El cuerpo y la literatura de mujeres. La palabra de la mujer se constituye desde el
cuerpo en una estrategia de empoderamiento, donde se recrean los discursos de
poder, pero también donde se producen. (Rocío Silva Santisteban)
Fuente: http://www.flora.org.pe/DEBATE.htm
Subió a conferencia el 26
de Agosto del 2005
El cuerpo y la literatura de mujeres
Rocío Silva Santisteban
Escritora y crítica
Cuestión previa
Esta presentación
no es en rigor un resumen de mi tesis de maestría del mismo título, sino la
exposición de lo que personalmente considero su eje central. Por lo tanto, no
voy a profundizar en los análisis textuales, sino que voy a recuperar los
aportes que me parecen más sugestivos del marco teórico para, luego, plantear
una aproximación al cuerpo en la literatura de mujeres desde los textos
revisados.
Introducción
Para comenzar es
preciso señalar que esta investigación nace de una pregunta. Se trata de una
pregunta que se repite con mucha frecuencia en diversos textos, simposios,
encuentros y conferencias y, la mayoría de las veces, se encuentra de forma
tácita pretendiendo determinar búsquedas y horizontes desde los subtextos. Es, además, una pregunta con cierta carga de
ingenuidad y una vocación por las esencias. Esta pregunta es: ¿existe una
literatura femenina? Es decir, ¿existe una literatura femenina diferente y
diferenciada de la literatura “masculina” denominada por la tradición como
literatura en general, neutra y pura? Esta, que puede ser una pregunta ingenua,
repito, es una pregunta válida y pertinente desde su propia propuesta política.
Es una manera de plantear una indagación mayor por el terreno de las
instauraciones históricas concebidas como validaciones con carácter universal.
Es una pregunta, cuyo tránsito y desarrollo supera cualquier respuesta
categórica. En este sentido no se busca la respuesta, sino que la pregunta
puesta en el inicio, en el nacimiento de un trabajo, es una llave cuya función
es la de ser una primera piedra de otras preguntas.
Teniendo a esta
pregunta como llave es que inicio una serie de indagaciones, esta vez centradas
en uno de los elementos menos trabajados en la tradición crítica y teórica
latinoamericana: el tema del cuerpo, es decir, de las representaciones del
cuerpo en los textos escritos por mujeres (y aquí quisiera dejar en claro que
no hablo de “literatura femenina” porque considero que es un calificativo que
trae consigo muchos problemas de variada dimensión).
En esta tesis
indago en la vastedad de conocimientos y de símbolos para lo literario que es
el cuerpo y su relación con las autorrepresentaciones
de la mujer, sobre todo, aquellas que construyen un yo poético diferenciado del
“masculino-neutral”. Asimismo me interesó investigar cómo esta relación plantea
una entrada diferente no sólo desde la temática (el cuerpo como tema), sino
incluso desde el plano de la expresión (el cuerpo como espacio privilegiado
desde donde surge la expresión). Es desde la óptica de la autoconstrucción del
cuerpo como elemento de autorrepresentación que
centré el afinamiento de mi enfoque.
En este sentido
he trabajado el tema del montaje del yo en los textos escritos por mujeres
concentrándome en las estrategias para organizar un discurso sobre el cuerpo.
Desde esta particular especialización es que acoté la pregunta inicial a otra
más específica y, asimismo, elaborada desde una entrada política menos ingenua.
Esta pregunta —que es también la “hipótesis de la tesis”— es la siguiente: ¿el
cuerpo de la mujer y la construcción que hace de él y de sí misma a partir del
lenguaje, dota al propio lenguaje y a sus juegos (entendiendo el término juegos
del lenguaje como lo propone el filósofo Ludwig Wittgenstein, es decir, como objetos de comparación que
deben arrojar luz sobre las condiciones de nuestro lenguaje por vía de
semejanza y desemejanza) de alguna especificidad singular inscrita más acá de
la simbolización de lo femenino en el logos de la
cultura occidental?
Esta pregunta es
la que intento contestar en el transcurso de la investigación. En ella
privilegié cuatro discursos sobre el cuerpo en los textos de diversas autoras.
Estos cuatro discursos, cuyos contenidos describiré y analizaré en el momento
que exponga el capítulo pertinente, fueron escogidos en la medida que planteaban
diversas huellas de lo corporal en el texto (ubicando el término huella en el
texto desde la propuesta derridiana). Previamente
indagué en un aparato teórico en formación como es la perspectiva de género,
así como en las propuestas de críticas literarias feministas. Asimismo,
apelando a una entrada desde los multidisciplinario, revisé dos postulados
teóricos de la neuropsiquiatría y también de algunos autores que fortalecieron
mi propia propuesta deconstructiva (sobre todo
Jacques Derrida y Michel Foucault).
Pasaré a
describir someramente las partes centrales de cada capítulo.
El cuerpo en la
filosofía occidental
En el primer
capítulo titulado “Algunas lecturas del cuerpo: la perspectiva de género” y con
la finalidad de establecer rutas genealógicas me he limitado a aquellas
hipótesis de lecturas de lo corporal que se sitúan como antecesoras
(antagónicas o no) de la perspectiva de género. Así describo y analizo las
propuestas de la interpretación que realiza la filosofía (desde un neoplatónico
como Plotino hasta los existencialistas) para pasar a
revisar algunos conceptos claves de Lacan y Foucault.
Retomo del primero la propuesta del “ser como cuerpo” y más adelante también
apelo a su concepción de lo “real” como la instancia vívida fuera de la
construcción simbólica; del segundo (Foucault) me
sostengo sobre todo en su referencia al micropoder y
al somato-poder, es decir, al modo cómo el juego del poder no consiste en
reprimir el deseo sino en crearlo. También, en esta sección, me detengo en los
análisis del historiador Thomas Lacqueur, sobre la
construcción del sexo en la medida que está constreñido por el género a
propósito de sus investigaciones en la representación de los genitales
femeninos en los tratados anatómicos renacentistas. Finalmente, reviso a dos autoras
de la perspectiva de género. En primer lugar, me refiero a los postulados de
Teresa de Lauretis, semiota
y crítica cultural italiana, profesora del área de Women’s
Studies de
En segundo lugar,
trabajo un concepto de la antropóloga mexicana Marta Lamas. Ella se refiere al
género, entendido como la construcción cultural de la diferencia sexual, desde
dos imágenes: lo llama filtro y armadura. Es un filtro en la medida que a
través de él interpretamos el mundo y una armadura porque constriñe nuestra
vida (o también nos protege de lo indeterminado). En definitiva, la conjunción
de estas dos metáforas constituye la tensión entre cuerpo e identidad. Para
Lamas (siguiendo a Foucault), el cuerpo es una
encarnación simbólica del sujeto (la ley social incarnada/introyectada), en otras palabras, los hombres y mujeres
construimos nuestra identidad de género no sólo por el hecho físico que
constituye el cuerpo sino sobre todo por su acción simbólica.
La imagen del
cuerpo y el esquema corporal
En el segundo
capítulo examino, en un afán multidisciplinario como lo había mencionado, dos
conceptos de la neuropsiquiatría para entablar una relación entre el cuerpo, la
percepción del cuerpo propio y la construcción de un discurso sobre el cuerpo.
Estos dos conceptos son el esquema corporal y la imagen del cuerpo.
El esquema corporal
es un factor constitutivo de la identidad personal y consiste en la forma cómo
percibimos nuestro cuerpo en las tres dimensiones de la realidad, cómo sentimos
y vivimos nuestras extremidades, nuestros brazos, nuestros órganos internos,
nuestra espalda (a la que nunca vemos) o nuestro rostro. La constitución de un
esquema corporal —siempre provisorio y dinámico— está basado
en el aprendizaje y el desarrollo del sistema nervioso central. En cambio, la
imagen del cuerpo está armada sobre las vivencias de la encarnación simbólica
del sujeto, absorbidas (aprendidas) de forma inconsciente, es la síntesis de
nuestras experiencias emocionales. La imagen del cuerpo no tiene relación
directa con la “forma corporal”.
A partir de estos
dos conceptos y considerando las diferencias corporales entre el hombre y la
mujer, propongo que la percepción de la mujer en relación con esta construcción
simbólica es centrípeta y que la del varón es centrífuga. No se trata por
cierto de una sensibilidad “natural” vinculada causalmente a la biología. Nada
de eso. Lo que propongo es que se trata de una percepción armada sobre la
relación entre cuerpo, identidad y realidad cultural.
El objetivo de
llegar a plantear una “percepción corporal centrípeta” en la mujer tiene como
finalidad proponer que el cuerpo de la mujer, centrípetamente,
incluidos fluidos y sensaciones inenarrables, constituye un punto de quiebre
del organizado sistema simbólico falogocéntrico y
permite una entrada a eso (lo real lacaniano) que
forma parte del mundo y no está registrado en el logos
occidental. Insisto, entonces, que a partir del cuerpo (su vivencia como constructo de la identidad), la mujer puede dejar atrás el
espacio asignado como falta, como vacío, como vuelta del orden constitutivo de
la cultura patriarcal para ya no minar desde las grietas ese orden, sino
construir en ese “otro lugar” (recuperado, resignado, liberado) una cultura que
articule su lógica desde el propio cuerpo como una suma de posibilidades
inéditas.
Escribir como
mujer
Teniendo como
base esta propuesta cultural y deconstructuiva, en el
tercer capítulo, me acerco a diversas teorías y análisis de crítica literaria
feminista para indagar precisamente en la construcción del yo femenino. Es,
entonces, en este capítulo que ingreso de lleno al campo de lo literario y para
abrir el análisis evoco a una de las autoras más representativas no sólo por su
producción ficcional sino también teórica. Me refiero
a Virginia Woolf. Analizo a lo largo de sus diversos
escritos las contradicciones en torno a la búsqueda de la construcción de un yo
textual neutro. Me refiero específicamente a su propuesta del “yo andrógino”.
En la tesis se documentan las múltiples veces que Woolf
niega su propia propuesta en los ensayos de interpretación de novelas de otras
escritoras inglesas (como George Eliot
o Elizabeth Barret-Browning).
Considero que esta contradicción se basa en la necesidad que tienen muchas
mujeres de borrar las marcas genérico textuales y así “salir” del gueto
subordinado de la literatura femenina y tener acceso a la literatura
trascendente, es decir, al poder de la palabra. Es por este motivo que ella
esgrime el argumento que escribir “femeninamente” es una carencia. Precisamente
en uno de sus textos contradictorios esta carencia es asumida desde otra
posición política frente a la institución literaria:
En primer lugar
se da la palmaria y enorme diferencia entre la experiencia del hombre y de la
mujer. Pero la diferencia esencial no radica en que los hombres escriban sobre
batallas y las mujeres sobre el nacimiento de hijos, sino en que cada sexo se
describe a sí mismo (...) Por fin se nos plantea la consideración del muy
difícil asunto de la diferencia entre el parecer del hombre y el parecer de la
mujer en lo tocante a qué es más importante en un determinado tema. De ahí
surgen no sólo marcadas diferencias en la trama y los incidentes, sino también
infinitas diferencias en la selección, método y estilo (Wolf, Virginia. La
literatura y las mujeres. Lumen, 83-84)
Con estas
palabras, Woolf ingresa a uno de los temas
fundamentales de los análisis feministas: la posición política genérica de
cualquier texto. Siguiendo esta pista, analizamos las diversas propuestas de lo
que significaría escribir “como mujer” quedando claro el supuesto de que muchas
mujeres escriben como hombres o como los hombres quieren que escriban (tal vez
“femeninamente” en su acepción más peyorativa, es decir, con un estilo pomposo,
“delicado”, modoso, florido). En otros casos, las mujeres proponen una
lectura/escritura “neutra”, pues en un elaborado e intrincado juego de
relaciones de dominación prefieren preservar su “yoidad” (su identidad como
escritores) pensando en los hombres y no en las mujeres como sus propios
iguales. Esta es una sutil estrategia de autosabotaje:
se piensa que el poder de la palabra sólo se genera desde el Otro-hombre. Quizá
esto haya sido cierto durante la mayor parte del tiempo, sobre todo, en el
siglo XIX y parte del siglo XX, pero hoy ya no lo es más. Hoy en día, como lo
sostiene Susana Reisz, la escritura femenina y/o
feminista plantea una relación de intersección con el sistema dominante: en
parte coincide con él y en parte lo desborda y lo supera.
Precisamente
desde esta relación de tensión y con la finalidad de indagar las rutas de
construcción de un texto “de mujer”, analizamos la forma cómo una autora —el
caso concreto de Blanca Varela— trabaja el yo poético de sus poemas.
Precisamente, Varela en su primer libro no utiliza un yo lírico femenino sino
masculino en una clara estrategia para evitar la subordinación (utiliza el
género gramatical masculino como neutral). Pero inevitablemente el libro Este
puerto existe lleva las huellas simbólicas del cuerpo de la autora. Incluso el
mismo Octavio Paz, prologador del texto, acusa un
cambio entre el yo poético de los primeros poemas y el de los últimos. Este
cambio de proyecto poético se produce, según Paz, por la “revelación de la
mujer”: “a medida que se interna en sí misma pero al mismo tiempo que penetra
el mundo exterior: la mujer se revela y se apodera de su ser” (Paz, “Prólogo”.
Varela, Blanca. Ese puerto existe. México, Universidad Veracruzana, 1959, 7-8).
Se trata de la
opción de marcar sus textos posteriores como engenerados.
Es de esta manera que el cuerpo “habla” a través del texto sin estar en el
texto, a través de su huella. En este sentido, si bien es cierto que escribir
como mujer es una opción política porque permite construir diversas variables
de textualización desde múltiples ángulos, a pesar de
que muchas mujeres evitan señalizar sus textos desde la diferencia
genérico-sexual, ellos llevarán las huellas de sus cuerpos. Esta huella aparece
en el momento menos previsto y bajo numerosas formas de simbolización. La toma
de una actitud política (política en el sentido de estar vinculada al poder de
la palabra) frente al texto en realidad está vinculada con la conciencia de
parte de la autora del “gesto de la escritura” como un gesto de alto
rendimiento frente a las estructuras tradicionales del poder.
Los textos
Precisamente con
la finalidad de estudiar estos gestos y las estrategias de diversas autoras
latinoamericanas para construir “lo femenino/diferente” en sus textos de
ficción y no ficción en este capítulo titulado “Cuerpo y textualización”
he revisado cuatro discursos sobre el cuerpo en seis textos literarios.
Previamente,
antes de entrar de lleno al análisis textual, planteo retomando las propuestas
ideológicas de considerar al cuerpo de la mujer como el locus de la opresión,
que el cuerpo puede ser considerado, asimismo, como el locus de la expresión.
El término latino locus que significa lugar (y también ocasión, oportunidad y
principios de donde se sacan las pruebas) es entendido, para establecer este
concepto, como el espacio concreto e históricamente situado a través del cual y
en el cual se construye el género. Considero que como una forma de
empoderamiento y en la medida en que las mujeres han tomado conciencia de la
comprensión de su propia condición subordinada en términos sociales y
políticos, es desde el cuerpo que asumen una manera diferente de entender una
realidad no opresiva (alternativa/creativa). Es de esta manera que el cuerpo se
constituye también en un locus de la expresión (digamos que es factible que sea
así).
Esto se puede
entender mejor con el análisis de los cuatro discursos sobre el cuerpo que
siguen a continuación:
Discurso autocelebratorio
Se trata de la
clásica relación entre el cuerpo de la mujer y la naturaleza descrito y
propuesto como una forma de autocelebrar la
feminidad. Analizo dos libros: Desde la grama de Gioconda
Belli y
Se trata por
cierto de dos discursos autocelebratorios bastante
diferentes entre sí, aunque coinciden en plantear una escritura femenina de
acuerdo a los mandatos de la literatura tradicional. En el caso de Belli, su planteamiento del cuerpo de la mujer es una
representación tradicional, pues lo femenino se constituye como tal en la
medida que es el otro lado del varón. En el caso de Istarú,
nos encontramos ante una propuesta más compleja: en un primer nivel insiste en
la autocelebración, pero en el nivel más profundo se
resiste a las marcas de la felicidad erótica tradicional delimitándolas dentro del
discurso de la resistencia frente a una sociedad opresiva.
Discurso doliente
del cuerpo de la mujer indígena
He analizado dos
testimonios opuestos de indígenas latinoamericanas. Se trata de la biografía Yo
soy Rigoberta Menchú y así
me nació la conciencia narrada por la propia protagonista a la antropóloga Elisabeth Burgos en París, y el texto “Asunta, mujer de
Gregorio” adyacente a la autobiografía de Gregorio Condori
Mamani, recogida por los antropólogos Carmen Escalante y Ricardo Valderrama. En ambos testimonios he
rastreado las huellas corporales (entendiendo el concepto huella desde una
visión derrideana) y he podido constatar que se
construye un cuerpo femenino vinculado, en primer lugar, al cuerpo de la
comunidad (en el testimonio de Menchú, por ejemplo,
las referencias a los cadáveres cercenados de los indígenas torturados
perturban el sentimiento de cohesión de la comunidad); y en segundo lugar,
vinculado al espacio desde donde se organiza la identidad como emulación del
sufrimiento. Esta última representación es un efecto de la ética mariana del
sufrimiento difundida desde los rituales católicos tradicionales que enfatizan
la imagen de la mujer homóloga a
A pesar de que se
trata de dos discursos mediatizados por la mano del antropólogo, si
consideramos que los testimonialistas han respetado
los silencios de las testimoniantes, podemos
considerar que ambas jamás se refieren al placer sexual ni a las relaciones
sexuales como placenteras. Para ambas el acto sexual está vinculado a las
torturas y a la violencia.
Por otro lado,
estos dos testimonios muestran la versatilidad del discurso de la mujer dentro
del ámbito étnico y están enfrentados entre sí en la medida en que uno muestra
la resignación y el otro la rebelión. No obstante, en ambos testimonios, el
cuerpo de la mujer es el espacio del sacrificio así como de la opresión.
Discurso de la
degradación corporal en los Ejercicios materiales de Blanca Varela
En este caso se revisa la cuestión de la mortalidad del cuerpo vinculada a la
búsqueda de trascendencia. En este libro, la autora recrea una proposición
distinta del cuerpo femenino e insiste en la materialidad y la carnalidad del
sujeto mujer. Nos habla, además, desde un movimiento centrípeto: hacia dentro
de la piel “la vida arde” y es desde el espacio interior que puede completarse
esa identidad femenina que en el afuera es sólo un vacío en la significación androcéntrica. De alguna manera, esta propuesta es una
antítesis del discurso autocelebratorio de Istarú y Belli, pues Varela
considera al cuerpo sobre todo como el espacio del escarnio, del quebranto y
del menoscabo. Sólo a partir del reconocimiento del deterioro de la carne se
procura la trascedencia.
El cuerpo
lacerado como metáfora/metonimia del cuerpo de la patria
Se trata de una visión del cuerpo femenino como instancia sacra, como
condensación, lugar donde se sufre y se perciben los traumas a los que se
somete al país entero. Esta propuesta tiene diversas manifestaciones, he
escogido para analizar una de las más interesantes, en la medida que la autora
también plantea en su texto recursos estilísticos totalmente inusuales. Me
refiero a la novela Lumpérica de Diamela Eltit. En esta novela, Eltit,
utilizando recursos cinematográficos y vanguardistas, propone al cuerpo de la
protagonista L.Iluminada, siguiendo las formas crísticas, como el lugar del sacrificio: el elemento
propiciatorio del ritual de redención. Es por este motivo que debe padecer las
humillaciones, torturas, flagelos y padecimientos que se le exigen al
sacrificado para salvar al cuerpo social que representa. Dentro de su proyecto
poético y político, Eltit asume que la marginalidad
femenina debe entrar al texto desde la propia estructura. Por eso usa técnicas
como descentramientos, torsiones, burlas, mentiras. La narración avanza en
espiral, sinuosamente, pues siempre regresa y divaga. Esta forma de asumir la
técnica de la escritura es una manera de proponer que debajo de la trama, de
los personajes, del estilo, existe una manera de acercarse al hecho literario
desde la “diferenzia”, es decir, desde ese
perturbador fenómeno que escapa de
En conclusión
considero que la palabra de la mujer se constituye desde el cuerpo en una
estrategia de empoderamiento. El cuerpo es el lugar donde se recrean los
discursos de poder, pero también donde se producen, entendiendo el poder como
una realidad discontinua, desuniforme y heterogénea.
El cuerpo de la mujer se presenta como locus (espacio simbólico) donde el poder
falogocéntrico se puede desestructurar
para abrir un canal de nuevas formas de expresión.