La Violencia Sexual Como Forma De Tortura Hacia Las Mujeres. Las mujeres sufren hasta hoy las profundas secuelas físicas y psicológicas que les dejó la tortura, y muchas otras murieron a causa de ella durante la dictadura en Chile (Revista Mujer Salud)

 

Fuente: REVISTA MUJER SALUD, Red de salud de las mujeres latinoamericanas y del caribe; 1/2005; enero-marzo

Subió a conferencia el 10 de Junio del 2005

 

La Violencia Sexual Como Forma De Tortura Hacia Las Mujeres

 

 

La dictadura militar que comenzó en Chile el año 1973, tras un cruento golpe que derrocó al Presidente Salvador Allende y dejó a miles de personas muertas, desaparecidas, encarceladas y expulsadas del territorio, durante los 17 años que estuvo en el poder ejerció una permanente represión y persecución a hombres y mujeres considerados "peligrosos" para la estabilidad de/ régimen de facto. La tortura, en sus más diversas manifestaciones, comenzó el mismo día del golpe contra las personas que fueron hechas prisioneras en las calles, casas, lugares de trabajo, universidades, fábricas, poblaciones, y se mantuvo con gran intensidad durante todo el lapso en que los militares estuvieron en el poder, con Augusto Pinochet a la cabeza.

 

Las mujeres no estuvieron ausentes de este triste registro. De hecho, muchas sufren hasta hoy Las profundas secuelas físicas y psicológicas que les dejó la tortura, y muchas otras murieron a causa de ella. La violencia sexual formó parte principal de las sesiones con que los militares de las diversas ramas buscaron castigar despiadadamente a las mujeres que osaron manifestarse políticamente disidentes, o que ayudaron de una a otra forma a personas opositoras.

 

Sin embargo, y a pesar de que la tortura con violencia sexual fue experimentada por un gran número de las prisioneras, no siempre fue visualizada por estas como una práctica con connotaciones de violencia basada en el género.

 

En esta oportunidad presentamos un artículo de la psicóloga chilena Carolina Carrera, de la Corporación La Morada, Area de Ciudadanía y Derechos Humanos, que se refiere a la investigación "Las mujeres víctimas de violencia sexual como tortura durante la represión política en Chile, 1973‑1990. Un secreto a voces", realizada por esta organización y por el Instituto de la Mujer, con el objetivo de visibilizar que durante la dictadura de Pinochet las mujeres fueron sujetas específicas de tortura por razón de su sexo.

 

Complementamos este escrito con una entrevista a la Dra. María Isabel Matamala, experta en temas de género y salud de las mujeres, con extensa trayectoria de defensa de los derechos humanos, quien desde su experiencia persona/ como ex prisionera política se refiere a las huellas de la tortura y violencia sexual y a la necesidad de dar espacio a los relatos como forma de sanación de las víctimas y de la sociedad en su conjunto. Relatos que en su mayor parte han sido hasta hoy acallados.


 

UN SECRETO A VOCES

Violencia sexual como tortura durante la represión política en Chile

 

La autora es psicóloga de la Corporación de Desarrollo de la Mujer, La Morada, de Chile. Artículo elaborado a partir de la investigación  llevada a cabo par el Instituto de la Mujer y el Area Ciudadanía y Derechos Humanos de la Corporación La Morada "Las mujeres víctimas de violencia sexual como tortura durante la represión política en Chile, 1973‑1990 Un secreto a voces".


 

 

Introducción

 

El proyecto de investigación "Las mujeres víctimas de violencia sexual como tortura durante la represión política en Chile, 1973‑1990. Un secreto a voces", nace en el contexto de la conmemoración de los 30 años del golpe militar y tuvo por objetivo contribuir a rescatar la memoria histórica de la represión desde una perspectiva de género.

 

El proceso de democratización que se inició en 1990 ha tenido como uno de sus pilares en materia de derechos humanos, la elaboración de una historia/memoria oficial que reconoce que en Chile se cometie­ron violaciones a los derechos humanos. Ha sido la infatigable lucha de los movimientos sociales y de las organizaciones de derechos humanos y de víctimas de la represión, quienes han sostenido la demanda por una verdad sin concesiones, la cual de manera gradual ha sido recogida por las autoridades a través de distintas instancias como la Comisión Rettig y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Esta última dirigida a reparar a quienes entre 1973 y 1990 fueron objeto de detenciones y de tortura.

 

A pesar de las críticas que dichas comisiones y sus respectivos informes han sufrido de parte de las organizaciones de derechos humanos(1), estos documentos permiten afirmar hoy la responsabili­dad de agentes del Estado en la ejecución, desaparición y tortura de miles de hombres y mujeres.

 

Las limitaciones de la transición para enfrentar en su integralidad los problemas de verdad y justicia en materia de derechos humanos, se vieron desbordadas a partir de la reinstalación de un debate societal, producto de la detención de Pinochet en el año 2000. Como consecuencia, el gobierno del Presidente Eduardo Frei crea la Mesa de Diálogo con el objetivo de identificar el paradero de los detenidos desaparecidos durante la dictadura. AI fracasado objetivo de establecer dicho paradero, las organizaciones de mujeres respondieron con otro desafío político y moral ineludible: la necesidad de saber el destino de las mujeres desaparecidas que estaban embarazadas al momento de su detención. Esta es la primera iniciativa dirigida a denunciar y develar las graves violaciones de derechos humanos que sufrieron las mujeres en la dictadura.

 

La necesidad de visibilizar los atropellos y reparar las heridas de la tortura es colocada como una demanda de las organizaciones de derechos humanos el año 2001, con la entrega al Presidente de la República del Informe de la Comi­sión Ética contra la Tortura. En dicho informe se consigna que más de 300,000 personas fueron víctimas de torturas en Chile. La Fundación de Ayuda Social de las iglesias Cristianas, FASIC, la Corporación de Promoción y Defensa de los Derechos del Pueblo, CODEPU, y el Colegio Médico manejan cifras similares. Sin embargo, ni este informe ni los documentos oficiales relevaban a las mujeres como sujetos específicos de la tortura, a pesar de los avances internaciona­les que reconocían la violencia de género como un elemento que se agudiza en los contextos de conflictos armados o de excepción. De allí que uno de los objetivos implícitos de la investigación apuntaba a que se consignará en el documento oficial que comenzaba a elaborar la Comisión sobre Prisión Política y Tortura, que la violencia sexual como tortura contra las mujeres había constituido una práctica sistemática y generalizada ejercida por agentes públicos o por terceros, con su colaboración o tolerancia. En este sentido, la violencia sexual no constituyó una práctica privada de los agentes del Estado sino que hacía parte de la racionalidad de la tortura.

 

Sin embargo, mirar la represión desde una perspectiva que dé cuenta del rol y el impacto de la represión en las mujeres, y en particular de la tortura, durante el período que va desde 1973 hasta 1990, no ha sido fácil. En muchas ocasiones, los actores involucrados en el apoyo, registro y documenta­ción de casos, las autoridades y las víctimas, no vieron en su momento la especificidad de género de la tortura que se ejerció sobre las víctimas mujeres, ni se cuestionaron que esta especificidad existiera. De allí que el primer intento por determinar la magnitud de dicha violencia se estrellara con la forma en que se construyeron los archivos en las distintas instituciones, forma que a su vez es producto de las condiciones del discurso social que impidieron que las mujeres denun­ciaran la tortura.

 

Desde un comienzo la investigación se propuso develar la violencia sexual y de género practicada contra las mujeres en la dictadura, precisamente porque el tratamiento era escaso y a sabiendas de que los hechos seguían siendo resistidos y negados en la conversación societal. Se plantearon los objetivos de describir, analizar a interpretar la violencia sexual contra las mujeres constitutiva del crimen de tortura y, a la vez, difundir los resultados de este análisis como una expresión de reconocimiento y reparación a las mujeres violentadas. El supuesto del que se partió y el marco de análisis aplicado situó en el orden social de género imperante gran parte de la responsabilidad respecto de la especificidad que cobró la tortura en las mujeres, sin obviar, por cierto, factores políticos e ideológicos más generales que explican la violencia vivida en ese entonces.

 

Se intentó responder acerca de las características que asumió la violencia sexual como tortura contra las mujeres, dónde y cuándo se ejerció, qué tipo de patrón siguió la tortura sexual, cómo se fue instalan­do un silencio que, a modo de velo, fue invisibilizando en la memoria individual y colectiva la violencia sexual de que fueron objeto miles de mujeres en nuestro país. Las respuestas de las mujeres, a través de entrevistas realizadas, están matizadas por los recuerdos. Qué recuerdan y qué no recuerdan las mujeres violentadas, cómo fueron construidos esos recuerdos, cómo se reelaboraron con el tiempo, y qué papel jugaron las instituciones en la elaboración de estos relatos.

 

Se partió de tres supuestos básicos que se sustentan en la porfiada e históricamente repetida realidad que los organismos de mujeres vienen denunciando en diversas partes del mundo. En primer lugar, que un número mayoritario de las mujeres que fueron víctimas de detención o tortura sufrieron algún tipo de violencia sexual. En segundo lugar, que la violencia sexual ejercida contra las mujeres constituía un método de tortura extendido, consistente en la coacción, la amenaza, la intimidación y el use de la fuerza y la violencia física o psíquica, para destruir, agredir, degradar y humillar a la víctima por su condición de género. Por último, que la violencia sexual que se ejerció en contra de las mujeres fue invisibilizada, no relevada, ocultada o no nombrada por la sociedad, por las instituciones a individuos que trabajaban en la defensa de los derechos humanos y por las propias mujeres víctimas por diversas razones, entre ellas, el estado de las relaciones de género y la subordinación a que están/estuvieron sometidas las mujeres.

 

Principales hallazgos de la investigación

 

a) La violencia sexual como método de tortura sistemático y generalizado durante la represión política y su finalidad.

La violencia sexual como método de tortura hacia las mujeres se ejerció durante todo el período de la dictadura, desde 1973 hasta 1990, y a lo largo de todo el país. Se practicó en forma sistemática y generalizada en casi la totalidad de los centros de detención que se conocen, los cuarteles, los campos de concentración, los estadios; en centros de detención clandestinos como Villa Grimaldi, el Cuartel Ollagüe, los estacionamientos subterráneos de la Plaza de la Constitución, el Estadio Nacional, el Centro de Prisioneros Tres y Cuatro Alamos, la Venda Sexy, la casa Londres 38, la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea, el Cuartel Borgoño, la Base Aérea de El Bosque, el Regimiento Buin. También en regiones: Tejas Verdes, el Buque Escuela Esmeralda, la Isla Quiriquina, que aparecen como los más mencionados por las mujeres de la Región Metropolitana entrevistadas en el marco de esta investigación.

 

La violencia sexual como tortura fue ejercida por parte de funcionarios de todas las ramas de las Fuerzas Armadas, de Carabineros, de Investigaciones, conscriptos, agentes de organismos de inteligencia, gendarmes y civiles que colaboraron en tareas represivas.

 

La violencia sexual fue transversal a todos los períodos en que se clasifica la represión. Tanto en el período de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) como de la CNI (Central Nacional de Inteligencia), el use de animales formó parte de la tortura sexual utilizada contra las mujeres. Se buscaba la degradación máxima de la víctima, que esta sintiera vergüenza de sí, de su propio cuerpo. Era, a juicio de las propias mujeres, el peor de los castigos, la peor tortura.

 

Desde el mismo 11 de septiembre de 1973, día del golpe militar encabezado por Pinochet, es posible constatar que las mujeres pasaron a ser un grupo denominado "peligroso" ya que, como lo plantea Ximena Bunster (2), amenazaban el orden público y, por ende, la jerarquía masculina que este nuevo orden imponía. Las primeras señales en términos de control y dominación por su sola condición de género, estuvieron dadas por el ejercicio de la represión sobre las mujeres por su militancia política o por la cercanía con un hombre "peligroso" para el régimen militar. Así, el sistema de represión y tortura tuvo un papel específico sobre las mujeres, buscaba castigar a algunas y atemorizar a todas las otras. Se ejemplificaba cómo se trataría a aquellas que osaran salirse del modelo único de mujer impuesto por la dictadura.

 

La represión se ejerció a través de la violencia sexual como tortura, como forma real y simbólica de expresar el mandato que imponía la dictadura. Según Bunster, el rol de madre/esposa en el espacio privado "... es el único papel que le da respeto en una sociedad donde ella es definida ideológicamente como inferior al hombre del cual deriva su identidad sexual secundaria como madre, hermana, esposa o compañera de algún hombre" (3).

 

El control, la dominación, además de la intimidación y humillación que buscan despojar de su identidad femenina a la víctima, es lo que se persigue con la violencia sexual(4). Es la identidad sexual, aquella construcción social de lo femenino, que Bunster plantea como "la doble brutalización" en la medida que socializa "a las mujeres de un modo determinado para luego utilizar esa propia socialización como método de tortura"(5). Recordemos que el golpe militar se constituye como una reacción defensiva del sistema tradicional para preservar su hegemonía y frenar las transformaciones que se estaban llevando a cabo entre los años 60 y 70 en la sociedad, la política, la economía, la cultura y, también, en la configuración de los modelos sociales de hombres y mujeres y de sus relaciones. Como respuesta, la dictadura impuso una política de género que tuvo por finalidad reconstituir y reafirmar el sistema de sexo-género tradicional, reforzado por la introducción de la ideología militar que exacerba al máximo esta relación, al punto de que la transgresión a dicho orden pasó a constituirse en amenaza. 

 

La dictadura exalta una única identidad femenina a la que deben ajustarse las mujeres, la identidad mariana, de madre-esposa, fiel compañera del soldado, salvadora de la "patria", figura femenina que se presenta como "gran madre" de todos los chilenos. Esta representación religiosa de las mujeres será acompañada de una serie de mecanismos discursivos y de control (social, jurídico y, en su caso, represivos) que harán efectivo el nuevo orden de género.

 

Las mujeres, durante la dictadura, serían "castigadas" material y simbólicamente por haber sobrepasado las fronteras de los roles que culturalmente les estaban asignados. En la lógica de la "contrainsurgencia" y la doctrina de la "seguridad nacional" del aparato represor del Estado militar, las mujeres serán catalogadas como "enemigas" o "mujeres del enemigo" y, por ende, objeto de violencia sexual sistemática como una "política de género"(6) destinada a destruirlas y mantener el orden de dominación de los hombres por sobre las mujeres. Así, la violencia sexual como método de tortura en contra de las mujeres se inscribe dentro de esta lógica.

 

b) Características de las mujeres víctimas de la violencia sexual

Mujeres de todas las edades, mujeres de todos los estratos socioeconómicos, mujeres pertenecientes a etnias, mujeres embarazadas o no, fueron objeto de violencia sexual. Las violaciones fueron individuales y grupales. Los perpetradores actuaron solos o en grupo. Las mujeres fueron usadas como una estrategia de guerra, de ocupación de territorio, de desmoralización del enemigo, y también como botín o recompensa en fiestas y celebraciones. Las condiciones étnicas y de clase de las mujeres fueron substrato para más vejaciones y burlas. Fueron violentadas mujeres militantes y no militantes, profesionales, estudiantes, obreras, campesinas, dueñas de casa. En este sentido, las mujeres detenidas se convierten en una sola que representa para los agentes represores, para la ideología militar, la puta/traidora.

 

Así la violencia sexual se ejerció en mujeres embarazadas cuyo destino y el de sus hijos/as desconocemos, en niñas de 14 años que tuvieron al hijo de la violación, y en mujeres de 68 años que fueron violadas frente a sus hijos.

 

Importante es mencionar que en el análisis de los discursos de las entrevistadas podemos observar la existencia de dos tipos de víctimas de tortura en relación con la política:

 

1. Mujeres que militaban o participaban activamente en algún partido o agrupación política.

2. Mujeres que estaban relacionadas con hombres que participaban activamente en política.

 

El primer tipo es el que caracteriza a la mayoría de las mujeres entrevistadas, hecho primario que evidencia-9 participación "activa" de las mujeres en la lucha política que tuvo lugar en Chile durante los años 70, primero para instaurar un orden social más justo y, luego, durante los años 80, para terminar con el régimen dictatorial y restituir el sistema democrático. Estas mujeres militantes eran satanizadas en el discurso de la dictadura, a la vez que esta condición era el eje sobre el cual se articulaba la violencia sexual sobre ellas.

 

En el segundo tipo de detenidas se incluyen aquellas mujeres que fueron apresadas y torturadas por la relación que mantenían con hombres que eran buscados como "enemigos" del régimen militar. En estos casos se hace más evidente el carácter de género de su tortura. Las mujeres son apresadas como objetos de "propiedad" del hombre buscado, como una extensión del "ego" masculino, reafirmando su carácter de subordinadas y pasivas. En este caso, la tortura sexual y específicamente la violación busca dañar el "honor" del enemigo, debilitarlo. La sexualidad de la mujer es considerada como posesión de "otros" (hijos, padres, esposos), siendo manipulada como instrumento para dañar moral y socialmente a estos otros, quienes debieran protegerla.

 

c) El ciclo del silencio

La significación que le dieron las víctimas a estos hechos está sujeta a las concepciones de género existentes en relación a los abusos sexuales y a la sexualidad en general. Existe una dificultad en las entrevistadas para mirar su propia tortura desde el género, es decir, para percibir las características específicas que tuvo la tortura hacia ellas en función de su sexo. Si bien para algunas es posible establecer diferencias, para otras la percepción es que no las hubo; ellas y sus compañeros hombres fueron tratados de la misma forma.

 

Las diferencias las remiten más bien a las formas de reaccionar de hombres y mujeres frente a la tortura. En el caso de ellas, ponen mayor énfasis en que "las mujeres resistían más" o "delataban menos", subrayando la capacidad femenina de resistir al sufrimiento sin dañar a los otros, como se refleja en algunos testimonios:

 

"...No, no había ninguna diferencia, se torturaba igual no más, igual, igual y a veces era peor para la mujer que para el hombre, o sea la mujer siempre soportaba más, el hombre se quebraba luego, pero la mujer no, entonces era más torturada la mujer a veces que el hombre, porque a veces los hombres lanzaban un grito y ya se los llevaban y las mujeres no" (...)

 

Esta dificultad que aparece para mirar la violencia sexual como tortura por parte de las propias afectadas, se explica por un lado, por las características masculinas del concepto de "tortura" que manejan las mujeres, ya que, en general, se liga a una concepción masculinizada de la misma que se adopta como universal, invisibilizando la que vivieron las mujeres en particular. Se asocia a suplicios y tormentos extremos: colgamiento, parrilla, aplicación de corriente, pau de arara, teléfono, etc. Desde dicha perspectiva, las vejaciones sexuales y la violación quedaban excluidas de la tortura siendo consideradas, a lo más, como maltratos.

 

Existen, sin embargo, algunos discursos más elaborados y en los que la violencia sexual, tanto física como sicológica, es incluida en el relato de la tortura desde el inicio.

 

Es posible constatar un ciclo de silencio frente a la violencia sexual como tortura, las mujeres no quieren y no pueden hablar, algo de la experiencia vivida no puede ser puesta en palabras en tanto no puede ser significada por ellas.

 

En las entrevistas plantean que en muy pocas ocasiones han hablado abiertamente sobre los abusos sexuales de los que fueron objeto durante su detención. En ellas operaron mecanismos subjetivos y socialmente construidos que, por una parte, impidieron reconocer este tipo de violencia como tortura, como lo mencionamos anteriormente, y, por otra, cuando la reconocieron decidieron callar por vergüenza, miedo, pudor, por no hacer sufrir a los otros, o simplemente porque no podían expresar ese sufrimiento que portan en el cuerpo.

 

Este silencio no solo fue generado por las víctimas sino también hubo silencio por parte de los/as profesionales que las asistieron quienes reconocen que no miraron la violencia sexual, que obviaron por urgencia, por pudor, por falta de experiencia en el manejo de estas situaciones. En el mismo sentido, reconocen que en el caso de las mujeres que caían detenidas la violencia sexual estaba implícita. En los primeros años, y en la mayoría de las ocasiones, el tema simplemente no se tocaba, no se nombraba, aunque se suponía. La violación era un dato de la causa. Así, el silencio de los/as profesionales reforzó el silencio de las víctimas.

 

En este contexto la tortura, y mucho más la violencia sexual como tortura, aparecían como menos importantes en comparación con la muerte, perspectiva que compartían tanto los/as profesionales de apoyo como las mismas víctimas. De hecho se trataba de los/as que habían tenido la suerte de "sobrevivir" a la acción del aparato represor, lo que inhibía mayores comentarios sobre los sufrimientos vividos, pues estos eran evaluados como "menores" frente a la muerte de varios de sus compañeros/as. En muchos casos esta situación da origen a sentimientos contradictorios que se manifiestan, por ejemplo, en culparse por haber sobrevivido: "...sobre todo una experiencia de vida donde tú, que el dolor de tus compañeros, que tú empezaste a ver que iban desapareciendo uno a uno, que no tenían rostro, no tenían nombre, era un pasar de gente y que al otro día ya no estaban porque ya estaban muertos o los habían sacado, entonces el dolor de ellos, de las torturas es lo mismo que me hacían a mí, o sea, en el fondo dabas a entender eso y con mucho respeto también para la gente que todavía no había encontrado a sus seres queridos, o sea, en el fondo yo me sentía, ...culpable de haber quedado viva, porque en el fondo tú lo sientes igual un poco culpable, porque de hecho ellos debieron haber tenido las mismas oportunidades... ".

 

Durante muchos años, el silencio además formó parte de una estrategia de sobrevivencia impuesta por el Estado a través del miedo y la amenaza constante, reproducida también al interior de los círculos afectivos más cercanos de las personas afectadas, como expresión de la privatización del daño. Se decía, "es necesario cuidar a los niños, a la familia, a la pareja, evitarles el dolor y la vergüenza, hay que protegerlos del daño", como si el relato pudiera vivirse como una revisión de la tortura, ejercida ahora por la víctima, como si las violaciones a la intimidad, la humillación y el horror, se repitieran en la comunicación de la experiencia(7).

 

Esta cadena en la que se reproduce y refuerza el silencio que cubre la violencia sexual como práctica sistemática de tortura durante la dictadura, involucra no solo a las propias mujeres víctimas sino que a la generalidad de actores sociales que participan del proceso de construcción y reconstrucción de la memoria histórica, manteniendo o transformando las pautas tradicionales que definen lo que es propio de hombres y mujeres en nuestra sociedad.

 

La investigación, como planteamos al inicio, buscaba precisamente romper esa cadena del silencio que no hace otra cosa que reforzar la violencia de género en nuestra sociedad y que, a la vez, no permite procesos individuales y sociales para una real reparación que, en todos los casos, pasa por establecer la verdad de los hechos, por dolorosa que sea, y aceptar que la historia y la memoria es diferente para hombres y mujeres y que la reparación por la tortura sufrida debe considerar esas diferencias, así como la memoria oficial de la represión.

 

Notas

1. Críticas que dicen relación con la oportunidad en que se elaboraron, el reducido rango de violaciones que cubren, a incluso la falta de información veraz que contienen.

2. Bunster, Ximena. "Sobreviviendo más allá del miedo", en: La mujer ausente. Derechos humanos en el mundo. Ediciones de las Mujeres N° 15, Chile, Isis Internacional, 1996.

3. Ibid. Pág. 51.

4. La identidad femenina se construye sobre la base del control de los cuerpos de las mujeres y la violencia pasa a ser la herramienta para dicho control.

5. Bunster, X. Op. cit. Pág. 44.

6. Ponencia elaborada y presentada por José Olavarría para el Seminario realizado en la Biblioteca Nacional el 26 de septiembre de 2003.

7. Margarita Díaz, psicóloga del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Institute of Latin American Studies, ILAS), de Austin.