¿Somos ciudadanas sexuales? Apuntes
para la reflexión. Si
entendemos los cuerpos, más allá de su dimensión biológica, como espacios de
poder, estaremos de acuerdo en que esos cuerpos constituyen el primer
territorio potencial de ejercicio de ciudadanía (María Isabel Matamala)
Fuente: REVISTA MUJER SALUD/ RED DE SALUD DE LAS MUJERES LATINOAMERICANAS Y DEL
CARIBE RSMLAC 2-3/2004
Subió a conferencia el 26 de Agosto del 2005
¿Somos ciudadanas sexuales?
Apuntes para la reflexión
María
Isabel Matamala
La
autora, médica chilena, fue Coordinadora Adjunta de
Si entendemos los cuerpos, más
allá de su dimensión biológica, como espacios de poder en donde las decisiones
sobre los mismos suponen afirmaciones y negaciones con implicancias
individuales y sociales, estaremos de acuerdo en que esos cuerpos constituyen
el primer territorio potencial de ejercicio de ciudadanía. Y en esos cuerpos,
incluyendo sensaciones, emociones y pensamientos, es donde tiene lugar la
sexualidad, en sus dimensiones erótica y reproductiva.
Para las mujeres poder vivir plenamente esas
dimensiones desde la libertad y con el cuerpo, de acuerdo con Galeano, nunca más vivido como
culpa sino que como fiesta, supone la apropiación de poder para sí mismas y el
ejercicio de la sexualidad sin sombras de miedo o de opresión, sin
connotaciones de gravedad. Es desde ese
ejercicio autónomo, libre y gozoso de la sexualidad que como persona desnuda en
juego con otra persona, puede sentir y vivir a esa otra y ser sentida y vivida,
a su vez, como un fin en sí mismo y no como un medio. Libertad e igualdad
hechas realidad placentera a través de la sexualidad. A la vez, sexualidad como
vivencia de ciudadanía no escindida.
No obstante, tanto el goce de los cuerpos
como las decisiones ciudadanas libres sobre ellos por parte de las mujeres, han
sido objeto de escamoteo mediante dispositivos de control y dominio
patriarcales a través de la historia. Mecanismos de poder que según Foucault (1980), se han hecho cargo de la existencia de los
seres humanos en tanto cuerpos vivos. Algunos discursos de esos mecanismos
aluden a las libertades y los derechos, regulados contractualmente, lo que ha
tornado más difícil develar su carácter opresor. Uno
de los hitos más próximos tiene ya más de doscientos años.
El
contrato sexual de la modernidad
Nos referimos a los momentos en que,
oficialmente, el mundo doméstico centrado en las mujeres quedó escindido del
denominado espacio público y excluido de la emergente noción de ciudadanía, en
el contexto de una sociedad dicotomizada. Ciudadanía
que se concibió para ser vivida en el mundo público, el espacio de los hombres
que intentaban dejar atrás su condición de súbditos para devenir en ciudadanos.
Se fue construyendo a la diferencia sexual como diferencia política, expresada
en esta dicotomía público/privado, con su “línea divisoria entre libertad y
subordinación” (Agra Romero, M. X., 1995).
Según Angela Groppi
(1995), esta marginación de lo femenino cumplía el papel de fortalecer y
otorgar credibilidad a los revolucionarios, los ciudadanos activos, los
hombres; la existencia política y simbólica de una esfera doméstica a cargo de
las mujeres ciudadanas pasivas, reflejaba y reforzaba por oposición el poder de
aquellos. Esa esfera, en la que se desenvuelve lo íntimo de los afectos, de la
economía y de la política, fue deprivada por contrato
de toda connotación ciudadana y los cuerpos femeninos allí instalados quedaron
ajenos a las libertades, igualdades y derechos proclamados. Incorporándose,
así, a la vida cotidiana “un método específicamente moderno para crear
relaciones locales de poder en la sexualidad, el matrimonio y el empleo” (Pateman, 1995). Se reprodujo -al compás de la historia- la
autoridad del padre, la autoridad patriarcal.
El contrato social, germen de la construcción
política moderna, fue también un contrato sexual centrado en relaciones
heterosexuales y en las mujeres, entendidas como cuerpos sexuados. Contrato
sexual que no queda confinado solo a la esfera privada sino que inunda toda la
sociedad moderna, asegurando a los hombres el libre desplazamiento entre la
esfera pública y privada y la validez del derecho sexual masculino en estos dos
mundos.
Las normas emergentes, junto con establecer
la desigualdad con base en la diferencia sexual, la legitimaron fundamentándola
en los mandatos de la naturaleza: libertad natural de los hombres y sujeción
natural de las mujeres. La libertad, la igualdad, los derechos y la sexualidad
de las mujeres quedaron regulados y oprimidos por tales normas El contrato
matrimonial ubicó a las mujeres en tanto propiedad de un otro, dueño de toda su
persona. Este dueño en tanto tal, debía tener la garantía de exclusividad y de
disponibilidad sexual de la denominada “su” mujer (Moreno, 1995).
Ni los esfuerzos transgresores de Olympe de Gouges ni los de Mary Wollstonecraft lograron
modificar sustancialmente el nuevo paisaje político normativo y simbólico, pero
indudablemente sus discursos contestatarios al moderno orden, así como sus
propuestas, quedaron formando parte de la acumulación sociocultural necesaria
para los cambios.
La libertad, la igualdad, la ciudadanía y
los derechos sexuales, quedaron como materias pendientes para las mujeres del
mundo occidental en la modernidad; en muchos aspectos siguen pendientes hasta
hoy. El contrato social/sexual no ha sido aún subvertido en lo profundo de su
normatividad. La democratización de la restringida libertad sexual de las
mujeres a través de la historia ha corrido por otros atajos. La dimensión
erótica de la sexualidad quedó subsumida e invisibilizada
por largo tiempo por la
reproducción y la crianza, en el contexto del compartimentado espacio
doméstico, entendido como políticamente pasivo. A esa invisibilidad contribuyó
también otra creación normativa: el discurso sobre el amor romántico, el cual,
aproximadamente por doscientos años, ha organizado las relaciones
heterosexuales socialmente aceptadas. Las mujeres, generación tras generación,
fuimos viviendo para el amor romántico en cuya trama la otra persona nos
reconocería como única e irremplazable; regalándonos la ilusión de ser un fin y
no un medio y dejando en un limbo ignorado al placer, así como a la implícita
sumisión.
El deseo y la realidad sexual de las mujeres
se abordaron y analizaron en el escenario público predominantemente desde la
patología y desde las percepciones subjetivas de la masculinidad, representada
por la ciencia psicoanalítica. No existían lenguajes construidos desde la
realidad y subjetividad de las mujeres para dar cuenta de su cotidianeidad
sexual, desde la “normalidad”, si es que es posible precisar alguna.
Las libertades y derechos demandados por las
mujeres a través de los discursos feministas de comienzos del siglo pasado, si
bien aludían a aspectos relacionados con la reproducción, se centraron
preferentemente en el acceso al espacio público que había sido decretado como
el exclusivo mundo del ejercicio ciudadano. De esta forma, reconocimos y
legitimamos por largo tiempo la polaridad público/privado y la expropiación de
la connotación ciudadana del espacio privado, el espacio de los afectos, de las
emociones, de la desigualdad, de la reproducción, de la intimidad y de los
cuerpos desnudos. Sin reparar en ello, manteníamos desprovistos de ciudadanía
nuestros cuerpos y nuestras vidas cotidianas y retrasábamos la democratización
de la libertad sexual.
Democratización
de la restringida libertad sexual de las mujeres
¿Cómo fue que la libertad sexual pasó a ser
una bandera política en la segunda mitad del siglo 20? En realidad, hay que
precisar que en el contrato hetero/sexual
predominante, se trataba de la libertad sexual de las mujeres, porque la de los
hombres nunca estuvo en entredicho. Afuera de ese contexto, las cosas se
complicaban y se complican también para estos.
Fue la píldora, o mejor dicho los anticonceptivos
modernos, seguros y eficaces, los que recién en la segunda mitad del siglo
pasado hicieron posible una realidad no vivida previamente por la gran mayoría
de las mujeres del mundo occidental: gozar la sexualidad en su exclusiva
dimensión erótica, independientemente de la reproducción. Por vez primera era
posible ser lúdicas en la edad fértil, como siempre lo habían sido los hombres,
para quienes gozar sin complicarse fue siempre una posibilidad cierta, al no
existir un útero de por medio.
La reivindicación de los derechos
reproductivos primero, y sexuales después, ha marcado un período de la historia
del feminismo del siglo 20. El salto generacional de abuelas a nietas ha sido
dramáticamente grande. Acceder al placer con mayores cuotas de libertad o tener
potencialmente esa posibilidad cambió de facto la vida de las mujeres, al
margen del contrato sexual. Los procesos subsecuentes
discurrieron por caminos abigarrados,
tanto en los países ricos como en la diversidad de nuestros países pobres, en
donde las realidades de Chiapas,
a los regalos de la ciencia
y la tecnología no ha sido equitativo; aún existen millones de mujeres
heterosexuales en cuyas realidades no se hace presente la restringida libertad
sexual que otorga el uso adecuado de anticonceptivos modernos. Ni tampoco los
discursos -menos las vivencias- de democracia y ciudadanía sexual. El siglo 21
aún no amanece para ellas.
Pero como la historia sigue cauces
imprevistos, la libertad como posibilidad cierta para muchas mujeres también
trajo consigo contradicciones. El miedo a la libertad se hizo evidente bajo
diversas apariencias.
Si ahora se hacía posible el “coger e irse”
del que hablan autoras (Moreno, H.,1995), ¿cómo hacer
para no gestar una sociedad con impronta pautada desde los comportamientos
sexuales masculinos, una vez más? ¿Qué nuevo significado asumía el denominado
mundo doméstico? ¿Cómo plasmar en la cotidianeidad relaciones sociales y
sexuales con sello diferente, eróticas, fraternales, lúdicas
y democráticas? Nuevamente, el contrato sexual vigente coloca camisas de
fuerza a la realización de los cambios en sentido progresivo. Las búsquedas y
esfuerzos personales y colectivos continúan.
Pero también, intentando dejar atrás la
modernidad, se dio la posibilidad de una comprensión equivocada de la libertad,
en tanto licencia para explorar más allá de los límites del goce feliz, incursionando
en la violencia. Determinados sectores pretenden vivir el erotismo del dominio
y la sumisión sexual a través de la violencia sadomasoquista, elemento que
establece una fractura irresoluble entre igualdad, fraternidad y democracia
sexual, por una parte, y metamorfosis fascista, discriminación, opresión,
dominio sexual por el daño, dolor y miedo, por otra (Jeffreys,
1996).
¿Un
nuevo contrato o no más contrato?
Los caminos a transitar en la búsqueda de
ciudadanía sexual -ejercicio de derechos desde la autonomía, y goce- son
dificultosos. Pero sin construir esa ciudadanía, ¿cómo poner fin a las
poderosas industrias del comercio sexual y la pornografía, sobre todo en su
dimensión “más lucrativa”, la infanto-juvenil? Es
indudable que las mujeres, particularmente el movimiento feminista, seguirán
intentando hacer esos caminos. Pero cabría preguntarse con Jonasdottir,
¿le interesa la sexualidad a la democracia?, ¿le interesa realmente a nuestras
democracias de sociedades escindidas en público/privado?
Una pregunta y un desafío. A mi juicio, uno
de los caminos es hacer de lo público/privado un solo mundo ciudadano,
protagonizado por mujeres y hombres de todas las edades y de las diferentes
orientaciones sexuales. Mundo en el cual la ciudadanía se ejerza con la misma
connotación y valor en todas las dimensiones de la vida en sociedad, incluida
la sexual. Hacerlo posible implica subvertir el contrato social/sexual desde
todos los ámbitos: social, cultural, político.
Porque necesariamente esta profunda transformación
de las relaciones sociales entre los sexos deberá cruzar no solo la realidad
normativa, sino también la de las prácticas y de las representaciones sociales
(Bozon, 1995).
Tal transformación implica el tránsito de
los hombres del puertas afuera al puertas adentro, estableciendo fraternidades
con el otro sexo, más allá de los fraternales pactos de género con que hasta
ahora se han desenvuelto desde lo masculino en
los siglos modernos. A través
de tales fraternidades de puertas adentro, ya las mujeres no estaremos solas
protagonizando desde la esfera de la economía no remunerada los cuidados
cotidianos de la sociedad y la familia. Compartiendo las cargas de trabajo
afuera y adentro, será más factible compartir lo placentero, las emociones, las
decisiones político-programáticas y los sueños. ¿Es posible pensar que la
desaparición de la dicotomía borraría la frontera que marca la desigualdad?
Quizás los sucesos se puedan generar en
cadena, quizás no. Lo deseable sería que a partir de allí desapareciera la
pretensión o el ejercicio de propiedad sobre la otra o el otro que rige las
relaciones amorosas y sexuales hasta nuestros días, aunque nos sea difícil
aceptarlo. La sexualidad y el amor como espacios de interacción entre las
personas actuarían como verdaderos indicadores del alcance y magnitud del ocaso
del contrato sexual de la modernidad. Porque, a decir verdad, a pesar del
aumento de la autonomía de las mujeres que sí ha generado cambios en su vida
privada, todavía no se modifica lo esencial de las determinaciones opresoras y
lo simbólico permanece aún pautando responsabilidades, violencias, miedos y
culpas desde la desigualdad.
Quizás sea necesario -más allá del discurso
liberal- precisar los significados que para nosotras tienen la libertad, la igualdad,
la democracia, la ciudadanía, los derechos sexuales en tanto derechos humanos.
Es necesario también precisar lo humano en relación con la sexualidad y apostar
propositivamente para hacer lo humano posible.
Tenemos pendiente construir la base ética
que asegure en lo cotidiano el fin del moderno contrato sexual..
Notas
bibliográficas
Agra Romero, María-Xosé
(1995). “Introducción”. En: El Contrato
Sexual. Pateman C. Barcelona, Antrophos.
Bozon, Michel
(1995). “Amor, sexualidade e relações
sociais de sexo na Franca contemporânea”. En: Estudos Feministas,
Vol. 3 Nº 1/95, pp. 122-135, Río de Janeiro.
Foucault, M. (1980). The
History of Sexuality. Nueva York, Vintage Books,
Vol. Y,
p. 85.
Groppi, Angela (1995). “As raízes de um problema”. En: O dilema da cidadania:
direitos e deveres das mulheres. Bonacchi Gabriella y Groppi Angela, eds., Lorencini, Alvaro, trad.
Universidad Estadual Paulista, UNESP, São Paulo.
Jeffreys, Sheila (1996). La herejía lesbiana. Una perspectiva
feminista de la revolución sexual lesbiana. Madrid, Ed.
Cátedra, Serie Feminismos, pp. 298-300. Moreno, Hortensia (1995). “Relaciones
sexuales”. En: Debate Feminista, año
6, vol. 11, abril, pp. 5-16, México. Pateman, Carole (1995). El
contrato sexual. Barcelona, Ed. Antrophos.