sus maridos ni con los hombres de su
misma clase social, los obreros. Los problemas de las mujeres proletarias sólo
tenían que ver con el sistema capitalista y la explotación económica. Sin
embargo, la activista socialista defiende el apoyo a las reivindicaciones del
movimiento feminista burgués, especialmente el derecho al voto. Y para ella, la
aportación fundamental que hace el marxismo a las mujeres es defender que éstas
deben entrar en el sistema de producción. Pero, como ya admitía Bebel, esto no
era ni mucho menos compartido en las filas del movimiento obrero. De hecho,
Clara Zetkin tuvo problemas incluso dentro de su propio partido como demuestra
una regañina de Lenin que no tiene desperdicio:
Clara, aún no he acabado de enumerar la lista de vuestras
fallas. Me han dicho que en las veladas de lecturas y discusión con las obreras
se examinan preferentemente los problemas sexuales y del matrimonio. Como si
éste fuera el objetivo de la atención principal en la educación política y en
el trabajo educativo. No pude dar crédito a esto cuando llegó a mis oídos. El
primer estado de la dictadura proletaria lucha contra los revolucionarios de todo
el mundo... ¡Y mientras tanto comunistas activas examinan los problemas
sexuales y la cuestión de las formas de matrimonio en el presente, en el pasado
y en el porvenir! [54]
Fue Heidi Hartmann quien describió la relación entre marxismo
y feminismo como un matrimonio mal avenido, [55] pero son muchas las
autoras que hablan de ello. De hecho, a pesar de la buena voluntad de Bebel, el
divorcio entre sufragismo y socialismo en Europa a finales del siglo XIX era
patente. Es cierto que tenían reivindicaciones comunes ‑ educación, mejoras
en el trabajo, igualdad de salarios, derecho al sufragio ‑, pero las
estrategias políticas eran muy distintas. Todo ello, a pesar de los esfuerzos y
la sagacidad de Zetkin para integrar a las mujeres dentro del partido con
Quedaba claro que la «cuestión de la mujer» era más compleja
que lo que los marxistas clásicos habían señalado. Sólo diciendo que la mujer
estaba oprimida y que la causa de esa opresión era el sistema capitalista, como
hacían Marx y Engels, ni se solucionaba nada, ni se llegaba al centro del
problema y, además, las socialistas tenían dudas de fidelidad entre la
ortodoxia de su partido y los intereses específicos de las mujeres. [57]
Así se desarrolló un feminismo de clase, socialista y comunista,
junto al feminismo de las sufragistas y en ocasiones frente a él. Cuando las
feministas socialistas tratan de empujar a sus camaradas a llevar sus promesas
a la práctica, entonces sufren las ambivalencias y los conflictos. En ciertos
momentos, incluso, las mujeres socialistas no se atreven a insistir demasiado
en sus objetivos feministas por temor a perjudicar la causa socialista. Las
mujeres continuaban siendo «la causa aplazada». Ahora, también por los
marxistas para quienes lo importante era la revolución del proletariado y no la
de las mujeres. Daban por hecho que, conseguida la primera, conseguida la segunda.
Muchas mujeres sospechaban que no sería así tras tantas traiciones acumuladas
ya a esas alturas. La historia les daría la razón.
ALEJANDRA KOLLONTAL
Fue Alejandra Kollontal quien dio un paso más allá dentro del
marxismo y sus ideas se acercaron mucho a lo que sería el feminismo radical de
los años setenta.
Aunque mi corazón no aguante la pena de perder el amor de
Kollontal, tengo otras tareas en la vida más importantes que la felicidad
familiar. Quiero luchar por la liberación de la clase obrera, por los derechos
de las mujeres, por el pueblo ruso.[58]
Es la carta que Alejandra Kollontai le escribe a su amiga Zoia
desde el tren que la aleja de su noble y rica familia rusa, de su marido ‑
su primo, ingeniero joven y sin fortuna con el que se había casado por amor ‑,
y de su hijo, rumbo a Zúrich para proseguir sus estudios marxistas en la
universidad de la ciudad suiza. Kollontai había nacido en 1872 y cuando inicia
ese primer viaje tiene 26 años. Ya no pararía. De vuelta a San Petersburgo
ingresó en el partido socialdemócrata, en la facción menchevique, legal en
aquellos momentos, Kollontai trabajaría como escritora y propagandista a favor
de la clase obrera pero también ella comprobó el poco interés del partido por
la liberación de las mujeres. Así que, como señala Ana de Miguel, asumió la
doble misión que marcaría su vida: luchar contra el potente movimiento
feminista de su época intentando atraer a las feministas al Partido y, al mismo
tiempo, contra la indiferencia de la clase obrera y sus dirigentes por la
opresión específica de las mujeres.[59]
Kollontai abrió en 1907 el primer Círculo de Obreras y al año
siguiente tuvo que huir de Rusia. Hasta 1917 vive exiliada en Europa y Estados
Unidos, cuando regresa a Rusia, forma parte del primer gobierno de Lenin como
Comisaria del Pueblo para
Lo más significativo de su discurso fue hacer suya la idea de que
para construir un mundo mejor, además de cambio en la economía, tenía que
surgir el hombre nuevo. Así,
defendiendo el amor fibre, igual salario para las mujeres, la legalización del
aborto y la socialización del trabajo doméstico y del cuidado de los niños,
pero, sobre todo, señaló la necesidad de cambiar la vida íntima y sexual de las
mujeres. Para Kollontai, era necesaria la
mujer nueva que, además de independiente económicamente, también tenía que
serlo psicológica y sentimentalmente.
Por estas razones, para muchas expertas como Ana de Miguel,
Alejandra Kollontai fue quien articuló de forma más racional y sistemática
feminismo y marxismo. Porque Kollontai no se limitó a incluir a la mujer en la
revolución socialista, sino que definió qué tipo de revolución necesitaban las
mujeres. Para ella, abolir la propiedad privada y que las mujeres se incorporaran
al trabajo fuera de casa no era suficiente ni mucho menos. La revolución que
necesitaban las mujeres era la revolución de la vida cotidiana, de las
costumbres y, sobre todo, de las relaciones entre los sexos. Rotunda, para
Kollontai no tiene sentido hablar de un «aplazamiento» de la liberación de la
mujer, en todo caso, habría que hablar de un aplazamiento de la revolución. Con
estas ideas, claro está, Kollontai tuvo muchos enfrentamientos con sus
camaradas varones que negaban la necesidad de una lucha específica de las
mujeres.[60]
Como anécdota, en el local donde se iba a celebrar la primera asamblea de
mujeres que Kollontai convocó, apareció el siguiente cartel:
«La asamblea sólo para mujeres se suspende, mañana asamblea
sólo para hombres.»[61]
EMMA GOLDMAN: MUJERES LIBRES
La arrestaron tan a menudo que cada vez que hablaba en público
llevaba consigo un libro para leer en la cárcel. Era Emma Goldman y su delito
doble: ser anarquista y feminista, orgullosa representante de las mujeres que
se autodesignabar «mujeres libres». Y eso que no fue el anarquismo un movimiento
que teorizara sobre los derechos de las mujeres: incluso su máximo
representante, Pierre J. Proudhom defendié posturas antiigualitaristas. Sin
embargo, dentro del anarquismo fueron muchas las «mujeres libres» que como
Goldmar trabajaron y defendieron la igualdad. Consideraban que la libertad era
el principio de todo y que las relaciones entre los sexos tenían que ser
absolutamente libres. Siempre se mantuvieron en tierra de nadie. Por un lado,
como estaban en contra de la autoridad y del Estado, quitaban importancia a la
reivindicación de las sufragistas sobre el derecho al voto, y por otro para
ellas, la propuesta comunista que el Estado regulara la procreación, la
educación y el cuidado de los niños, era un idea, cuanto menos, peligrosa. [62]
Goldman había nacido en 1869 en un gueto de
El desarrollo de la mujer, su libertad, su independencia deben surgir de ella misma y es ella quien
deberá llevarlo; a cabo. Primero, afirmándose como personalidad y no como una
mercancía sexual. Segundo, rechazando el derecho que cualquiera pretenda
ejercer sobre su cuerpo; negándose a engendrar hijos, a menos que sea ella
quien los desee; negándose a ser la sierva de Dios, del Estado, de la sociedad, de la familia...[63]
El 28 de marzo de 1915, ante una audiencia mixta de
seiscientas personas en el Sunrise Club de Nueva York, Goldman explicó, por primera
vez en toda América, cómo se debía usar un anticonceptivo.[64] Relata Amparo Villar que
fue arrestada de inmediato y, después de un juicio tormentoso y sensacional, se
le dio a elegir entre pasar quince días en un taller penitenciario o pagar una
multa de cien dólares. Eligió la cárcel y la sala entera la aplaudió. Desde los
medios de comunicación se escribieron cosas como: «Emma Goldman fue enviada a
prisión por sostener que las mujeres no siempre deben mantener la boca cerrada
y su útero abierto.»
Goldman mantenía que, para las mujeres, el cambio no vendría
de reformas como el derecho al voto. Para ella, lo importante era una
revolución que surgiera de las propias mujeres, no tanto de la conquista del
poder como de la «liberación» del peso de los prejuicios, las tradiciones y las
costumbres. Su feminismo estaba mucho más próximo al de la década de los
setenta que al de sus propias contemporáneas ya que su análisis sobre la
condición oprimida de las mujeres se centraba en el problema sexual. Para
Goldman, éste era el arma más importante que la sociedad esgrimía contra la
mujer. Emma fue encarcelada durante dos años y deportada tras
MORIR DE ÉXITO: EL VACÍO DE ENTREGUERRAS
Las inglesas consiguieron el voto tras
Pero el periodo de entreguerras ya está marcado por la
decadencia del feminismo. Conseguidos los objetivos, derecho al voto y a la
educación superior, muchas mujeres abandonaron la militancia. Otras continuaron
trabajando, fundamentalmente en los problemas económicos y las reformas de las
leyes de la infancia y la maternidad. Como explica Alicia Miyares, las
feministas no pudieron competir con los partidos políticos en un sistema tan
institucionalizado. Además, con el triunfo del bolchevismo en
A todo esto hay que sumarle que la natalidad estaba descendiendo
desde los primeros años del siglo XX. De esa caída, los paises industrializados,
se culpabilizó a la independencia y de
mayor de las mujeres. A las feministas se las acusaba de socavar los cimientos
de la nación y destruir a la familia. [65] El hecho fue que durante décadas, al feminismo
se le dio por muerto.
La segunda ola estaba concluyendo. Fue Simone de Beauvoir,
concretamente su libro El Segundo Sexo,
quien puso la base teórica para una nueva etapa.
SIMONE DE BEAUVOIR: < NO SE NACE MUJER, SE LLEGA A SERLO»
El segundo sexo hizo feminista a la mismísima Simone de Beauvoir. Cuando
la filósofa francesa publicó este libro, en 1949, ni se consideraba feminista,
ni albergaba ninguna intención política ni reivindicativa con él. A esas
alturas de su vida ‑Simone de Beauvoir tenía 41 años‑, ya era una
mujer conocida y reconocida tanto como filósofa como por escritora.
Nacida en París en 1908, había sido una joven brillante ‑su
padre solía decir de ella que «tenía la inteligencia de un hombre»‑.[66] Esa inteligencia le hizo
acabar sus estudios con precocidad y poder independizarse muy joven de su
familia. Cuando Simone tenía 21 años y estaba preparando sus últimos exámenes ‑
se licenció en Filosofía en
Explica la propia Simone en su autobiografía que, hablando con
mujeres que habían cumplido los 40 años, todas tenían el sentimiento de haber vivido
como «seres relativos», lo que le hizo pensar en las dificultades, las trampas
y los obstáculos que la mayoría de las mujeres encuentran en su camino.[69] Así, cuando cumplió los
40 y sintió ganas de escribir sobre ella misma, antes de hacerlo, se planteó la
pregunta de «¿qué ha supuesto para mí el hecho de ser mujer?» Al principio, se
respondió que nada: «Nunca había tenido sentimientos de inferioridad por ser
mujer. [...] La feminidad nunca había sido una carga para mí.» Simone reconoce
que al hablarlo con Sartre, éste le indicó que no había sido educada como un
hombre, lo que le hizo volver a plantearse la cuestión.[70]
De ese «replanteamiento» nace El Segundo Sexo, un libro que consta de dos tomos ‑el primero
titulado «Los hechos y los mitos» y
el segundo «La experiencia vivida»‑,
y que constituye uno de los textos clásicos del feminismo. Aún más. Para Celia
Amorós, buena parte del feminismo de la segunda mitad del siglo XX, o todo,
puede ser considerado comentarios o notas a pie de página de El Segundo Sexo y para Teresa López
Pardina este famoso ensayo marca un hito en la historia de la teoría feminista.
No sólo porque vuelve a poner en pie el feminismo después de
Efectivamente, cuando Simone de Beauvoir escribe El Segundo Sexo el feminismo estaba
desarticulado, parecía que no unía ya razón de ser, una vez conseguidos los
objetivos del sufragismo. Explica Amelia Valcárcel que por eso nunca se sabe
dónde colocar esta obra, si como colofón del sufragismo o como pionera de la tercera ola del feminismo. Quizá
ahí reside su éxito. Simone de Beauvoir no escribe para un público militante,
su libro no es una obra de consignas, sino «un trabajo explicativo sin pausas».[72] Simone comparte con las
sufragistas una gran paciencia, pero lejos de reivindicar, como había hecho el feminismo
hasta entonces, la filósofa explica y.. convence.Aunque no inmediatamente. El
ensayo no fue demasiado reconocido en Francia hasta que, traducido al inglés,
las feministas norteamericanas se entusiasmaron con él. En poco tiempo se
vendieron dos millones de ejemplares y se tradujo a otros dieciséis idiomas.
Convenció hasta a la propia Beauvoir, que cuando escribió el libro hablaba de
las mujeres como «ellas» pero que en los años siguientes, según fue recibiendo
cartas de lectoras de todo el mundo dándole las gracias y contándole sus
experiencias, cambió de idea. [73]Así fue cómo El segundo sexo hizo feminista a su
propia autora.
Pero ¿qué dice El
segundo sexo? En este libro se recoge buena parte de los temas que el
feminismo trabajará desde entonces y hasta la actualidad. Simone expone la
teoría de que la mujer siempre ha sido considerada la otra con relación al
hombre sin que ello suponga una reciprocidad, como ocurre en el resto de los
casos. Por ejemplo, si para un pueblo los otros son los «extranjeros», para
esos «extranjeros», los otros serán quienes les llaman así. Es decir, el
sentimiento de los otros es recíproco. Con la mujer no ocurre eso. El hombre en
ningún caso es el otro. Todo lo contrario, el hombre es el centro del mundo, es
la medida y la autoridad ‑ esta idea será la que el feminismo posterior
llame androcentrismo: el varón como medida de todas las cosas‑. Beauvoir
utiliza la categoría de otra para describir
cuál es la posición de la mujer en un mundo masculino porque es un mundo donde
son los hombres los detentadores del poder y los creadores de la cultura. Esa
categoría es universal puesto que está en todas las culturas. Las mujeres son
consideradas otras por los varones
sin connotación de reciprocidad. [74] El segundo sexo ve el mundo dominado por los varones como generador
de mala fe, donde las libertades ‑las de las mujeres, al menos‑ no
tienen su oportunidad. [75]
Simone de Beauvoir llega a la conclusión de que la mujer ha de
ser ratificada por el varón a cada momento, el varón es lo esencial y la mujer
siempre está en relación de asimetría con él. [76] Y desarrolla el concepto de la
heterodesignación ya que considera que las mujeres comparten una situación
común: los varones les imponen que no asuman su existencia como sujetos, sino
que se identifiquen con la proyección que en ellas hacen de sus deseos.[77] Pero la filósofa no se
queda ahí. Todo el primer volumen del ensayo es una investigación sobre estos
conceptos. Y con ella, también inaugura una forma de trabajar que será
característica del feminismo de la tercera ola, el carácter interdisciplinar
del mismo. El feminismo posterior ya no se dedicará sólo a la reivindicación
sino que indagará en todas las ciencias y disciplinas de la cultura y el
conocimiento como hizo Simone de Beauvoir. Para llegar a las conclusiones del
primer volumen, la filósofa estudia las ciencias naturales y humanas: biología,
psicología, materialismo histórico..., y luego hace un recorrido por la
historia de Occidente y por los mitos de la cultura. Su conclusion es que no
hay nada biológico ni natural que explique esa subordinación de las mujeres, lo
que ha ocurrido es que la cultura ‑ desde
Después de este trabajo de análisis a investigación del primer
volurnen, el segundo se inicia con la famosa frase «No se nace mujer, se llega
a serlo.» Porque para lafósofa «se trata de saber lo que la humanidad ha hecho
con la hembra humana».[79] Ésta es la base sobre la
que el feminismo posterior construirá la teoría del género. Desde Poulain de
Para Valcárcel, la excepcionalidad de Beauvoir surge de su
potencia filosófica: una combinación exitosa de existencialismo, hegelianismo y
filosofía de la sospecha[80] y por lo que Beauvoir pasa a la historia y
será siempre digna de alabanza es precisamente por su valentía al declarase
mujer sujeta a todos y los mismos lazos y cadenas que humillan a las demás.[81] En la segunda parte, La experiencia vivida, se muestra cómo viven las mujeres su papel
de otras desde la infancia hasta la vejez; cómo se sienten vivir «a partir de lo
que otros han hecho de ellas». Al final de Hacia
la libertad, se citan las vías para alcanzar la liberación. Los primeros
requisitos, según Beauvoir, son la independencia económica y la lucha
colectiva. Lo fundamental, antes que ninguna otra cosa, haber sido educada para
la autonomía.[82]
Quizá lo más fascinante de Simone de Beauvoir tras haber
escrito El segundo sexo sea su propio descubrimiento al verse como un eslabón
más dentro de la larga cadena de la tradición feminista.
De hecho, el primer tomo se abre con dos citas. La primera
corresponde a Pitágoras: «Hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz
y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer»;
y la segunda... a Poulain de
El poso de El segundo
sexo cala a lo largo de los años cincuenta y se convierte en un libro muy
leído por la nueva generación feminista, la constituida por las hijas, ya
universitarias, de las mujeres que obtienen después de
[1] NASH, Mary, op. cit., pág. 81
[2] ROSSI, Alice S., The
Feminist Papers, Bantam Books, Nueva York, 1973, citado en SÁNCHEZ,
Cristina, op. cit., pág. 36.
[3] NASH, Mary y TAVERA, Susana, Experiencias desiguales: Conflictos
sociales y respuestas colectivas, (Siglo XIX), Síntesis,
Madrid,1994, pág. 66,
citado en SÁNCHEZ, Cristina, op. cit., pág. 39.
[4]SALAS, María, «Una mirada
sobre los sucesivos feminismos», en
http:///www.nodo50.org/mujeresred/feminismo.
[5] MILLETT, Kate, Política
sexual, Cátedra, Madrid, 1995, pág. 159.
[6] Ver en Anexos el texto
completo de
[7] OZIELBO, Bárbara, Un
siglo de lucha. La consecución del voto femenino en Estados Unidos,
Biblioteca de Estudios sobre
[8] NASH, Mary, op. cit., pig. 81.
[9] Ibídem, pág. 82.
[10]MIYARES, Alicia, 1848: El manifiesto de Seneca Falls, Revista
Leviatán, n.° 75, Madrid, primavera 1999, págs. 135‑158,
en la red http:// www.creatividadfeminista.org/articulos/2004.
[11] MIYARES, Alicia, «sufragismo» en AMORÓS, Celia (coord.),
Historia de
[12] VALCÁRCEL, Amelia, La
memoria colectiva y los retos del feminismo, op. cit., pág. 17.
[13]MILLETT, Kate, op. cit., pág.149.
[14]FRIEDAN, Betty, La mística de la feminidad, Ediciones
Sagitario, Barcelona, 1965, pág. 108.
[15]MIYARES, Alicia, Sufragismos, op. cit., pág. 76.
[16]Citado en SALAS, María, op. cit.
[17]Ibldem.
[18] ROSS WYLIE, Ida Alexis, «The Little Woman», Harper's Magazine, noviembre 1945, citado en
FRIEDAN, Betty, La mística de la
feminidad, op. cit., pág.117.
[19] DE MIGUEL, Ana, Feminismos, op. cit., pág. 226. 20.
SANCHEZ, Cristina, op. cit., págs. 46‑48.
[20] SÁNCHEZ , Cristina, po.cit., pág 226.
[21]
SCHENEIR, Miriam, Feminism, the essential historical Writings, Vintage books,
Nueva York, 1972, pág. 94, en SÁNCHEZ Cristina, po.cit., pág 47.
[22]Ibídem.
[23]DE
MIGUEL, Ana, Deconstruyendo la ideología
patriarcal, en AMORÓS, Celia (coord.), Historia
de la teoría feminista, op. cit., pág. 52.
[24]Citado en
DE MIGUEL, Ana, ibídem pág. 51, citado a su vez de ROSSI, Alice S., Sentimiento e intelecto. La historia de John Stuart Mill y Harriet
Taylor Mill en John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill Ensayos sobre la igualdad
sexual, Península, Barcelona, 1973, pág. 84.
[25] Evans, Richard J., Las Feministas. Los movimientos de emancipación de la mujer en Europa,
América y Australia, (1840‑1920), Siglo XXI, Madrid, 1980, págs. 15‑16.
[26]CAMPILLO
Neus, Introducción, en MILL, John
Stuart y TAYLOR MILL, Harriet, Ensayos
sobre la igualdad sexual, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 2001, pág. 11.
[27] MILL, John Stuart,
Autobiografía, Espasa‑Calpe, Madrid, citado en MILL, J.S. y TAYLOR MILL,
H. op. cit., de la introducción de Neus CampiDo, pág.14.
[28] CAMPILLO Neus, op. cit., pág. 15.
[29]Ibídem, pág. 21.
[30]Ibídem,
pág. 23.
[31]Ibídem,
pág. 40.
[32]Ibídem,
pág. 35.
[33]Ibídem,
págs. 44‑45.
[34]Ibídem, págs. 63‑65
[35]DE MIGUEL, Ana, Deconstruyendo
la ideología patriarcal, op. cit., págs. 55‑56.
[36] VALCÁRCEL, Amelia, La memoria colectiva y los retos del feminismo, op. cit., pág. 15.
[37]SANCHEZ,
Cristina, citando a SCOTT, Joan, en Historia de las Mujeres: El siglo XIX,
DUBY, Georges y PERROT, Michelle (dirs.), Taurus, Madrid,1993, págs. 405 y ss.
[38]TRISTÁN, Flora, Unión
Obrera, en DE MIGUEL, Ana y ROMERO, Rosalía, Feminismo y socialismo. Flora Tristán. Antología, Los Libros de
[39] DE MIGUEL, Ana, El conflicto clase/sexo‑género en la
tradición socialista en Historia de la teoría feminista, op. cit., pág. 89.n Cristina Sánchez, op. cit., pág. 57.
[40]ROWBOTHAM,
Sheila, «The Women's Movement and
Organizing for Socialism» en ROWBOTHAM, S., SEGAL, L. y WAINWRIGHT, H.
(eds.), Beyond Fragments. Feminism and
the Making of Socialism, Merlin Press, Londres, 1979, citado en SÁNCHEZ
Cristina, po.cit., pág 57
[41]TRISTÁN,
Flora, Peregrínaciones de una paría,
trad. de E. Romero del Valle, Istmo, Madrid,1986, pág. 13.
[42] DE MIGUEL, Ana y ROMERO, Rosalía, op, cit., pág.
15.
[43] Ibídem, págs. 11‑12.
[44]BLOCH‑DANO,
Evelyne, Flora Tristán, la mujer mesias,
Maeva, Madrid, pág. 212, citado en DE MIGUEL, Ana y ROMERO, Rosalía, op. cit.,
pág.17.
[45] DE MIGUEL, Ana y ROMERO, Rosalía, op. cit., pág.
41.
[46] Ibídem, pág. 54.
[47] Ibídem, pág. 53.
[48] Ibídem,
pág. 66.
[49]ROWBOTHAM,
Sheila, Feminismo y revolución,
Debate, Madrid, 1978 pág. 188,
[50]COBO,
Rosa, entrevista con la autora, julio 2004.
[51]DE
MIGUEL, Ana, Feminismos, op. cit.,
pág. 232.
[52] MIYARES, Alicia, Sufragismo, op. cit., pág. 81.
[53] DE MIGUEL, Ana, El conflicto clase/sexo‑género en la
tradición socialista pág. 93
[54]LENIN, V
I., «La emancipación de la mujer»,
Akal, 1974, pág. 101, citado en DE MIGUEL, Ana, op. cit. págs. 95‑96.
[55]HARTMANN,
Heidi, «Un matrimonio mal avenido: hacia
una unión más progresiva entre marxismo y feminismo», en Zona Abierta, n.° 24,1980, págs. 85‑113.
[56]SÁNCHES, Cristina, op. cit., pág. 62. 57. Ibídem.
[57] 57. Ibídem.
[58]KOLLONTAI,
Alejandra, Memorias, Debate,
Madrid,1979, citado en DE MIGUEL, Ana,
Alejandra Kollontai (1872‑1952), Ediciones del Orto, Biblioteca de
Mujeres, Madrid, 2001, pág. 16.
[59] Ibídem.
[60] DE
MIGUEL, Ana, El conflicto clase/ sexo‑género
en la tradición socialista, op. cit., pág. 96.
[61] DE MIGUEL, Ana, Alejandra Kollontai (1872‑1952), op. cit., pág. 17.
[62] DE MIGUEL, Ana, Feminismos, op. cit., pág. 235.
[63] Citado en VILLAR, Amparo, Andra, julio‑agosto de 2002.
[64]Ibídem, pág. 28.
[65]MIYARES,
Alicia, «Sufragismo», en AMORÒS, Celia (coord.), Historia de la teoría feminista, op. cit., pág. 85.
[66] LÓPEZ PARDINA, Teresa, Simone de Beauvoir (1908‑1986),
Ediciones del Orto, Biblioteca Filosófica, Madrid, 1999, pág. 18.
[67] Ibídem, pág. 15.
[68] Ibídem,
pág. 22.
[69] (sic…)
[70]Ibídem, pág. 110. s
[71] Ibídem, pág. 109.
[72]VALCÁRCEL,
Amelia, 50 aniversario de El segundo sexo
de Simone de Beauvoir, Tertulia Feminista Les Comadres, Gijón, 2002, pág.
91.
[73]LóPEZ PARDINA, Teresa, Simone
de Beauvoir (1908‑1986), op. cit.,
pág.14.
[74] Ibídem, pág. 41.
[75] AMORÓS, Celia, Tiempo de feminismos, op. cit., pág.
385.
[76]LÓPEZ PARDINA, Teresa, Simone de Beauvoir (1908‑1986),
op. cit., pág. 42.
[77] AMORÓS Celia, op. cit., pág. 383
[78] LÓPEZ PARDINA, Teresa, Simone de Beauvoir (1908‑1986),
op. cit., pág. 43.
[79] VALCÁRCEL, Amelia, 50 aniversario de El segundo
sexo de Simone de Beauvoir, op. cit., pág.
[80] Ibídem, pág. 89.
[81] Ibídem, pág. 90.
[82] LÓPEZ PARDINA, Teresa, op. cit., págs. 43‑44.
[83] VALCÀRCEL,Amelia, op.cit.,pág.95