El lenguaje en las aulas mantiene invisible
a las mujeres. La educación formal es una de las herramientas
fundamentales para reproducir o corregir las desigualdades, por ello el aula
constituye el espacio donde se aprenden, perpetúan o transforman las relaciones sociales entre los hombres y las mujeres (Martha Gutiérrez)
Fuente:http://www.jornada.unam.mx/2005/ago05/050801/informacion/ifr_reportajes.htm;
Suplemento:
Subió a conferencia el 02 de Agosto del 2005
Alerta a profesoras y profesores
El lenguaje en las
aulas mantiene invisibles a las mujeres
* Empecemos por evitar usar el
masculino al referirnos a nosotras mismas
* El uso de la @ no soluciona el problema a nivel oral y menos el ideológico
Martha Gutiérrez Alvarez
La educación formal es una de las herramientas
fundamentales para reproducir o corregir las desigualdades, por ello el aula
constituye el espacio donde se aprenden, perpetúan o
transforman las relaciones sociales entre los hombres y las mujeres. En el
proceso educativo el lenguaje desempeña un papel fundamental en la apropiación
del mundo. Es a través de este último que creamos o negamos real o simbólicamente las cosas y las personas. Además, por ser el
lenguaje una construcción social e histórica que influye en nuestra percepción
de la realidad, cuando una persona habla se expresa tal como piensa.
Las normas gramaticales de nuestro idioma, al utilizar el masculino como genérico referencial para los dos
sexos, han borrado la presencia de lo femenino, disimulándolo y ocultándolo
bajo lo masculino, es decir, la fuerza del lenguaje expresa la sociedad y
también la condiciona, limitando o promoviendo formas
de pensar, actuar e interpretar la realidad.
Pese a que las mujeres nos hemos insertado en el mercado de
trabajo, en gran medida gracias a la conquista de un mayor número de pupitres
en los centros educativos de educación media y superior, no hemos logrado una visibilidad total en el lenguaje. Los rasgos
sexistas del lenguaje, es decir, todas aquellas expresiones del lenguaje y la
comunicación humana que invisibilizan a las mujeres, las
subordinan, o incluso, las humillan y estereotipan, no se adecuan a la realidad social, que exige la equidad para ambos
sexos y el reconocimiento de lo que las mujeres somos, hacemos y podemos
aspirar.
A lo largo del proceso de aprendizaje, las palabras,
ejemplos y actitudes de quienes participan en él nos ofrecen diferentes roles sociales y funciones laborales que pueden
guiar nuestro futuro, lo cual no significa que se haga en igualdad o equidad de
oportunidades para ambos sexos. La utilización del lenguaje influye en las
oportunidades educativas que brinda el profesorado al
alumnado, afecta la relación entre ambos y fomenta o resta oportunidades. La
fuerza de las palabras es poderosa, lo que se diga, cómo y cuándo se diga,
puede llegar a afectar al mundo mental y afectivo del alumno o alumna.
Basta reflexionar un poco acerca
de la forma como el personal docente se dirige a su alumnado: comúnmente emplea
un lenguaje que nombra más a los estudiantes varones y en menor medida a las
mujeres. De igual manera sucede con las imágenes de los libros de texto,
manuales y otro tipo de material didáctico, en donde
impera una iconografía masculina. Inclusive en carreras donde predominan las
mujeres, la actitud que prevalece, aunque sea de manera atenuada, es la de
otorgar más relevancia a los varones, lo cual los prepara a ocupar puestos de más responsabilidad y estatus.
Sin importar muchas veces quién lo hace, sea un profesor o
una profesora, ya en el salón de clase suele suceder, aunque la mayoría sean
mujeres, que los adjetivos adoptan el género masculino. Inclusive el lenguaje empleado para abordar los contenidos programáticos, las
actividades sugeridas y hasta los valores, hábitos y destrezas que se trasmiten
a través del “currículo oculto” en el aula, no incluyen siempre a las mujeres.
Pese a que ahora se habla de alumnos y alumnas en los discursos políticos, la categoría de género no
traspasa al lenguaje escolar, que nos sigue negando la visibilidad a las
mujeres. Aunque los títulos profesionales incluyen ya la diferencia de género,
el lenguaje pronunciado por el profesorado dentro de
las aulas sigue omitiendo a la mujer. En este sentido me pregunto ¿cómo
identificarse con una profesión si se habla de ella en masculino? ¿cómo imaginarse que se
puede aspirar a una ocupación si desde el salón de clase siempre se utilizan
ejemplos en donde el o la docente excluye la
participación femenina en ella? En ocasiones se justifica la omisión
argumentando que así se ahorra tiempo, trabajo, letras y espacios; en otras, al
escribir se emplea la @, aunque esto no solucione el problema a nivel oral y menos el ideológico que subyace.
Incorporar el enfoque de género en nuestro idioma no se
debe limitar al uso de los artículos "los" y "las" en el
lenguaje, sino ir más allá con el empleo de los verbos de acción como trabajar,
leer, organizar, mandar, etcétera, tanto para el
colectivo masculino como femenino, y evitar los que denotan pasividad o tareas
"feminizadas" como sonreír, lavar, acariciar, llorar, etcétera, sólo
para las mujeres. De igual manera, incluir ejemplos gramaticales, como
adjetivos, que abarquen todas las áreas del saber sin
importar si tradicionalmente han sido para mujeres o
para hombres. Finalmente, si se desconoce el género del sujeto, se pueden
alternar barras o paréntesis, procurando que su uso no sea excesivo.
Resulta por demás evidente la
existencia de jefas, contadoras, administradoras, gerentas, interventoras,
notarias, juezas, médicas, científicas, escritoras, políticas, embajadoras,
gobernadoras, secretarias de Estado, directoras de orquesta, senadoras,
etcétera, y no sólo: “El cuerpo del hombre",
"El trabajo del hombre", "Los derechos del hombre". Por
eso, como un buen comienzo para trabajar el lenguaje de género en el aula,
podemos empezar por evitar que nosotras las mujeres usemos el masculino, tanto
los singulares como los plurales, cuando hablamos
refiriéndonos a nosotras mismas. Evitar también el uso exclusivo del femenino
para las profesiones relacionadas tradicionalmente con ese "rol
femenino". Mostrar que las mujeres tenemos las mismas posibilidades de elección
que los varones y no estereotipar las imágenes de
niñas, muchachas o mujeres adultas o mayores en actividades, profesiones,
deportes, con uso de material, herramienta, equipo o juguetes, relacionados en
exclusiva con el ámbito doméstico, sino también con instrumentos o juguetes más creativos e ingeniosos. Es necesario
también promover la imaginación y la sensibilidad en ambos sexos y presentarlos
en actividades o habilidades equivalentes.
Los recursos didácticos empleados en el aula deberán
ofrecer modelos positivos de mujeres ejerciendo
puestos de responsabilidad: ingenieras, abogadas, directoras de empresas,
diputadas, gerentas, etcétera, para
contrarrestar los lugares comunes existentes. En todo caso, hay que cuidar que
las figuras que representan alguna autoridad
directiva, profesional o política, no sean siempre masculinas, sino que
reflejen un equilibrio entre ambos sexos.
Es importante que el alumnado, en su proceso de
aprendizaje, encuentre ejemplos y ejercicios en sus asignaturas que incluyan
sujetos femeninos y masculinos. Y sobre todo no
utilizar el genérico masculino como englobador de los dos sexos, porque con ello se
sigue ocultando a las mujeres del lenguaje expreso y simbólico. Promover la
utilización de ejemplos en donde aparezcan mujeres y niñas no tradicionales, resolviendo cuestiones importantes o en
actitudes no pasivas. Las ilustraciones del cuerpo humano y su evolución deben
incluir imágenes de cuerpos femeninos y masculinos. Cuando se trate de
instrucciones para la resolución de ejercicios o
exámenes, es preferible redactar directamente la acción: lee, escribe,
reflexiona, etcétera, sin dirigirse solamente a un género.
Recordemos que con el lenguaje oral y escrito también se
hace la equidad de género, no se trata de referirse exclusivamente a uno de los sexos sino de advertir que este mundo está
formado por hombres y mujeres.
Vale la pena reflexionar en que las mujeres sí hemos dejado
constancia de nuestra presencia y nuestros actos en el mundo. Si se quiere
transformar la cultura y promover que deje de ser
sexista; dejemos de reproducir “mujeres invisibles” dentro del aula, y que éste
sea un espacio que incorpore formas de representación incluyentes mediante los
distintos lenguajes.
La autora es pedagoga, sexóloga y
especialista en Educación Alternativa.
Correo electrónico: [email protected]
Fuentes de Información:
1. Red de
Desarrollo Sostenible de Nicaragua - RDS Nicaragua. Guía "on line" para un uso no sexista del
lenguaje.
2. Federación
de Mujeres Progresistas. Guía sobre lenguaje sexista.
3. Ayala, Marta Concepción, Susana
Guerrero y Antonia M. Medina. Manual del Lenguaje Administrativo no sexista.
Editado por Área de la Mujer-Ayuntamiento de Málaga/ Asociación de Estudios
Históricos sobre la Mujer de la Universidad de
Málaga.