Feminismo para Principiantes: “La Segunda Ola: Del sufragismo a Simone de Beauvoir”. A las sufragistas del siglo XIX no las sacaron de casa sus problemas, sino una injusticia que se desarrollaba a su alrededor y que, por lo visto, percibían mejor que su propia realidad: la esclavitud (Nuria Varela, Tercera parte)

 

Fuente: Nuria Varela; Feminismo para Principiantes, Ediciones B. Barcelona España

Subió a conferencia el 07 de Junio del 2005

 

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LA SEGUNDA OLA

 

Del sufragismo a Simone de Beauvoir

 

DECIDIMOS: Que todas las leyes que impidan que la mujer ocupe en la sociedad la posición que su conciencia le dicte, o que la sitúen en una posición inferior a la del hombre, son contrarias al gran precepto de la naturaleza y, por lo tanto, no tienen ni fuerza ni autoridad.

 

DECLARACIÓN DE SENTIMIENTOS Seneca Falls, Nueva York, 19 y 20 de Julio de 1848

 

Los mejores purasangres de Inglaterra corrían en el hipódromo de Epsom Downs el 4 de junio de 1913. Ese día se celebraba, como se venía haciendo desde 1780, el Derby Day, una gran prueba hípica anual en la que se concentraba lo más destacado de la sociedad inglesa. En medio del espectáculo y la fiesta que se vivía en las grades, una joven se lanzó a la pista y trató de sujetar por las riendas el caballo del Rey. No lo consiguió, el animal la arrolló y quedó gravemente herida. Cuatro días después, fallecía. La joven era Emily Wilding Davison, una combativa sufragista que se convertía en mártir al perder la vida por sus ideas: el derecho al voto de las mujeres.

 

El funeral de Emily W. Davison constituyó un gran acto feminista en las calles de Londres. Las súfragistas inglesas llevaban ya sesenta años de lucha por el derecho al voto, sin ningún resultado. Antes, habían comenzado las norteamericanas. La segunda mitad del siglo XIX y principios del XX supuso una gran prueba de la capacidad, estrategia y, sobre todo, paciencia, de las feministas. Esta vez sí, consiguieron su primera gran victoria.

 

¿DE DÒNDE SALEN LAS SUFRAGISTAS?

 

A las mujeres estadounidenses del siglo XIX no las sacaron de casa sus propios problemas, sino una injusticia que se desarrollaba a su alrededor y que, por lo visto, percibían mejor que su propia realidad: la esclavitud. Las mujeres, que ya habían luchado junto a los hombres por la independencia de su país, hasta entonces una colonia inglesa, se organizaron para terminar con la situación de los esclavos. Esta actividad les aportó experiencia en la lucha civil, en la oratoria, en los asuntos políticos y sociales, y, por otro lado, les sirvió de «linterna» para ver cómo la opresión de los esclavos era muy similar a su propia opresión.

 

Las hermanas Sarah y Angelina Grimké, nacidas en una familia propietaria de esclavos de Carolina del Sur, fueron de las primeras activistas en el movimiento de abolición de la esclavitud que luego aplicaron su crítica social a la condición de la mujer.[1]

 

Como anécdota ‑‑o quizá no por casualidad‑, la primera novela antiesclavista del continente americano es una obra de Harriet Beecher Stowe, escritora estadounidense que en 1851 publica por entregas la conocida La cabaña del tío Tom.

 

Paralelamente, Estados Unidos estaba inmerso en otro proceso: el movimiento de reforma moral.[2] La Reforma protestante, iniciada por Lutero en la Europa del siglo XVI frente a la Iglesia católica, defendía la libertad de cada creyente para interpretar personalmente las sagradas escrituras, y afirmaba que lo importante era la conciencia de cada individuo. La Reforma prendió de distinta manera por Centroeuropa y tuvo especial importancia en Inglaterra bajo el nombre de puritanismo. Su fuerza, ya a mediados del siglo XVII, dio lugar a algunas sectas que, como los cuáqueros, desafiaron a la Iglesia oficial.

 

Las prácticas políticas protestantes ‑evangelistas, pero sobre todo las cuáqueras‑, permitían la presencia de las mujeres en las tareas de la Iglesia. Las mujeres podían intervenir públicamente en la oración y hablaban ante toda la congregación.

 

La nueva iglesia llegó al Nuevo Continente. Los cuáqueros, por ejemplo, fundaron su propia colonia en Pensilvania, en 1682. Y, como al contrario que el catolicismo, defendían la interpretación individual de los textos sagrados, favorecían que las mujeres aprendieran a leer y escribir. Este motivo fue fundamental para que en Estados Unidos el analfabetismo femenino fuera mucho menor que en Europa y para que se crearan colegios universitarios femeninos. Con la educación se desarrolló una clase media de mujeres educadas que fueron el núcleo y dieron cuerpo al feminismo norteamericano del XIX.[3]

 

Con todas estas condiciones ‑explica María Salas‑, ya existían las bases para un movimiento de mujeres real. Lo que hacía falta era un impulso que le diese vida, una cabeza y un programa.[4]  Quizá también necesitasen una última injusticia.

 

Todas esas circunstancias se dieron en el Congreso Antiesclavista Mundial celebrado en Londres en 1840. De la delegación norteamericana formaban parte cuatro mujeres que, sin embargo, no fueron bien recibidas en Inglaterra. Todo lo contrario. El Congreso, escandalizado por su presencia, no las reconoció como delegadas e impidió que participaran. Las cuatro mujeres tuvieron que seguir las sesiones tras unas cortinas.

 

Efectivamente, el Congreso fue el detonante. Las delegadas regresaron de Londres a Estados Unidos humilladas, indignadas y decididas a centrar su actividad en el reconocimiento de sus propios derechos, los derechos de las mujeres. Especial empeño pusieron en ello Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton.

 

Lucretia Mott era una cuáquera que fundó la primera sociedad femenina contra la esclavitud y cuya casa se utilizaba como refugio en el camino de huida de los esclavos. Tenía unos 20 años más que Elizabeth Cady Stanton, quien fue en cierto modo su discípula, convirtiéndose con el tiempo en la intelectual más destacada del movimiento americano.[5]

 

LA DECLARACIÓN DE SENTIMIENTOS

 

Si los años pueden tener apellidos,1848 ha pasado a la historia como un año «revolucionario». Tomó su nombre la revolución que se desarrolló en Francia, la revolución de 1848, y además es la fecha en la que Marx y Engels publicaron su célebre Manifiesto comunista. Pero en la mayoría de los libros de historia, le falta el segundo apellido. En verano, el 48 también vio nacer la Declaración de Seneca Falls o Declaración de Sentimientos,[6] el texto fundacional del sufragismo norteamericano.

 

Ocurrió en un pueblecito al oeste del estado de Nueva York. En una capilla metodista, Elizabeth Cady Stanton convocó a cien personas ‑más del doble de mujeres que de hombres‑, de distintas asociaciones y organizaciones políticas del ámbito liberal ‑fundamentalmente comprometidas todas con la lucha abolicionista‑, a una reunión. Elizabeth Cady Stanton era hija de un juez y estaba casada con un abogado. Tenía ya experiencia en hablar en público por sus actividades en contra de la esclavitud y, además, habían pasado ya ocho años tras el vergonzoso episodio del Congreso Antiesclavista Mundial de Londres. Tiempo suficiente para haber madurado la rabia y la humillación y para haber tomado decisiones.

 

La reunión se anunció públicamente en el periódico local:

 

Convención sobre los derechos de la mujer. El miércoles y jueves,19 y 20 de julio a las 10.00 horas de la mañana, se celebrará en la capilla metodista, Seneca Falls, estado de Nueva York, una convención para discutir los derechos y la condición social, civil y religiosa de la mujer. El primer día se celebrará una sesión exclusivamente para mujeres, a las que se invita cordialmente. El público en general está invitado a la sesión del segundo día, cuando Lucretia Mott de Filadelfia, y otras damas y caballeros, se dirigirán a los presentes.[7]

 

Parece que en total, entre los invitados y el público que acudió tras leer el periódico, se congregaron alrededor de 300 personas. La reunión, como decía el anuncio, se había convocado para estudiar las condiciones y derechos sociales, civiles y religiosos de la mujer. Cuando ésta terminó, después de los dos días de conversaciones, redactaron un texto cuyo modelo es la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Era la Declaración de Seneca Fallsrque ellas llamaron «Declaración de Sentimientos». Este acontecimiento marcó un hito en el feminismo internacional al quedar consensuado uno de los primeros programas políticos feministas. La Convención fue el primer foro público y colectivo de las mujeres.[8]

 

El texto fue aprobado por unanimidad y firmado por las sesenta y ocho mujeres y los treinta y dos hombres convocados, salvo una cláusula, la que reclamaba el derecho al voto. En ese momento, aún no era una reivindicación clara para todas. Como «hijas de la libertad>>, las mujeres de Seneca Falls se apropiaron de los discursos políticos del momento en la cultura norteamericana para legitimar su filosofía feminista. Por eso, la Declaración fue calcada de la Declaración de Independencia americana, porque al hacerlo así daban legitimidad política a sus reivindicaciones y entroncaban con la filosofía que ya estaba asentada en la cultura política de su país.[9]

 

Explica Alicia Miyares que la Declaración de Seneca Falls se enfrentaba a las restricciones políticas: no poder votar, ni presentarse a elecciones, ni ocupar cargos públicos, ni afiliarse a organizaciones políticas o asistir a reuniones políticas. Iba también contra las restricciones económicas: la prohibición de tener propiedades, puesto que los bienes eran transferidos al marido; la prohibición de dedicarse al comercio, tener negocios propios o abrir cuentas corrientes. En definitiva, la Declaración se expresaba ‑y de forma muy rotunda‑, en contra de la negación de derechos civiles y jurídicos para las mujeres.[10]

 

Así, en 1848, cuando el recién nacido Manifiesto Comunista proclama que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, las reunidas en Seneca Falls se encargan de señalar que ésa era sólo parte de la historia. Ellas eran el primer movimiento político de mujeres. Ellas eran las que convocaban, las que se reunían y reclamaban derechos para sí mismas. Las mujeres se convertían en sujeto de la acción política.

 

A partir de esa fecha, las mujeres de Estados Unidos empezaron a luchar de forma organizada a favor de sus derechos, tratando de conseguir una enmienda a la Constitución que les diera acceso al voto. Como les había ocurrido a las francesas durante la Revolución de 1789, las sufragistas también fueron traicionadas. Después de todo su trabajo en contra de la esclavitud, la recompensa fue que en 1866 el Partido Republicano, al presentar la Decimocuarta Enmienda a la Constitución que por fin concedía el voto a los esclavos, negaba explícitamente el voto a las mujeres. La enmienda sólo era para los esclavos varones liberados. Pero aún sufrieron otra traición. Más dolorosa si cabe. Ni siquiera el movimiento antiesclavista quiso apoyar el voto para las mujeres, temeroso de perder el privilegio que acababa de conseguir.

 

Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony llegaron al convencimiento de que la lucha por los derechos de la mujer dependía sólo de las mujeres y en 1868 fundaron la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer (NWSA). En 1869, sufrieron una escisión liderada por Lucy Stone y formada por quienes consideraban excesivos los planteamientos de la NWSA. Nacía la Asociación Americana pro Sufragio de la Mujer (AWSA), la parte más conservadora del movimiento. Ellas se dedicaron al voto a través de campañas graduales, Estado por Estado.[11] Y ese mismo año, en 1869, Wyoming se convertía en el primer Estado que reconocía el derecho del voto a las mujeres. ¡21 años después de la declaración de Séneca Falls!

 

Los avances fueron lentos y ante las dificultades, de nuevo, las dos alas del sufragismo norteamericano volvieron a unirse en 1890 y, con la llegada del nuevo siglo, se radicalizaron. En 1910 organizan desfiles monstruo en Nueva York y Washington. Todas, las más moderadas y las más radicales, desarrollaron una actividad frenética hasta conseguir en 1918 que el presidente Wilson anunciara su apoyo al sufragismo y un día después, la Cámara de Representantes aprobaba la Decimonovena Enmienda. Aún tardó en entrar en vigor. Por fin, en agosto de 1920, el voto femenino fue posible en Estados Unidos.

 

El sufragismo fue un movimiento épico donde las mujeres demostraron su capacidad y su paciencia. De todas las mujeres que se reunieron en Seneca Falls, sólo Charlotte Woodward, entonces una modistilla de diecinueve años, vivió lo suficiente como para poder votar en las elecciones presidenciales de 1920. «El sufragismo fue un movimiento de agitación internacional ‑señala Amelia Valcárcel‑, presente en todas las sociedades industriales, que tomó dos objetivos concretos ‑el derecho al voto y los derechos educativos‑ y consiguió ambos en un periodo de ochenta años, lo que supone ¡tres generaciones militantes empeñadas en el mismo proyecto! »[12]

 

Ese afán de aprender creció hasta alcanzar proporciones gigantescas, dando lugar a anécdotas tan conmovedoras y pintorescas como la de la bolsa verde de Mary Lyon, quien recorrió Nueva Inglaterra recogiendo donativos de cinco, tres o incluso un dólar, con el fin de poder instituir en América un centro universitario femenino.[13] Cuando sus amistades escribían a Mary Lyon reprochándole que no era propio de una señorita viajar sola recogiendo dinero para comenzar su Universidad de Mujeres, ella contestaba: «¿Qué hago que esté mal hecho? Mi corazón está,enfermo. Mi alma está dolorida. Estoy realizando un gran trabajo. No puedo retroceder.»[14]

 

Al movimiento sufragista le debe la política democrática, al menos, dos grandes aportaciones ‑explica Valcárcel‑. Una es la palabra solidaridad. Otra, los métodos de lucha cívica actuales. La palabra solidaridad fue elegida para sustituir a fraternidad, que en realidad significaba hermano varón, lo que tenía demasiadas connotaciones masculinas. La otra aún es más importante. El sufragismo se vio obligado a intervenir en política desde fuera, llamando la atención sobre su causa y con vocación de no violencia. Así que tuvo que ensayar y probar nuevas formas de protesta. Y acertó. El sufragismo se inventó las manifestaciones, la interrupción de oradores mediante preguntas sistemáticas, la huelga de hambre, el autoencadenamiento, la tirada de panfletos reivindicativos... Todos éstos fueron sus métodos habituales. El sufragismo innovó las formas de agitación a inventó la lucha pacífica que luego siguieron movimiento políticos posteriores como el sindicalismo y el movimiento en pro de los Derechos Civiles.

 

LA PROTESTA SUICIDA DE EMILY W. DAVISON

 

A las sufragistas inglesas se les acabó la paciencia antes que a las norteamericanas. La primera petición de voto para las mujeres presentada al Parlamento británico está fechada en agosto de 1832. Tres décadas más tarde, en junio de 1866, Emily Davies y Elizabeth Garret Anderson elevan otra nueva «Ladies Petition» firmada por 1 499 mujeres, que es presentada a la Cámara de los Comunes por los diputados John Stuart Mill y Henry Fawcett. Al ser rechazada, se crea un movimiento permanente: la Sociedad Nacional pro Sufragio de la Mujer, liderada por Lidia Bécker.[15]

 

Al año siguiente, 1867, cuando se está debatiendo una segunda reforma de la ley electoral para incrementar el número de varones adultos con derecho al sufragio, el mismo Mill presenta una enmienda para que se sustituya la palabra «hombre» por «persona», lo que daría el voto a aquellas mujeres que cumpliesen los mismos requisitos que se les pedían a los hombres. Fue rechazada.

 

Las sufragistas inglesas tuvieron dos grandes aliados: John Stuart Mill y Jacob Brigt. Este último era un parlamentario que insistente a infatigablemente presentó una y otra vez propuestas en la Cámara Baja para conseguir el derecho político de las mujeres. En 1867 Jacob Brigt aseguró que «si los mítines carecen de efecto, si la expresión precisa y casi universal de la opinión no tiene influencia ni en la Administración ni en el Parlamento, inevitablemente las mujeres buscarán otros sistemas para asegurarse estos derechos que les son constantemente reusados». [16]

 

Brigt no se equivocó. Aunque las sufragistas inglesas aguantaron casi cuarenta años más defendiendo el feminismo por medios legales. Hasta 1903, cuando, cansadas de que no se les hiciera caso, pasaron a la lucha directa. Describe María Salas que la táctica que emplearon fue interrumpir los discursos de los ministros y presentarse en todas las reuniones del partido liberal para plantear sus demandas. La policía las expulsaba de los actos y les imponía multas que ellas no pagaban, así que iban a la cárcel. Allí, eran consideradas presas comunes y no políticas como reivindicaban.

 

Aun en la cárcel, no desistieron. Iniciaron una huelga de hambre en prisión. Gladstone, el primer ministro en aquel momento, ordenó que las alimentaran a la fuerza. Comenzó entonces una espiral de violencia entre las feministas y la policía inglesa. En julio de 1902, lady Pankhurst, presidenta de la National Union of Women Suffrage, fue condenada a tres años de trabajos forzados, pero las sufragistas lograron su evasión de la cárcel.[17]

 

El presidente Wilson la invitó a Estados Unidos. Se había convertido en una figura casi legendaria, aunque no se libró de volver a prisión en cuanto regresó a Inglaterra. En esos años, las sufragistas también llevaron a cabo una serie de actos violentos contra diversos edificios públicos, aunque nunca realizaron ningún atentado personal, ni nadie resultó herido como consecuencia de sus protestas. La única pérdida se registró en sus propias filas, con la muerte de Emily W Davidson en el hipódromo de Epson. Como hemos dicho, el funeral de Emily W. Davidson fue un grandioso acto feminista, según relatan las historiadoras. Describe María Salas que entre las decenas de carrozas que seguían el féretro de la joven desfiló una vacía con las cortinas bajadas. Era la de lady Pankhurst que no pudo acudir porque, de nuevo, estaba arrestada.

 

Sin embargo, ni siquiera el sacrificio de la joven Davidson fue suficiente ni puso fin a la lucha. Tuvo que estallar la Primera Guerra Mundial. El rey Jorge V amnistió a todas las sufragistas y encargó a lady Pankhurst el reclutamiento y la organización de las mujeres para sustituir a los hombres que debían alistarse. Un buen ejemplo del pragmatismo inglés», señala Salas.

 

Por fin, el 28 de mayo de 1917 fue aprobada la ley de sufragio femenino por 364 votos a favor y 22 en contra, casi como contraprestación a los servicios prestados durante la guerra, ¡después de 2 588 peticiones presentadas en el Parlamento! De todas formas, las inglesas tuvieron que esperar aún otros diez años a que las condiciones para su derecho al voto fueran idénticas a las de los varones ya que en la primera ley se decía que podían votar las mujeres mayores de 10 años. Diez años más tarde, todas las mayores de 21, la misma edad que los varones, podían votar y ser votadas.

 

De la épica de las sufragistas inglesas dan cuenta los recuerdos de Alexa Ross Wylie, quien dejó escrito:

 

Ante mi asombro, he visto que las mujeres, a pesar de la falta de entrenamiento y del hecho de que durante siglos no se podía hablar de las piernas de una mujer respetable, podían, en un momento dado, correr más que cualquier policía londinense. [...] Su capacidad para improvisar, para guardar el secreto y ser leales, su iconoclasta desprecio de las clases sociales y del orden establecido, fueron una revelación para todos, pero especialmente para ellas mismas [...].

 

Durante dos años de locas y a veces peligrosas aventuras, trabajé y luché hombro con hombro con mujeres sensatas, vigorosas, felices, que reían a carcajadas en vez de reírse por lo bajo, que caminaban libremente en vez de contenerse, que podían ayunar más que Gandhi y salir del trance con una sonrisa y una broma. Dormí sobre el duro suelo entre viejas duquesas, robustas cocineras y jóvenes dependientas. A menudo estábamos fatigadas, contusionadas o asustadas. Pero éramos tan felices como nunca lo habíamos sido. Compartíamos con júbilo una vida que nunca habíamos conocido. La mayoría de mis compañeras de lucha eran esposas y madres. Y ocurrieron cosas insólitas en su vida doméstica. Los esposos llegaban a su casa, por la noche, con una nueva ansiedad... Los hijos cambiaron rápidamente su actitud de condescendencia afectuosa hacia la «pobre y querida mamá» por una de admirado asombro. Al disiparse la humareda de amor maternal ‑ya que la madre estaba demasiado ocupada para poder preocuparse por ellos más que de vez en cuando‑, los hijos descubrieron que les era simpática, que «era un gran tipo». Que tenía agallas....[18]

 

EL DERECHO AL VOTO, UNA ESTRATEGIA DE FUTURO

 

Las sufragistas no reivindicaban sólo el derecho al voto, al sufragio universal. Se las conoce por ese nombre porque fue en el voto donde pusieron todo el énfasis. Confiaban en que una vez conseguido éste, sería posible alcanzar la igualdad en un sentido muy amplio. Las feministas de esta época reivindicaron el derecho al libre acceso a los estudios superiores y a todas las profesiones, los derechos civiles, compartir la patria potestad de los hijos y administrar sus propios bienes.

 

Denunciaban que sus esposos fueran los administradores de los bienes conyugales, incluso de lo que ellas ganaban con su trabajo. En la práctica, cualquier marido podía «alquilar» a su esposa para un empleo y cobrarlo y administrarlo él. También reivindicaban igual salario para igual trabajo.

 

Además, bajo el sufragismo se podían unir todas puesto que fuese cual fuese su situación económica, social o sus opiniones políticas, la reivindicación del derecho al voto era común. La conciencia feminista estaba extendida: en cualquier caso, todas estaban excluidas por ser mujeres.

 

Y es que en el siglo XIX se da una gran paradoja. Por un lado, las mujeres quedan divididas. Con la llegada del capitalismo, las mujeres se incorporan al trabajo industrial dado que eran una mano de obra más barata y menos reivindicativa que los hombres. Sin embargo, en la burguesía ‑la clase social adinerada del momento y que cada día tenía más poder‑, las mujeres se quedaban encerradas en su casa. No se les permitía trabajar y cada día eran más cosificadas. Simplemente simbolizaban el poder de sus maridos. Cuanto más hermosas mejor.

 

Casadas, carecían de derechos; solteras, eran castigadas y rechazadas socialmente. Pero a pesar de esta separación cada vez mayor en distintas clases y por lo tanto con distintos roles, y distintas exigencias, las mujeres comienzan a organizarse. Con el sufragismo, «el feminismo aparece, por primera vez, como un movimiento social de carácter internacional, con una identidad autónoma teórica y organizativa.

 

Además, ocupará un lugar importante en el seno de los otros grandes movimientos sociales, los diferentes socialismos y el anarquismo».[19]

 

« ACASO NO SOY UNA MUJER?»

 

Sojourner Truth es un gran ejemplo de las diversas voces de mujeres distintas que se van uniendo al sufragismo. Cristina Sánchez recuerda su vida y sus discursos.[20] Sojourner hizo honor a su nombre ‑literalmente, «Verdad Viajera»‑y pregonó allí donde pudo algunas «verdades» que cuestionaban aún más los discursos que justificaban la exclusión de las mujeres. Sojourner Truth era una esclava liberada del estado de Nueva York. No sabía leer ni escribir, pues estaba prohibido y castigado con la muerte para los esclavos, pero fue la única mujer negra que consiguió asistir a la Primera Convención Nacional de Derechos de la Mujer, en Worcester, en 1850. Al año siguiente, pronunció un discurso en la Convención de Akron y con él enfocó por primera vez los problemas que tenían las mujeres negras, asfixiadas entre la doble exclusión: la de la raza y la del género.

 

Creo que con esa unión de negros del Sur y de mujeres del Norte, todos ellos hablando de derechos, los hombres blancos estarán en un aprieto bastante pronto. Pero ¿de qué están hablando todos aquí?

 

Ese hombre de allí dice que las mujeres necesitan ayuda al subirse a los carruajes, al cruzar las zanjas y que deben tener el mejor sitio en todas partes, ¡Pero a mí nadie me ayuda con los carruajes, ni a pasar sobre los charcos, ni me dejan un sitio mejor! ¿Y acaso no soy yo una mujer? ¡Miradme! ¡Mirad mi brazo! He arado y plantado y cosechado, y ningún hombre podía superarme! ¿Y acaso no soy yo una mujer? [...] He tenido trece hijos, y los vi vender a casi todos como esclavos, y cuando lloraba con el dolor de una madre, ¡nadie, sino jesús me escuchaba! ¿Y acaso no soy yo una mujer?[21]

 

El discurso de Sojourner Truth abría el camino para el desarrollo del feminismo de las mujeres negras y demostraba que las supuestas debilidades naturales de las mujeres o sus incapacidades para según qué trabajos o responsabdidades sólo eran disquisiciones absurdas e interesadas.

 

Las nadies aparecían en la escena pública. Las mujeres silenciadas iban recuperando la voz. El sufragismo engordaba día a día y los últimos años del siglo XIX y principios del XIX fueron un continuo pensar y repensar, hacer estrategias y modificarlas sobre la marcha para un feminismo que se consolidaba y al que llegaban mujeres diversas que lo engrandecían.

 

Señala Sánchez que Truth hacía su reivindicación apelando a criterios universalistas, esto es, no abría la puerta de la diferencia, sino la de la igualdad. Extendían la reivindicación a la raza, y más concretamente, al punto estratégico en que en ese momento histórico se entrecruzaban la raza y el género: los derechos de las mujeres negras. Reivindica su identidad no como negra, sino como mujer, como lo que no era reconocido.[22]

 

JOHN STUART MILL: EL MARIDO DE LA FEMINISTA

 

Quizá parezca irrespetuoso presentar así a uno de los grandes pensadores del siglo XIX. Todo lo contrario, es un homenaje a un hombre que esperó veinte años para casarse con Harriet Taylor, la mujer que amaba y junto a la que construyó una relación de amor y respeto rebosante de pasión, cariño, complicidad y confianza entre iguales. Pero no sólo eso. Harriet Taylor y John Stuart Mill pusieron las bases de la teoría política en la que creció y se movió el sufragismo.

 

El feminismo respeta a John Stuart Mill especialmente por su libro La sujeción de la mujer‑publicado en 1869‑y también por su trabajo político como diputado en la Cámara de los Comunes (el Parlamento inglés). Mill no consiguió ninguna de sus iniciativas, tuvo que soportar la sorna de sus compañeros diputados a incluso en el periódico Times se escribió con ironía que Mill intentaba realizar «una gran reforma social>>, mediante el cambio de una simple palabra cuando éste pretendió cambiar «hombre» por «persona» en la reforma electoral que se discutía en ese momento. [23] Sin embargo, llevar la petición del voto al parlamento fue muy importante para las sufragistas y para que la cuestión llegara a la opinión pública. Como ejemplo del agradecimiento feminista a la obra de Mill y la repercusión que ésta tuvo entre las mujeres de su época, nada mejor que la carta que Elizabeth Cady Stanton, líder de las sufragistas norteamericanas, le escribió tras leer La sujeción de la mujer:

 

Terminé el libro con una paz y una alegría que nunca antes había sentido. Se trata, en efecto, de la primera respuesta de un hombre que se muestra capaz de ver y sentir todos los sutiles matices y grados de los agravios hechos a la mujer, y el núcleo de su debilidad y degradación?[24]

 

Pero no sólo Elizabeth Cady Stanton se deslumbró por la lectura del libro de Mill, feministas de todo el mundo se sintieron impresionadas:

 

El ensayo de Mill, La sujeción de la mujer, publicado en 1869, fue la biblia de las feministas. Es difícil exagerar la enorme impresión que causó en la mentalidad de las mujeres cultas de todo el mundo. En el mismo año en que se publicó en Inglaterra y Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda, también apareció traducido en Francia, Alemania, Austria, Suecia y Dinamarca. En 1870 fue publicado en polaco a italiano, y también las estudiantes de San Petersburgo hablaban de él con entusiasmo. Hacia 1883, la traducción sueca dio lugar a un debate entre un grupo de mujeres de Helsinki que fundaron el movimiento femenino finlandés tan pronto como terminaron de leer el libro. Desde toda Europa llegaron testimonios impresionantes del impacto inmediato y profundo que ejerció el opúsculo de Mill; su publicación coincidió con la fundación de movimientos feministas no sólo en Finlandia, sino también en Francia y Alemania y muy posiblemente en otros países. [25]

 

Además de respeto intelectuál y político, el feminismo guarda especial cariño a Mill por su vida privada. Era un romántico que se enamoró completamente de Harriet Taylor y juntos formaron una pareja sorprendente, provocadora para su época. John Stuart y Harriet Taylor se conocieron en el verano de 1830. Harriet tenía 23 años y John Stuart 25.

 

Ella se había casado a los 18 con John Taylor, un hombre de negocios interesado en la política radical y al que Harriet quería y respetaba aunque no estaba ‑ni ella lo consideraba‑ a su nivel intelectual. Harriet era una mujer de grandes cualidades, inteligencia y belleza. Y lo que parece indiscutible es que deslumbró a Mill y Mill la deslumbró a ella.

 

Cuando se conocieron, ella era madre de dos hijos y al año nacería Helen, la pequeña. Harriet era hija de un cirujano acomodado y había recibido una buena educación. En aquella época, colaboraba en la revista Monthly Repository, una publicación política y radical en consonancia con su grupo de amigos y su círculo más próximo. Neus Campillo nos presenta a una Harriet que antes de conocer a Mill mostraba ser una madre feliz y buena esposa aun con distintos gustos a su marido y con ideología feminista y anticonvencional? [26]

 

Cuando Mill conoce a Harriet, éste se encuentra en medio de una fuerte depresión. Mill era un hombre extraño con el que su padre, James Mill, había experimentado desde que era muy pequeño educándole de manera extraordinariamente precoz. De hecho, le trató y le educó como si nunca hubiese sido un niño. «No guardo memoria del momento en que empecé a aprender griego. Me han dicho que fue cuando tenía tres años.» [27]

 

Mill llama a su propia depresión «una crisis en mi historia mental» y parece que fue provocada por la falta de interés sobre lo que hasta entonces había sido el centro de su vida, «ser un reformador del mundo». Cuando esto dejó de interesarle, se derrumbó. [28],Esa depresión, sin embargo, no le había paralizado. Mantenía una intensa actividad intelectual y completaba su formación visitando y conociendo a fondo a los pensadores más destacados de su época, buena parte de ellos, amigos de su padre. Sus males melancólicos desaparecieron cuando conoció a Harriet y juntos protagonizaron una relación apasionada que rompió todos los tópicos, componiendo una serie de libros y escritos esenciales en la historia del pensamiento. Dos personas con una enorme complicidad intelectual y personal y, además, una gran pasión que no encajaba de ninguna manera en los ideales románticos de la época en los que las mujeres sólo eran receptoras pasivas del amor. Dos apasionados que renuncian a las relaciones sexuales por respeto al marido de Harriet y a las convenciones del momento, puesto que no existía divorcio en la Inglaterra de mediados del siglo XIX en plena época de puritanismo victoriano. Dos personas, una mujer y un hombre, que se tratan de igual a igual en una época en la que las mujeres comenzaban la pelea por sus derechos políticos y empezaban a soñar con los derechos civiles.

 

Aunque la época no daba para pasiones dentro de los límites de lo respetable, por la correspondencia que se conserva, ésta, aunque contenida, debió de ser arrolladora y supuso una gran.crisis en el matrimonio de Harriet. Para resolverla, la pareja ‑ parece que no sin largas discusiones ‑ decidió separarse durante seis meses. [29] Harriet se mudó a París y Mill también. Seis meses felices que Harriet resolvió con un acuerdo con su esposo: conservar su vida familiar con él y sus hijos y mantener también la relación de amistad con Mill. [30]

 

Tanto su marido como Mill aceptaron la solución de Harriet. Ella evidenciaba con su propia vida, con sus sentimientos y deseos, que las normas y las leyes que la sociedad había creado para las mujeres eran sólo diques de contención ante su libertad. Esas mismas mujeres no se parecían a la caricatura que la sociedad les había dibujado sobre lo que debía de ser una mujer. A Harriet, culta a inteligente, no le bastaba con tener un marido, una casa y unos hijos, quería una vida propia y buscó la rendija del dique para conseguirla.

 

La situación era extraña y se convirtió en objeto de murmuraciones de todo tipo que ni Harriet ni Mill dejaron que enturbiaran su especial amistad. La desaprobación fue general, pero ellos prefirieron romper con las actividades sociales a incluso con los amigos que criticaban sus vidas antes que con su relación.

 

Mill fue, además, un hombre consecuente. Lejos de aprovecharse de las leyes del momento que le regalaban toneladas de privilegios por ser varón, reniega de ellas. Así, el 6 de marzo de 1851, después de veinte años de amistad, Harriet Taylor y John Stuart Mill van a casarse. Con ese motivo él escribió la siguiente declaración:

 

Estando a punto ‑si tengo la dicha de obtener su consentimiento‑, de entrar en relación de matrimonio con la única mujer con la que, de las que he conocido, podría haber yo entrado en ese estado; y siendo todo el carácter de la relación matrimonial tal y como la ley establece, algo que tanto ella como yo conscientemente desaprobamos, entre otras razones porque la ley confiere sobre una de las partes contratantes poder legal y control sobre la persona, la propiedad y la libertad de acción de la otra parte, sin tener en cuenta los deseos y la voluntad de ésta, yo, careciendo de los medios para despojarme legalmente a mí mismo de esos poderes odiosos, siento que es mi deber hacer que conste mi protesta formal contra la actual ley del matrimonio en lo concerniente al conferimiento de dichos poderes; y prometo solemnemente no hacer nunca use de ellos en ningún caso o bajo ninguna circunstancia. Y en la eventualidad de que llegara a realizarse el matrimonio entre Mrs. Taylor y yo, declaro que es mi voluntad e intención, así como la condición del enlace entre nosotros, el que ella retenga en todo aspecto la misma absoluta libertad de acción y la libertad de disponer de sí misma y de todo to que pertenece o pueda pertenecer en algún momento a ella, como si tal matrimonio no hubiera tenido lugar. Y de manera absoluta renuncio y repudio toda pretensión de haber adquirido cualesquiera derechos por virtud de dicho matrimonio.[31]

 

De esa unión extraordinaria quedó una obra extraordinaria. En 1832 publican Los ensayos sobre el matrimonio y el divorcio. En ellos indagan en una nueva manera de entender y vivir las relaciones de pareja que no supongan la esclavitud de la mujer, sino un contrato entre iguales. Como queda reflejado en la carta previa a su propio matrimonio, fueron consecuentes en su vida con las ideas que quedaron reflejadas en los ensayos.

 

Su matrimonio se produjo dos años después de la muerte de John Taylor, el marido de Harriet. Éste murió por un cáncer y Harriet le cuidó hasta el final. En la correspondencia quedó reflejado el respeto ‑mutuo‑, con el que Harriet Taylor también había conseguido vivir ese primer matrimonio.

 

Harriet f alleció en noviembrcde 1858. A partir de la muerte de su esposa, fue su hija, Helen, a quien Mill consideraba también hija suya, la que le ayudó en su trabajo intelectual. Helen era digna heredera de su madre en ideas sociales y políticas y especialmente respecto a los derechos de las mujeres.

 

Mill, respetuoso en cuanto a las aportaciones que tanto Harriet como Helen hacían a su obra, se encargó de reseñar ese trabajo en su autobiografía a incluso en las introducciones de los propios textos. La sujeción de la mujer fue escrito en 1861, pero Mill lo publicó en 1869. En su autobiografía explica sobre este libro:

 

Fue escrito por sugerencia de mi hija para dejar constancia de las que eran mis opiniones sobre esta gran cuestión, expresadas de la manera más completa y conclusiva de que fuese capaz. (...)Tal y como fue hecho público en última instancia, contiene importantes ideas de mi hija y pasajes de sus propios escritos que enriquecen la obra. Pero lo que en el libro está compuesto por mí y contiene los pasajes más eficaces y profundos pertenece a mi esposa y proviene del repertorio de ideas que nos era común a los dos y que fue el resultado de nuestras innumerables conversaciones y discusiones sobre un asunto que tanto ocupó nuestra atención.[32]

 

La trascendencia de La sujeción de la mujer fue excepcional. Se convirtió en el libro de referencia, algo así como la música de fondo de todo el sufragismo. Su tesis principal, que Mill desarrollará no sólo con argumentos racionales, sino también apelando a la emoción ‑pues, como él mismo explica, los prejuicios son difícilmente desmontables desde la lógica‑, es la afirmación nítida de las mujeres como individuos libres.

 

Para los Mill, el matrimonio, tal como estaba regulado, era una forma de prostitución <<acto de entregar su persona por pan»‑ y defienden el cambio de la ley de matrimonio, el divorcio y la necesidad de que las mujeres recibieran una educación que permitiera su independencia económica y que sólo por amor decidieran la relación con un hombre.

 

El único punto sobre el que discrepan es sobre el derecho de las mujeres al trabajo. Para Mill no era deseable cargar el mercado laboral con un número doble de competidores. Esta controvertida afirmación de Mill fue muy discutida por Harriet Taylor. Para ella, las mujeres no deberían sufrir ningún límite en sus actividades. Harriet defiende que, si hubiera igualdad, no harían falta leyes sobre el matrimonio puesto que las mujeres se formarían para trabajar en lo que gustasen.[33]

 

Frente al argumento que se esgrimía en aquella época, a saber, que con la entrada de las mujeres en el mercado laboral bajarían los salarios, Harriet defiende que aunque así fuera y la pareja ganara menos que lo que podría ganar sólo el hombre, aún así, se produciría un cambio notable en el matrimonio: la mujer pasaría de sirvienta a socia. Para Harriet Taylor, la desigualdad de las mujeres es un prejuicio debido a la costumbre y mantenido por la ley del más fuerte ‑en sintonía con lo ya explicado por Poulain de la Barre y Mary Wollstonecraft‑, pero Harriet añadía que, además, el sexo y el ámbito emocional hacen que la dominación del hombre sobre la mujer sea distinta a todas las demás.[34]

 

Quizá sea el desarrollo de esta idea en La sujeción de la mujer  lo que proporciona la novedad y el punto de vista original a esta obra, << los sutiles matices» de los que le habla Elizabeth Cady Stanton a John Stuart Mill en su carta. Así, además de subrayar la dificultad que tiene acabar con esta desigualdad por la relación íntima y sentimental que se da entre hombres y mujeres, Mill señala que el caso de las mujeres es diferente al de cualquier otra clase sometida, lo que hace muy difícil una rebelión colectiva de éstas contra los varones. La peculiaridad, según Mill, consiste en que sus amos no quieren sólo sus servicios o su obediencia, quieren además sus sentimientos: «no una esclava forzada, sino voluntaria». Para lograr este objetivo han encaminado toda la fuerza de la educación a esclavizar su espíritu:

 

Así, todas las mujeres son educadas desde su niñez en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente opuesto al del hombre: se les enseña a no tener iniciativa y a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y a consentir en la voluntad de los demás.

Todos los principios del buen comportamiento les dicen que el deber de la mujer es vivir para los demás; y el sentimentalismo corriente, que su naturaleza así lo requiere: debe negarse completamente a sí misma y no vivir más que para sus afectos [35]

 

Para los Mill, los seres humanos son libres a iguales. Desde ese punto de vista su trabajo se esfuerza en criticar y desarticular todas las formas de dominio de las mujeres por parte de los hombres.

 

APARECEN MÁS MUJERES RARAS: LAS OBRERAS

 

Harriet Taylor y John Stuart Mill recogieron la herencia del feminismo de la primera ola, pero las voces de Mary Wollstonecraft, Olimpia de Gouges o Condorcet también provocaron una tremenda reacción. No fueron sólo la guillotina, el exilio y el Código napoleónico. Para acallar las demandas de libertad de las mujeres, se construyó «el monumental edificio de la misoginia romántica, en palabras de Amelia Valcárcel.[36]Para levantarlo, las principales cabezas del siglo XIX  teorizaron sobre porqué las mujeres debían estar excluidas. Así que a todo lo dicho por Rousseau, se sumaron las teorías de Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche... que además influyeron en todos los campos del saber que  paradójicamente estaban comenzando una nueva época bajo la guía de la «razón>>.

 

Tanto se habían empeñado en construir en sus teorías ‑y probablemente en sus deseos ‑princesas domésticas, débiles, obedientes, pasivas y mujeres‑madre que cuando las obreras comenzaron a reivindicar sus derechos, igual que ocurrió con las mujeres negras, que habían sido esclavas y trabajado y vivido como tales, no se sabía muy bien qué hacer con ellas.

 

Como señala Cristina Sánchez, las trabajadoras representaban una anomalía que no se sabía cómo tratar. Son un problema puesto que compatibilizan la feminidad y el trabajo asalariado y participan tanto en la reproducción y el ámbito privado como en la producción industrial, es decir, en el ámbito público. Con ellas nacen nuevos ínterrogantes:

 

¿Podía ser compatible el trabajo asalariado con las mujeres? ¿Había que poner límites? ¿Qué tipo de trabajador era una mujer? ¿Debía obtener el mismo salario que un hombre? A todas estas preguntas tendrían que darle respuesta tanto los misóginos, como los legisladores, como las propias feministas. [37]

 

FLORA TRISTÁN. REPORTERA DE LA MISERIA

 

Una de las primeras en responder a esas cuestiones fue Flora Tristán. «Todas las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que hasta hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescriptibles del ser mujer.»[38]Así de rotunda hablaba y escribía esta francesa, autodidacta y de orígenes peruanos. Aunque tradicionalmente a Flora Tristán se la ha enmarcado en el primer socialismo, el socialismo utópico, es una mujer de transición entre el feminismo ilustrado y el feminismo de clase. [39]Flora Tristán, precursora y avanzadilla de las nuevas feministas, las feministas socialistas, explica su situación de conflicto:

 

Tengo casi al mundo entero en contra mía. A los hombres porque exijo la emancipación de la mujer; a los propietarios, porque exijo la emancipación de los asalariados.[40]

 

Tristán era hija de una parisina y de un noble peruano. El matrimonio de sus padres, celebrado en Bilbao, no tenía validez legal en Francia y éstos nunca se preocuparon por regularizarlo. Así, la muerte repentina del padre dejó a la familia en la ruina y a Flora como hija ilegítima. La gran herencia correspondió a Pío, hermano de Mariano Tristán, que vivía en Arequipa, Perú. Flora tenía diecisiete años cuando entró a trabajar como iluminadora en el taller de André Chazal. Un año después, su madre la obliga a casarse con el patrón movida por la penuria económica en la que vivían. «Mi madre me obligó a casarme con un hombre al que yo no podía ni amar ni apreciar. A esa unión debo todos mis males; pero como después mi rnadre no dejó de manifestarme su más vivo pesar, la perdoné.»[41]

 

Las consecuencias de ese matrimonio para Flora fueron tremendas durante toda su vida. Sufrió agresiones de su marido, tanto en forma de maltratos psíquicos como físicos y sexuales. En la Francia de aquella época el divorcio no era legal así que Flora se separa ‑se esconde‑, de su marido y trabaja como doncella, dama de compañía, traductora, niñera... desde 1826 hasta 1831. Sólo su hija Aline ‑la que sería madre del pintor Paul Gauguín‑, viajará con Flora en algunas ocasiones puesto que Alexandre, el mayor, muere cuando tenía ocho años y su marido, apoyado por la justicia, consigue la custodia del otro hijo varón, Ernest. [42]

 

Nada amilanó a Flora Tristán. Ni siquiera la brutalidad de Chazal que llegó al extremo de intentar violar a su propia hija y de atentar contra la vida de Flora, atacándola con la intención de asesinarla en plena calle. En sus cuarenta y un años de vida, Flora Tristán pasó veinte meses en un viaje a Perú y cuatro estancias en Gran Bretaña, desde donde viajó también a Italia y a Suiza. Sus recorridos por Perú y Gran Bretaña le proporcionan el material para dos de sus obras más importantes, Peregrinaciones de una paria (1838) y Paseos en Londres (1840). En el Prefacio de Peregrinaciones de una paria, Flora explica parte de su vida:

 

Tenía veinte años cuando me separé de mi marido. [...] Hacía seis años, en 1833, que duraba esta separación. Supe durante esos seis años de aislamiento todo lo que está condenada a sufrir la mujer que se separa de su marido por medio de una sociedad que, por  la más aberrante de las contradicciones, ha conservado viejos prejuicios contra las mujeres en esta situación. [...] Al separarme volví a tomar el nombre de mi padre. Bien acogida en todas partes como viuda o como soltera, siempre era rechazada cuando la verdad llegaba a ser descubierta. Joven, atractiva y gozando en apariencia de una sombra de independencia, eran causas suficientes para envenenar las conversaciones y para que me repudiase una sociedad que soporta el peso de las cadenas que se ha forjado, y que no perdona a ninguno de sus miembros que trata de liberarse de ellas.

 

La actividad política de Flora Tristán y su compromiso con los movimientos obrero y feminista propician su obra La Unión Obrera (1843). Fue Flora Tristán una de las primeras reporteras de la miseria: denunció y abogó por la abolición de la esclavitud en los continentes africano y americano y denunció la situación de los colectivos sociales pobres británicos, en pleno desarrollo del incipiente capitalismo, asegurando que era peor, por infrahumano, al sistema esclavista. Flora supo mirar y denunciar todas las formas de explotación, de exclusión, de sumisión y de miseria, y en sus trabajos habla de las prisiones, los prostíbulos, los asilos .... [43]

 

Flora, como sus antecesoras en el feminismo, une vida, obra y denuncia. En su novela Méphis expresa que todo cuanto ahoga a la mujer o la reduce a sacrificarse es condenable y critica el corsé como artilugio que convierte a la mujer en «una muñequita».Flora pone en práctica sus teorías y no lleva corsé, adelantándose una vez más a su época, pues hasta 1912 no desaparecerá en un desfile de modas esta prenda que «mejoraba la figura femenina» eso sí, a costa de dificultar la respiración.

 

En Unión Obrera, Flora propone ideas para mejorar «la situación de miseria a ignorancia le los trabajadores»: la unión universal de los obreros y las obreras ‑de hecho, se la considera precursora del internacionalismo‑ o la construcción de edificios que ella llama «Palacios de la Unión Obrera» que casi parecen un embrión del estado del bienestar: «En ellos se educaría a los niños de ambos sexos, desde los 6 a los 18 años, y se acogería a los obreros lisiados o heridos y a los ancianos...»[44] Flora Tristán habla y escribe en masculino y en femenino ‑«a los obreros y a las obreras»‑y en Unión Obrera lo explica en su capítulo titulado «Por qué menciono a las mujeres»[45]. En él describe la horrible situación en la que vivían las trabajadoras ‑aporta información de primera mano, la Flora reportera aparece a lo largo de todo el capítulo‑, y asegura que si no se educa a las mujeres es porque económicamente es muy rentable para la sociedad:

 

En lugar de enviarla a la escuela, se la guardará en casa con preferencia sobre sus hermanos, porque se le saca mejor partido en las tareas de la casa, ya sea para acunar a los niños, hacer recados, cuidar la comida, etc. A los doce años se la coloca de aprendiza: allí continuará siendo explotada por la patrona y a menudo también maltratada como cuando estaba en casa de sus padres. [46]

 

Flora Tristán defiende que «en la vida de los obreros la mujer lo es todo»[47]y por eso les insta a que hagan suya la lucha por la igualdad:  

 

A vosotros obreros, que sois las víctimas de la desigualdad de hecho y de la injusticia, a vosotros os toca establecer, al fin, sobre la tierra el reino de la justicia y de la igualdad absoluta entre el hombre y la mujer.[48]

 

FEMINISMO Y MARXISMO: UN MATRIMONIO MAL AVENIDO

 

Hay socialistas que se oponen a la emancipación de la mujer con la misma obstinación que los capitalistas al socialismo. Todo socialista reconoce la dependencia del trabajador con respecto al capitalista [...] pero ese mismo socialista frecuentemente no reconoce la dependencia de las mujeres con respecto a los hombres porque esta cuestión atañe a su propio yo.[49]

 

Son palabras de August Bebel, el hombre que procuró desarrollar las tesis marxistas sobre la «cuestión femenina». Con el socialismo se inaugura una nueva corriente de pensamiento dentro del feminismo. Y a mediados del siglo XIX comenzó a imponerse en el movimiento obrero el socialismo de inspiración marxista. La atracción inicial entre marxismo y feminismo fue mutua. Ambas son teorías críticas, que contemplan la realidad con disgusto y que todo lo que tocan, lo politizan. Por ejemplo, cuando el marxismo habla de clase social o plusvalía está politizando la realidad y poniendo las bases del sindicalismo internacional. El feminismo igual: cuando habla de acoso sexual o feminización de la pobreza está haciendo política.

 

El feminismo, en cuanto nace el marxismo, establece relación con él porque es la primera teoría crítica de la historia que contempla las relaciones humanas en clave de dominación y subordinación, lo mismo que el feminismo... con una diferencia. El marxismo no tiene ninguna capacidad explicativa para analizar otro sistema de dominación: el patriarcado, la dominación de los hombres sobre las mujeres. De ahí que se sientan próximos y, al mismo tiempo, polemicen constantemente.[50]

 

Así, tanto Marx como Engels describen la opresión de la mujer como una explotación económica. A Marx, la emancipación de las mujeres no le lleva ni tiempo ni espacio en su obra y, cuando lo trata, tan sólo es un apéndice de la emancipación del proletariado. Engels sí lo intentó y fruto de sus esfuerzos es la obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En ella, Engels señaló que el origen de la sujeción de las mujeres no estaría en causas biológicas, la capacidad reproductora o la constitución física, sino sociales. En concreto, en la aparición de la propiedad privada y la exclusión de las mujeres de la esfera de la producción social. Según este análisis, la emancipación de las mujeres irá ligada a su independencia económica.[51]

 

Bebel estimuló más que Marx y Engels la igualdad de derechos y el sufragio femenino aunque no llegó a dar el paso definitivo sobre la libertad de las mujeres. Aseguraba que en la futura sociedad socialista, las mujeres realizarían tareas adaptadas a sus capacidades, pero insistía mucho en que serían distintas de las de los hombres. Y es que Bebel tampoco se distanciaba demasiado de la idea aceptada socialmente sobre lo que eran y debían ser las mujeres y defendía que éstas estaban adaptadas por naturaleza a la maternidad y la crianza de los hijos y que, de hecho, las mujeres eran impulsivas y emocional y físicamente no eran aptas para el trabajo manual pesado, que destruía su «feminidad».[52]

 

Así que quien realmente puso las bases para un movimiento socialista femenino fue la alemana Clara Zetkin (1854‑1933) quien dirigió la revista femenina Igualdad y organizó una Conferencia Internacional de Mujeres en 1907 que se mantiene viva hasta hoy ‑aunque en 1978 cambió el nombre por el de Internacional Socialista de Mujeres ‑. En aquella primera Conferencia liderada por Zetkin se reunieron 58 delegadas de países europeos pero también de otras regiones del mundo como India o Japón.

 

Zetkin fue una activa militante comunista que tuvo mucha más importancia en la práctica que en la teoría feminista. Escribió sobre todo conferencias y panfletos, ya que su intención era persuadir a las masas, hacer una tarea de educación y proselitismo.[53]

 

Explica Ana de Miguel que para Zetkin, los problemas de la proletaria no tenían nada que ver con sus maridos ni con los hombres de su misma clase social, los obreros. Los problemas de las mujeres proletarias sólo tenían que ver con el sistema capitalista y la explotación económica. Sin embargo, la activista socialista defiende el apoyo a las reivindicaciones del movimiento feminista burgués, especialmente el derecho al voto. Y para ella, la aportación fundamental que hace el marxismo a las mujeres es defender que éstas deben entrar en el sistema de producción. Pero, como ya admitía Bebel, esto no era ni mucho menos compartido en las filas del movimiento obrero. De hecho, Clara Zetkin tuvo problemas incluso dentro de su propio partido como demuestra una regañina de Lenin que no tiene desperdicio:

 

Clara, aún no he acabado de enumerar la lista de vuestras fallas. Me han dicho que en las veladas de lecturas y discusión con las obreras se examinan preferentemente los problemas sexuales y del matrimonio. Como si éste fuera el objetivo de la atención principal en la educación política y en el trabajo educativo. No pude dar crédito a esto cuando llegó a mis oídos. El primer estado de la dictadura proletaria lucha contra los revolucionarios de todo el mundo... ¡Y mientras tanto comunistas activas examinan los problemas sexuales y la cuestión de las formas de matrimonio en el presente, en el pasado y en el porvenir! [54]

 

Fue Heidi Hartmann quien describió la relación entre marxismo y feminismo como un matrimonio mal avenido, [55] pero son muchas las autoras que hablan de ello. De hecho, a pesar de la buena voluntad de Bebel, el divorcio entre sufragismo y socialismo en Europa a finales del siglo XIX era patente. Es cierto que tenían reivindicaciones comunes ‑ educación, mejoras en el trabajo, igualdad de salarios, derecho al sufragio ‑, pero las estrategias políticas eran muy distintas. Todo ello, a pesar de los esfuerzos y la sagacidad de Zetkin para integrar a las mujeres dentro del partido con la Internacional Socialista de Mujeres. [56]

 

Quedaba claro que la «cuestión de la mujer» era más compleja que lo que los marxistas clásicos habían señalado. Sólo diciendo que la mujer estaba oprimida y que la causa de esa opresión era el sistema capitalista, como hacían Marx y Engels, ni se solucionaba nada, ni se llegaba al centro del problema y, además, las socialistas tenían dudas de fidelidad entre la ortodoxia de su partido y los intereses específicos de las mujeres. [57]

 

Así se desarrolló un feminismo de clase, socialista y comunista, junto al feminismo de las sufragistas y en ocasiones fren­te a él. Cuando las feministas socialistas tratan de empujar a sus camaradas a llevar sus promesas a la práctica, entonces sufren las ambivalencias y los conflictos. En ciertos momentos, inclu­so, las mujeres socialistas no se atreven a insistir demasiado en sus objetivos feministas por temor a perjudicar la causa so­cialista. Las mujeres continuaban siendo «la causa aplazada». Ahora, también por los marxistas para quienes lo importante era la revolución del proletariado y no la de las mujeres. Daban por hecho que, conseguida la primera, conseguida la segun­da. Muchas mujeres sospechaban que no sería así tras tantas traiciones acumuladas ya a esas alturas. La historia les daría la razón.

 

ALEJANDRA KOLLONTAL LA MUJER NUEVA

 

Fue Alejandra Kollontal quien dio un paso más allá dentro del marxismo y sus ideas se acercaron mucho a lo que sería el feminismo radical de los años setenta.

 

Aunque mi corazón no aguante la pena de perder el amor de Kollontal, tengo otras tareas en la vida más importantes que la felicidad familiar. Quiero luchar por la liberación de la clase obrera, por los derechos de las mujeres, por el pueblo ruso.[58]

 

Es la carta que Alejandra Kollontai le escribe a su amiga Zoia desde el tren que la aleja de su noble y rica familia rusa, de su marido ‑ su primo, ingeniero joven y sin fortuna con el que se había casado por amor ‑, y de su hijo, rumbo a Zúrich para proseguir sus estudios marxistas en la universidad de la ciudad suiza. Kollontai había nacido en 1872 y cuando inicia ese primer viaje tiene 26 años. Ya no pararía. De vuelta a San Petersburgo ingresó en el partido socialdemócrata, en la facción menchevique, legal en aquellos momentos, Kollontai trabajaría como escritora y propagandista a favor de la clase obrera pero también ella comprobó el poco interés del partido por la liberación de las mujeres. Así que, como señala Ana de Miguel, asumió la doble misión que marcaría su vida: luchar contra el potente movimiento feminista de su época intentando atraer a las feministas al Partido y, al mismo tiempo, contra la indiferencia de la clase obrera y sus dirigentes por la opresión específica de las mujeres.[59]

 

Kollontai abrió en 1907 el primer Círculo de Obreras y al año siguiente tuvo que huir de Rusia. Hasta 1917 vive exiliada en Europa y Estados Unidos, cuando regresa a Rusia, forma parte del primer gobierno de Lenin como Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública. Tres años después, se une a la Oposición Obrera, mostrando así sus discrepancias con la .Nueva Política Económica de Lenin. A partir de 1922 es enviada la delegación diplomática de Oslo. Desde entonces, no deja de recorrer embajadas. La fuerza de Kollontai era tal que aún a pesar de sufrir una apoplejía en 1942, durante tres años dirijio la delegación diplomática de Oslo en silla de ruedas. Kolloantai murió en 1952 en Moscú, pero unos años antes llegó a ser candidata al Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para fin a la guerra ruso‑finlandesa.

 

Lo más significativo de su discurso fue hacer suya la idea de que para construir un mundo mejor, además de cambio en la economía, tenía que surgir el hombre nuevo. Así, defendiendo el amor fibre, igual salario para las mujeres, la legalización del aborto y la socialización del trabajo doméstico y del cuidado de los niños, pero, sobre todo, señaló la necesidad de cambiar la vida íntima y sexual de las mujeres. Para Kollontai, era necesaria la mujer nueva que, además de independiente económicamente, también tenía que serlo psicológica y sentimentalmente.

 

Por estas razones, para muchas expertas como Ana de Miguel, Alejandra Kollontai fue quien articuló de forma más racional y sistemática feminismo y marxismo. Porque Kollontai no se limitó a incluir a la mujer en la revolución socialista, sino que definió qué tipo de revolución necesitaban las mujeres. Para ella, abolir la propiedad privada y que las mujeres se incorporaran al trabajo fuera de casa no era suficiente ni mucho menos. La revolución que necesitaban las mujeres era la revolución de la vida cotidiana, de las costumbres y, sobre todo, de las relaciones entre los sexos. Rotunda, para Kollontai no tiene sentido hablar de un «aplazamiento» de la liberación de la mujer, en todo caso, habría que hablar de un aplazamiento de la revolución. Con estas ideas, claro está, Kollontai tuvo muchos enfrentamientos con sus camaradas varones que negaban la necesidad de una lucha específica de las mujeres.[60] Como anécdota, en el local donde se iba a celebrar la primera asamblea de mujeres que Kollontai convocó, apareció el siguiente cartel:

 

«La asamblea sólo para mujeres se suspende, mañana asamblea sólo para hombres.»[61]

 

EMMA GOLDMAN: MUJERES LIBRES

 

La arrestaron tan a menudo que cada vez que hablaba en público llevaba consigo un libro para leer en la cárcel. Era Emma Goldman y su delito doble: ser anarquista y feminista, orgullosa representante de las mujeres que se autodesignabar «mujeres libres». Y eso que no fue el anarquismo un movimiento que teorizara sobre los derechos de las mujeres: incluso su máximo representante, Pierre J. Proudhom defendié posturas antiigualitaristas. Sin embargo, dentro del anarquismo fueron muchas las «mujeres libres» que como Goldmar trabajaron y defendieron la igualdad. Consideraban que la libertad era el principio de todo y que las relaciones entre los sexos tenían que ser absolutamente libres. Siempre se mantuvieron en tierra de nadie. Por un lado, como estaban en contra de la autoridad y del Estado, quitaban importancia a la reivindicación de las sufragistas sobre el derecho al voto, y por otro para ellas, la propuesta comunista que el Estado regulara la procreación, la educación y el cuidado de los niños, era un idea, cuanto menos, peligrosa. [62]

 

Goldman había nacido en 1869 en un gueto de la Rusia, zarista, murió en 1940 en Canadá y fue enterrada en Chicago. Escapó de su país hacia Estados Unidos huyendo de «la pesadilla de mi infancia» ‑ como se refería a su padre y a los golpes que le propinaba ‑. También abandonó en esa huida un matrimonio que su padre le había amañado cuando tenía 15 años. A esa edad, Goldman ya llevaba dos años trabajando en una fábrica donde se había sumado al feminismo de las mujeres revolucionarias que alli conoció. En Estados Unidos encontró trabajo en otra fábrica, se volvió a casar ‑ y divorciar al poco tiempo ‑, con un compañero inmigrante y comenzó a interesarse por el anarquismo. A partir de entonces, en sus discursos y escritos, Emma siempre unirá anarquismo y feminismo.

 

El desarrollo de la mujer, su libertad, su independencia  deben surgir de ella misma y es ella quien deberá llevarlo; a cabo. Primero, afirmándose como personalidad y no como una mercancía sexual. Segundo, rechazando el derecho que cualquiera pretenda ejercer sobre su cuerpo; negándose a engendrar hijos, a menos que sea ella quien los desee; negándose a ser la sierva de Dios,  del Estado, de la sociedad, de la familia...[63]

 

El 28 de marzo de 1915, ante una audiencia mixta de seiscientas personas en el Sunrise Club de Nueva York, Goldman explicó, por primera vez en toda América, cómo se debía usar un anticonceptivo.[64] Relata Amparo Villar que fue arrestada de inmediato y, después de un juicio tormentoso y sensacional, se le dio a elegir entre pasar quince días en un taller penitenciario o pagar una multa de cien dólares. Eligió la cárcel y la sala entera la aplaudió. Desde los medios de comunicación se escribieron cosas como: «Emma Goldman fue enviada a prisión por sostener que las mujeres no siempre deben mantener la boca cerrada y su útero abierto.»

 

Goldman mantenía que, para las mujeres, el cambio no vendría de reformas como el derecho al voto. Para ella, lo importante era una revolución que surgiera de las propias mujeres, no tanto de la conquista del poder como de la «liberación» del peso de los prejuicios, las tradiciones y las costumbres. Su feminismo estaba mucho más próximo al de la década de los setenta que al de sus propias contemporáneas ya que su análisis sobre la condición oprimida de las mujeres se centraba en el problema sexual. Para Goldman, éste era el arma más importante que la sociedad esgrimía contra la mujer. Emma fue encarcelada durante dos años y deportada tras la Primera Guerra Mundial por sus denuncias del conflicto bélico y dedicó el resto de su vida a combatir por el anarquismo, primero en Rusia contra los bolcheviques y después en España, durante la Guerra Civil.

 

MORIR DE ÉXITO: EL VACÍO DE ENTREGUERRAS

 

Las inglesas consiguieron el voto tras la Primera Guerra Mundial (1914‑1917). En ese mismo año, 1917, comienza la Revolución rusa. Cuando acabó la guerra se produjo el desmoronamiento del Imperio austro‑húngaro (Alemania, Austria, Checoslovaquia y Polonia), lo que trajo reformas muy progresistas, el voto femenino entre ellas. En realidad, todo el orden europeo se descalabró antes de la Segunda Guerra Mundial (1939‑1945). Cuando ésta concluyó, en la mayoría de las naciones desarrolladas y en aquéllas donde se habían dado los procesos de descolonización, el voto de las mujeres era una realidad.

 

Pero el periodo de entreguerras ya está marcado por la decadencia del feminismo. Conseguidos los objetivos, derecho al voto y a la educación superior, muchas mujeres abandonaron la militancia. Otras continuaron trabajando, fundamentalmente en los problemas económicos y las reformas de las leyes de la infancia y la maternidad. Como explica Alicia Miyares, las feministas no pudieron competir con los partidos políticos en un sistema tan institucionalizado. Además, con el triunfo del bolchevismo en la Revolución de Rusia y Europa Central, el «miedo rojo» se extendió entre las clases medias de muchos países y las feministas se vieron afectadas, acusadas de ser subversivas.

 

A todo esto hay que sumarle que la natalidad estaba descendiendo desde los primeros años del siglo XX. De esa caída, los paises industrializados, se culpabilizó a la independencia  y de mayor de las mujeres. A las feministas se las acusaba de socavar los cimientos de la nación y destruir a la familia. [65]  El hecho fue que durante décadas, al feminismo se le dio por muerto.

 

La segunda ola estaba concluyendo. Fue Simone de Beauvoir, concretamente su libro El Segundo Sexo, quien puso la base teórica para una nueva etapa.

 

SIMONE DE BEAUVOIR: < NO SE NACE MUJER, SE LLEGA A SERLO»

 

El segundo sexo hizo feminista a la mismísima Simone de Beauvoir. Cuando la filósofa francesa publicó este libro, en 1949, ni se consideraba feminista, ni albergaba ninguna intención política ni reivindicativa con él. A esas alturas de su vida ‑Simone de Beauvoir tenía 41 años‑, ya era una mujer conocida y reconocida tanto como filósofa como por escritora.

 

Nacida en París en 1908, había sido una joven brillante ‑su padre solía decir de ella que «tenía la inteligencia de un hombre»‑.[66] Esa inteligencia le hizo acabar sus estudios con precocidad y poder independizarse muy joven de su familia. Cuando Simone tenía 21 años y estaba preparando sus últimos exámenes ‑ se licenció en Filosofía en la Sorbona ‑, conoció a Sartre, el padre del existencialismo, que era apenas tres años mayor que ella y también estaba estudiando para el examen de fin de carrera que había suspendido el año anterior.[67] Simone y Sartre desde entonces mantendrán una relación peculiar ‑que le valió no pocas críticas a Simone, incluso desde algunos sectores del feminismo, que la consideraban supeditada a él‑. Esa relación duró hasta la muerte del filósofo aunque nunca se casaron ni vivieron bajo el mismo techo.[68]

 

Explica la propia Simone en su autobiografía que, hablando con mujeres que habían cumplido los 40 años, todas tenían el sentimiento de haber vivido como «seres relativos», lo que le hizo pensar en las dificultades, las trampas y los obstáculos que la mayoría de las mujeres encuentran en su camino.[69] Así, cuando cumplió los 40 y sintió ganas de escribir sobre ella misma, antes de hacerlo, se planteó la pregunta de «¿qué ha supuesto para mí el hecho de ser mujer?» Al principio, se respondió que nada: «Nunca había tenido sentimientos de inferioridad por ser mujer. [...] La feminidad nunca había sido una carga para mí.» Simone reconoce que al hablarlo con Sartre, éste le indicó que no había sido educada como un hombre, lo que le hizo volver a plantearse la cuestión.[70]

 

De ese «replanteamiento» nace El Segundo Sexo, un libro que consta de dos tomos ‑el primero titulado «Los hechos y los mitos» y el segundo «La experiencia vivida»‑, y que constituye uno de los textos clásicos del feminismo. Aún más. Para Celia Amorós, buena parte del feminismo de la segunda mitad del siglo XX, o todo, puede ser considerado comentarios o notas a pie de página de El Segundo Sexo y para Teresa López Pardina este famoso ensayo marca un hito en la historia de la teoría feminista. No sólo porque vuelve a poner en pie el feminismo después de la Segunda Guerra Mundial, sino porque es el estudio más completo de cuantos se han escrito sobre la condición de la mujer.[71]

 

Efectivamente, cuando Simone de Beauvoir escribe El Segundo Sexo el feminismo estaba desarticulado, parecía que no unía ya razón de ser, una vez conseguidos los objetivos del sufragismo. Explica Amelia Valcárcel que por eso nunca se sabe dónde colocar esta obra, si como colofón del sufragismo o como  pionera de la tercera ola del feminismo. Quizá ahí reside su éxito. Simone de Beauvoir no escribe para un público militante, su libro no es una obra de consignas, sino «un trabajo explicativo sin pausas».[72] Simone comparte con las sufragistas una gran paciencia, pero lejos de reivindicar, como había hecho el feminismo hasta entonces, la filósofa explica y.. convence.Aunque no inmediatamente. El ensayo no fue demasiado reconocido en Francia hasta que, traducido al inglés, las feministas norteamericanas se entusiasmaron con él. En poco tiempo se vendieron dos millones de ejemplares y se tradujo a otros dieciséis idiomas. Convenció hasta a la propia Beauvoir, que cuando escribió el libro hablaba de las mujeres como «ellas» pero que en los años siguientes, según fue recibiendo cartas de lectoras de todo el mundo dándole las gracias y contándole sus experiencias, cambió de idea. [73]Así fue cómo El segundo sexo hizo feminista a su propia autora.

 

Pero ¿qué dice El segundo sexo? En este libro se recoge buena parte de los temas que el feminismo trabajará desde entonces y hasta la actualidad. Simone expone la teoría de que la mujer siempre ha sido considerada la otra con relación al hombre sin que ello suponga una reciprocidad, como ocurre en el resto de los casos. Por ejemplo, si para un pueblo los otros son los «extranjeros», para esos «extranjeros», los otros serán quienes les llaman así. Es decir, el sentimiento de los otros es recíproco. Con la mujer no ocurre eso. El hombre en ningún caso es el otro. Todo lo contrario, el hombre es el centro del mundo, es la medida y la autoridad ‑ esta idea será la que el feminismo posterior llame androcentrismo: el varón como medida de todas las cosas‑. Beauvoir utiliza la categoría de otra para describir cuál es la posición de la mujer en un mundo masculino porque es un mundo donde son los hombres los detentadores del poder y los creadores de la cultura. Esa categoría es universal puesto que está en todas las culturas. Las mujeres son consideradas otras por los varones sin connotación de reciprocidad. [74] El segundo sexo ve el mundo dominado por los varones como generador de mala fe, donde las libertades ‑las de las mujeres, al menos‑ no tienen su oportunidad. [75]

 

Simone de Beauvoir llega a la conclusión de que la mujer ha de ser ratificada por el varón a cada momento, el varón es lo esencial y la mujer siempre está en relación de asimetría con él. [76]  Y desarrolla el concepto de la heterodesignación ya que considera que las mujeres comparten una situación común: los varones les imponen que no asuman su existencia como sujetos, sino que se identifiquen con la proyección que en ellas hacen de sus deseos.[77] Pero la filósofa no se queda ahí. Todo el primer volumen del ensayo es una investigación sobre estos conceptos. Y con ella, también inaugura una forma de trabajar que será característica del feminismo de la tercera ola, el carácter interdisciplinar del mismo. El feminismo posterior ya no se dedicará sólo a la reivindicación sino que indagará en todas las ciencias y disciplinas de la cultura y el conocimiento como hizo Simone de Beauvoir. Para llegar a las conclusiones del primer volumen, la filósofa estudia las ciencias naturales y humanas: biología, psicología, materialismo histórico..., y luego hace un recorrido por la historia de Occidente y por los mitos de la cultura. Su conclusion es que no hay nada biológico ni natural que explique esa subordinación de las mujeres, lo que ha ocurrido es que la cultura ‑ desde la Edad del Bronce ‑ dio más valor a quien arriesgaba la vida  ‑‑ que es lo que hacían los hombres en las guerras y conquistas de nuevos territorios ‑ que a quienes la daban ‑  que es lo que hacían las mujeres con supoder de concebir. [78]

 

Después de este trabajo de análisis a investigación del primer volurnen, el segundo se inicia con la famosa frase «No se nace mujer, se llega a serlo.» Porque para lafósofa «se trata de saber lo que la humanidad ha hecho con la hembra humana».[79] Ésta es la base sobre la que el feminismo posterior construirá la teoría del género. Desde Poulain de la Barre hasta Wollstonecraft o Harriet Taylor ya habían hecho hincapié en que no hay nada biológico que justifique la discriminación de las mujeres y que una cosa era el sexo ‑‑ diferencias biológicas ‑ y otra lo que la cultura decía que tenían que ser y cómo comportarse un hombre y una mujer. Ninguno lo había expuesto de manera tan profunda, sencilla y resumida como lo haría Beauvoir: «No se nace mujer, se llega a serlo.» La filósofa insiste en separar naturaleza de cultura y profundiza en la idea de que el género es una construcción social ‑aunque ella aún no utilice la palabra género.

 

Para Valcárcel, la excepcionalidad de Beauvoir surge de su potencia filosófica: una combinación exitosa de existencialismo, hegelianismo y filosofía de la sospecha[80]  y por lo que Beauvoir pasa a la historia y será siempre digna de alabanza es precisamente por su valentía al declarase mujer sujeta a todos y los mismos lazos y cadenas que humillan a las demás.[81]  En la segunda parte, La experiencia vivida, se muestra cómo viven las mujeres su papel de otras desde la infancia hasta la vejez; cómo se sienten vivir «a partir de lo que otros han hecho de ellas». Al final de Hacia la libertad, se citan las vías para alcanzar la liberación. Los primeros requisitos, según Beauvoir, son la independencia económica y la lucha colectiva. Lo fundamental, antes que ninguna otra cosa, haber sido educada para la autonomía.[82]

 

Quizá lo más fascinante de Simone de Beauvoir tras haber escrito El segundo sexo sea su propio descubrimiento al verse como un eslabón más dentro de la larga cadena de la tradición feminista.

 

De hecho, el primer tomo se abre con dos citas. La primera corresponde a Pitágoras: «Hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer»; y la segunda... a Poulain de la Barre:  «Todo cuanto ha sido escrito por los hombres acerca de las mujeres debe considerarse sospechoso, pues ellos son juez y parte a la vez.»

 

El poso de El segundo sexo cala a lo largo de los años cincuenta y se convierte en un libro muy leído por la nueva generación feminista, la constituida por las hijas, ya universitarias, de las mujeres que obtienen después de la Segunda Guerra Mundial el voto y los derechos educativos. [83]Hijas universitarias que serán quienes inicien la tercera ola del feminismo.



[1] NASH, Mary, op. cit., pág. 81

[2] ROSSI, Alice S., The Feminist Papers, Bantam Books, Nueva York, 1973, citado en SÁNCHEZ, Cristina, op. cit., pág. 36.

[3] NASH, Mary y TAVERA, Susana, Experiencias desiguales: Conflictos

sociales  y respuestas colectivas, (Siglo XIX), Síntesis, Madrid,1994, pág. 66,

citado en SÁNCHEZ, Cristina, op. cit., pág. 39.

[4]SALAS, María, «Una mirada sobre los sucesivos feminismos», en http:///www.nodo50.org/mujeresred/feminismo.

[5] MILLETT, Kate, Política sexual, Cátedra, Madrid, 1995, pág. 159.

[6] Ver en Anexos el texto completo de la Declaración de Seneca Falls.

[7] OZIELBO, Bárbara, Un siglo de lucha. La consecución del voto femenino en Estados Unidos, Biblioteca de Estudios sobre la Mujer, Diputación provincial de Málaga, 1996, citado en BOSCH, E., FERRER, V., RIERA, T. y ALBERDI, R., Feminismo en las aulas, Universitat de les Illes Balears, Palma, 2003, pág. 68

[8] NASH, Mary, op. cit., pig. 81.

[9] Ibídem, pág. 82.

[10]MIYARES, Alicia, 1848: El manifiesto de Seneca Falls, Revista Leviatán, n.° 75, Madrid, primavera 1999, págs. 135‑158, en la red http:// www.creatividadfeminista.org/articulos/2004.

[11] MIYARES, Alicia, «sufragismo» en AMORÓS, Celia (coord.), Historia de la Teoría Feminista, op. cit., págs. 74‑75.

[12] VALCÁRCEL, Amelia, La memoria colectiva y los retos del feminismo, op. cit., pág. 17.

[13]MILLETT, Kate, op. cit., pág.149.

[14]FRIEDAN, Betty, La mística de la feminidad, Ediciones Sagitario, Barcelona, 1965, pág. 108.

[15]MIYARES, Alicia, Sufragismos, op. cit., pág. 76.

[16]Citado en SALAS, María, op. cit.

[17]Ibldem.

[18] ROSS WYLIE, Ida Alexis, «The Little Woman», Harper's Magazi­ne, noviembre 1945, citado en FRIEDAN, Betty, La mística de la feminidad, op. cit., pág.117.

[19] DE MIGUEL, Ana, Feminismos, op. cit., pág. 226. 20. SANCHEZ, Cristina, op. cit., págs. 46‑48.

[20] SÁNCHEZ , Cristina, po.cit., pág 226.

[21] SCHENEIR, Miriam, Feminism, the essential historical Writings, Vintage books, Nueva York, 1972, pág. 94, en SÁNCHEZ Cristina, po.cit., pág 47.

[22]Ibídem.

[23]DE MIGUEL, Ana, Deconstruyendo la ideología patriarcal, en AMORÓS, Celia (coord.), Historia de la teoría feminista, op. cit., pág. 52.

[24]Citado en DE MIGUEL, Ana, ibídem pág. 51, citado a su vez de ROSSI, Alice S., Sentimiento e intelecto. La historia de John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill en John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill Ensayos sobre la igualdad sexual, Península, Barcelona, 1973, pág. 84.

[25] Evans, Richard J., Las Feministas. Los movimientos de emancipación de la mujer en Europa, América y Australia, (1840‑1920), Siglo XXI, Madrid, 1980, págs. 15‑16.

[26]CAMPILLO Neus, Introducción, en MILL, John Stuart y TAYLOR MILL, Harriet, Ensayos sobre la igualdad sexual, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 2001, pág. 11.

[27] MILL, John Stuart, Autobiografía, Espasa‑Calpe, Madrid, citado en MILL, J.S. y TAYLOR MILL, H. op. cit., de la introducción de Neus Campi­Do, pág.14.

[28] CAMPILLO Neus, op. cit., pág. 15.

[29]Ibídem, pág. 21.

[30]Ibídem, pág. 23.

[31]Ibídem, pág. 40.

[32]Ibídem, pág. 35.

[33]Ibídem, págs. 44‑45.

[34]Ibídem, págs. 63‑65

[35]DE MIGUEL, Ana, Deconstruyendo la ideología patriarcal, op. cit., págs. 55‑56.

[36] VALCÁRCEL, Amelia, La memoria colectiva y los retos del feminismo, op. cit., pág. 15.

[37]SANCHEZ, Cristina, citando a SCOTT, Joan, en Historia de las Mujeres: El siglo XIX, DUBY, Georges y PERROT, Michelle (dirs.), Taurus, Madrid,1993, págs. 405 y ss.

[38]TRISTÁN, Flora, Unión Obrera, en DE MIGUEL, Ana y ROMERO, Rosalía, Feminismo y socialismo. Flora Tristán. Antología, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2003, pág. 8.

[39] DE MIGUEL, Ana, El conflicto clase/sexo‑género en la tradición socialista en Historia de la teoría feminista, op. cit., pág. 89.n Cristina Sánchez, op. cit., pág. 57.

[40]ROWBOTHAM, Sheila, «The Women's Movement and Organizing for Socialism» en ROWBOTHAM, S., SEGAL, L. y WAINWRIGHT, H. (eds.), Beyond Fragments. Feminism and the Making of Socialism, Merlin Press, Londres, 1979, citado en SÁNCHEZ Cristina, po.cit., pág 57

[41]TRISTÁN, Flora, Peregrínaciones de una paría, trad. de E. Romero del Valle, Istmo, Madrid,1986, pág. 13.

[42] DE MIGUEL, Ana y ROMERO, Rosalía, op, cit., pág. 15.

[43] Ibídem, págs. 11‑12.

[44]BLOCH‑DANO, Evelyne, Flora Tristán, la mujer mesias, Maeva, Madrid, pág. 212, citado en DE MIGUEL, Ana y ROMERO, Rosalía, op. cit., pág.17.

[45] DE MIGUEL, Ana y ROMERO, Rosalía, op. cit., pág. 41.

[46] Ibídem, pág. 54.

[47] Ibídem, pág. 53.

[48] Ibídem, pág. 66.

[49]ROWBOTHAM, Sheila, Feminismo y revolución, Debate, Madrid, 1978 pág. 188,

[50]COBO, Rosa, entrevista con la autora, julio 2004.

[51]DE MIGUEL, Ana, Feminismos, op. cit., pág. 232.

[52] MIYARES, Alicia, Sufragismo, op. cit., pág. 81.

[53] DE MIGUEL, Ana, El conflicto clase/sexo‑género en la tradición socialista pág. 93

[54]LENIN, V I., «La emancipación de la mujer», Akal, 1974, pág. 101, citado en DE MIGUEL, Ana, op. cit. págs. 95‑96.

[55]HARTMANN, Heidi, «Un matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo», en Zona Abierta, n.° 24,1980, págs. 85‑113.

[56]SÁNCHES, Cristina, op. cit., pág. 62. 57. Ibídem.

[57] 57. Ibídem.

[58]KOLLONTAI, Alejandra, Memorias, Debate, Madrid,1979, citado en DE MIGUEL, Ana, Alejandra Kollontai (1872‑1952), Ediciones del Orto, Biblioteca de Mujeres, Madrid, 2001, pág. 16.

[59] Ibídem.

[60] DE MIGUEL, Ana, El conflicto clase/ sexo‑género en la tradición socialista, op. cit., pág. 96.

[61] DE MIGUEL, Ana, Alejandra Kollontai (1872‑1952), op. cit., pág. 17.

[62] DE MIGUEL, Ana, Feminismos, op. cit., pág. 235.

[63] Citado en VILLAR, Amparo, Andra, julio‑agosto de 2002.

[64]Ibídem, pág. 28.

[65]MIYARES, Alicia, «Sufragismo», en AMORÒS, Celia (coord.), Historia de la teoría feminista, op. cit., pág. 85.

[66] LÓPEZ PARDINA, Teresa, Simone de Beauvoir (1908‑1986), Ediciones del Orto, Biblioteca Filosófica, Madrid, 1999, pág. 18.

[67] Ibídem, pág. 15.

[68] Ibídem, pág. 22.

[69] (sic…)

[70]Ibídem,  pág. 110. s

[71] Ibídem,  pág. 109.

[72]VALCÁRCEL, Amelia, 50 aniversario de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, Tertulia Feminista Les Comadres, Gijón, 2002, pág. 91.

[73]LóPEZ PARDINA, Teresa, Simone de Beauvoir (1908‑1986), op. cit.,

pág.14.

[74] Ibídem, pág. 41.

[75] AMORÓS, Celia, Tiempo de feminismos, op. cit., pág. 385.

[76]LÓPEZ PARDINA, Teresa, Simone de Beauvoir (1908‑1986), op. cit., pág. 42.

[77] AMORÓS Celia, op. cit., pág. 383

[78] LÓPEZ PARDINA, Teresa, Simone de Beauvoir (1908‑1986), op. cit., pág. 43.

[79] VALCÁRCEL, Amelia, 50 aniversario de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, op. cit., pág.

[80] Ibídem, pág. 89.

[81] Ibídem, pág. 90.

[82] LÓPEZ PARDINA, Teresa, op. cit., págs. 43‑44. 

[83] VALCÀRCEL,Amelia, op.cit.,pág.95