Besar, actividad extraña y sexual menospreciada por los
hombres. El orgasmo bucal, experiencia que cobra fuerza pero poco
estudiada por los investigadores. (JONATHAN MARGOLIS)
Fuente:
http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050722/a02n1cie.php
Viernes
22 de julio de 2005
Subió
a conferencia el 26 de Julio del 2005
Desde los días bíblicos se hace referencia a su efectividad
en las artes amatorias
Besar, actividad extraña y sexual menospreciada por los
hombres
Para muchas mujeres, la facilidad para tener relaciones
sexuales la ha degradado
El orgasmo bucal, experiencia que cobra fuerza pero poco
estudiada por los investigadores
JONATHAN
MARGOLIS THE INDEPENDENT
En
general Sigmund Freud no es
muy conocido por su ironía, así que es poco probable que buscara provocar la
risa cuando, en 1905, describió el beso como: "Contacto particular entre
las membranas mucosas de los labios de dos personas interesadas, el cual, en
muchas naciones, se tiene en alta estima sexual a pesar de que las partes del
cuerpo involucradas no forman parte del aparato sexual, sino constituyen la
entrada hacia el tracto digestivo".
Irónico
o no, en cierto sentido Freud tenía razón. El acto de
besar es una actividad muy extraña, aunque no se puede negar que besar (el beso
francés, no el picorete mua-mua en la mejilla) es sexual. Siempre ha sido, siempre fue,
con toda probabilidad aun antes de que los humanos se pararan sobre sus patas
traseras. Quienes se preguntan cómo se inventó el beso -hecho que a primera
vista resulta un misterio que rivaliza con el descubrimiento del queso-
deberían fijarse en el bonobo, simio pigmeo,
simpático y en grave peligro de extinción que vive en grupos pequeños en el
Congo y es considerado por los naturalistas el animal más cercano al ser
humano, sobre todo porque estos simios tienen relaciones sexuales no por los
bebés, sino por gusto.
Tratándose
de sexo, los bonobos hacen de todo: posiciones
experimentales, cunnilingus,
fellatio,
masturbación, bisexualidad, sexo en grupo y, a diferencia de cualquier otro
animal, montones y montones de largos, apasionados besos con la boca abierta y
juego de lenguas.
Extrapolemos
eso, imaginemos que muchos primates ahora extintos tal vez también se besaron a
la francesa, y sabremos de dónde sacaron la idea nuestros tatarabuelos
neandertales. Muchos evolucionistas creen que nuestra inusual posición sexual
cara a cara se desarrolló porque nos gustaba mirarnos mientras teníamos relaciones sexuales y, claro, porque al mismo tiempo nos
podíamos besar. Esto convirtió el sexo en una actividad social e intelectual,
así como en una práctica placentera y necesaria para conservar la especie.
Largo camino a la modernidad
Ya
para los días bíblicos, besar se había puesto al frente del arsenal sexual de
la humanidad, y era sujeto de codificación e imperativos morales de nuevo cuño.
El rabino estadunidense Shmuley
Boteach, autor del popular libro Sexo Kosher, es defensor del sexo cara a
cara y de los besos que lo acompañan.
"De
acuerdo con los antiguos rabinos y los cabalistas, en la posición del misionero
una pareja puede besarse e intercambiar el aliento de la vida. Ambos pueden
murmurarse cosas al oído y así unir sus espíritus; pueden abrazarse y su carne
convertirse en una sola", dice Boteach, quien
acota que el beso francés no es la única clase de beso permitida por la
tradición judía.
Señala
que el rabino medieval Maimónides escribió: "A
un hombre le está permitida su esposa, y por tanto, cualquier cosa que él y su
esposa deseen alcanzar sexualmente, pueden hacerlo. Pueden tener relaciones
cuando les plazca y él puede besar cualquier órgano que desee y tener trato
sexual de manera natural o no natural". Los antiguos griegos también
reverenciaban los besos.
El
novelista romántico del siglo II Longo de Lesbos
escribió sobre dos pastores calenturientos, Dafnis y Cloé,
los cuales no podían parar de besarse.
"Contra
el amor no hay remedio, ni poción, ni polvos ni canción", se queja uno de
estos hijos de la naturaleza. "Nada tiene utilidad excepto besarse,
acariciarse y yacer juntos desnudos". La idea de que besarse era el punto
medio entre la cena y el sexo se había ya establecido en esos tiempos.
Otro
novelista de pornografía ligera, Aquiles Tatius,
escribió en el siglo V: "Cuando las sensaciones de Afrodita se elevan
hacia su punto más alto, la mujer se pone frenética de placer, besa con la boca
bien abierta y se revuelca como loca".
Hans Licht, profesor de griego clásico, se entusiasmaba al
describir el sendero de los griegos hacia el éxtasis sexual. "Labios
presionados contra otros labios, los amantes permanecen largo rato en tierno
abrazo, los labios abiertos y las lenguas acariciándose mientras las manos del
joven ciñen los pechos de la chica y tocan con lascivia las rotundas manzanas;
a los besos les siguen mordidas tiernas, en especial en los hombros y los
pechos, de los cuales el joven ha retirado las ropas con mano
enfebrecida", etc, etc.
En
el mundo islámico los besos, junto con toda la saludable destreza sexual, no
sólo se propiciaban, sino se exigían, y en India el Kama Sutra y el Ananga-Ranga se
mostraban tan entusiastas de los besos como de la cópula. Los antiguos chinos
tampoco se conformaban con poco. El autor de El arte del amor, Li Tung-Hsuan, escrito en el siglo VII, describe de manera precisa
cómo los besos contribuyen a llevar de una cosa a la otra. "El hombre
succiona el labio inferior de la mujer, la mujer succiona el labio superior del
hombre", escribe. "Se besan, se alimentan de la saliva del otro. O el
hombre muerde con suavidad la lengua de la mujer o mordisquea sus labios un
poco, se coloca en las manos la cabeza de ella y le pellizca las orejas. Así,
acariciándose y besándose, mil encantos se desplegarán y cientos de pesares se
olvidarán".
Como
parte de su trayectoria hacia la "modernidad" y el alejamiento de las
"maneras animales", los primeros cristianos y los medievales
empezaron a denigrar los besos, aunque monjas frustradas y erotómanas como Mechthild o Magdeburg y Margaretha de Ypern describieron
de manera gráfica los besos que les daba Cristo. Verónica Giuliani,
quien fue beatificada por el papa Pío II, alguna vez acabó en la cama besando a
un borrego vivo.
Los
trovadores de Provenza eran menos refractarios a los besos, y su código de amor
cortesano consideraba "amor verdadero" los besos y las caricias, pero
nunca el sexo, el cual se conocía como "falso amor". En cambio Tomás
de Aquino se mantuvo firme contra los besos y sostuvo que besar a una mujer con
placer, aun sin pensar en sexo, era pecado mortal.
No
es de sorprender que en algunas culturas cristianas de los siglos XVI y XVII un
hombre de menos de 20 años de edad podía recibir en
castigo ocho días de ayuno por besar de manera licenciosa. En 1656 al
desafortunado capitán Kemble, de Boston, lo pusieron
en el cepo acusado de "conducta lasciva e indecorosa" por besar en
público a su esposa un domingo, después de tres años en el mar.
Lo que ellas quieren
Almas
más liberadas que los colonialistas de Boston recuperaron las delicias del beso:
los primeros hebreos, los musulmanes, los griegos y otras culturas. John Cleland, autor del bestseller de
1748 Las memorias de Fanny
Hill, no pasa por alto los besos en su priápica
exploración del Londres del siglo XVIII: "Phoebe
pareció más compuesta; después de dos o tres suspiros, ¡ohs!
que atrapaban el corazón y darme un beso que pareció exhalar el alma por los
labios, volvió a colocar las ropas de cama sobre nosotros".
Una
médica pionera estadunidense de finales del siglo
XIX, Elizabeth Blackwell, explicaba que no es el sexo
en sí lo que las mujeres anhelan, sino "la profunda atracción de una
naturaleza a otra, que es marca de la pasión, y el deleite de los besos y las
caricias".
Las
mujeres occidentales modernas se quejan con frecuencia de que la facilidad con
que se tienen relaciones sexuales ha degradado la alegría de besarse. "He
tenido un orgasmo tan sólo con besar a alguien", me dijo una amiga cuando
escribía un libro sobre el orgasmo. "Fue la cosa más asombrosa que he experimentado.
Besar es fantástico y está muy menospreciado por los hombres".
La
experiencia de esta mujer no es única. Un sitio web describía de manera elocuente
el gozo no sólo del orgasmo clitorítico a
consecuencia del beso, sino el de un verdadero "orgasmo bucal".
"El
orgasmo bucal ocurre en el momento cumbre de la estimulación de la boca; puede
empezar en la boca y/o en la garganta y expandirse desde ahí", explicaba.
"Este tipo de orgasmo parece estar más difundido de lo que se sospechaba
con anterioridad y ha sido ignorado por los investigadores. Con el creciente
interés en el sexo oral, se puede esperar que la incidencia de orgasmos bucales
se incremente.
"El
orgasmo bucal parece dispararse por los variados componentes de la cavidad
oral: los labios, la lengua, el paladar y la garganta. Qué parte, o combinación
de partes, disparan el orgasmo, depende de cada individuo. En algunos el
orgasmo empieza con sensaciones muy agradables en los labios, mientras otros
las sienten en el paladar, etc.
"Algunas
mujeres llegan al orgasmo mientras besan; otras consideran el orgasmo bucal
como un entremés antes del platillo principal. Otras experimentan orgasmos
bucales al hacerle sexo oral a un hombre."
Orgasmos
bucales o no, besar sigue siendo el ingrediente principal de la ficción
erótica. Como dice el autor erótico Mitzi Szereto: "El beso es una parte integral del todo. Es
un preliminar para las partes candentes que vienen después. En literatura, como
en el cine, una vez que el beso empieza a actuar, se puede saber hacia dónde
nos conducirá. Y la anticipación es la mitad de la diversión".