Mujeres y ecología: el ecofeminismo. Las mujeres principales victimas del deterioro ambiental, comparten con la Naturaleza la lógica de la dominación establecida por los hombres a través de la confluencia del sistema sexo-género (patriarcado) y las formas más avanzadas del capitalismo mercantil (Marcelo Segales Kirzner)

   

 Fuente:  http://agendadelasmujeres.com.ar/notadesplegada.php?id=1268

Subió a conferencia el 19 de Julio del 2005

  

Mujeres y ecología: el ecofeminismo

por Marcelo Segales Kirzner.

 

Trabajo presentado en el I Congreso de Economía Feminista

(Bilbao, 14-15 de abril de 2005)

 

1. Planteamiento. La ecología y las mujeres en el planeta.

 

Principales víctimas del deterioro ambiental, las mujeres (y las personas pobres, no-blancas, niñas/os, extranjeras/os y demás “otras/os” desde la perspectiva de los valores dominantes, discriminadas/os, menospreciadas/os y no pocas veces criminalizadas/os 1) comparten con la Naturaleza la lógica de la dominación establecida por los hombres a través de la confluencia del sistema sexo-género (patriarcado) y las formas más avanzadas del capitalismo mercantil. Las/os autoras/es feministas ecologistas (ecofeministas) opinan que el estudio de las interrelaciones entre las lógicas de dominación de las mujeres y el resto de “otras/os” mencionado y la Naturaleza por parte del hombre, puede arrojar luz sobre su origen y sus consecuencias, así como sobre los modos para luchar contra ellas. Afirman así que las formas que adopten las luchas contra el deterioro ambiental y el patriarcado deberán tener en cuenta este debate.

 

Como dice Karen Warrenla Naturaleza es un asunto feminista”. Pues no se trata de que la opresión de género sea más importante que otras formas de opresión, sino de que el género sea la categoría analítica fundamental a partir de la cual se acometa el estudio de todos los sistemas de dominación establecidos para el control social de estas/os “otras/os”. 2

 

De este modo, lo natural es un asunto feminista por tres motivos: por ser la mujer la principal víctima de la destrucción de lo natural, en casi todas las sociedades conocidas; porque sus roles de género, impuestos por el patriarcado y unas relaciones de poder que las perjudican, se superponen con determinados problemas ambientales, cuestión que, en apariencia, afecta menos a los hombres (y quizá por ello sean menos concientes), y porque la dominación de lo natural está, en su origen, íntimamente vinculada al desarrollo del patriarcado como sistema de relaciones intergenéricas. Sobre esto último nos dedicaremos en los siguientes epígrafes.

 

2. Hombres, mujeres y Naturaleza: una lógica de dominación

La subordinación de la mujer respecto del hombre es un hecho que afecta a casi todas las sociedades actualmente existentes. De las explicaciones que las/os antropólogas/os han ensayado en los últimos 50 años, las tres más poderosas han sido: la afirmación de que en un determinado momento de la historia los hombres arrebataron el poder a las mujeres; las diferencias biológicas entre los sexos, y aspectos relacionados con la capacidad reproductora sexual femenina y la envidia masculina relacionada con ellos. Descartadas las dos primeras causas, una por no fidedigna 3 y la otra por su exagerado biologicismo, interpretaremos las causas de las relaciones asimétricas entre hombres y mujeres en casi todas las sociedades como producto de la interpretación cultural del hecho de la reproducción.

 

Esta línea de pensamiento tiene varias consecuencias. Así, podría derivarse del hecho de que las mujeres pasan durante un largo tiempo de sus vidas pariendo y cuidando a sus hijos como hecho que define la especialidad de las relaciones entre hombres y mujeres. Relegadas al ámbito doméstico, los hombres quedan liberados de las responsabilidades parentales y se dedican a construir un mundo paralelo al de las mujeres, quienes son tomadas como referencia y sentidas como “otras”, mundo caracterizado por la violencia y la destrucción de la vida.

 

Es interesante, asimismo, el fenómeno patriarcal de que la mujer sea vista como más “cercana” a la Naturaleza, en contraposición al hombre, quien crea ese mundo, que puede identificarse con la “cultura”. Los hombres inventan rituales que los autodefinen como “superiores”, reforzando la distancia con sus familias y sacralizando sus actividades. Sin embargo, decir que la mujer es vista como más cercana a la Naturaleza que el hombre no sería motivo para la aparición de desigualdades si no existiera una lógica de dominación que justificara el desprecio a la Naturaleza. Asimismo, tampoco se trata de una posición esencialista, pues construye su planteamiento sobre la base de experiencias puramente culturales, interpretaciones de actividades, a través de lo que podría llamarse un “marco conceptual” y no meros hechos biológicos. 4

 

En este sentido, puede definirse un marco conceptual como un conjunto de creencias, valores y actitudes asumidas por una determinada comunidad o sociedad. Un marco conceptual puede ser opresivo, si contribuye a mantener relaciones de poder asimétricas entre algunos miembros de esa sociedad respecto de otros. Y es patriarcal si las relaciones asimétricas de poder sirven para subordinar a las mujeres por parte de los hombres.

 

La característica más importante de un marco conceptual patriarcal es la lógica de dominación que implica. Esto es lo que justifica la dominación y la subordinación. Así, un marco conceptual patriarcal posee una serie de características: implica una determinada escala de valores, en donde se reflejan las desigualdades; comportan una serie de pensamientos duales y oposicionales (público/privado, cultura/Naturaleza, dominante/dominado); el poder es ejercido como “poder sobre” y se convierte en abuso de poder, y se crean, mantienen y profundizan una serie de privilegios a favor de los que se encuentran en lo más alto de la escala, los poderosos (hombres, pero de determinada clase social, etnia y edad). Sin embargo, el elemento que justifica esta situación se encuentra en lo que, con Karen Warren, podemos llamar “lógica de la dominación”. Esta es la que convierte simbólicamente la “superioridad” en subordinación. Y ese sistema de valores que conduce a la subordinación del “otro” es lo que justifica su opresión. Por ejemplo, alguien puede pensar que el ser humano, por el mero hecho de ser racional, es “superior” al resto de los animales. Pero de ahí a justificar la subordinación del reino animal y de lo natural en general solamente puede tener lugar a través de lo que hemos llamado la lógica de la dominación, que legitima y justifica esa subordinación en virtud de, en este caso, la racionalidad del ser humano. 5

 

A partir de aquí, la afirmación de que la mujer es vista como más cercana a la Naturaleza y el hombre a la llamada “cultura” parece tomar otra fuerza. Por ejemplo, si al hombre se le mide “moralmente” en términos de experiencia humana pública, a la mujer se la recluye a un status de irrelevancia en cuanto a la creación de símbolos. A través de la lógica de la dominación, esto se convierte en subordinación. Las nociones de contaminación, impureza, anomalía, se asocian a esta circunstancia, cuestiones ampliamente tratadas por la Antropología del Género. Pues se trata, ante todo, de una cuestión cultural, simbólica. Así lo entendió Sherry Ortner, cuando planteó que las mujeres son asociadas simbólicamente a algo que todas las sociedades desprecian: la Naturaleza. Es un hecho que en casi todas las sociedades existen estas relaciones asimétricas: también que la “cultura” delimita y manipula a la “Naturaleza”, intentando trascenderla regulándola para su provecho. Es por lo tanto una explicación lógica que la mujer se subestime “acercándola” por medio de la cultura, a la Naturaleza, en el marco de la lógica de la dominación y el marco conceptual patriarcal.

 

Los argumentos de Ortner son presentados esquemáticamente por Moore de la siguiente manera. Moore cree que para seguir a Ortner hay que dar por hechas dos cuestiones: que la mujer sea vista como más cercana a la Naturaleza por sus características fisiológicas, y que este papel las haya limitado para desempeñar otras funciones en la articulación social (confinamiento social traducido en cautiverio). En realidad Ortner no afirma que la mujer esté efectivamente más cerca de la Naturaleza que el hombre. Por el contrario, la autora afirma que “la mujer no está “en realidad” en absoluto más próxima (o alejada) de la Naturaleza que el hombre: ambos tienen conciencia, ambos son mortales”. 6

 

Adicionalmente, Peggy Sanday, a través del estudio de 150 sociedades tribales destaca que, en aquellas comunidades en las que las fuerzas de lo natural están sacralizadas, el control de esas fuerzas es asumido por las mujeres: su subordinación no se da. A su vez, el hombre no está siempre vinculado con el hecho cultural, sino que, en muchas ocasiones, permanece “encerrado” dentro de sus límites animales. 7

 

Este análisis, si bien contradice parte de los argumentos de Ortner, refuerza la tesis de que las dominaciones de las mujeres y de la Naturaleza están íntimamente relacionadas.

 

Más cerca en el tiempo, entre los siglos XVII y XIX la mujer fue objeto de una construcción ideológica que también la hizo aparecer más próxima a la Naturaleza que el hombre. En este sentido, la mujer se ha vinculado a lo natural a través de dos imágenes contrapuestas: la Naturaleza como la madre nutricia, que imponía restricción a su dominación; y la Naturaleza como fuerza salvaje e incontrolable, que legitimaba su dominación por parte de los hombres. 8

 

La revolución científica y mercantil de los siglos XVI y XVII reemplazó la primera imagen por la segunda, y construyó un cuerpo de saberes llamado “ciencia” que, apoyándose en la violencia, ha ocultado la sabiduría de las mujeres y los pueblos del Sur, configurándose como otro instrumento del patriarcado: violencia sobre las mujeres y violencia sobre la Naturaleza.

 

3. Espacio, Naturaleza y patriarcado

Me gustaría extenderme en cuanto a la relación simbólica entre las conexiones entre hombres, mujeres y Naturaleza, con el espacio, con una referencia al género como categoría central de análisis. Se ha sugerido la idea de que las dominaciones sobre mujeres y Naturaleza por parte de los hombres son dos fenómenos íntimamente relacionados. Llevado esto a la cuestión del espacio, nos conduce a formular que la estructuración del espacio y su representación, uno de los rasgos de diferenciación entre los géneros, es distinta para cada uno de ellos. Como señalan Vianello y Caramazza, “la estructuración mental del espacio es una función de las circunstancias materiales que el ser vivo, esencialmente plástico, ha tenido que afrontar en la evolución de su especie y no debe sorprender que se hayan convertido en parte de la herencia genética”.

 

Así, dicen las autoras, los hombres han orientado sus actividades materiales hacia el exterior, y las mujeres hacia el interior, “creando” espacios y modificando incluso su propia fisiología. 9

 

Así, “una diferente posición en la sociedad implica también una diferente experiencia del mundo que nos rodea”. 10 Esto ha tenido y tiene unas consecuencias fundamentales para el desarrollo del ser humano, como la industria del transporte motorizado ha dado cuenta, si interpretamos sus impactos desde un punto de vista genérico y no solamente ecológico 11

 

Históricamente, los hombres han configurado el espacio en su búsqueda de una “compensación sangrienta” por su incapacidad para engendrar vida, creando el rito más formidable y prolongado de la historia de la humanidad: la caza. Su significado simbólico, mucho más que el económico, es revelador, en el sentido de que desvela que las relaciones de dominación de los hombres sobre mujeres y Naturaleza no solamente tienen una raíz común, sino un comienzo muy concreto: el momento en que surgieron ritos (convertidos después en instituciones) de cooperación entre los hombres para dominar a las mujeres y la Naturaleza. La identificación entre mujeres y Naturaleza tiene aquí otro argumento con que luchar. El significado de la caza, casi irrelevante desde el punto de vista dietético, es simbólico: plantea la lucha contra enemigos “salvajes”, la fabricación de elementos sagrados y la aparición de un tipo de pensamiento que ha marcado la psique del hombre y que ha preparado el terreno para la destrucción de la Naturaleza y el dominio de las mujeres: el pensamiento estratégico. Por una parte, separa a las mujeres del ámbito sagrado, de la “cultura”; por otro, establece la conquista y la destrucción de lo natural como objetivo fundamental para su trascendencia. Es un pensamiento de grupo que toma como referencia a los otros (en este caso las otras) para marcar su diferenciación.

 

De este modo, el orden con que el hombre representa los objetos en el espacio es moldeado por las circunstancias materiales y psicológicas que trae como consecuencia el pensamiento estratégico: el elemento jerárquico presente en el plan es parte de esa representación. El deseo de conquista, la potencia y la velocidad, es lo que lo mueve. El automóvil representa hoy en día, con sus elementos de fortalecimiento del patriarcado y modificación/destrucción de la Naturaleza, la materialización más relevante del pensamiento estratégico masculinista y del capitalismo mercantil. 12 En cambio, la representación espacial de las mujeres es ovular, circular, en el sentido de que sus movimientos son más limitados y los elementos de referencia no son el espacio exterior sino el interior: las emociones y lo relacional, concentrada en el presente y sin esos omnipotentes deseos de trascendencia que aparecen en el hombre. Así, el pensamiento ovular no es instrumental: tiende al crecimiento y no a la expansión. 13 La guerra, la caza, las ciudades, son expresiones plásticas de (y están expresadas como) la exteriorización de la conquista del hombre y de su angustia vital. El mundo construido se ha hecho sobre la base de la guerra, la economía, la política y la cultura patriarcales. Así, en sociedades en donde el principio estructural de diferenciación social estaba constituido por el género (y no la clase social o la etnia, como actualmente en nuestra sociedad occidental), la primera propiedad fue la del hombre sobre la mujer: fruto de su toma de conciencia sobre el proceso de reproducción. Esto puede entenderse desde el deseo de manipulación que supone la “creación” de ese mundo en contra del otro, del de la vida: este mundo devino en expresiones que, encegueciéndole, lo lanzaron a la conquista de lo exterior, sumiéndole en eso que el escritor argentino Ernesto Sábato llama “pérdida de sí mismo” 14 . Desde nuestro punto de vista, la familia no ha sido sino, en buena medida, una institución para la conquista del excedente doméstico y la satisfacción de las necesidades del pater (al menos así lo ha sido hasta hace bien poco en nuestra sociedad occidental) 15 Con esto no se quiere decir que lo masculino es negativo y lo femenino positivo “por naturaleza” 16 : sólo que la evolución ha marcado que los aspectos negativos del pensamiento estratégico se dejen sentir con mucha fuerza, hecho del cual las mujeres y la Naturaleza (y los hombres) son las víctimas. El principio femenino 17 también puede llegar a ser asfixiante en la medida que no se exteriorice espacialmente. Así, desde el momento en que el hombre instituyó un conjunto de ritos e ingresa en el mundo de lo sagrado, excluyendo de él a la mujer, la violencia (especialmente la destrucción de lo “natural”) se ha convertido en la actividad más prestigiosa de las sociedades humanas. También surge el culto al héroe en contraposición a éticas del cuidado, y la conquista del poder por el poder así como su representación en el espacio, en el territorio. Así por ejemplo, la tala de árboles (la muerte de seres vivos por medio de la violencia) es una actividad que cuenta positivamente en el índice de riqueza de un país (PIB) y su conservación (que implica comprensión de sus funciones en el ecosistema y una ética del cuidado) no aporta “riqueza” alguna 18.

 

Así la ciudad, la religión, las matemáticas aplicadas al cálculo de extensiones, la geometría y, finalmente, la tecnología, son productos de los excesos del pensamiento estratégico masculinista. El falo, y no la mano, es el principal símbolo de lo masculino, y reviste la simbología de todas estas manifestaciones espaciales 19. El arado que penetra la tierra y extrae de ella sus elementos, o los metales arrancados mediante la “violación” de la Madre Naturaleza son ejemplos de las relaciones del hombre y lo natural. Y las mujeres son el surco, la tierra, la montaña, los árboles, en donde el hombre penetra, conquista, insemina o depreda, para obtener su excedente. Aunque si bien durante cientos de miles de años las mujeres han sido “domesticadas”•, vistas como más “naturales” que los hombres, las mutaciones sociales, llevadas a campos biofísicos, trastocarán esta realidad, como ya está empezando a suceder hace algunas décadas.

 

Por último, el poder, aplicado en un territorio, es, quizás, el aspecto en donde más crudamente se vuelcan las consecuencias del patriarcado y el dominio masculinista y estratégico en el género humano: la constitución de estados. El poder institucional, espacio exclusivamente masculino en prácticamente todas las sociedades conocidas, es una manera de control social y de expansión hacia el mundo exterior. El poder es abuso de poder y se expresa en términos de territorios, de una patria. Así, como muy bien señala Javier Escalera, el territorio, como espacio socializado de poder, estructura la realidad social sobre la que se construyen los modelos identitarios de los individuos y su relación con la “comunidad” en la que viven, con una serie de mitos compartidos y asumidos por una mayoría, y la noción burocrática de comunidad político- administrativa se convierte en aquella que disuelve las diferencias simbólicas en el seno de esa sociedad local, en beneficio del control de los hombres sobre las mujeres y sobre el propio espacio natural socializado. Para ello el aparato político necesita del pensamiento abstracto, pues su función es el control y la represión: lograr el excedente que permita la conquista y la destrucción, sobre todo de lo natural, en beneficio del propio poder. Hoy ese poder es el sistema de pactos patriarcal-capitalista bajo todas sus formas20 . En este sentido, la noción de frontera y de límite es interesante, pues pone de manifiesto las relaciones de poder que existen en el seno de los grupos que interactúan en un espacio y tiempo determinados. Además, el poder (de género) sobre un territorio sirve de base a la división sexual del trabajo. La industrialización y la burocracia es su máxima expresión hoy en día e instruyen al político y al partido como agentes “controladores” del poder. De este modo, “su artificialidad (la de la idea de comunidad territorial vinculada a la división político-administrativa) no significa que no hayan sido asumidas en muchas ocasiones como elementos inherentes de la identidad individual y de los modelos de identificación colectivos”. 21

 

En definitiva, el establecimiento del sistema patriarcal refuerza, como se ha venido señalando, las relaciones de dominación de la Naturaleza (en sentido amplio) que ha caracterizado la “Historia”. El ecofeminismo viene a decir que ambas cuestiones (la manipulación/destrucción de los ecosistemas y el patriarcado) son instituciones firmemente asentadas desde hace miles de años y que se refuerzan mutuamente. El capitalismo las ha aglutinado en una fuerza violenta y desafiante como nunca: sus símbolos van desde el automóvil hasta la bomba atómica. No es posible luchar contra uno sin hacer frente al otro. Lo que la mayor parte de sus autoras/es no dice es que ni el hombre sea violento per se ni que la mujer esté más cerca a la Naturaleza. Pero la lucha contra el patriarcado y la destrucción ambiental será imposible sin adoptar una ética ovular, una ética ecofeminista.

 

4. Ética ecofeminista

Para el ecofeminismo, el aspecto ético es una cuestión de esencial relevancia. No hay pensamiento sin ética, así como no hay una ética neutral al género. La ética ecológica y feminista que defienden algunas autoras, entre ellas Karen Warren, se basa en las siguientes premisas 22. En primer lugar, el ecofeminismo se inserta en el feminismo destacando su articulación con los contextos culturales en donde se desarrolla. No se trata de una serie de premisas que valen para todo tiempo y lugar, sino que son hijas del contexto en donde aparecen 23. El ecofeminismo emerge desde las identidades comuntarias forjadas desde lo local a través de sus construcciones narrativas. Es una ética inclusiva y relacional, de aproximación a las vivencias de las/os “otras/os”. De esta manera, nace de la diversidad de quienes han sufrido los efectos de un orden que ha tenido consecuencias negativas en sus vidas.

En segundo lugar, esta ética ecofeminista se basa en que ninguna de sus premisas teóricas ni sus prácticas contribuyan al fortalecimiento de ninguna lógica de dominación. Es decir, el ecofeminismo es un movimiento antirracista, antisexista, anticlasista y antiespecista.

 

Finalmente, la ética ecofeminista ofrece centralidad a valores subrrepresentados en otros aparatos ideológicos: valores de cariño, respeto, amor por las/os otras/os y por uno/a mismo/a.

 

Las relaciones con las/os demás son el eje desde donde cada cual se conoce a sí mismo 24. De este modo, las/os ecofeministas reevalúan los conceptos que durante los siglos XVII y XVIII guiaron a la sociedad occidental a considerar la razón y la ciencia como valores superiores a los demás. Estos conceptos fueron fundamentales también en el desprecio profundo que el hombre científico ejerció sobre lo natural 25 .

 

En definitiva, se trata de una ética del cuidado, que da especial relevancia a las vivencias y sensaciones desatendidas por el discurso racionalista que surge con fuerza en las décadas previas al Iluminismo. Así, lo relacional y lo empático, lo que marca nuestras interacciones con “lo demás”, se realzan, colocándose en una posición central para entender cómo nos llevamos con nuestro entorno y con nosotras/os mismas/os. Esto, desde luego, sin despreciar lo que de positivo puedan aportar, en determinadas ocasiones, lo racional y estratégico. Se trata, en todo caso, de fusionar la inteligencia racional y emocional en un equilibrio que contribuya a la supervivencia de la especie y del planeta. De este modo, lo narrativo es un vehículo de gran valor para que afloren esas relaciones y para buscar ese equilibrio. En este sentido, Warren señala que la aproximación de conquista de lo natural se opone, en la ética ecofeminista, a la aproximación respetuosa hacia el entorno 26 , acercamiento que no resuelve las diferencias sino que las comprende y las aprecia. La emergencia de una u otra se ve facilitada por el vehículo narrativo, el cual expresa sensaciones personales que se enraizan en una cosmovisión particular al grupo al que la persona pertenece. No se trata, en suma, de una posición anticiencia o antiteoría, sino de síntesis para la búsqueda de la supervivencia.

 

5. La situación actual: el desarrollo, el capitalismo y la violencia

El ecofeminismo elabora una crítica profunda al modelo de desarrollo capitalista sobre la base, en general, de las premisas anteriormente descritas. Partiendo de lo que se ha señalado, las/os ecofeministas señalan que el proyecto de desarrollo es un proyecto masculinista y androcéntrico, agresivo con la Naturaleza y con las mujeres (y demás “otras/os”). Así, la historia del desarrollo (tanto desde el capitalismo mercantil como del socialismo real) es la historia del progreso material para todos, olvidándose que las condiciones del desarrollo de las primeras potencias coloniales necesitaron economías naturales que explotar, o sea, unas formas de creación de riquezas y de pobrezas, razón por la cual, se ha convertido en motor de la occidentalización/destrucción de la mujer, la Naturaleza, y los pueblos del tercer mundo. Cuando las corrientes opuestas al liberalismo decían que el capitalismo era injusto, se les respondía que éste lograría integrar a todos en el mismo barco, el sistema de producción y consumo (Estado del Bienestar, por ejemplo) 27. A las mujeres se les prometía que tendrían las mismas oportunidades que los hombres, y a los pueblos del Sur la “modernización”, el “desarrollo”, y el “progreso”, mientras eran despojados de tierras y recursos. Pero durante el proceso de colonización, y posterior descolonización, han sido las mujeres las que se han llevado la peor parte. Puede decirse que si bien hubo excepciones, el acceso de la mujer a los recursos económicos ha empeorado, habiendo aumentado la carga de trabajo, deteriorándose su estado de salud y nutrición. La privatización de tierras comunales quitó a las mujeres la base de su sustento, así como destruyó los hábitats naturales, los bosques, las tierras, los ríos. Para la mayor parte de las mujeres, la biodiversidad ha sido sinónimo de su supervivencia. Por ello, la destrucción de la Naturaleza es la destrucción de la vida de millones de mujeres. Los hombres, mientras tanto, reciben su sustento en un mercado que gestiona la destrucción de la Naturaleza. Hombres y mujeres se ven en lugares enfrentados. Además, la visión del desarrollo ve a los pueblos indígenas, especialmente a sus mujeres que no se integran en el mercado, como improductivos. Así, un río sin represas es menos productivo que uno con ellas, aunque luego de construirlas miles de mujeres se queden sin poder utilizar ese agua para abastecer con ella a sus familias. Como dice Shiva, el desarrollo se convierte en mal desarrollo, pues pierde el principio de conservación de la Naturaleza, el principio femenino 28.

 

Así, la pobreza del Sur se genera por falta de agua, alimentos y combustibles, lo cual implica crisis ecológica: esta pobreza afecta más a las mujeres, porque son las más pobres entre las pobres, y porque junto con la Naturaleza, son las que sustentan la sociedad (aunque ésta las invisibilice con sus poderes fácticos y su epistemología androcéntrica). De este modo, aparece la conexión entre la muerte de la Naturaleza y la muerte de lo femenino. De creadoras y sustentadoras, las mujeres y la Naturaleza se han convertido en recursos pasivos de un mecanismo que aniquila todo a su paso.

 

Por otro lado, los crecientes costes de las nuevas tecnologías en términos de materiales y energía, que no son renovables, hacen que cualquier crecimiento del PIB se convierta en un decremento del patrimonio natural y de la riqueza del mundo. La demanda creciente de papel, por ejemplo, aumenta el PIB pero disminuye el stock de árboles, lo cual hace que a las mujeres les cueste más esfuerzo conseguir alimentos y energía para su subsistencia en buena parte del Sur. A menudo la destrucción es causada por la demanda de productos industriales no vitales.

 

Estos son costes invisibles para la economía, costes que soportan, fundamentalmente, las mujeres. Lo que el patriarcado considera productivo es en realidad altamente destructivo de la Naturaleza. Esto se ve más claramente en los países que sufren directamente de las amenazas de la falta de elementos básicos de subsistencia, como en el Sur.

 

En definitiva, el desarrollo es un proceso que parte de una contradicción: la identificación entre pobreza definida culturalmente, y pobreza material; y entre el crecimiento de la producción de mercancías (basada en el mercado) y la satisfacción de las necesidades básicas. Hoy en día hay menos tierra fértil, agua y riqueza genética, gracias al desarrollo. Los recursos básicos son más

escasos y hay más excluidas/os.

 

La destrucción de la Naturaleza ha supuesto la destrucción de la reproducción y la conservación de la vida, y de la relación de cooperación entre la mujer y la Naturaleza. Esa cooperación se ha roto por una relación en donde la Naturaleza es un recurso pasivo. Ahora la producción es “masculina”, depredadora de la Naturaleza. Como señala Sendón de León, “en lugar de considerar a la Tierra como una madre que puede reproducirse y alimentarnos indefinidamente, se la ha desmembrado y nos estamos comiendo sus trozos y devorando sus vísceras en una especie de festival caníbal al que llamamos desarrollo” 29. La arrogancia de la cultura occidental es causa de la crisis ecológica, y oculta a las mujeres como creadoras del sustento vital de millones de personas. Cuanto más armonizan los ciclos productivos con los naturales, más invisibles se vuelven, y menos productividad se les asignan. Al decir de Gustavo Esteva, la apelación al valor económico como patrón infalible de medida exigió la desvalorización de todas las formas de existencia social 30 . Esto ha convertido la sabiduría en ignorancia, los ámbitos de la comunidad en recursos a explotar, las personas en mano de obra y la autonomía en dependencia del mercado, lo que a su vez condujo a la oposición entre la diversidad y la homogeneización y la privatización que produce la búsqueda del máximo beneficio para el agente patriarcal-capitalista, principio opuesto al de una economía de la supervivencia, que no desvaloriza y que no crea escasez. La producción de mercado genera deuda monetaria y crisis ecológica para el Sur. La economía de la supervivencia, que se construye desde el margen, se adapta a los límites que los medios imponen.

 

De aquí que pueden extraerse dos consecuencias, que son las que se han sostenido más arriba:

 

1. El desarrollo como proceso de extraversión de las naciones del Sur es un fenómeno que entraña violencia contra la Naturaleza, las mujeres y demás “otras/os”.

2. La solución de este problema no se encuentra en el mismo paradigma. Las mujeres, como principales víctimas de la degradación de la Naturaleza, son la esperanza para detener y superar las crisis ecológicas. Esto es así, porque ellas tienen los dos tipos de conocimientos: el de haber sido las víctimas, y el de ser las sustentadoras de la vida en el planeta.

 

6. Movimientos ecofeministas

6.1 Prácticas

En lo único en lo que están de acuerdo todas/os las/os autoras/as ecofeministas es en que hay casi tantas corrientes ecofeministas como número de investigadoras/es que se han involucrado en el tema. Aquí, la elaboración doctrinal del ecofeminismo corre paralela a determinados movimientos sociales con características comunes surgidos en todo el mundo, dirigidos por mujeres que luchan contra la degradación ambiental, y que señalan como causa de la misma al patriarcado 31

 

. Algunos de ellos fueron:

° El movimiento Whyl en la RFA, antinuclear.

° La Conferencia de Amherst

° Greenham Common

° El movimiento chipko

° Earth First!

° Movimientos de liberación animal

 

En este sentido, los principales movimientos ecofeministas surgen a raíz de su vinculación con otros movimientos sociales, especialmente el pacifista, antimilitarista y antinuclear de finales de los 70. La Conferencia de Amherst (1980) organizada por el Instituto de Ecología Social, la Alianza Clamshell y numerosas mujeres pacifistas, aglutinó en torno a sí un movimiento importante de mujeres que se oponían las prácticas violentas, destructoras de la vida en la Tierra 32 . Otro movimiento vinculado a las prácticas ecofeministas fue, en los EE.UU. el Womens Pentagon Actions. Actualmente los movimientos ecofeministas se vinculan a la defensa de la Naturaleza con un alto componente espiritual y religioso, sobre todo en Asia, África y América Latina.

 

Por otra parte, la estrategia de acción de los movimientos ecofeministas, desde los vinculados al pacifismo en EE.UU., los movimientos en defensa de los bosques en el norte de la India (Chipko) y los grupos de mujeres en defensa de la Naturaleza en América Latina, se caracteriza por algunas cuestiones. En primer lugar, son movimientos integrados mayoritariamente por mujeres organizadas en grupos de afinidad. En segundo lugar, sus estrategias tienen que ver con la acción directa no violenta. Y por último, su organización interna favorece el consenso y la democracia. Son movimientos fuertemente vinculados con la idea de la desobediencia civil 33 , y son, por tanto, movimientos de resistencia. Su integración mayoritaria por mujeres es una consecuencia de su lucha contra el sexismo, la cual contribuye, como opinan las/os ecofeministas, a mejorar las relaciones del ser humano con lo natural. Así, en vez de fomentar la segregación, las integrantes de los movimientos ecofeministas opinan que como sujetos culturales, las mujeres pueden y deben definir un modo colectivo específico de actuación política. Para Ynestra King, la práctica ecofeminista que engloba su ética y sus premisas fundamentales, ya señaladas anteriormente en este texto, puede ser la acción directa no violenta y radicalmente democrática. De este modo, se lucha contra el militarismo y la violencia, las jerarquías y las burocracias, el sexismo, el racismo y todas las lógicas de dominación. Las formas que adoptaron los grupos de acción ecofeministas han sido, también, reconducidas hacia otros movimientos, lo que, a su vez, demuestra el impacto de su organización reticular. Esta forma ha sido, por una parte, resultado de sus objetivos y sus acciones, y, por otra, a su dinámica interna, en la frontera entre la protesta, la coalición y la “organización política” estructurada 34. En resumen, Josepa Brú 35 ha sistematizado las actuaciones de los movimientos ecofeministas a través de su vinculación con cuatro cuestiones:

 

1. Seguridad alimentaria

2. Hábitat

3. Consumo y salud

4. Contaminación

 

En cuanto a las dos primeras cuestiones, los movimientos gestionados por mujeres han hecho un gran esfuerzo por luchar en contra de la erosión, la deforestación, y la desertización. El ejemplo paradigmático es el Movimiento Chipko, de los años 70 en el norte de la India, contra las compañías madereras 36 . Asimismo, el movimiento Green Belt en Kenia (plantación de árboles). Otros grupos tienen que ver con la conservación de técnicas tradicionales de uso de los suelos, que comporten un mínimo gasto energético y la lucha contra las leyes de patentes de semillas y otros productos naturales y la biopiratería 37 . También la creación de empresas de autogestión, como la Organización de Mujeres Salvadoreñas. En relación al hábitat urbano, proliferan los movimientos que promueven la autoconstrucción de viviendas e infraestructuras, y la planificación urbana con sensibilidad de género. Respecto a la relación entre las mujeres y el consumo, aparecen, por ejemplo, las acciones que tienen que ver con la sensibilización sobre el sobreuso de medicamentos. Y en relación al último grupo, han sido numerosos los movimientos de mujeres contra la contaminación de ríos, lagos, aire, ciudades (vertederos).

 

Pero además, los grupos ecofeministas se ha vinculado, por la Naturaleza de sus ideas y las personas que lo han conformado, con otras corrientes de pensamiento y de acción, sobre las cuales ha influido y que, también, han influido sobre ella. Como se ha visto, el movimiento social más vinculado al ecofeminismo ha sido el movimiento pacifista antinuclear en EE.UU. Sin embargo, debe mencionarse que otros movimientos, tales como los antirracistas y los de la ecología radical (ecología social y ecología profunda, en sus estrategias teóricas y prácticas) han estado íntimamente relacionados, en sus planteamientos y sus formas de actuación con las estrategias ecofeministas.

 

6.2 Escuelas ecofeministas

Paralelamente al accionar de los movimientos ecofeministas, surge la literatura y el estudio de las interconexiones entre las dominaciones sobre las mujeres y la Naturaleza. Aunque no se hasta qué punto puede ser útil una clasificación de los distintos ecofeminismos, pues casi cada autora tiene su propia definición del mismo, se ensayarán aquí una tipología que distingue, básicamente, tres escuelas dentro del movimiento:

 

1. la escuela clásica

2. la escuela espiritualista o esencialista

3. la escuela constructivista

 

La primera escuela surge en los años 70 en EE.UU y sus figuras más importantes son las norteamericanas Mary Daly y Susan Griffin. Estas afirman que el patriarcado ha conducido a la crisis ecológica y que la solución pasa por la ética del cuidado femenino. La práctica de esta ideología se traduce en: grupos de autoayuda, oposición a la energía nuclear, e incluso a la medicina tradicional (ginecología alternativa). Es un feminismo de la diferencia que afirma que varones y mujeres tienen esencias distintas: este esencialismo biologicista suscitó fuertes críticas.

 

La escuela esencialista aparece en los años 80 en los países del Sur, y realiza una seria crítica al modelo de desarrollo occidental y se caracteriza por su defensa de los pueblos indígenas del sur del planeta. Esto se vincula con la religiosidad de numerosos pueblos de la tierra, sobre todo de América Latina y la India. Entre las autoras más interesantes de esta escuela pueden citarse a Vandana Shiva, María Mies, e Ivonne Gebara. Por último, la escuela constructivista no se nutre ni del esencialismo de la clásica ni de la religiosidad de la esencialista. Los argumentos de sus representantes descansan más en las relaciones materiales entre las mujeres y la Naturaleza que en relaciones de carácter espiritual o esencial. El patriarcado es un fenómeno construido históricamente, y que debe deconstruirse. La relación entre las dominaciones de las mujeres y la Naturaleza ayudan a comprender cómo podemos detenerlas. De esta manera, piensan autoras como Val Plumwood, Carolyn Merchant, o Mary Mellor. A partir de lo que se ha señalado hasta ahora, debe decirse que los temas más estudiados por las autoras ecofeministas tienen que ver con:

 

° la crítica a las estructuras de pensamiento dicotómicas, sobre todo respecto de los dualismos Naturaleza/sociedad, cuerpo/espíritu

° la práctica política y la vida social de las mujeres

° la pretensión de enlazar todas las formas de opresión (de género, de raza, de clases, de la Naturaleza)

° una ética política antiinstitucional y democrática de base

° la supervivencia en contra de la satisfacción de las necesidades a través del mercado

 

6.3. Las prácticas ecofeministas: el Estado Español

Josepa Brú 38 señala tres ejemplos de movilizaciones en torno a las temáticas ecofeministas a partir de tres experiencias en el Estado Español: el proyecto de construcción de un vertedero de residuos tóxicos en Gibraleón; el incendio en una vivienda de un barrio degradado de Bilbao, y las movilizaciones coordinadas entre cuatro pequeños pueblos de Cataluña en contra del Plan de Residuos de la Generalitat que preveía situar una incineradora y un vertedero para acoger los residuos químicos de Tarragona.

 

En estos tres ejemplos, Bru ve aplicados los principios ecofeministas. Estos han confirmado, según esta autora, que existe una percepción de los riesgos ambientales propio de las mujeres, y que en las propias formas de actuar de estos movimientos existen rasgos esencialmente femeninos. Así, se comprobó un alto activismo por parte de las mujeres, frente al clásico mito de la pasividad de éstas, sobre todo en ámbitos rurales. Los motores de esta lucha fueron: la entrega a la familia y a la comunidad; la implicación apasionada en la salvaguarda de la tupida red de unas relaciones históricas, familiares, personales y afectivas, para el futuro.

 

Es interesante como el modelo patriarcal, al situar a la mujer en la esfera privada y doméstica, la ha educado en la cotidianeidad, es decir, en la inespecificidad, menospreciada por la alta especialización de la producción capitalista, pública y androcentrada. En este sentido, la movilización ciudadana y la percepción de la problemática ambiental es fruto de una visión cotidiana, y pone en marcha redes y habilidades, también cotidianas, que para el poder dominante (el capital, sus partidos políticos, etc.) es difícilmente asimilable, desestructurador y preocupante. Las mujeres son, por lo tanto, los agentes más preparados para enfrentar la crisis ecológica.

 

Por otro lado, las movilizaciones han organizado sus tiempos en función de los tiempos domésticos. Se rompen los tiempos individuales compartimentados y aparecen los de la comunidad: allí es donde las mujeres se sienten menos desgastadas que los hombres.

 

En definitiva, puede decirse que ha aparecido en el horizonte un modelo de percepciones femeninas de la problemática ambiental. Esta especificidad se refleja en la estrategia de lucha contra la degradación de la Naturaleza: existe un ecologismo de las mujeres, inscrito en una actitud de revalorización de lo cotidiano y de desafío a las vías convencionales de participación política.

 

7. Críticas feministas

Las corrientes feministas no ecologistas han criticado, de modo muy duro, la utilización de los estereotipos de género como arma potencialmente liberadora de la mujer. Es decir, su “naturalización”, ¿favorece o perjudica su lucha contra el patriarcado? Si el patriarcado le ha asignado un sitio (el dominio privado, el cautiverio, la maternidad, la Naturaleza, etc.), la mayor parte de las feministas opinan que la exaltación de lo interiorizado no puede alterar los valores que sustentan esa interiorización. El rechazo de la “mística” femenina, de reconocer una esencia propia (construida socialmente, claro está), es una de los objetos de más dura crítica, pero a su vez una de las bazas más fuertes a la hora de luchar contra el patriarcado destructor de la Naturaleza.

 

En este sentido, Osborne recuerda que “defender a priori que las mujeres poseen virtudes especiales por el hecho de serlo parece conducir ineludiblemente a la recreación del “eterno femenino”, que en nada favorece a la mujer. Esta ideología esencialista sobre la mujer, históricamente construida, ha acabado modelando unos rasgos específicos con el fin de sojuzgarla y mantenerla apartada de sus intereses emancipatorios39 . Creemos que en casi ningún caso el ecofeminismo crea que todas las mujeres “por el hecho de serlo” posean unas determinadas características: Osborne critica también el “separatismo” de las acciones exclusivamente femeninas. En otro orden de cosas, la autora menciona que el discurso ecofeminista sólo menciona lo que de la historia “le conviene”. Así, señala que la violencia de hombres contra otros hombres no aparece, o que muchos varones no poseen el espíritu mortífero y depredador que se les atribuye, y alude a textos ecofeministas que han sido reelaborados muchas veces desde que aparecieron por primera vez 40. Así, la crítica del “esencialismo”, entendido como ahistoricidad, ingenuidad y simplificaciones en la interpretación de las relaciones entre los géneros y con la Naturaleza, alude a la crítica de la relación positiva entre mujeres y lo natural. Esa actitud “antiesencialista” propia de gran parte del feminismo, no se alcanza a comprender del todo, sobre todo respecto a la mayor parte del ecofeminismo constructivista, que es el que aquí se ha descrito. Que los hombres hayan construido una cultura en contra de la mujer no implica que eso no pueda estar cambiando, y de hecho lo está haciendo. Que la biología no explique la subordinación de las mujeres y si elementos simbólicos fuertemente arraigados en la psique de hombres y mujeres, es, en sí, un hecho no esencialista. De hecho, la posición antiesencialista puede ser tan reaccionaria como la esencialista liberadora 41 . No debe olvidarse que la perspectiva de género debe ser una toma de posición política que denuncia la opresión de género y que debe contribuir a su desaparición 42.

 

En definitiva, como señala Ynestra King, “reconocer que aunque la dicotomía naturaleza/cultura sea, en sí misma, un producto de la cultura, nosotras podemos conscientemente elegir no reforzar esa dicotomía uniéndonos a la cultura masculina. En cambio, podemos utilizarla como punto de partida para crear una cultura y un cuerpo político distinto, que, a su vez, integre las dimensiones espirituales e intuitivas a las formas más racionales de conocimiento, abarcando la “ciencia” y la “magia” de tal forma que nos permita transformar la dicotomía Naturaleza/cultura e imaginar y construir una sociedad libre y ecológica” 43

 

8. Conclusiones

Si bien es difícil considerar que todas las mujeres tienen la misma visión “femenina” de los problemas ambientales, las experiencias de las mujeres en los movimientos ecologistas hacen pensar que existe una conexión entre su supervivencia y la de la Naturaleza, mayor que en el caso de los hombres. El ecofeminismo cuestiona el paradigma desarrollista y establece un modelo ideal, antijerárquico y antipatriarcal, en donde no existe la dominación intergenérica y

entre el ser humano y el resto de los seres vivos sobre el planeta (democracia radical).

 

En definitiva, el ecofeminismo aboga por un cambio desde una economía determinada por las fuerzas del mercado (modo de producción parasitario que se aprovecha del trabajo gratuito de millones de mujeres y de la Naturaleza) hacia una economía determinada por las mujeres y sus necesidades, gobernada por estructuras locales y comunitarias. Así, la riqueza se definirá como el derecho al aprovisionamiento básico y no como el acceso a los mercados. Esto ya se lleva a cabo por los habitantes de los márgenes del mundo, quienes regeneran comunidades recuperando los valores de respeto a lo natural y de cuidado que había caracterizado sus vidas, desmantelados por el desarrollo y la profundización del patriarcado y la omnipotencia del mercado.

 

Es la población común, el/la otro/a de este mundo, el que se apoya en experiencias de participación y no de manipulación de lo exterior. Como señala Esteva, “el hombre común, en los márgenes, ha sido capaz de mantener viva otra lógica” 44.

 

Los cambios que deben llevarse a cabo son, en todo caso, estructurales y muy profundos, pero deben siempre pasar por un cambio en el orden social, económico y político establecido. Debe modificarse la composición de lo que se produce, los procesos de producción (tecnología), los sistemas de conocimiento que contribuyen a crear esos procesos, y la distribución por clase y por género de lo que se produzca y se consuma.

 

Un ejemplo: en ciertas zonas podrían sustituirse los monocultivos arbóreos por mezclas de especies autóctonas, respetando la biodiversidad y abandonando así los paradigmas del mercado: el cambio de la agricultura petroquímica por la agricultura orgánica. Al cambiar esto, cambiaría la tecnología y la base de conocimientos que la sustenta; la violenta relación del abono petroquímico por la sabiduría de miles de años de las mujeres agricultoras del lugar. Para ello habría que llamar “ciencia” a esa sabiduría actualmente expoliada por las empresas multinacionales y las leyes de patentes.

 

Y en general, los principios ecologistas y feministas requieren que el aprovisionamiento material sea lo más local posible. Esto es ecologistas pues así los costes de producción son obvios para la gente que los produce y los consume. Y es feminista, pues no separa, como el capitalismo patriarcal, la producción de otros aspectos de la comunidad. El aprovisionamiento debe ser igualitario y democrático y no depender tanto de los transportes motorizados. Pues finalmente, como dice Ilich, las 1.500 horas que el habitante de EE.UU consagra a automóvil como media “…le sirven para hacer unos 10.000 kilómetros de camino, o sea 6 km por hora. Es exactamente lo mismo que alcanzan los hombres en los países que no tienen industria del transporte… Lo que diferencia la circulación en un país “rico” y en un país “pobre” no es una mayor eficacia, sino la obligación de consumir en dosis altas las energías condicionadas por la industria del transporte”45. La progresiva eliminación del transporte motorizado es también, por su impacto genérico y ecológico, un objetivo del ecofeminismo.

 

Así, el ecofeminismo toma como punto de partida una situación construida culturalmente por y para los hombres (de cierta clase, etnia, color y edad) para, a partir de allí, luchar por construir una teoría y una acción que aprehenda otros mundos en donde la supervivencia y los valores de respeto al/a la otro/a (entendiendo esto como las mujeres, las personas no blancas, pobres y a la Naturaleza) sean centrales. No se trata de construir teorías y prácticas neutras de género o respecto a lo natural 46 , sino de sobrevivir.

 

9. Bibliografía

° Brú, J. “Medio ambiente : poder y espectáculo : gestión ambiental y vida cotidiana”,

Barcelona, Icaria, 1997

° Carrasco, C. “Mujeres y economía : nuevas perspectivas para viejos y nuevos

problemas, Barcelona, Icaria, 1999

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° Holland-Cunz, B. “Ecofeminismos”, Madrid, Cátedra, 1996

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° Moreno, I. “Identidades y rituales”, Antropología de los pueblos de España, Madrid, Volumen 1, 1991, páginas 601-636

° Osborne, R. “La construcción sexual de la realidad : un debate en la sociología contemporánea de la mujer”, Madrid [etc.], Cátedra [etc.], 1993

° Sabaté Martínez, A., Rodríguez Moya, J., Díaz Muñoz, M.A. “Mujeres, espacio y sociedad: hacia una geografía del género”, Madrid, Síntesis, 1995

° Sábato, E. “El escritor y sus fantasmas”, Barcelona, Seix Barral, 1979

° Sachs, W. “Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder”, Lima, Pratec, 1996, 45 Illich (1974) 46 Holland-Cunz (1996)

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° Varios autores, Revista de Ecología Política número 16, 1998

° Vianello, M., y Camarazza, E. “Género, espacio y poder”, Madrid, Cátedra, 2002.

° Warren, K. “Ecofeminist philosophy : a western perspective on what it is and why it matters”, Lanham, Md. : Rowman and Littlefield , 2000

 

Notas:

 

1 Lo que Holland-Cunz (1996) llama “minorías silenciadas de la historia de la teoría”.

2 Warren (2000). Como dice Lagarde, “la perspectiva de género feminista contiene también la multiplicidad de propuestas, programas y acciones alternativas a los problemas sociales contemporáneos derivados de las opresiones de género…”.

3 Rosaldo (1980)

4 Como se ha dicho, la categoría analítica fundamental del análisis ecofeminista es el género, lo que Lagarde define como “la construcción diferencial de los seres humanos en tipos femeninos y masculinos. El género es una categoría relacional y una construcción que busca explicar una construcción de un tipo de diferencia entre los seres humanos”. El género es la construcción simbólica en torno a diferencias anatómicas y psicológicas entre hombres y mujeres. Lagarde (1996)

5 Afirma Moreno (1991): “Y dentro mismo de nuestra tradición civilizatoria, la negación del derecho a la diferencia y la conversión de ésta en fuente de desigualdad ha sido también el medio legitimador históricamente más utilizado

para justificar la opresión y la dominación”.

6 Ortner en Harris y Young (1979)

7 Sanday (1981)

8 Merchant (1990)

9 Vianello y Camarazza (2002)

10 Sabaté Martínez, Rodríguez Moya y Díaz Muñoz (1995)

11 Ver Illich (1974)

12 Iván IIlich (1974), sobre el impacto social y ecológico del transporte aéreo desde una perspectiva de clase, habla del “esclavo del desplazamiento” y del “viajero impertinente”, señalando que “un tercio de la población adulta debe hacer 40 km por día entre la casa, la escuela, el trabajo y el supermercado para que un 0,5% pueda elegir viajar en avión más de una vez al año… el pobre capaz de acelerar de vez en cuando, refuerza él mismo la ilusión de la que es víctima premeditada y se hace cómplice del cuadro social del espacio”.

13 Aún con todas las reservas que los economistas tenemos de la expresión “crecimiento”, no nos referimos a esa sino al crecimiento personal y espiritual.

14 Sábato (1979)

15 Es muy curioso como, a la hora de criticar la supuesta postura ecofeminista de que existe una tendencia de los hombres hacia la violencia y de las mujeres hacia el cuidado (cuestión que no se plantea aquí), Osborne señala que muchos hombres desean la paz (¡vaya obviedad!) ya que, a fin de cuentas, ellos también son padres. Pero ¿es acaso el amor paterno un fenómeno con el mismo origen y las mismas características que el amor maternal?

16 No estamos expresando posiciones esencialistas, sino meramente constructivistas.

17 Expresión igualmente utilizada en el ecofeminismo de Vandana Shiva, como se verá más adelante.

18 Para una exposición de argumentos sobre el uso del PIB como indicador macroeconómico de riqueza, puede consultarse el número 16 de la Revista de Ecología Política (1998)

19 El propio acto sexual es invasivo y viene muchas veces cargado de violencia.

20 El patriarcado es, en sí mismo, un conjunto de pactos entre los hombres.

21 Escalera (2001)

22 Esta descripción correspondería a lo que casi todo el ecofeminismo estaría de acuerdo en afirmar. Se trata de una ética de mínimos.

23 En este sentido también se critican algunas prácticas, como por ejemplo el vegetarianismo y algunas premisas de la ecología profunda.

24 Warren (2000)

25 Algunos autores de esa época son especialmente blanco de duras críticas, como Francis Bacon y René Descartes.

26 Warren las califica de “arrogant perception” y de “loving perception”.

27 Delgado Cabeza (1998)

28 Shiva (1989)

29 Sendón de León (2003)

30 Esteva en Sachs (1996)

31 Sturgeon (1997)

32 La conferencia se tituló: “Mujer y vida sobre el planeta: ecofeminismo”.

33 Sturgeon (1997)

34 Diani en Ibarra y Tejerina (1998)

35 Brú (1997)

36 Movimiento “encabezado” por Vandana Shiva, quien, por otra parte, no ha dejado también de recibir importantes críticas (ver Mawdsely (1999) ).

37 Este es uno de los frentes más conocidos de algunas ecofeministas, como Mies y la propia Vandana Shiva.

38 Brú (1997)

39 Osborne (1993)

40 Especialmente los textos de Griffin y Daly.

41 Holland-Cunz (1996) y Sturgeon (1997) defienden una especie de esencialismo “necesario para la teoría”.

42 Lagarde (1996)

43 King (1983) en Sturgeon (1997)

44 Esteva en Sachs (1996)