En esta era, cuando todo (al menos en las ciudades) marcha a ritmo vertiginoso, las "cosas de la sexualidad" tienden a quedar postergadas.( Laura E. Asturias)

 

Fuente: La Cuerda/ Guatemala

Subió a conferencia: 18 de Agosto de 2006.

 

 

La Sexualidad y nuestros tiempos

Laura E. Asturias / la Cuerda

 

En esta era, cuando todo (al menos en las ciudades) marcha a ritmo vertiginoso, las "cosas de la sexualidad" tienden a quedar postergadas. Recuerdo a una pareja de holandeses que debía anotar en su calendario la palabra "sexo" cada cuantos días, para no olvidar eso en su repleta agenda...

 

¿Cuánto tiempo dedicamos a ese importante aspecto de nuestra vida?

 

¿Cuándo empieza el tiempo de la sexualidad de una niña? Sin duda muy temprano, quizás desde el vientre materno o en el momento mismo en que el pezón de su madre roza sus labios para alimentarla. Temprano pero no "precoz", pues nacemos sexuadas y todo estímulo positivo puede naturalmente tornarse sexual, incluso un cambio de pañal acompañado de sonrisas y cosquillas.

 

Desprovistas en la temprana infancia de los prejuicios que pronto han de inculcarnos y la moralina adulta que pondrá trabas al conocimiento íntimo de nuestro cuerpo, de ser libres para explorarlo tocamos, en cualquier lugar y momento, cada punto que nos da placer. ¿Quién no ha experimentado (pese a los manotazos de la gente adulta) el inexorable júbilo de dar con el botoncito escondido entre las piernas? ¿O gozado las caricias y besos clandestinos con primos/as o compañeritos/as? Son días de descubrimientos, de palpadas y palpitaciones.

 

Luego vienen otros tiempos que se conjugan con los de la escuela, como el de buscar por ahí a quien nos gusta y engarzar nuestros ojos con los suyos en un instante que nos arrebata el aliento, pone a mil las hormonas y hace líquido el deseo.

 

Calenturas les llaman. Y con ellas vendrán los escondidos minutos que nos encienden y agotan en moteles, en un zaguán, bajo un árbol... Tiempos plagados de constantes despertares, que no por excitantes estarán libres de preocupaciones. Porque con esos fogonazos llegan otros tiempos, como ése en que angustiadas nos tronamos los dedos si la regla no aparece.

 

Estemos casadas o no, invertiremos cerca de tres décadas -¡tanto de nuestro tiempo!- (pre)ocupadas de la gestación. Si una mujer entre los 20 y 44 años quiere tener sólo dos hijos, puede pasar 24 meses intentándolo, 18 meses embarazada y 12 en el posparto. Si no quiere reproducirse, serán nada menos que 246 meses evitándolo con métodos anticonceptivos eficaces; es decir, 7,386 días de toda una vida actuando para impedir embarazos. Si por cualquier motivo esa determinación fracasa, será tiempo de dilemas: interrumpir lo que no fue deseado o, de no hacerlo, un/otro hijo y lo que eso representa. Y ni hablemos de los años dedicados a la maternidad y al cuidado de más personas.

 

Independiente de todo ello está (¡debe estar!) el tiempo para realizar a plenitud nuestra sexualidad, para unas largas sesiones de lúdico autoerotismo o de coger sin tanto apuro más allá del que las ganas imponen.

 

Porque ya vendrá también otro tiempo: el de la serenidad de nuestros años viejos, cuando lo que solía quedar postergado quizás será sólo un recuerdo más entre muchas reminiscencias del pasado. ¡Hoy es cuando, hermanas!